Diccionario Bíblico

Settino Cipriani

CRÍTICA bíblica

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Crítica, en general, es el arte de distinguir lo verdadero de lo falso, lo auténtico de lo espurio. Aplicada a una obra literaria, es el arte que se propone cerciorarse de su autenticidad (si de veras pertenece al autor a quien comúnmente se atribuye), de su integridad, de su historicidad y de su identidad con el contexto primitivo. Se basa en un doble orden de criterios: criterios externos, es decir, los testimonios históricos de la tradición respecto de una obra dada; criterios internos (estilo, fuerza de lenguaje, contenido, detalles históricos o geográficos, etc.). Es evidente que los más decisivos serán los primeros, ya que la evolución de los segundos depende muy a menudo de apreciaciones subjetivas; con todo, éstos podrán aducir un excelente argumento de confirmación (Providentissimus Deus de León XIII, en EB, 119). Desde el siglo precedente (el primero en usar tal terminología fue J. G. Eichhorn, Einleitung in das A. T., Leipzig, 2.ª ed., 1787) existe el uso de dividir la crítica en crítica inferior (crítica humilior o inferior) y crítica alta (crítica sublimior o altior).

La primera, o crítica textual, se ocupa de la restitución fiel del texto, en cuanto sea posible, tal como salió de las manos del autor; la segunda, o crítica literaria, estudia la figura del autor, el tiempo en que vivió, su ambiente cultural, la autenticidad del libro, la integridad, el género literario, etc. Un tercer género de crítica es la crítica histórica, que averigua la veracidad o falta de veracidad de los hechos narrados. Pero ordinariamente va incluida en la crítica literaria. Todo este procedimiento aplicado a la Biblia es precisamente lo que se llama crítica bíblica, que otros llaman crítica sagrada (desde el siglo xvii, especialmente los protestantes). Y tiene su explicación natural, puesto que la inspiración no ha suprimido las facultades humanas sino que las ha elevado y aplicado a escribir. En otros términos: Dios se ha expresado con un determinado lenguaje humano, común a un determinado ambiente cultural. A esto hay que añadir que la transmisión del texto sagrado ha seguido inevitablemente las tristes vicisitudes de cualquier otro manuscrito (correcciones, variaciones, omisiones, etc.). Por todas estas razones la crítica bíblica no solo es útil sino necesaria.

Un texto solo tendrá valor dogmático cuando esté asegurado críticamente. El famoso 128Acomma (v.) de San Juan (I Jn. 5, 7 s.), p. ej., no podrá alegarse como prueba del misterio de la Santísima Trinidad, porque la crítica textual demuestra que no es auténtico. Lo mismo que para la exégesis (v. Hermenéutica) así también para la crítica bíblica se debe tener presente: 1) que la Biblia es un libro inspirado en todas sus partes auténticas y que están inmunes de cualquier error; 2) que la Iglesia es su único intérprete autorizado: 3) que jamás podrá haber contraste entre los resultados de la verdadera crítica y la Revelación propuesta por el Magisterio auténtico. No obstante estas aparentes limitaciones, queda a la crítica un amplísimo campo para el libre y prudente ejercicio de su arte: «Pocas son las cosas cuyo sentido ha declarado la Iglesia con su autoridad, y no son más numerosas aquellas sobre las cuales contamos con el unánime sentir de los Padre s» (Divino Afflante Spiritu, en AAS, 35 [1943] 319).

Tan lejos de la verdad está aquello de Loisy cuando escribe que «la idea de una Escritura puramente divina e interpretada siempre por una autoridad inmutable, depositaria de un dogma, excluye toda exégesis crítica e histórica de la Biblia» (Simples réflexions sur le décret du S. Office, 1908, p. 29), que, al contrario, la Iglesia ha tributado grandísimo honor a estos trabajos de crítica «desde los primeros siglos hasta nuestros días» (Pío XII, ibid., 308). Baste recordar aquí el colosal trabajo de las Hexaplas de Orígenes, la obra de recensión de Luciano de Antioquía y de Hesiquio de Alejandría; el trabajo de revisiones y de traducciones de San Jerónimo; los sabios consejos de San Agustín cuando escribe: «Debe ante todo aplicarse a corregir los códices la diligencia de los que ansian conocer las divinas Escrituras, a fin de que los incorrectos cedan el puesto a los auténticos» (De doct. Christ., 2, 21 PL 34, 46). También a la alta crítica se la ha hecho dar sus frutos.

Orígenes, al advertir la diferencia de estilo y de idioma en Hebr. en relación con las otras epístolas paulinas, lanza la hipótesis, muy corriente en nuestros días, de que esa epístola, si bien pertenece a San Pablo , ha sido encomendada a otros para su redacción. Teodoreto de Ciro planteaba el problema de las fuentes de Judit, Reyes y Paralipómenos. Más adelante Alcuino hará una recensión de la Vulgata. El Concilio de Trento ordenará que se prepare una edición más correcta de la misma Vulgata, lo cual fue ejecutado principalmente por Sixto V y Clemente VIII (1590, 1592, etc.). El mismo Sixto V promovió incluso una excelente edición crítica de los Setenta (1586). Y 128Bactualmente tenemos la monumental edición Benedictina de la Vulgata, todavía incompleta. Débese a un católico, el Oratoriano Richard Simón, el haber iniciado la alta crítica sagrada moderna con su Histoire critique. du V. T. (París 1678, etc.) y otras obras relativas al Nuevo Testamento. También a un católico se debe la aplicación al Génesis de la teoría de las fuentes: el médico J. Astruc (1753).

