SANTO (santidad)
La palabra santo (del latín sancire : establecer, fijar como cosa sagrada o consagrada a Dios) en los LXX y en el Nuevo Testamento traduce la griega ἅγιος (que entre los escritores profanos era empleada para designar las cosas que infunden un terror religioso), y la hebrea kadoš , cuya etimología parece derivarse de kadab (separar de la impureza o del uso profano). Así en latín como en griego y en hebreo existen palabras a cuyo significado se aproxima, como sagrado, ἱερός, ἁγνός, tahor (= puro), y de las cuales se aparta para tomar en los libros sagrados un sentido bien definido (cf. ThWNT , I, 87-116; III, 221-248). A) En el Antiguo Testamento se llama (Éx. 15, 11) y se proclama (Is. 6, 3) santo por excelencia a Dios , en virtud de su majestad e inaccesibilidad. El mismo Dios se atribuye muchas veces a sí mismo esta propiedad (Lev. 11, 14; 19, 2; 20, 6...), y es justamente Él quien santifica a los demás (sobre Moisés: Éx. 19, 10.14; sobre Samuel: II Sam. 16, 15; sobre todo el pueblo: Éx. 20, 12). Pero éstos, comparados con la santidad de Dios, siempre son impuros (Job 4, 17; 25, 4-6), y nadie puede presentarse como justo ante el Señor (Sal. 142, 2), ni siquiera acercarse a Él (cf.
Éx. 19 ss., donde el Señor exige repetidas veces que el pueblo no suba al monte Sinaí, santificado por la presencia de Dios, bajo la pena de muerte). Los profetas (como ya Moisés antes que ellos: Éx. 3, 5) sintieron vivamente su indigencia e impureza en presencia del Señor (Am. 2, 7; Is. 6, 3-7) y del «Santo de Israel» (29 veces en Isaías). Dios exige de los hombres la santidad, incluso con terribles castigos (I Sam. 6, 20; Is. 5, 16) y repite con insistencia que el motivo y el modelo de la santidad del hombre debe ser la santidad misma de Dios: «Sed santos, porque santo soy yo» (Lev. 19, 3; 20, 26...). La exige más aún de su pueblo (Éx. 19, 6: «vosotros seréis para mí el reino de sacerdotes y una nación santa») en virtud del pacto establecido, por el que Israel debe ser santo así colectiva como individualmente. La consagración al Señor puede tener una expresión más viva en los individuos en particular cuando se trata de la vida de los nazareos (Núm. 6; cf. v. Nazareato ) y de la santidad que se exige de los que se consagran al culto divino (Lev. 21; cf. v. Sacerdocio ).
540ANo se trata solamente de limpieza legal, la cual está asimismo preceptuada por el Señor con numerosos mandatos, sino de una adoración interna y de una vida moral pura que supone el cumplimiento de las leyes morales y concretamente del Decálogo (Éx. 20; Dt. 5). Incluso los objetos pueden ser santos en sus relaciones con el culto divino (tabernáculo: Éx. 28, 43; sacrificio : Éx. 28, 38; vestiduras sacerdotales: 28, 2.4; incienso, aceite, ...) y con la presencia de Dios (tierra de Canán: Zac. 2, 17; ciudad de Jerusalén: Is. 48, 2; zarza ardiendo: Éx. 3,5). B) En el Nuevo Testamento afírmase también que Dios es santo, si bien no tan a menudo como en el A. T. Ap. 4, 8, nos ha conservado un eco de Is. 6, 3, y el mismo Cristo en su oración sacerdotal invoca al Señor llamándolo «Padre santo» (Jn. 17, 11). Pónese más bien de relieve la santidad de Cristo (Lc. 1, 35; Act. 3, 14; 4, 27.30; Jn. 6, 69, griego ὁ ἅγιος τοῦ Θεοῦ, Vulg. «Christus Filius Dei»), a quien el Ap. 3, 7, designa como «santo y verdadero» (ἀληθινός es un término del agrado de Juan). Si en el A.
T. la santidad del fiel tiene un motivo en la santidad divina (Lev. 11, 44; 19, 2), en el Nuevo puede presentarse a Cristo, en virtud de la encarnación, como modelo más próximo que debe imitarse (I Pe. 1, 15-16), bien sea directamente en persona o bien indirectamente (I Cor. 4, 16; 11, 1; I Tes. 1, 6), y es un modelo sin tacha (I Pe. 2, 22; 3, 18; I Jn. 3, 5) que posee la plenitud del Espíritu santificador (Lc. 4, 14.21).
El Espíritu santificó la encarnación (Lc. 1, 35), el bautismo (3, 21-22), el ayuno y las tentaciones (4, 1), toda la actividad apostólica (4, 14-21) dirigida (4, 1) por el Espíritu. Llámase repetidas veces santos a todos los cristianos en el Apocalipsis (5, 8; 8, 3.4; 13, 10; 14, 12; 16, 6; 18, 24; 19, 8; 20, 8), si bien tal apelativo ha sido ya antes aplicado treinta veces por San Pablo (Rom. 1, 7; I Cor. 1, 4; II Cor. 13, 12; Flp. 4, 22; Ef. 3, 8; I Tim. 5, 10...).
La santidad adquiere en el N. T. un carácter particular en cuanto unión íntima con Cristo (Gál. 2, 19-20; Rom. 15, 12) que transforma nuestra naturaleza hasta convertirla en una καινὴ κτίσις (Gál. 6, 15), y no tiene aquellos límites y caracteres nacionales que en el A.
T. distinguen lo «peculiar de Dios»: judíos y gentiles entran con idénticos derechos en este nuevo pueblo de Dios. Todos cuantos creen (Act. 21, 18) pertenecen a esta sociedad de santos; todos alcanzan la 540Bremisión de los pecados mediante el Bautismo (Ef. 5, 26) y son santificados por el Espíritu Santo (Rom. 15, 16), que llevará a un término glorioso toda la vida del cristiano hasta la resurrección de los cuerpos , que asimismo se debe a la acción del Espíritu (Rom. 8, 11, διὰ πνεύματος; en Vulg., propter corresponde más bien al διὰ con el acusativo). No se trata solamente de una impureza que hay que evitar, sino de un principio nuevo de vida que nos transforma in Christo (típica expresión paulina). Acerca de los términos con que se designa esta santidad, ἁγιασμός, ἁγιότης, ἁγιωσύνη, καθαρισμός, etc., cf. ThWNT , I, 87-116; F. Prat, La Théologie de S. Paul , II, 301-302.
Bibliografía
U. Bunzel, Der Begriff de Heiligkeit im AT , Breslau 1914. ThWNT , I, 87-116
III, 221-248. W. Eichrodt, Theologie des A. T. , Leipzig 1933, I, 139-46. P. van Imschoot, La sainteté de Dieu dans l’A. T. , en La vie spirituelle , 1946, n. 309, pp. 30-44. P. Remy, Le sens du mot sainteté , en Études franciscaines , 49 (1937), pp. 464-474. J. Dillenberger, Das Heilige im N. T. , Kufstein 1926. E. Issel, Der Begriff der Heiligkeit im N. T. , Leiden 1887. A. Moraldi, Dio è amore , Roma 1954, pp. 133-144. F. Prat, La Théologie de S. Paul , París 1925, II, pp. 301-304. A. J. Festugière, La sainteté , París 1942.