DOLOROSA
1. La D. en el evangelio. No sólo implícita, sino explícitamente, nos habla el evangelio de lo mucho que sufrió la Santísima Virgen durante su vida, sobre todo en el Calvario durante la crucifixión, la agonía y la muerte de su Hijo. Efectivamente, en dos pasajes del evangelio se nos presenta a María, de modo explícito, como sujeta al dolor, a saber: 1) en la profecía del santo anciano Simeón, acerca de la trágica suerte del Hijo, a la cual estaba indisolublemente unióa la suerte de María: «He aquí que éste [Jesús] esta puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc. 2, 34-35); 2) en la pérdida y en la angustiosa búsqueda de Jesús, a sus doce años, durante el viaje al templo de Jerusalén, hasta el punto de expresar en términos claros el dolor que la embargaba, con aquel materno lamento: «Hijo, ¿por qué nos has hecho así? Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote» (Lc. 2, 48).
Además de estas alusiones explícitas encontramos otras muchas implícitas referentes a los dolores de la Virgen en las diversas contingencias de la vida del Hijo.
Fácilmente se comprenderd por estas alusiones evangélicas, cuán lejos están de la verdad los que se han atrevido a negar, ya más de un modo implícito (Coliridianos y Valentinianos, los cuales negaban que María tuviese un cuerpo terreno y pasible) o explícitamente, como lo hacen algunos protestantes, entre los cuales Bullinger (Of. Planch, A., O. S. M., Vita B. Mariae dogmatico-critice conscripta, Innsbruck 1761, pp. 231-232).
2. La D. en el dogma. Supuesto, como indiscutible, el hecho de los dolores de Ma rfa, los teólogos proponen las tres siguientes cuestiones: 1) ¿Cómo se explica la existencia de semejante hecho en una criatura del todo inocente, como fue María? 2) «,Cudles fueron las causas? 3) ¿Cuáles los efectos de semejante hecho? 1) Cómo se explica la existencia del de lor en María. Se han dado varias explicaciones:
a) Algunos, principalmente entre los antiguos, han dicho que el dolor (lo mismo que la muerte) en María (como en todos los demás) fue una consecuencia penal del pecado original «originato», o sea contrafdo por Ella. Así se expresan todos los que niegan la inmunióad de María de la culpa original, como Bayo (Cf. Denz., 1073). Esta doctrina es herltica desde el 8 de diciembre de 1854, y por eso ya no la sostiene ningun catdlico.
b) Otros, en cambio, principalmente entre los modernos, han querido atribuir la causa de los dolores de María (y de la misma mueite) al pecado original toriginanten o sea, al pecado cometido por Ad&n, nuestra cabeza, si bien no contrafdo por Ella, porque fue preservada del mismo. Ad in transmits a Ella (como a los otros) una naturaleza viciada, pasible y mortal. Así, por ejemplo, Persoglio (Cf. Orazione panegirica sulla Immacolata Concezione, con nota riguardante la questione delVimmortalitd della beata Vergine. Ginova 1881, n. 4, al fin). Pero los que disienten de semejante explication, hacen observar que la condi tion de naturaleza viciada, o sea corrompida por el pecado, permanece siempre como consecuencia penal del pecado de origen: «No hay pena sin culpan: «Corruptio na turae humanae est poena peccati originaliss (S. Th., I-II, q. 87, a. 7). De ahf se sigue que la Virgen, inmune de la culpa original deberfa haber sido inmune también de la misma pena, o sea de la corrupción de la naturaleza. Y en el caso contrario se seguirfa que el pecado original de Adin, además !50 de scr castigado en sus descendienles pecadores, lo seria también en la descendencia «inocentc».
Dios no puede hacer que un descendiente de Adán sea al mismo tiempc inocente y sujeto (sin que 61 libremente lo consicnta) a la nccesidad de padcccr (y morir).
c) Otros afirman que el dolor (lo mismo que la muerte) en María no es consecuencia del pecado original (ni coriginante» ni t originator), sino una consecuencia o dcfecto de la misma naturaleza humana, de suyo pasible y mortal, compuesta de elementos contrarios que tienden por si mismos a disolverse. Fue, por consiguiente, uu dolor-naturaleza y no un dolor-pena. Así opinan Bertani (Cf. a La Scuola Catt.», 8 [1880] p. 452) y otros muchos. Contra esta explicacibn del dolor de María, replican otros dicicndo que el hombre, aunque por si mismo intrinsecamente pasible y mortal, en realidad fue creado por Dios impasible e inmortal, mediante una forma extrinseca, preternatural, capaz de impedir la intrinse» ca y natural pasíbilidad y mortalidad del hombre. Por eso la pasíbilidad y mortalidad del hombre en el presente orden histórico, además de ser una necesidad de naturaleza, son también apenas del pecado original, ya que sin 6\ nunca hubieran existido.
