Síntesis de la doctrina mariológica
preliminar doctrinal del autor
I. Singular misión
El sapientísimo Dios, habiendo decretado ab aeterno difundir ad extra su infinita bondad, para su gloria extrínseca, de los muchos modos posibles para tal difusión, escogió el presente plan del universo, compuesto de seres visibles e invisibles, cuyo centro y vértice fuese el Verbo Encarnado, síntesis de todas las obras de Dios ad extra, Redentor, es decir, nuevo Adán, restaurador de la ruina causada por el primer Adán.
Pero como Dios había también dispuesto ab aeterno que el Verbo Encarnado y Redentor del mundo fuese «linaje de la mujer» (Gén. 3, 15), «hecho de la mujer» (Gál. 4, 4), para que perteneciese a nuestra misma raza pecadora, de ahí se sigue que con el mismo decreto, aunque no del mismo modo, por el que Cristo fue predestinado Hijo de Dios y Redentor del mundo, o sea nuevo Adán, María Santísima fue predestinada como Madre del Hombre-Dios, del Redentor, y, por consiguiente, Madre universal, tanto del Hombre-Dios Redentor como de los redimidos, sus místicos miembros: Madre de Dios en el orden natural, madre de los redimidos en el sobrenatural.
Cristo, en efecto, como Hombre-Dios, tiene un cuerpo físico igual al nuestro; como Redentor del género humano tiene un cuerpo moral constituido por todos los hombres, del cual es cabeza. Pero resulta que María Santísima lo engendró y dio a luz no sólo como Hombre-Dios, con su cuerpo físico, sino también como Redentor, con su cuerpo místico, del cual es cabeza; se sigue de ahí que Ella es verdadera madre tanto del Hombre-Dios, con su cuerpo físico, como Redentor con su cuerpo místico constituido por todos los redimidos, miembros místicos de Cristo, es decir, madre universal, madre del Cristo total, cabeza y miembros.
Según esto, un triple vínculo, físico, metafísico y moral, une indisolublemente, en el tiempo y en la eternidad, a Cristo con María. Un vínculo ante todo físico, en virtud del cual la carne y la sangre de Cristo —sangre que, en dicho del Apóstol, fue como el precio de nuestro rescate— no son otra cosa, en su origen, que la carne y la sangre de María; un vínculo metafísico, en virtud del cual una relación real, basada en la real generación de la divina persona del Verbo en lo que se refiere a su naturaleza humana, une por siempre a María Santísima con Cristo, de tal forma que Cristo, el Hijo, no puede existir, ni siquiera se le puede imaginar sin María, la Madre, ya que los correlativos lo son simul en la existencia y en el conocimiento; un vínculo, finalmente, moral, fundado en los dos precedentes, en virtud del cual la madre comparte la suerte del hijo, y viceversa, en una admirable unión de pensamientos, afectos, gozos y dolores; unión de tal manera estrecha, que hace de la madre y del hijo una sola persona moral, de modo que el que ensalza al hijo ensalza también a la madre, el que ofende al hijo ofende también a la madre; el que reniega y se separa del hijo, reniega y se separa también de la madre, y viceversa.
De esta íntima e indisoluble unión (física, metafísica y moral) se sigue:
1) La trascendencia de María, con Cristo, sobre todos los seres creados, aun los más nobles, de tal manera que todo lo que de bello y de bueno, y de grande se encuentra diseminado en el universo, lo posee todo junto, en cierto modo, María; se sigue también que María Santísima fue la más semejante a Cristo, hasta el punto de tener, por participación, los mismos privilegios que adornaron, por naturaleza, a la Humanidad sacrosanta de Cristo; se mostró, en efecto, semejante a Él en la predestinación, en la preconización profética, en la expectación de los siglos; semejante también en la pureza inmaculada y en la plenitud de gracia y de gloria; y mientras el Hijo fue y es omnipotente por naturaleza, Ella fue y es omnipotente por gracia.