Lo que ocurrió fue que en el s. xvm el racionalismo, entonces de moda, se apropió la crítica para demoler toda idea de lo sobrenatural en la Biblia. Los libros sagrados fueron considerados como puramente humanos, de composición muy reciente. La religión contenida en ellos no sería más que una evolución natural del fetichismo al monoteísmo, etc., estimulada por los profetas. Moisés no es autor del Pentateuco; los Evangelios y las mismas epístolas de San Pablo son posteriores al s. II, si es que el mismo Cristo existió (J. Wellhausen, D. Strauss, F. C. Baur, B. Bauer, Renán, Couchoud, Loisy, etc.). Todas estas demoliciones engendraron, naturalmente, desconfianza en la crítica para defender la Biblia, razón por la cual muchos católicos se mostraron desconfiados respecto de ella Fueron precisos los esfuerzos de algunos valientes, y principalmente la autoridad de León XIII, que exhortaba a los exegetas a que fuesen «doctiores atque exercitatiores in vera artis críticae disciplina» (Providentissimus Deus, EB, 119), para reconciliar a los investigadores católicos con la crítica, para hacer que sirviera no ya para destruir sino para construir.

El actual pensar de la Iglesia sobre la cuestión está autorizadamente expuesto en las dos grandes encíclicas de Pío XII, Divino afflante Spiritu y Humani generis, así como en la carta de la Pontificia Comisión Bíblica al Cardenal Suhard (16 de enero de 1948).

En estos documentos invítase enérgicamente a los católicos a que se sirvan de la crítica textual así como de la literaria. Crítica textual. — «Actualmente este arte que suele llamarse crítica textual y que en las ediciones de escritores profanos se emplea laudablemente y con fruto, aplícase con pleno derecho a los Libros Sagrados, a pesar de la reverencia debida a la palabra de Dios, ya que lo que ella se propone es restituir con toda la precisión posible el texto sagrado a su estado primitivo, purificándolo de las deformaciones en él introducidas por las torpezas de los copistas, y librándolo de las glosas y lagunas, de los trastrueques de palabras, de las repeticiones y de otros defectos de todo género que suelen infiltrarse en escritos que han sido transmitidos 129Aa mano a lo largo de los siglos. Es cierto que de unos decenios a esta parte ha habido muchos que han abusado de esta crítica aplicándola arbitrariamente. Pero apenas hace falta advertir que hoy ese arte ha alcanzado tal firmeza y seguridad de normas, que con facilidad se puede descubrir su abuso, y con los progresos conseguidos se ha convertido en un precioso instrumento apto para propagar la palabra divina con mayor exactitud y pureza» (Divino afflante Spiritu, en AAS, 35 [1943] 307 s.). Ha de observarse que, por más que tienda al mismo fin, es diferente la fisonomía de la crítica textual según se aplique al Antiguo Testamento o al Nuevo.

Los manuscritos del A. T. no son numerosos, son todos bastante recientes (siglos vm-ix, exceptuados el papiro de Nash y los manuscritos del Mar Muerto), y, cuando más, reproducen un mismo arquetipo, por lo que las variantes son pocas y de poca monta. Un texto hebreo antemasorético, notablemente divergente en algunos pasajes, está representado a su vez en la versión griega de los LXX y en la Peshita siríaca, que por eso tienen tanta importancia para la crítica textual del A. T. Por lo demás, sabemos que los hebreos se preocuparon por mucho tiempo de fijar el texto en consonantes de la Biblia (ss. i-iv después de J. C.), y que los masoretas fijaron más adelante el texto con vocales (ss. v-vm).

En consecuencia, si después de confrontar un pasaje con las antiguas versiones no ofrece un significado satisfactorio, puede recurrirse a las conjeturas, que serán tanto más aceptables cuanto menos se aparten de las consonantes ofrecidas por el texto. El campo de las conjeturas es más limitado para el N. T.; pero no por eso resulta más fácil el trabajo, pues al darse el fenómeno inverso, es decir, un excesivo número de; testimonios escritos, no siempre coinciden entre sí ( papiros , códices, versiones, citas patrísticas, etcétera). Baste decir que, entre totales y parciales, tenemos cerca de 4.280 manuscritos del N. T.; 212 son códices unciales y 51 papiros, mientras que de la obra profana más copiada en la antigüedad, la lliada, solo se cuentan 190 manuscritos. Muchos son antiquísimos— el códice B, p. ej., es del s. iv — y por lo mismo cercanos al original; y hay incluso algún papiro que es contemporáneo o casi contemporáneo, como, p. ej., el papiro Rylands 457, que es de los primeros decenios del s. II.

