Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

JUDÁ (Reino de)

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Para la historia del pueblo hebreo desde los comienzos hasta el fin del período de los Jueces, v. Hebreos (Historia), y sucesivamente Saúl, David , Salomón. A la muerte de Salomón (930 a. de J. C.) tuvo lugar la escisión del reino en dos troncos: las diez tribus septentrionales se separaron de la dinastía davídica, a la que se mantuvo fiel la tribu de Judá, la de Simeón y la parte meridional de Benjamín , que acabarán por ser absorbidas por la primera. En consecuencia queda separada la historia del reino de Israel (930-721 a. de J. C.), o septentrional, o de Efraím (como tribu principal), o Samaría (futura capital, v. Israel ); y la del reino de Judá desde 930 hasta 587, o sea hasta la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor , fundador del gran imperio neocaldeo (605-539 a. de J. C.). Respecto del sincronismo de los dos reinos, v. Cronología bíblica . Para la cautividad y el período de la restauración subsiguiente hasta los macabeos, v. Judaísmo . 330BAl morir Salomón le sucedió inmediatamente su hijo Roboam, de unos 41 años de edad (II Par. 12, 13). En Judá siguió siendo hereditaria la sucesión de la dinastía de David.

Como había sido educado en la irreflexión del fausto, no fué capaz de penetrar el alcance que tenían las negociaciones que las tribus septentrionales quisieron entablar con él en Siquem, antes de darle su adhesión; su necia respuesta, propia de un déspota, y el rasgo de enviarles el odiado Adoniram, prefecto de los tributos en tiempos de Salomón, al que las turbas dieron muerte, confirmaron la escisión definitiva. Roboam hubo de regresar velozmente a Jerusalén (I Re. 12), y como su reino quedó reducido a la tribu de Judá (prácticamente sólo desde un poco más allá del norte de Jerusalén hasta el Negueb), trató de ensanchar sus territorios a expensas de las tribus septentrionales. La hostilidad entre los dos reinos fué casi continua. En 925-24 sufrió la invasión de Sesac, rey de Egipto . En la lista de 165 ciudades ocupadas por este rey, que se mandó grabar en el exterior del templo de Amón en Karnak (Tebas), unas cincuenta son de Judá e Israel. En ella figuran, por ejemplo, Gabaón y Betorón; pero falta Jerusalén. En realidad (I Re. 14, 25-28; II Par. 12, 7) el faraón entró en Jerusalén, pero no exigió más que la entrega de los tesoros del palacio y del templo.

Poco después (924) murió Sesac y durante cerca de dos siglos la dominación egipcia estuvo ausente de Palestina . A consecuencia de esto, Roboam fortificó las ciudades de la parte de Egipto, Betsur, Laquis , Belén , etc. Si no idólatra, al menos fué poco ferviente yaveísta (cf. I Re. 15, 12), ya que toleró el culto sincretista de las alturas (v.), al que frecuentemente iba unida la prostitución sagrada, mencionada también en Judá en el reinado de Asa y en el de Josafat (I Re. 15, 12; 22, 67); y en tiempo de Josías se la menciona como relacionada con el mismo Templo (II Re. 23, 7). La pendiente hacia la infidelidad respecto del monoteísmo, iniciada ya con Salomón, íbase acentúando con la infracción de la alianza del Sinaí. Los valerosos paréntesis inducidos por algunos reyes piadosos no servirán más que para retardar por unos siglos el completo quebranto de la alianza (v.), con la consiguiente aplicación de la sanción: destrucción del reino y cautividad. Después de 17 años de reinado, le sucedió su hijo Abiam (912-10, tres años de reinado: I Re. 15, 1-6; II Par. 13), que en sus luchas 331Acontra Jeroboam conquistó para Judá muchas ciudades.

