Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

TRINIDAD

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Misterio fundamental según el cual existen en Dios tres personas iguales y distintas en la unidad de la naturaleza. Suelen citarse varios textos del Antiguo Testamento que parecen enseñar o al menos preparar la revelación del misterio trinitario mediante una forma plural o con la repetida mención del Espíritu (v.) de Dios y con la afirmación de que el Mesías será hijo de Dios. Hoy todos están conformes en explicar tales expresiones apelando a razones estilísticas o considerándolas como simples personificaciones de atributos divinos. La revelación del misterio es la gran novedad del Nuevo Testamento, según ya reconocían escritores antiguos: «¿Qué diferencia hay entre nosotros y ellos (= los hebreos) fuera de ésta? ¿Cuál es la finalidad del Nuevo Testamento... sino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?» (Tertuliano, Adversus Praxeam 31; cf. S. Hilario, De Trinitate V, 27; PL 10, 147; S. Basilio, Adversus Eunomium II, 22; PG 29, 620). La primera mención explícita de las tres personas se halla en el relato del bautismo de Jesús.

En él figura el testamento del Padre, que señala a Jesucristo con las palabras: «Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias», y acusa la presencia del Espíritu Santo, que descendió sobre el bautizado bajo una forma sensible para que se dieran cuenta de ello los circunstantes (Mt. 3, 16 s.; 591BMc. 1, 10; Lc. 3, 21 s.). Y más explícito aún es el relato del cuarto Evangelio (Jn. 1, 32 ss.), en el que también resalta más la personalidad del Espíritu. Para hallar una mención del todo clara de las tres divinas personas en la unidad de la naturaleza es preciso llegar al último capítulo del Evangelio de Mateo (28, 19), donde Jesús prescribe la fórmula para la administración del Bautismo «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Las tres personas constituyen un solo Dios (en el nombre), concurren al milagro de la transformación moral en el alma del bautizado, que es admitido a participar de la vida sobrenatural (cf. Jn. 3, 3; Ef. 5, 26; Tit. 3, 5; II Pe. 1, 4). Entre los numerosos testimonios de S. Pablo, vamos a mencionar los más seguros.

Al tratar de los carismas concreta ciertas apropiaciones a cada una de las personas: «Ahora —dice a los corintios (I, 12, 4 ss.)— hay diversidad de carismas, mas el Espíritu es uno mismo; hay diversidad de ministerios, mas el Señor es uno mismo; hay diversidad de operaciones, mas el mismo Dios es quien obra todas las cosas en todos». Y es más explícita aún e indiscutible en su valor doctrinal la bendición final de la segunda epístola a los corintios (13, 13): «La gracia de Nuestro Señor Jesucristo y la caridad de Dios y la participación del Espíritu Santo sea con todos vosotros». Otros testimonios trinitarios sobre cuyo valor se ha discutido alguna vez, aunque sin serios motivos, se leen en Ef. 4, 4 ss.; Gál, 4, 4 ss.; Rom. 8, 14-17; 15, 15 s.; II Cor. 1, 21 s.; Tit. 3, 4 ss. Según muchos exegetas hay una descripción de la Trinidad en la expresión del Apocalipsis (1, 4 s.): «Gracia y paz a vosotros, de parte de aquel que es, y que era, y que ha de venir; y de parte de los siete Espíritus que asisten ante su trono; y de parte de Jesucristo, el cual es testigo fiel, primogénito entre los muertos y soberano de los reyes de la tierra».

La dificultad está en las palabras «siete Espíritus», en las que algunos creen que se trata de los ángeles, mientras que otros ven en ellas una perífrasis del Espíritu septiforme con alusión a sus dones (cf. Is. 11, 2) Hoy son muy pocos los exegetas que admiten la autenticidad del famoso comma de San Juan (I Jn. 5, 7 s.), que es la expresión más precisa del misterio trinitario: «Tres son los que dan testimonio en el cielo: Padre, Verbo y Espíritu Santo; y estos tres son una misma cosa». Como quiera que sea, si esta interpolación es antigua no tiene valor escriturístico, es un precioso testimonio de la tradición, que de un modo tan 592Aexacto supo formular la trinidad de las personas y la unidad de la naturaleza. Son en cambio numerosos los textos trinitarios en el Evangelio de S. Juan, donde leemos incluso perspicaces referencias a la vida íntima de la Trinidad. La segunda persona es el Hijo Unigénito (1, 18) engendrado por el Padre. Llámasele también Verbo (1, 1), denominación que es un anticipo de la célebre interpretación teológica acerca del modo de esa generación eterna.

En otros lugares se precisa el modo de proceder el Espíritu Santo del Padre y del Hijo (14, 26; 15, 26; 16, 13 ss.; cf. Gál. 4, 4 ss.; Rom. 8, 14-17). Las tres personas divinas viven una vida eterna en sí mismas, infinitamente bienaventuradas, pero las tres han querido cooperar en la 592Bsantificación de la humanidad, para hacer partícipes de su bienaventuranza a los hombres, pobres peregrinos, a quienes S. Pedro se dirigía con el saludo siguiente: «Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos... según la previsión de Dios Padre, mediante la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre» (I Pe. 1, 1 s.).

Bibliografía

J. Lebreton, Histoire du dogme de la Trinité des origines au Concile de Nicée, I, 6.ª cd., París 1924. Id., La Révélation du mystère de la Sainte Trinité, en La Vie Spirituelle, 74 (1946) 764-76. F. Ceuppens, Theologia bíblica, I I, De Sanctissima Trinitate, R o m a 1938.
Fernández y Fernández, Un solo Dios en tres personas, CB (1948),.

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