2) De esta íntima e indisoluble unión (física, metafísica y moral) existente entre Cristo y María, se sigue que María Santísima, lejos de ser un elemento accidental o accesorio del Cristianismo, es, al contrario, un elemento esencial; lejos de hallarse en la periferia de la religión cristiana, se halla en el centro de la misma, al lado de Cristo, por más que en un plano secundario y subordinado. El Cristianismo, en realidad, estriba en dos elementos: Cristo y los cristianos, miembros místicos de Cristo. Ahora bien, tanto Cristo, con su cuerpo físico, como los cristianos, místicos miembros de Cristo cabeza, nos serían del todo incomprensibles sin María, verdadera Madre, como hemos dicho, tanto de Cristo, cabeza, como de sus miembros místicos. En esta doble maternidad, física y natural con respecto al Cristo físico, sobrenatural y mística por lo que se refiere al Cristo místico, o sea en la maternidad para con Dios y los hombres, se halla la singular misión confiada por Dios a María, y para la cual, en unión con Cristo Hombre-Dios y Redentor, estaba ab aeterno predestinada.
3) Por otra parte, de la íntima e indisoluble unión existente entre Cristo y María en el mismo decreto de predestinación, se sigue que también María, juntamente con Cristo, ha ocupado, desde la eternidad, el primer puesto, no sólo en la mente y en el corazón de Dios, en el sentido de que ellos fueron, según nuestro modo de entender, el objeto de la mente y del corazón de Dios antes que todas las otras cosas creadas, sino también en la creación, en el universo, como centro y vértice del mismo, de tal forma que todas las cosas creadas en su escala jerárquica, como menos nobles, están ordenadas todas ellas a lo que en él hay de más noble, es decir, a Cristo y a María, para su gloria, como el cortejo que antecede al Rey y a la Reina del universo. «Todo es vuestro» —decía San Pablo—; es decir, ha sido ordenado por Dios para vosotros, oh hombres; «vosotros sois de Cristo», es decir, sois para Cristo, inseparable de María, y para su gloria; «y Cristo de Dios», o sea, está destinado, con María, para la gloria de Dios (I Cor. 3, 22-23). También María Santísima, lo mismo que Cristo y juntamente con Él, ha sido constituida por el Padre «heredera del universo» (Hebr. 1, 1-2). Por consiguiente, «todas las cosas han sido hechas para Cristo y nosotros mismos hemos sido hechos para Él» (per quem omnia et nos per ipsum) (I Cor. 8, 6), del mismo modo todas las cosas y nosotros mismos hemos sido hechos, en cierto sentido, para María.
4) De la íntima e indisoluble unión entre Cristo y María se sigue, además, que María, junto con Cristo, es Reina y centro de todos los siglos, la gran dominadora de la historia, el verdadero eje en torno al cual gira la historia, con todos sus acontecimientos; y del mismo modo que el Apóstol pudo decir que Cristo es «hoy, ayer y por los siglos», así también María, junto con Cristo, el cual —lo repetimos— es inconcebible sin María, es «hoy, ayer y por los siglos». Podíamos decir —afirma San Pío X en la encíclica Ad diem illum— que en María, después de Cristo, encontramos el fin de la Ley y el cumplimiento de las figuras y de las profecías.
Por eso, sea en las principales predicciones, que nos manifiestan el eterno decreto de la predestinación divina, sea en el cumplimiento de las mismas, Cristo y María se nos presentan siempre íntimamente, indisolublemente unidos; Cristo, en efecto, ya en la primera de las profecías, la que Dios hizo en el Edén, se nos presenta de repente como «linaje de la mujer» (Gén. 3, 15); el profeta Isaías nos lo presenta como vástago de una virgen (Is. 7, 14), como una vara florida de la raíz de Jessé (Is. 11, 1). Los primeros adoradores judíos de Cristo, los pastores, «hallaron a María y al Niño» (Luc. 2, 16); los primeros adoradores gentiles, los Magos, «hallaron al Niño con María su Madre» (Mat. 2, 11). María está con Cristo en la santificación del Bautista (Luc. 1, 39-80); está presente en la primera oblación hecha en el templo de Jerusalén cuando se le predijo su asociación a los dolores del Hijo (Luc. 2, 22-38); está presente en la solemne manifestación de Cristo en las bodas de Caná, impetrando con sus plegarias maternales el primer milagro: et erat mater Iesu ibi (Jn. 2, 1-11); está presente en el Calvario, junto al altar de la Cruz, en el momento solemnísimo de la redención del mundo: Stabat iuxta crucem Iesu mater eius (Jn. 19, 25). Por eso la historia del universo, así como estriba en Cristo, así también estriba en María, inseparable de Cristo.