d) Otros finalmente afirman que la presencia del dolor en María es dcbida a su misión de corredenlora, o sea de asociada al Redentor en la redención del género humano. Así como Cristo Redentor se sometib libremente a la pasíbilidad para satisfacer en nuestro lugar a la deuda por nosoLros contraida con la divina justicia, así también María Corredentora, se sometid libremente a los indecibles dolores por idéntico fin. Y de hecho, la pena satisfactory vicaria, para que por los pecados de los otros sea tal, debe ser libremente aceptada. (Cf. Kloppenburg, B., O. F. M., De relatione inter pec catum et mortem, Romae 1951, pp. 153, 168, 182, etc.) Por eso mismo María, como Cris to, no habria «contraido», sino «aceptado», la pasíbilidad para satisfacer por nuestros pecados. «,Cudndo la aaceptd»? Desde su Inmaculada Concepción (si se admite que desde entonces tuvo uso de razón) o desde el momento en que tuvo uso de razón, o también desde el momento de la encarnación redentora. La razón, por lo tanto, de los dolores de María seria formalmente diferente de la de todos los descendientes de Adán, y coincidiria con la misma de Cris to: la redención del género humano. 2) Las causes del dolor de María.
La investigación de las causas (final, eficiente, formal y material) de los dolores de María contribuyd eficazmente a darnos una idea de la inmensa grandeza de los mismos y por ende contribuye a darnos la medida del precio por Ella pagado, junto con Cristo Redentor, por nuestra eterna salvacibn. 1) Causa afinab de los dolores de Ma ria cs, como ya hem os indicado, la cooperacibn a la redención del gbnero humano. Como Cristo ha obrado nuestra redención por su pasíón, así María, asociada a él en la misma obra, ha cooperado a la misma, principalmente mediante su vcompasíón» (= participación en la pasíón del Hijo). El valor soterioldgico o corredentor de la (tcompasíón», es decir, de los dolores de María, se contiene implicitamente en el depdsito de la revelación, o sea en la Sagrada Escritura y en la tradición. Los principales pasajes bíblicos en los que se contiene implicitamente este valor corredentor son: el llamado protoevangelio (Gdn. 3, 15), la escena de la anunciación (Lc. 1, 26-39), la profecía del anciano Simeón {Lc. 2, 23-28) y la presencia de María en el Calvario (Jn. 19, 25).
a) En el «protoevangelio», predice Dios (inmediatamente después de la prevaricación de Adán y Eva [victoria de Satands sobre Adán y Eva)) la redención (venganza contra Satands) bajo la metdfora de una lucha cruenta («pondrd enemistades») entre Satands (la serpiente) y el nuevo Adán y la nueva Eva (la «mujer» y el clinajen de ella) con el consiguiente dxito: Victoria de la «mujer» con su «dinaje» sobre Satands (expresada con el aplastamiento de la cabeza de Satán) y victoria efimera de Satands contra la «mujer» y su «descendencia» (expresada con las insidias puestas a su «calcanal»). Esta victoria efimera de Satands se efectud en el Calvario con la pasíón y muerte física del nuevo Adin y con la «compasíón» y muerte mfstica de la nueva Eva. A esta primera profeda aluden varies escritores eclestesticos, cuándo se detienen a explicar el porqud, o sea el fin redentor de los dolores de María, comenzando por el autor de la Altercatio Synagogae et Ecclesiae del siglo xu (Cf. Gallus, T., S. J., Inter pretatio mariologica Protoevangelii [GSn. 3, 15] tem pore post-patristico usque ad Concilium Trident ilium, Romae 1949, p. 75) hasta los más recientes.
b) El segundo pasaje bfblico lo conslituye la escena de la anunciación relatada por S. Lucas. La Virgen al consentir en ser madre del «Hijo del Altisimon, del Salvador, ligaba necesariamente su suerle dolorosfsima a la del Hijo. También se refieren a este texto bfblico varios escritores eclesidsticos, cuándo intentan explicar el valor corredentor de los sufrimientos de María.
c) Otro texto bfblico aducido con el mismo fin es la profecía de Simeón: la futura pasíón del Hijo serd para la Madre una espada que ale atravesará el alma». Comiin la pasíón, comiin también el fin de la misma: ala salvación de todos los pueblos».
d) La presencia de María en el Calvario, aa los pies de la Cruz», nos demuestra la verdad de la profecía de Simeón. La pasíón del Hijo tiene su eco en la acompasíón» de la Madre. Muy frecuentemente hacen refe renda a este pasaje los escritores eclesidsticos cuándo tratan de exponer el valor corredentor de los dolores de María. Hasta aquí los textos de la Biblia. Pasando a la ctradicióna debemos afirmar que los principals datos de la antiqufsima trailición cristiana, en los que está implícito el valor corredentor de los dolores de María, os el conocióisimo y antiqufsimo paralelisino antitdtico Eva-María (v.). Así como Eva oooperd con Adán a la ruina de) género humano, mediante el agoce» prohibido, así también María, la nueva Eva, cooperd con t Visto, nuevo Adán, mediante el adolor». a l.i redención del género humano. La human it fuel arruinada por el aplacem, fue redim m la por el «dolor».
