TEATRO
La representación teatral o dramática cristiana y mariana ha tenido sus orígenes en la liturgia, es decir, en los llamados «Oficios dramáticos» de la baja Edad Media, oficios que van desde el nacimiento de Cristo hasta su sepultura, desde la Anunciación a la Asunción. Fueron sus promotores los Benedictinos. Existe en Montecasino un «Officium sepulchri» en el que el sepulcro está representado por el altar; el ángel y las Marías, con sus propios diálogos, están representados por un sacerdote y por algunos clérigos. El inglés Ethelwold, en su «Regularis concordia» del 955-975, llega a hablar de una «verdadera y propia forma dramático-litúrgica que brotó del Ritual cristiano» (Santelli). En Francia, en la catedral de Rouen, desde el s. IX, en la mañana de Pascua, tres canónigos, con vestiduras femeninas, representaban la escena de las tres Marías en el sepulcro. De estos gérmenes de teatro cristianomariano brotaron después en Francia, entre el s. XI y el XII, las primeras «Representaciones sacras» tanto cristianas como marianas. La primera pieza del teatro francés está constituida por «Le Jeu d’Adam et Eve», de finales del s. XII (Cf.
Cohen, G., La Sainte Vierge dans la Littérature Française du Moyen Age, en Du Manoir, t. II, París 1952, p. 29). En los ss. XIII y XIV, además de la narración de los «milagros» de Nuestra Señora, figuran también los Miracles de Notre-Dame par personnages (a cargo de G. Paris y U. Robert, vol. 8, París 1876-1893); o sea, milagros escenificados, reducidos a dramas sagrados, entre los cuales el más antiguo es el Milagro de Teófilo (un clérigo de Cilicia, del s. VI, que había entregado su alma al diablo y que había conseguido salvarse por medio de María), del trovador Rustebeuf, hacia 1260 (Cf. Charlot, Miracles de Notre-Dame, 4 miracles scéniques du XIVe siècle, Sorlot, París 1945). Son también dignos de nota los cuarenta Miracles de Notre-Dame, de una cofradía parisiense del s. XIV, donde María aparece como salvadora al término de numerosos acontecimientos. Por otra parte, en Francia se remontan a principios del s. XIII los llamados «Misterios», especialmente los grandes misterios de la «Natividad» y de la «Pasión de N. S. Jesucristo» (Cf.
Cohen, G., Histoire de la mise en scène dans le Théâtre religieux français du Moyen Age, 2 ed., París, Champion 1926; Mystère et Moralités du manuscrit 617 de Chantilly, p. p. G. Cohen, París, Champion 1920; Mélanges Grandganage, Lieja 1932). En Italia, en el s. XIII, dominan las llamadas «Sacre Rappresentazioni», ejecutadas al aire libre, sobre escenario único. Así, por ej., la sagrada representación de la Resurrección y de la Anunciación se llevaban a cabo en Padua en 1243 y en 1267. Tales «Representaciones Sagradas» florecieron particularmente en Florencia (Cf. De Bartholomaeis, V., Laude drammatiche e Rappresentazioni Sacre, Florencia 1843; D’Ancona, A., Sacre Rappresentazioni dei sec. XIV-XVI, vol. VIII (Florencia 1873). Son también conocidas las «representaciones» sobre la Anunciación y sobre la Visitación contenidas en los códices de Treviso (1261), de Venecia (1267), de Padua (1278), de Civitavecchia (1304), de Cividale, etc. Los personajes eran, generalmente: la Virgen, el arcángel S. Gabriel, Santa Isabel, S. José y Zacarías. Estos dos últimos no hablaban.
Al atardecer, los autores se dirigían con su indumentaria a la iglesia, en compañía del clero y del diácono y subdiácono con paramentos sagrados. El Arcángel era siempre un joven; la Virgen y Santa Isabel eran dos clérigos vestidos de mujer (esto si las representaciones se desarrollaban en la iglesia y no al aire libre, en la plazuela). Iniciaba la sagrada representación el subdiácono leyendo el «Ecce virgo concipiet» de Isaías. Seguía, el diácono, el cual, como cronista, daba comienzo al canto del evangelio de la Anunciación: «Missus est» (dialogando oportunamente, como se usa todavía en el «Passio»). Cuando la Virgen llegaba a las palabras: «Ecce ancilla Domini..!» se ponía en pie y las cantaba con solemnidad. Apenas sentada de nuevo, descendía de lo alto una paloma que la Virgen acogía bajo su manto. Hecho esto, el diácono comenzaba el evangelio de la Visitación, y el diálogo entre la Virgen y Santa Isabel se concluía con el canto del «Magníficat»: la Virgen cantaba los tres primeros versículos; el clero y el pueblo, acompañados del órgano, cantaban lo restante. Además de las «Sagradas Representaciones», tenían lugar en Italia, en los ss.
XV y XVI, las representaciones de milagros marianos (ya en vigor en Francia), como: El Milagro de Estrella, El milagro de Nuestra Señora que resucitó al hijito de un rey, El milagro de Nuestra Señora, de cómo dos doncellitas fueron difamadas, etc. Análogas representaciones tenían lugar, en la Edad Media, en Alemania, en Hungría, en Suiza, en España, en Inglaterra (Cf. Guidacci, M., Sacre Rappresentazioni inglesi, Florencia 1954). En el s. XVI, y bajo el influjo de la reforma protestante y del Renacimiento, el T. cristológicomariano desaparecía prácticamente por doquier, a excepción de España y Portugal. En España son célebres los nombres de Lucas Fernández, Rueda y, sobre todo, el gran Calderón de la Barca († 1581), autor de composiciones teatrales cristianas y marianas. En Portugal sobresale Gil Vicente. En el s. XVII son dignos de particular mención el Adán de G. B. Andreini, florentino, en el que se ensalza al Redentor y a la Corredentora del género humano; la Sacra Rappresentazione dei Sette Beati Fondatori della Religione dei Servi, del poeta servita Juan Ángel Lottini, florentino (Cf. «L’Addolorata», años 1934-35). También en el s.
XVII nacía en Alemania la célebre «Representación» de Oberammergau (Baviera). España alcanzaba el punto culminante de la perfección en el teatro cristianomariano con el insuperable Lope de Vega († 1635), el cual acostumbraba a decir: «¿La Virgen? Es la única mujer que conviene a mi corazón.» A María el corazón es uno de sus más bellos «autos marianos». A De Vega se pueden añadir Tirso de Molina, autor de la Madrina del cielo, Juan Ruiz Alarcón y Mendoza, Agustín Moreto y Cabana, Felipe Godínez, Valdivieso. Los siglos XVIII y XIX registran un decaimiento general del T. cristiano y mariano. Sólo en nuestro siglo XX se nota una especie de continuación con resúmenes y reconstrucciones de «Sagradas Representaciones» florecidas especialmente en Italia. De ello es indicio el melodrama El Milagro de Lourdes, del m. Miguel Mondo. En Francia sobresale La Anunciación a María, de Paul Claudel. Durante el Año Mariano 1954 tenía lugar en Roma, en el Auditorium de Palazzo Pío, una importante representación escénica de la vida de María, escenificada por Horacio Costa, con música de G. Tosatto.
Recientemente ha surgido en los Estados Unidos de América del Norte, por iniciativa de la actriz ítaloamericana María Iannella, la asociación dramática «Madonna Players». BIBL.: Santelli, A., La Virgen en el Teatro, en «Enc. Mar. Theotócos», pp. 749-762.