Lo mismo que la culpa de Adán, cometida con la cooperación de Eva, envolvió todo el universo, del mismo modo la redención de la culpa, obrada por Cristo, nuevo Adán, con la cooperación de María, nueva Eva, envuelve a todo el universo, sacándolo del pecado para la vida sobrenatural y renovándolo por completo, según el dicho del Apóstol: Ecce facta sunt omnia nova (II Cor. 5, 17). Cristo, junto con María, ha sometido a sí todas las cosas (Efes. 1, 22; Hebr. 2, 8), para que Dios pueda vivificar todas las cosas (I Tim. 6, 13).
Lo mismo que Cristo es el mediador, María, íntimamente asociada a Él, es la mediatriz entre Dios y los hombres, ya que, con Cristo, está en el medio, entre los dos extremos, Dios y los hombres, y los une llevando a Dios las cosas del hombre y en sustitución del hombre, y llevando al hombre las cosas de Dios, es decir, la gracia y la gloria. Lo mismo que Cristo es Rey, así también María, tanto por derecho de naturaleza, en cuanto es Madre de Él, como por derecho de conquista, en cuanto que es compañera en la obra de la Redención, en sentido propio y verdadero es Reina del universo, con un dominio universal sobre todo y sobre todos, en tal forma que incluso delante de Ella, como delante de Cristo, omne genu flectatur, caelestium, terrestrium et infernorum (Fil. 2, 10).
II. Singulares privilegios
Del hecho de que Dios no confíe nunca a nadie una misión sin proporcionarle, al mismo tiempo, todos aquellos dones y privilegios que lo hagan digno de tal misión, se sigue que a la singularísima misión de madre, de mediadora y de reina universal confiada por Dios a María deberán corresponder dones y privilegios singularísimos. Estos dones y privilegios envolverán toda la persona de María, en todo momento de su existencia, desde el primero hasta el último.
Y efectivamente, desde el primer instante de su existencia, Ella, a diferencia de todos los demás descendientes del Adán pecador, en previsión de los futuros méritos de Cristo, su Hijo, fue preservada de la culpa original, presentándose toda Ella envuelta por la luz de la gracia divina, mulier amicta sole (Apoc. 12, 1), una gracia superior, ya entonces, a la de todos los demás simul sumpti.
En el curso de su existencia terrena, Ella, y sólo Ella, fue virgen y madre, virgen enteramente, no sólo antes del parto, el cual no mancilló para nada su integridad corporal, y después del parto, sino también durante toda su vida, perenne y totalmente orientada, con la mente y con el corazón, hacia Dios; Ella y sólo Ella entre todas las mujeres, lejos de dar a luz con dolor, dio a luz a su primogénito en el gozo, viéndose así libre de la maldición lanzada por Dios contra la mujer; Ella y sólo Ella, durante toda la vida, con la plenitud de la gracia (Luc. 1, 28), tuvo la plenitud de todas las virtudes y de todos los dones del Espíritu Santo, y estuvo siempre inmune de la más mínima sombra de culpa actual.
Y al fin de su vida terrena, Ella y sólo Ella, vencedora del pecado y, por consiguiente, de la muerte, lejos de corromperse, fue asunta a la gloria del cielo en cuerpo y alma, a una gloria superior a la de todos los demás, ángeles y santos.
III. Culto singular
La Iglesia de Cristo, colocada desde sus comienzos ante una criatura tan singular en sus prerrogativas, tanto en su misión como en los privilegios de ella dimanantes, no podía menos de tributar, desde el principio, un culto enteramente singular a la Madre de Dios y Madre nuestra, es decir, el culto de hiperdulía, bajo muy variadas formas; culto legítimo y útil, e incluso necesario para alcanzar la eterna salvación y nuestra predestinación para la gloria del cielo.
Texto restituido de las páginas preliminares VII-X del facsímil. Se han corregido deformaciones inequívocas del OCR y se han normalizado únicamente signos, acentos y referencias bíblicas manifiestamente dañados.