Un jardfn (el parafso in renal), un drbol (el del fruto probibido), mi liombrc y una mujer (Adán y Eva, pro genitors de la humanidad decaída): he ah el escenario y los protagonistas de la caida Otro jardin (el Calvario), otro drbol (el dt la Cruz), otro hombre y otra mujer (Cristc y María, progenitores de la humanidad re» dimida). Este paralclisino antitdtico, que se encuentra desde el s. n, y después muy frecuente, se remonta a la soteriologfa de S. Pablo, quien, sin embargo, se limita a contraponer los dos aprincipales» protago nistas del drama de la humanidad: Adán y Cristo. Los Padres (desde S. Justino) no han hecho otra cosa que acompletar» el paralelismo, anadidndole los protagonistas secundarios: Eva y María. En efecto, tanto en el pasaje del Gdncsis (c. 3.°) como en S. Pablo (I Tim. 2, 14) la mujer desempena un papel secundario en la caída, y por lo más mo también secundario en la redención. Del modo que Eva participd en el «placer» pro hibido, causa de la ruina del género humano, así María tomó parte en el cdolor» causa de su redención.
Desde Arnoldo de Chartres del s. xn (De septem verbis Domini in cruce, PL 189, 1694) hasta nuestros dias hay una verdadera pldyade de escritores eclesidsticos que, basdndose en los testimonios de la Biblia y en la tradición, han dado a conocer el valor soterioldgico y redentor de los dolores de María. Dios trazd el plan de la redención sobre el de la prevaricación. 2) Causa aeficiente» de los dolores de María fueron la pasíón del Hijo (directamente) y las causas de la misma (indirectamente). En realidad la pasíón de Cristo que, segtfn el Angdlico, «fue el mayor de todos los dolores» (S. Th., III, q. 46, a. 6), se refleja vivfsimamente, como en un tersisimo espejo, en el alma de María. Causas eficientes directas de la pasíón de Cristo y por tanto indireclas de la «compasíón» de María fueron: el demonio (que hostigd al horrendo deicidio), los judfos (iniciadores de la Pasíón de Cristo), los gen tiles (que la ejecutaron) y Judas (que entregd a Cristo). 3) Causa «formal» de los dolores de Ma ra fue el inmenso e inefable amor a su Hijo. Cuando se ama a una persona, no se puede menos de sufrir al verla sufrir. Y cuánto más se ama, mas se sufre. Medida del dolores el amor.
Esto supuesto, para comprender la magnitud del amor de Ma rla a Cristo, su Hijo, y el dolor consiguiente, conviene tener presentes la causa y los efectos del amor.
a) Causas del amor de María a Jesús son: la sin par amabilidad de Jesús, o sea su incomparable bondad, su extraordinaria belleza, el perfecto conocimiento que Ella tuvo de Jesús, y su semejanza con fil.
b) Los efectos del amor (en estrecha re lation con el dolor) son: la unión (el amor es una fuerza unitiva) que en María fue perfecta, esto es, unión de alma y corazón, de pensamientos y afectos, de vida y action; y la mutua adhesión, de modo que el amante esti en el amado (ya en cuánto a la potencia aprensiva, ya en cuánto a la potencia apetitiva) de forma que considera como propio el bien y el mal de la persona araada, sufriendo y gozdndose con ella (S. Th., MI, q. 28). 4) La causa «material» de los dolores de María fue su extraordinaria perceptibilidad tanto del alma como del cuerpo (S. Th. t III, q. 46, a. 6 c.).
a) Extraordinaria perceptibilidad del cuerpo, particularmente de su corazón (corazón de mujer, de virgen, de madre y de santa), por su perfectlsima complexion.
b) Extraordinaria perceptibilidad de su alma: dada la unión sustancial entre el alma y el cuerpo, slguese que la perceptibi lidad o capacidad de sufrir del cuerpo aumenta los dolores del alma. Y la percep tibilidad o capacidad de sufrir del alma de María fue cxcepcional, porque las dos potencias del alma, entendimicnto y voluntad, se hallan dotadas de una agudeza singular. Por eso con razón escribfa S. Amadeo de Lausanne: aExcede a todo sentido, supera la inteligencia humana el dolor que Ella experi men t«5 en la pasión de su Hijo» (De mentis robore sen martyrio Beatissimae Virginis, PL 188, 1329). 3) Los cfectos de los dolores de la «compasión» de María son los mismos, guardada la debida proportion, que Santo Tomás enumera para la pasión de Cristo, o sea: a) la liberation del pecado; b) la liberación del poder del demonio; c) la liberación de la pena debida al pecado; d) la reconcilia tion del hombre con Dios; e) la reapertura de la puerta del cielo, cerrada por el peca de; f) la propia exaltación en el cielo en cuánto al alma y en cuánto al cuerpo (S. Th., III, q. 49).