La reina madre, Macá, nieta de Absalón, erigió un ídolo de la diosa Asera junto al torrente Cedrón. Asa (910-870: I Re. 15, 9-15; II Par. 14-16), tuvo un espléndido comienzo, digno de un rey teocrático. Eliminó a los «consagrados a la prostitución», los ídolos; destituyó a la abuela y quemó el ídolo que ella había erigido; destruyó las alturas idolátricas, pero dejó las de Yavé, a las que tan aficionado era el pueblo. En el 15.º año de su reinado renovó la alianza con Yavé (II Par. 15, 9-16) estando presentes muchos del reino de Israel. Hizo frente, con el auxilio del Señor, al cusita Zerac (que conviene no confundir con Osorkón I, hijo de Sesac, el cual no era cusita), quien procediendo de Nubia o del noroeste de Arabia, había penetrado hasta Hebrón. Asa lo derrotó y al perseguirlo conquistó varias ciudades en la región de Querar, y se llevó un gran botín. En sus últimos años no se mantuvo Asa en la piedad con que había comenzado. Requirió y obtuvo contra Basa de Israel la ayuda de Benadad I, rey de Damasco, por lo que fué ásperamente reprendido por el profeta Jananí (II Par. 16, 7 ss.). Luego cayó enfermo, y en los dos últimos años tomó a su hijo Josafat como corregente.

Si durante los sesenta primeros años se había mantenido cierto equilibrio entre Judá e Israel, el paso dado por Asa acudiendo por vez primera a la mediación de un extranjero equivale a una nueva orientación muy peligrosa que llevará a la ruina a los dos reinos. Josafat (870-849: I Re. 22; II Re. 3; II Par. 17-20) fué uno de los reyes más piadosos, y muy poderoso, aunque no siempre afortunado. Continuó reprimiendo las prácticas sincretistas e idolátricas, conforme a lo que se había dicho de Asa. Promovió además la instrucción religiosa del pueblo, con cuyo fin recorrió todas las ciudades de Judá con un colegio de catequistas compuesto de dos sacerdotes, siete levitas y cinco laicos (II Par. 17, 7 ss.). Se preparó una flota para importar oro de Ofir y hacer que floreciera el comercio, pero en el primer viaje naufragó en Asiongaber (I Re. 22, 49). Pactó un tratado de paz y amistad con Israel, el cual quedará sellado con el matrimonio de su hijo Joram y de Atalía, hija de Ajab y de la fenicia Jezabel.

Tal acto pudiera calificarse de política sagaz, pero en realidad fué un gran error sobremanera perjudicial para Judá, que el profeta Jehú le reprochó (II Par. 19, 2); pues Atalía llevará a Jerusalén la nefasta influencia de Jezabel y del culto 331Bfenicio, y contribuirá de intento a que se extinga la dinastía de David. No obstante el aviso del profeta Miqueas , hijo de Yemla, Josafat se armó para ir con su aliado Ajab a la reconquista de Ramot Galad. Apenas logró volver con vida, y Ajab fué muerto (II Par. 18-19, 3). Acompañó a Joram, hijo de Ajab, en la expedición contra Mesa (v.), rey de Moab , que se concluyó con una retirada (II Re. 3). En cambio venció él sólo a los amonitas, que juntamente con los árabes y los edomitas habían invadido a Judá (II Par. 20). Fué sencillamente uno de los mejores reyes de Judá. Su reino uno de los más prósperos y felices. No obstante, obsérvese la distancia que lo separó de David, que no hacía nada sin antes consultar con Yavé.

Las tristes consecuencias del paso dado en falso por Josafat pronto se dejaron ver con Joram (849-842), que, dejándose dominar por Atalía, atacó directamente al yaveísmo, favoreció los cultos idolátricos y dió muerte a cuantos se oponían a sus planes políticorreligiosos; hermanos, parientes y potentados del pueblo (II Par. 21, 6-11). Entre tanto los edomitas recobran su independencia (II Re. 8, 20 ss.); los filisteos y las tribus árabes invaden a Judá, saquean a Jerusalén y el mismo palacio, de donde deportan miembros de la familia real (II Par. 21, 16 ss.). Joram murió a los 40 años tras una larga y repugnante enfermedad que le había sido predicha por Elías (v.), y fué sepultado lejos de los sepulcros reales (II Par. 21, 12-20).