Con tal abundancia de manuscritos es fácil comprender que también las variantes son numerosísimas (cerca de 200.000 entre 150.000 palabras 129Bde texto), pero casi en toda su totalidad son insignificantes (simples transposiciones de palabras, etc.): solo unas quince tienen cierta importancia. Podemos, pues, estar tranquilos respecto de la autenticidad crítica sustancial de ambos Testamentos. Crítica literaria. — También sobre la crítica literaria exhorta vivamente Pío XII a los católicos a cultivarla: «Por tanto el intérprete ha de procurar no olvidar las nuevas luces que las modernas investigaciones hayan aportado y discernir cuál ha sido la índole propia del autor sagrado, cuáles las condiciones de su vida, en qué tiempo ha vivido, qué fuentes, escritas u orales ha empleado, de qué formas de decir se ha servido. Así podrá conocer más exactamente quién habrá sido el hagiógrafo y qué habrá querido decir en el escrito» (Divino afflante Spiritu, ibid., 314). La crítica literaria deberá, pues, estudiar principalmente tres cuestiones: 1) la autenticidad y la integridad del libro; 2) las fuentes de información; 3) los géneros literarios.

Es evidente que la solución de estos tres problemas es fundamental para una exégesis recta. Más aún: el valor histórico de un libro o de un hecho está íntimamente ligado con esos mismos problemas. Así, p. ej., en lo tocante a la autenticidad literaria, no es indiferente el que Moisés sea o no el autor del Pentateuco, pues de haber sido escrito en el tiempo de la cautividad o poco antes, como piensan los críticos, resultaría mancillada la historicidad de los hechos que en él se describen. Otro tanto hay que decir de los Evangelios, de San Pablo, etc. Si el autor del cuarto Evangelio no es San Juan el Apóstol, su historicidad resultaría muy problemática. Pero téngase muy en cuenta que si la Iglesia ha definido Ja autenticidad canónica o dogmática de todos los libros sagrados «cum omnibus suis partibus» (comprendidos, por tanto, Mt. 16, 9-20; Lc. 22, 43 s.; Jn. 7, 53-8. 11, y las partes deuterocanónicas de Est. y de Dan.), nada ha definido respecto de la autenticidad literaria de los mismos.

Mas queda asentado el hecho de que en lo tocante a los reflejos, incluso dogmáticos, de la cuestión, la Iglesia ha intervenido autoritativamente, mediante la Pontificia Comisión Bíblica, para dirimir algunos problemas intrincados de la autenticidad literaria (Pentateuco, cuatro Evangelios, Epístolas Pastorales, Epístola a los Hebreos, etc.). Pero al tomar esas medidas la Iglesia deja siempre una larga serie de posibilidades dentro de las cuales puede siempre hablarse legítimamente de autenticidad. Así, por ejemplo, aun cuando Moisés no hubiese es- 9. — Spadafora. — Diccionario bíblico 130Acriío el Pentateuco en todos sus detalles, y se hubiese servido incluso de secretarios, el libro es sustancialmente suyo, ya sea como autor, ya como legislador (Carta al Card. Suhard, en AAS, 40 [1948] 46 s.). Otro tanto hay que decir respecto de Hebr. No tiene menor interés la otra cuestión sobre el uso de fuentes, orales o escritas. Difícilmente puede negarse, p. ej., que Moisés haya aprovechado documentos anteriores, procedentes quizá de sana planta y trasladados a su libro.

Nada hay de extraño que se sirviera aposta de fuentes paganas, con la condición de admitir que, de haber sucedido esto, la inspiración «en la elección y en la val oración de aquellos documentos les habría librado (a los hagiógrafos) de todo error» (Humani generis, en AAS, 42 [1950] 327). De todos modos ha de evitarse el atribuir a diversidad de fuentes lo que podría explicarse teniendo en cuenta la existencia de costumbres y géneros literarios (v.) diferentes de los nuestros. El estudio de los géneros literarios nos proporcionará, sin duda, muy gratas sorpresas y contribuirá poderosamente al progreso de las exégesis modernas. He ahí por qué el Papa advierte al investigador católico cómo no ha de olvidar que en este aspecto de su oficio no puede haber descuido sin acarrear un grave daño a la exégesis católica» (Divino afflante Spiritu, i b i d 316) No son, pues, pocas las posibilidades al alcance de la crítica bíblica para que, siempre bajo el imperio del Magisterio Eclesiástico, penetre cada vez más en la letra y en el espíritu del libro sagrado. [S. C.]

Bibliografía

H. Höpfl-L. Dennefeld-L. Pirot-H. J. Vogels, en DBs, II, col. 175-274. M. J. Lagrange-St. Lyonnet, Critique textuelle du N. T., II: La critique rationnelle, París 1935. J. Vandervost, Introduction aux textes hébreux et grecs de l’A. T., Malinas 1951. J. Coppeus, La critique du Texte hébreu de l’A. T., Lovaina 1951. A. Vaccari, De Textu, en Institutiones biblicae, 6.ª ed., Roma 1951. G. Perrella, Introduzione generale, 2.ª ed., Torino 1951, pp. 181-248.

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