3. La D. en el culto. 1) Del s. I al vili. En este periodo los Padres y escritores eclesidsticos, con mayor o menor brevedad, hacen devota mención de los dolores de Ma ria al comentar la profecía de Simeón y la presencia de María al pie de la cruz. La aespada de dolor» profetizada por Simeón, la interpreta Origenes (In Lc. 17, PG 13, 1845bc) y otros muchos (influenciados por 01) en un sentido verdaderamente ext ratio, o sea ala espada de la infidelidad y de la dudai que habrian turbado a la Virgen durante la pasión, segrin las palabras de Jesús: aVosotros os escandalizartis esta noche por causa mfa» {Ml. 26, 31). Hacen honrosa exception a tal interpretación S. Efrén Siro (Cf. Opera, ed. Assemani, III, Roma 1766, p. 574); Abraham de fifeso (Horn, sup. Hypapante, PO 16, 452, n. 6); S. Agustfn (Ep. 149, PL 33, 644); S. Juan Damasceno (De fide orthodoxa, 4, 14, PG 94, 1161d). Del s. viii en adelante se hace comtin la sentencia que descubre en la aespa da de dolors el simbolismo de los dolores de María. Otros Padres y escritores han hecho destacar los dolores de María al pie de la cruz. Así, por ejemplo, en los Trenos, atribuidos a S. Efrén (Cf. Lamy, I., S.
Ephrem Syri Hyrnni et sermones, Malines 1882-1902, p. 574), y que otros atribuyen a S. Román el Melodioso (t h. 556), el cual nos ha dejado un «kontakion» de 17 estrofas sobre la Virgen al pie de la cruz (Cf. Pitra, J. B., Analecta sacra, t. I, París 1876, pp. 101-107). Son tambiln dignos de mención dos pasajes en los que S. Ambrosio nos describe a la Virgen al pie de la cruz (De insti tut tone virginis, 7, PL 16, 318c; De obitu Valentiniani, 39, 1371b) y la bella homilfa de Gregorio de Nicomedia In sanctissinuim Ma riam assistentem Cruci, en donde se presenta a la Virgen como arinica asociada a la pasión saludable# (PG 100, 1489c). 2) Del s. vni al xi. El culto de la D. tiene por objeto la acompasíón», o sea la participation de la Virgen en los dolores del Crucificado, y se expresa bajo la forma de compadecimiento. Los aulores tratan de penetrar en los fntimos sentimientos de Ma rfa y los expresan, en Oriente, con los trenos o lamentaciones, como la de S. Ger man de Constantinopla (In dominici corpo ris sepulturam, PG 98, 269a-277b); la de Nicolás el místico († 925) en un canon o»Staurotheotokion» de nueve odas (Cf. Pitra, J. B., Spicilegium Solesmcnsc, t.
IV, París 1858, pp. 492-495) y la de Simón Metafraste f h. 965 (PG 114, 209-217). 3) Del s. xi al xii. En la segunda mitad del s. xi el objeto del culto de la D. empieza a ser más determinado: a la devoción de los cinco gozos o alegrfas de María se contrapone la de los cinco dolores de María, o sea de los dolores sufridos por María a la vista de las cinco llagas del Redentor (a saber, las dos de las manos, las dos de los pies y la del costado). Este elemento nuevo en la historia del culto de la D. se encuentra en la más antigua colección (siglo xi) de los Milagros de María (Liber de miraculis sanctae Dei genitricis Mariae, publicado por B. Pez [Ven. Agnetis Blaunhekin Vita et Rcvclationes, Viena 1731, p. 305 ss.] y por 61 atribuida a Photo de Pritfening). En ella se cuenta que un cldrigo, muy de vote de la Virgen, tenía la laudable costumbre de «cantara a menudo la antffona Gau de Dei Genitrix.
El historiador, después de transcribe toda la antffona, hace notar que la Iglesia, unióndose cinco veces a la alegrfa y gozo de María, ofrece una especie de compensación por la espada de dolor que Ic traspasd el alma a la vista de las cinco llagas de Cristo en la Cruz (las cuales, según el escritor, tenían por fin expiar los pccados cometidos por el hombre con los cinco sentidos). Se afirma, por tanto, la in tention de aconsolai'B los «dolores» de la Virgen con el anuncio de los «gozos». Esta niisnia intención la encontramos expresada on iinu plegaria compuesta por Anselmo de I iiccm (1068), que desea aconsolar a María, mau-irinilose a su inmenso dolor» (Cf. Wil ma i 1, A., en «Rev. asc. myst.a, 19, 1938, pp. 63-64). También S. Anselmo de Cantorbery (t 1109) quiere sufrir los dolores de María mientras Ella sufre los de su divino Hijo (Opera, ed. F. S. Schmitt, t. 3, Edimburgo 1946, p. 8). Las damentaciones» o allanto de María», ya en uso en Oriente, comienzan a propagarse también en Occidente. Existe uno de Godofredo de San Vfctor (f h. 1194), falsamente atribuido a S. Bernardo (v. Barrd, Le aPlanctus Ma riac» attribue a saint Bernard, en a Rev. asc. myst.s, 28 [1952] p. 246). 4) Del s.