Su hijo Ocozías (842 a. de J. C.) subió al trono a los 22 años. Siguió en todo a Joram mientras caciqueó Atalía (II Par. 22, 3; II Re. 8, 18-27). Tomó parte en el asedio de Ramot Galad, con Joram, rey de Israel y tío suyo, y juntamente con él fué herido en Jezrael por Jehú, nuevo rey de Israel, que después le dió muerte en Mageddo (II Re. 8, 28 ss.; 9, 29; en II Par. 22, 9 Samaria es una indicación genérica o error de copista). Entonces Atalía (842-836 a. de J. C.) mató a todos los descendientes de la familia real (sus nietos) y durante seis años llenó a Jerusalén de aras e ídolos para el culto de Baal. Sólo se salvó de la matanza el niño Joás , hijo de Ocozías, al que libró Josaba, hermanastra de Ocozías y esposa del sumo sacerdote Joyada, que lo escondió en el Templo, donde fué educado.

La profecía de Natán a David (II Sam. 7) sobre la perpetuidad de la dinastía, de la cual nacerá el Mesías se ve confirmada con las vicisitudes históricas del reino de Judá, al mismo 332Atiempo que permite discernir claramente los designios y la Providencia del Señor. Joás es proclamado solemnemente rey a los siete años en el Templo por Joyada, auxiliado por los guardias del cuerpo. Acude Atalía y es arrastrada afuera y muerta (II Re. 11; II Par. 22-23). Joás reinó 39 años (836-797; II Re. 12; II Par. 2) y se notó en él el benéfico influjo del piadoso Joyada. Se interesó personalmente por la restauración del Templo, del que Atalía se había despreocupado.

Hacia el fin de su vida, habiendo muerto Joyada, se dejó influenciar por el partido sincretista; mandó matar a Zacarías, hijo o nieto de Joyada, en el atrio del Templo, donde aquél recriminaba al pueblo por haber renovado la infidelidad para con Yavé (II Par. 24, 15-22; Mt. 23, 35; Lc. 11, 51). Al año siguiente (798) fué humillado por Jazael , del que sólo pudo librarse mediante la entrega del tesoro del Templo y del palacio. Inmediatamente después fué muerto por dos cortesanos. Su hijo Amasías comenzó bien (797-789; II Re. 14; II Par. 25). Castigó a los que dieron muerte a su padre, pero sin hacer extensiva la pena a los parientes, como entonces solía hacerse, ateniéndose en eso al precepto de la Ley (Dt. 24, 16). Reorganizó las tropas, sometió a los edomitas, cuya capital ocupó. Con este éxito se infatuó, y haciéndose sordo a las protestas de un profeta, llevó a Jerusalén los ídolos de los vencidos; luego atacó a Joás, rey de Israel, que lo derrotó en Betsames (Beth-semeš) y lo apresó. Devuelto inmediatamente después, vivió sin gloria, hasta que lo mataron en Laquis, donde se había refugiado. El décimo rey, después del cisma, fué Azarías, llamado también Ozías (‘uzzijjáh).

Sucedió a su padre cuando apenas tenía dieciséis años y reinó durante 30 (769-738 a. de J. C.; II Re. 14, 21-15; II Par. 26). Reinado brillante y afortunado. Llevó a cabo victoriosas campañas contra edomitas, filisteos, árabes, amonitas; mantuvo relaciones amistosas con Israel (Jeroboam II); fortaleció a Jerusalén y otros centros; creó un poderoso ejército, promovió la agricultura y el pastoreo, reactivó el comercio por el mar Rojo con la reconquista del puerto de Elat, dando así a Judá un alto nivel de florecimiento (cf. Is. 2, 7 ss.). Esto fué el premio a su celo por el culto de Yavé en el que le había educado su piadosa madre Jecolia y un profeta llamado Zacarías, consejero suyo durante muchos años (II Par. 26, 3-5). Solamente permaneció el culto de las alturas yaveístas (II Re. 15, 3 ss.). En 332Bsus últimos años se dejó vencer de la soberbia y quiso usurpar funciones sacerdotales, por lo que de repente se vió afectado de lepra y hubo de aislarse, dejando el gobierno en manos de su hijo Jotam a quien tuvo como socio en el reino durante unos once o trece años. Por tanto, él solo no debió reinar más que cinco o tres años. Jotam fué celoso yaveísta.

