Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

SANTIAGO el menor

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Con toda probabilidad es el apóstol Santiago de Alfeo, primo del Señor, distinto de Santiago de Zebedeo en las listas de los Apóstoles (Mt. 10, 2-4; Mc. 3, 16-19; Lc. 6, 14-16; Act. 1, 13). Es identificado con Santiago, primo del Señor (Mt. 13, 55; I Cor. 15, 7; Gál. 1, 19; 2, 9.12; Act. 12, 17; 15, 13; 21, 18, etc.), que tiene por hermano a Judas (de Santiago; Lc. 6, 16; Act. 1, 13; Jud. 1) o Tadeo.

Los Evangelios no le atribuyen nunca un papel importante: limítanse a hacer mención de su parentesco (hermano = primo) con Cristo (Mt. 6, 3 s.), de la presencia de su madre en el Calvario (Mc. 15, 40), la cual probablemente era esposa de Cleofás y hermana de nuestra Señora (Jn. 19, 25), y de sus hermanos José, Judas y Simeón (Mc. 6, 3 ss.). En los Actos ocupa un puesto de primer plano; goza de gran autoridad en la Iglesia de Jerusalén (12, 17); en el Concilio de Jerusalén propone una solución (15, 13-19), acoge 538Ba San Pablo cuando regresa del tercer viaje apostólico (21, 18). Pablo a su vez lo cuenta entre las columnas de la Iglesia (Gál. 1, 19) y lo menciona como favorecido por una visión de Cristo resucitado (I Cor. 15, 7). Eusebio ( Hist. eccl. II, 23, 4-8) refiriéndose a Hegesipo, informa de que Santiago, llamado el Justo , vivió como asceta y fué el primer obispo de Jerusalén.

Según Flavio Josefo ( Ant. X, 9, 1) Santiago fué martirizado por el Sumo Sacerdote Anano el Joven en el interregno que hubo (62 desp. de J. C.) entre la muerte del Procurador Festo y el advenimiento de su sucesor Albino. Epístola de Santiago. Es la primera de las siete epístolas católicas. Es erróneo el sentir de cierto autor español (San Isidoro de Sevilla: PL 83, 151, 85, 540) que se la atribuye a Santiago el Mayor, como el de algunos racionalistas (A. Mesen 1930) que se la atribuyen a un hebreo no convertido del s. I desp. de J. C. que se dirige en nombre de Santiago a las doce tribus de Israel, lo que es absolutamente incompatible con la presencia del nombre de Jesús (1, 1; 2, 1) y con el espíritu del sermón de la montaña, del que se halla toda impregnada. No es posible señalar un tema central desarrollado conforme a una división lógica.

Las ideas principales se suceden en este orden: C. 1: después del título propone el gozo que se halla en el dolor; hay que pedir a Dios esta sabiduría; la tentación no proviene de Dios, sino de las pasiones; la palabra de Dios debe ser oída y practicada. C. 2: evítense los favoritismos para con los ricos; la fe sin las obras es muerta. C. 3: la lengua debe ser frenada; la verdadera sabiduría es caritativa. C. 4: las pasiones son la causa de las guerras; hay que dominarlas con la caridad y con la paciencia; evítense la maledicencia y los juicios temerarios. C. 5: a los ricos soberbios e injustos está reservada la maldición, a los oprimidos se les aconseja la paciencia a imitación del agricultor, de los profetas y de Job; no se debe jurar en vano; órese en el tiempo de la tribulación; adminístrese la Extremaunción a los enfermos; se recomiendan encarecidamente la confesión de los pecados, las oraciones de los justos y la conversión de los pecadores. La cuestión bastante debatida de las relaciones de esta epístola con San Pablo condiciona la de la fecha, de los destinatarios y del fin de la misma.

Ante todo es evidente que las contradicciones entre Santiago y San Pablo («La fe sin obras es muerta» Sant. 2, 539A21; «Por las obras y no pola fe solamente se justifica el hombre»: Sant. 2, 24; «Sabemos que no se justifica el hombre por las obras de la Ley, sino pola fe»: Gál. 2, 16; Rom. 3, 2 ss.) no son más que aparentes, porque los mismos términos (obras, fe y justificación), son tomados según significados diferentes. Del contexto se deduce que Santiago intenta hablar de las obras buenas, recomendadas a los cristianos en el sermón de la montaña, de la fe como de simple adhesión intelectual a la verdad; y del aumento de gracia (justificación segunda); mientras que San Pablo, intentando oponerse a los judaizantes, que exigían la observancia de las obras de la Ley de Moisés como condición para alcanzar la justificación, habla de las obras de la Ley de Moisés, de primera justificación y de fe viva activada por la caridad (Gál. 5, 6). No es tan segura la determinación de la prioridad entre San Pablo y Santiago, ateniéndose a la fecha de la celebración del Concilio de Jerusalén, cuando todavía no había surgido la cuestión judaizante (45-49 desp. de J. C.).

Los destinatarios son judíocristianos de la Diáspora, convertidos bastante pronto y dispersos por Siria, Fenicia, Cilicia y Chipre. El fin es eminentemente moral, análogo al del sermón de la montaña. Carece de fundamento la polémica antipaulina supuesta por M. Lutero, que calificaba a este escrito llamándole «epístola de paja», porque 2, 24 contradice a su teoría sobre la fe como única que salva. Ofrece especial interés dogmático el pasaje que trata de la Extremaunción (5, 14-15), interpretado auténticamente por el Concilio de Trento (Denz. 907-910; 926-929). El rito practicado sobre un enfermo dotado aún de conocimiento, en el nombre, es decir, por autoridad del Señor Jesucristo, que es su institutor, mientras que el apóstol no hace más que promulgarlo, es un signo sacramental con su materia remota (óleo) y su materia próxima (la unción), su forma (la oración de la fe), el ministro (los presbíteros sacerdotes); y aparte los efectos materiales (curación o al menos alivio material o moral del enfermo), se indican suficientemente los efectos espirituales: la salvación espiritual y el perdón de los pecados juntamente con la comunicación o el aumento de la gracia santificante.

Esta epístola, conocida ya de Clemente de Roma, Hermas, Justino, Teófilo de Antioquía, San Ireneo, figura entre los llamados deuterocanónicos del Nuevo Testamento (v. Canon).

539BBibliografía

J. Chaine, L’Épître de Jacques , París 1927. J. Bonsirven, en DBs , IV, col. 783-95. P. de Ambroggi, Le epistole cattoliche di Giacomo, Giovanni e Giuda , 2.ª ed., Torino 1949, pp. 11-85. P. Theophilus García de Orbiso, O. M. Cap., Epístola s. Iacobi ( Lateranum , N. S. XX, 1-4), Roma 1954.

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