XIII a nuestros días. El objeto del culto a la D., además de la acompasíón» a los pies de la cruz, y además de los cinco dolores, se extiende a las principales circunstancias de la vida de María y termina concretindose en los «siete» cldsicos y tradicionales dolores. Esta evolución del culto a los dolores aparece siempre paralela a la de los gozos de María. Dcsde el s. xiii, en el poema Virgo templum Trinitatis del Cantiller Felipe (t 1236), se habla ya de los asíete gozos» de Nuestra Señora. El paso de estos gozos a los asíete dolores» debid de ser muy ripido. Para Benedicto XIV y otros escritores se deberfa a los Siete Santos Fundadores de la Orden de los Siervos de María (Servitas), pero esta afirmación no está a\in históricamente probada. Y aun menos fundada, es más, sin fundamento alguno, es la extrafia tesis sostenida por H. Gaidoz, según la cual, los dichos Siete Fundadores se habrfan inspirado en un rollo sirio (conservado en el Museo Britdnico de Londres), que pasd de Oriente al Occidente en la Edad Media, y que representa a Istar, la diosa de la guerra, sentada sobre un tronco y rodeada de un trofeo de armas dispuestas en forma de abanico detrás de ella.
Esta extrana tesis ha sido refutada por el bolandista J. Delehaye (La Viergc aux sept glaives, en «Anal. Bolland.s, 12 [1893] p. 338 ss.). Gaidoz replied en «Meluse» (6 [1893] pp. 226-273), pero en vano. Es, con todo, innegable el nuevo y vigoroso impulso dado por la Orden de los Siervos de María, desde los comicnzos (1233), a la devoción a los dolores de Nuestra Señora simbolizada por su hdbito negro (hdbito de luto: aviduitatis habitusn). En el s. xiii también se establece la prictica de dedicar altares a la Dolorosa. En 1221 se le dedicd uno en Schdngau (Alemania) y en 1343 se le erigid otro en Neuss (Alemania). A los Siete Fundadores se remonta tambiln la Tercera Orden y la Compama o Cofradia de la D. Dc la devoción a los siete dolores de Ma ria hallamos hacia final del s. XIV dos testi monies: el del Officium de compassione y el del Speculum humanae Salvationist En el Officium de compassione (falsamente atribuido a S.
Buenaventura, y que al parecer fue indulgenciado por Juan XXII) se encuenlran siete fórmulas (atribuidas a Inoccncio III, f 1216) en memoria de los siete dolores sufridos por María durante la pasíón del Hijo, y también, al fill, una nueva serie de invocaciones a los siete dolores (profecía de Simeón, matanza de los inocentes, pérdida en el templo, prisión del Hijo, crucifixión, descendimiento y sepultura), cada uno de los cuales se compara a una espada. El Speculum humanae salva tion is escrito en 1324, muy difundido en la Edad Media, en sus liltimos capitulos (4345), contiene tres optisculos paralelos, en los que se trata sucesivamente de las siete estaciones u horas de la pasíón de Cristo, y de las siete tristezas de la Virgen (profecía de Simeón, huida a Egipto, pérdida en el templo, prendimiento de Cristo, crucifixión, descendimiento y soledad). Estas siete tristezas del Speculum se encuentran en el manuscrito 516 (Bibl. Mazarino de París), colección debida a Felipe de Mazifcre (t 1403), canciller de Chipre y consejero de Francia. A pesar de que la devoción a los a siete de lores)), en el s.
XIV, se encuentre bien arraigada, continua, sin embargo, la devoción a los acincoD dolores (anterior, como ya hemos indicado, a la de los siete dolores). Así, por ejemplo, las Grandes Heures de Rohan (de la primera mitad del $. XV) enumeran los ncinco grandes dolores» de María (Cf. Leroquais, V., Les livres d'heures mamts crits de la bibliothtque nationale, t. I, Parfas 1927, pp. 282-283). De los cinco dolores se hace tambien mención en el Prom pt uaritwi de miraculis B. Mariae V. de Juan Herolt (t 1468) y en el Antidotarius animae de Nicolás Saliceto (t antes de 1494). No faltd quien enumerase 10, 12, 15, 27 y hasta 50 dolores, y Alano de la Roche (f 1575) llegó a contar 150 (Cf. Meertens, M., De Godswrucht in de Nederlanden, t. VI, Malines 1934, p. 121, 145 ss.). En el s. XIV, y aun más en el XV, la D. es objeto de la himnologia. cEntre los himnos, secuencias, tropos y oficios rimados reuniós en los Anacleta hymnica de Dreves, unos diez se re montan al s. XIV. El siguiente siglo, más rico en cste aspecto, comprende mas de un cenlenar» (Bertrand, E., Notrc-Dame... t col. 1695, v. bibl.). El más célebre es el Stabat Mater (v.). Hacia fines del s.
XV, el sacerdote fla menco Juan de Coudenberghe hizo pintar los siete dolores (profecía de Simeon, huida a Egipto, pérdida en el templo, subida del Calvario, crucifixión, descendimiento, sepultura) y desde entonces quedaron definitivamente establccidos. En el s. XV se difundid mucho, especialmente en Flandes por iniciativa de Condenberghe, la Cofradia de los Dolores, por 41 fundada hacia el ailo 1490, aprobada por la Santa Sede, y luego enriquecida con in dulgences por decreto de 25 de octubre de 1517. Hacia fines del s. XVi, en 1598, los Servitas erigían en Bolonia una Cofradia de los Siete Dolores y daban, como insignia, un pequeflo escapulario negro o apequeno hábito. Clemente Vlll aprobaba sus estatutos en 1604. Paulo V, el 14 de febrero de 1607, concedia al General de la Orden de los Servitas la facultad exclusiva de erigir dondequiera que fuera la Cofradia de los Siete Dolores e incorporaba a la Orden todas las cofradías ya existentes. A principios del s. XVii se remonta, muy probablemente, la «Corona de la D.» o de los «Siete Dolores» (un uPadrenuestro» y siete «AvemaríasD, por cada dolor).
El Capftulo General de los Servitas del 19 de mayo de 1646, establecid la fdrmula definitiva, confirms da después en el Capitulo General de 1652. Un documento fechado en Perúsa el 7 de julio de 1676, describe, de nuevo, el modo de recitar la Corona en todas las iglesias de la Orden. Hacia fines del siglo XVn comienza a practicarse, particularmente por los Scrvitas de España, el piadoso ejercicio de la (Via Matris Dolorosae» o más sencillamente aVia Matris» a imita tion del 5 Via Cruciss del cual depende. Des puds que adquiri«5 una forma bien definida, comenzó a propagarse enonnemente. Un opusculo con el amdtcdo» de practicar la a Via Matris» fue reeditado en el año 1786. León XII, en un breve del 8 de mayo de 1833, establecia que para ganar las indulgencias anejas al piadoso ejercicio, las siete estaciones habrian de ser bendecidas y erigidas por el P. General de los Servitas o por un delegado suyo (Cf. Pecoroni, M., O. S. M., Pratiche devote, etc., ed. de 1891, p. 63). Son númerosos los escritos de los Servitas, del s. XVii en adelante, sobre los dolores de María y la devoción a los mismos. Hacia fines del s.
XVii nace la prdctica piadosa de los «Siete Viernes de la D.» como preparation para las dos fiestas littirgicas de los siete dolores (existe, en efecto, un amétodo» sobre los siete viernes de la D., publicado por el P. Angel M. SimonceJli on 1691). Hacia mediados del s. XVm se practicaba (enriquecido con indulgencias) el piadoso ejercicio de «Hora de la Desolada», los viernes por la tarde y al anochecer del.sdbado. Un siglo después naefa en Florencia, por iniciativa de los Servitas, la (Cofradia» de la (Corona viviente de la D.» que reunia a los fieles en grupos de siete personas, y les distribuia por turno la meditation de los siete dolores de María. De esta forma, cada nrupo de siete personas, recitaba diariamenle un Padrenuestro y siete Avemarías, y así I'omplctaban entre todos la recitación entera de la Corona de los siete dolores. En 1907 fue cnriquecida por la S. Sede con indul ge nci us. S. P 10 X hacia universal, el 26 de iikokIo de 1908, esta Pia Unión con facultad dr inslituir en cualquier parte centros para la 1 cgularidad y buen funcionamiento de la inisnm. Por ese mismo tienipo (a mediados de] s.
XIX) surgia también la prdctica del «Moh tic septiembre consagrado a la D.» (t l tVcoroni, op. c/7., p. 100). A principios de nuestro siglo, el 11 de liilin de 1906, se erigía en Roma, en la iglesia de S. Marcelo, la «P/a Unión de oraciones a la D. por la vuelta de los hermanos disidentes». En enero de 1917 se ponia en prdctica en Chicago (U. S. A.) por inicialiva del P. Santiago M. Keane, O. S. M., la «Novena Perpetua», o sea, el ejercicio «Via Ma tris» bajo la forma de aNovena» repetida en un solo dia (viernes) varias veces. Esta prdctica tuvo un dxito espectacular y se difundi«5 en Estados Unidos, en el Canadá y en otras varias regiones.
4. La D. en la liturgia. Dos son las fiestas que tienen por objeto venerar los dolores de María: la fiesta de los siete dolores del viernes de Pasión y la fiesta de los siete dolores del 15 de septiembre. 1) La fiesta de la D. del viernes de PasítSn tiene su origen en un recuerdo o conmemoración de la «recomendación» (Commendatio) de la Madre D., al pie de la cruz. a S. Juan. Tal recuerdo tenía senalado, antiguamente, el tiempo pascual (Cf. Holweck, F. G., Fasti mariani, Friburgo 1892, p. 316). En rcalidad Nuestra Seftora recomendada a S. Juan junto a la cruz, es un episodio evangclico demasíado notable para que no se le valorizara y se le pusiera en evidencia en la liturgia (como habían sido valorizados, por ejemplo, los de la anunciación, visitación, etc.). Y así se establecid (no se sabe con precision ni donde ni cudndo) la conmemoración litúrgica o paralitúrgica de la «Commendatio B. Mariae V.» inmediatamente después de Pascua. Desde el siglo xm-xiv, entre los servitas de lengua germana y entre religiosas de la misma orden (Cf. Monumenta O. S. M., vol. Ill, pp. 134 ss.; vol.
X, p. 83) estaba en uso un oficio y una misa de Santa María en los sdbados del tiempo pascual, con el evangelio de la «Recomendación» de María a San Juan. Ponian «su gloria» —según se lee en una especie de epigrafe de Praga de 1360— en «estar bajo la cruz». Una fiesta de la aCommendatio» se encuentra ya hacia me diados del s. XIV, en los paises de lengua alemana para el viernes después de la dominica (Jubilate» (III después de Pascua). Pero el primer documento explícito (e incluso indulgenciado) que se refiere a una fiesta littirgica de la D. es el decreto del sinodo provincial de Colonia del 22 de abril de 1423. Nueve años antes (1414), a la fiesta ya existente de la «Commendatio» el arzobispo de Colonia había unióo una solemne procesión (Cf. Hoi week, op. cit. t p. 321). En lo sucesivo la fiesta de la «Commendalio» irfa recibiendo los títulos de «Transfixio seu de maityrio cordis beatae Mariae», «de lamentatione B. M. V.», ede planctu B. M.», «de Compassione» y «cde septem doloribus B. V. M.». En 1482 Sixto IV compuso y mandd insertar en el misal romano una misa que viene a ser, con ligeras variantes, la actual del viemes de Pasíón y que Ilevaba el título de «N.ª S.“ de la Piedads.
Respondiendo a una stiplica del P. Antonio Castelli, General de los Siervos de María, la S. C. de Ritos autorizaba el 18 de agosto de 1714 para que en et viernes de Pasíón se pudiese rezar.con rito doble mayor en toda la Orden el Oficio de los Siete Dolores que por indulto especial se venia ya rezando en alguna de sus provincias. El 22 de agosto de 1729 Benedicto XIII, rogado por el P. Pedro M. Pieri, General (y luego Cardenal), y por el P. Curti, Procurador General de los Siervos de María, extendía la fiesta de los Siete Dolores a toda la Iglesia, fijándola para el viemes despuls de la domínica de Pasíón, con el rito doble mayor. 2) La fiesta de la D. del 15 de septiembre. Tuvo su origen en la Orden de los Siervos de María. Desde 1500 solían celebrar esos religiosos en la tercera domínica de cada mes una reunión de los asociados a la aCompañía del hábito de los Siete Dolores». Hacia 1600 comenzaron a solemnizar de un modo especial la reunion de la ter cera domínica de septiembre y el 3 de junio de 1668 la Santa Sede autorizaba a la dicha Orden la celebración de tal fiesta. En 1692, por iniciativa del P. Francisco M. Poggi, O. S. M. (luego obispo de S.
Miniato), era elevada a rito doble de II clase, y en 1696 a doble de I clase. En 1704, a consecuencia de una instancia del P. Bertazzoli, Procurador General de la Orden, Clemen te XI concedía indulgencia plenaria, con las condiciones de costumbre, a todos cuántos visitasen en la tercera domínica de septiembre una iglesia de la Orden. A instan cia de Felipe V la fiesta se extendía en 1735 a todos los dominios de España. El 18 de septiembre de 1814 Pío VII la extendía a toda la Iglesia con el Oficio y la Misa que estaban ya en uso entre los Siervos de Ma rfa, y que habían sido compuestos por el P. Práspero Bemardi, O. S. M. Con la re forma de S. Pío X la fiesta se fij«5 para el 15 de septiembre, con la excepción de los Siervos de María que segufan celebrándola en la tercera domínica de septiembre.
5. La D. en la literatim. En la literatura griega, baste citar el admirable Kontakion de S. Roman el Melodioso (t h. el 556), que consta de 17 estrofas sobre la Virgen junto a la cruz (Cf. Pitra, J. B., Anacleta sacra, t. I, París 1876, pp. 101-107) y el canon de Nicolás el Mfstico (t 925) sobre el lamento de la Virgen junto a la cruz (Cf. Pitra, J. B., Spicilegium Solemense, t. IV, París 1858, pp. 492-495). En la literatura latina, especialmente des de el siglo xiii, el tema de la D. da origen a los di versos Planet us, como el de Ogiero de Locedio (f 1214) errdneamente atribuido a S. Bernardo (PL 182, 1133-1142), que lue go ha sido parafraseado en varias lenguas; el Dialogus Beatae Mariae et Anselmi de Passione Domini (un Planctus dialogado) del ps.-Anselmo (PL 159, 251-290), el Sfabat Mater (v.), etc. En la literatura itallána florecen los Lamenti, como el de Anselmino de Montebelluna, el de Jacopone da Todi (aDonna del Paradison), el de Sennuccio Dei Bene, etcetera, y las Laudi, como la de los Bianchi (compuesta entre el 1300 y el 1400). Es digna de notarse la parte de la D. en las Sacrc Rappresentazioni (v. Teatro), como tambten merecen especial mención Dante Alighieri, Torcuato Tasso, G. B.
Marino, Fulvio Testi, Francisco di Lemene, G. B. Vico, Angelo Mazza, César Arici, Julio Carcano, Vicente Monti, A. Manzoni, Angiolo Silvio Novaro, etc. (Cf. Pazzaglia, La Donna del dolore, pp. 373-435, v. bibl.). En la literatura francesa se han esbozado, como en la itallána, tiernos Lamentos. como Li Regies Notre-Dame, terminado por Huon-le-Roi antes de 1248. Varios escritores franceses de los siglos XVii y XVm nos han dejado bellas páginas sobre la D. Hn el s. XIX figuran Pablo Verlaine (Cf. Pazzaglia, op. cit., pp. 435-436), Eduardo Turquety, Victor de Laprade, Victor Hugo, Carlos Leconte de Lisle, León Gautier, etc. (Cf. Lépicier, A., Mater Dolorosa, pp. 160-190, v. bibl.). Del puesto que corresponde en la literatura espanola a la D. nos da una idea la obra Side romances a los Dolores de la Virgen, escritos por los mejores ingenios de España, los saca a la luz Antonio Perez y Gomez Valencia, María Amparo y Vicente Soler, Tip. Modema, 1949. Dominan entre todos Gonzalo de Berceo (s. xiii), Cristdbal Villarroel y Lope de Vega (t 1635). Entre los contempor&neos hay que mencionar a Jacinto Verdaguer y a Arturo Casanova.
Entre los cantores de la D. en lengua portuguesa basta citar los nombres de Jackson de Figueiredo con su Planto da Senhora, Camdens, el brasíleflo Gregorio de Matos (autor del poema Soledade da Virgem Ma ria), Alfonso de Guimaraes (con su Scptenario das Dores de Nossa Senhora), etc. En la literatura alemana son célebres los versos dedicados por Wolfango Goethe, en el Fausto, a la D.; en la inglesa Francisco Thompson; en la hiingara Mindszenthy Gedeón; en la croata Antun Branko Simic; en la bohemia Segismundo Bronskca, etc. (Cf. Pazzaglia, op. cit., pp. 437-441).
6. La D. en el arte. Hasta el s. XV aproximadamente la tinica representación de la D. es la que aparece en el episodio evangdlico de la crucifixión. En la antiguedad no se halla un crucifijo, por no decir que ninguna otra represcntación, en los cuadros de la cruz, donde no figure la D. Durante este largo período no se ve nunca a la D. representada sola, sino siempre con el crucilijo (que comenzó a ser representado en id s. v). Lo más que se pensaba era dibujar los instrumentos de la pasíón en el fondo del cuadro de Nuestra Señora con el Niño U'nnio, por ejemplo, en el tipo clisico de la Virgen del Perpetuo Socorro de Roma), nmn» para poner a la Virgen en relación fun la pasíón de Cristo. No era. pues, posil»li‘ rompadecerse con Cristo sin compadeirise juntamente con la D. constantemente representada a su lado. Esta relación se ponia atin más de relieve hacia finales del siglo xiv al pintarse una espada (símbolo del dolor) clavada en el corazón de María situada bajo la cruz del Hijo. La m&s antigua imagen conocióa de este tipo es la del manuscrito 400 de la Biblioteca Nacional de París (Cf. Ldpicier, A., Mater Dolorosa.... p. 53, v. bibl.). En el s.
XV, con la propagación a la devoción de los Siete Dolores se ven aparecer (primero en Flandes y luego en España y en Francia) las primeras im igenes de la D. con las siete espadas en algunas xilograffas. En un principio las siete espadas se representaban en un solo haz fcomo en la obra Quodlibcta de Miguel Franfois de Lila, de 1434. Poco a poco las siete espadas sc colocarán tres a un lado y cuatro a otro, o bien en círculo, alrededor del corazón de la Virgen en forma de nimbo sobre su cabeza (Cf. Ldpicier, op. cit., pp. 53-57). Hacia el fin del s. XIV naefa un nuevo tipo de D.: el de la «Piedad», o sea la D. con el cuerpo exdnime de Cristo sobre las rodillas, como se ve en algunas miniaturas del 1380 (por ejemplo, en el manuscrito 520 de la Biblioteca Mazarino). A la pintura de la vPiedaún sigue la escultura, hasta llegar a la famosa de Miguel Angel (en S. Pedro del Vaticano en Roma), a la de Duprd (en el camposanto de Siena), etc. Hasta el s. XV no se comenzó a aislar a la D. separlndola de la cscena de la «Crucifixión» y de la aPiedadi para convertirla en una figura independiente: es la uSoledads de los esparioles.
También se representa en este siglo la escena del encuentro de María con el Hijo en el camino del Calvario (Buffalmacco, B. Angdlico). En el s. XVi y en lo sucesivo se desarrolld notablemente el adiós de Jesús a su Madre. En esto es admirable la obra de Correggio. BIBL.: Moiuni. A.. O. S. M.. Orfrjm del culto all’A., Roma 1893; (H. DrLF.iuYR). La Vierge an sept glaives, en sAnalecta Bollandiana». 12 (1893) uaginas 333-352; Zinkl. G. M., O. S. M., 7.ur Geschichte dcr Verherung der i»clmienen Marías, en «Theolocischprakiische C«iaria!schtifi)i. 63 HQ 10) pp. 14-35; DisSARD. J.. La truMhx'ou de A ‘otre-Dame. en «htiKfes». 155 (1918) pp. 257-286; Bernard, R.. Hotre-Dame des Sevt-Douleurs. en «Vic Spir.». 28 (1931) pp. 125-138; Wtlmart. A.. O. S. B., Auteurs sp: riiuels et textes divots du woven dee latiit, París 1932. pp. 505-536; Iournet, C.. Notre-Dame des Sept-Datdeurs, coll. «Cahiers de ta Vicrce».
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