Construyó la «puerta superior del Templo»; edificó algunas ciudades, torres y fortalezas, y durante el tiempo en que reinó con su padre derrotó a los amonitas (II Par. 27). Con él se inician ya las hostilidades sirioisraelitas contra Judá, que se desconectan durante el reinado de su hijo y sucesor Ajaz . Son contemporáneos de Azarías los profetas Amós (1, 1) y Oseas (1, 1) en Israel; Isaías da comienzo a su ministerio en Judá en el mismo año de la muerte de Azarías (6, 1), y en los cc. 2-5 hace alusión a las condiciones sociales en que se halla su reino; pero morirá durante el reinado de Manasés. Precisamente en este tiempo es cuando comienza el gran movimiento profético que preparará a Judá para el gran castigo de la destrucción y del cautiverio, indicando cuán merecido lo tenía por la continua infracción de lo pactado en la alianza, y revelando al mismo tiempo el radiante porvenir que el Señor prepara para los supervivientes purificados. Ajaz (II Re. 16; II Par. 28), siguiendo la táctica de su padre, negó la adhesión a la alianza sirioefraimita contra Asiria. La consecuencia fué que se le echaron encima los aliados, que pronto le forzaron a tomar un mal partido.

Rasin, rey de Damasco y Pecaj, rey de Samaria, lo asedian en Jerusalén, dispuestos a poner en aquel trono a un desconocido «hijo de Tabel», fácil juguete de sus planes. Trátase de la perennidad de la dinastía (II Sam. 7), e Isaías, sereno mientras todos se asustan (Is. 7, 2), hace cuanto puede por que Ajaz deposite su confianza únicamente en Yavé. Pero Ajaz no tiene fe; implora el auxilio de Asiria, adonde envía el oro y la plata del Templo y del palacio; trata de tener propicios a los dioses de Damasco e inmola a Moloc su propio hijo. Interviene Teglatfalasar III atacando a Damasco (732 a. de J. C.) y devastando a Samaria. Ajaz se convierte en vasallo suyo, y para pagar el tributo le fué preciso despojar al Templo de su ajuar precioso. Al mismo tiempo introducía el politeísmo, el culto asirio, incluso en el Templo, teniendo la osadía de cerrar el Templo erigiendo aras idolátricas «en todos los rincones de Jerusalén» (II Par. 28, 24). El 333Aimpío rey no fué sepultado en los sepulcros reales. Ezequías , a los veinticinco años, sucedió a su padre y reinó hasta el 693 a. de J. C. Siguió las directrices de los círculos proféticos, y en el interior las de Isaías principalmente.

Realizó una vasta reforma religiosa para borrar las impías iniciativas de Ajaz y llevar de nuevo al reino el puro yaveísmo. La purificación comenzó por el Templo, donde destruyó incluso la serpiente de bronce que había levantado Moisés en el desierto, pues con el tiempo se había convertido en objeto de culto. Trató de que volvieran al yaveísmo los supervivientes del reino septentrional; procuró la sistematización de los libros sagrados conservados por los sacerdotes que se habían salvado de la ruina de Samaria (Prov. 25, 1). Por todo esto es alabado y tenido por el más recto entre los descendientes de David (II Re. 18, 3-5). Pero se dejó arrastrar del habitual concepto político que buscaba la seguridad y la salvación, no en la protección de Yavé (como predicaban los profetas), indefectible si se observaban los estatutos de la alianza del Sinaí, sino en el juego puramente humano, y por lo mismo completamente frágil, de los pacto s con las naciones vecinas; juego peligroso para la fe monoteísta, por las contaminaciones idolátricas a que daba lugar.

No obstante las protestas y la oposición de Isaías, Ezequías siguió el partido egiptófilo, ya que Egipto comenzaba a hacerse poderoso, acabando por rebelarse contra Asiria. En lenguaje de los profetas (Ez. 16. 23), la suerte trágica de Samaria (721) no había enseñado nada al reino de Judá. Después del acuerdo militar con Merodacbaladán (704), disimulado bajo la apariencia de una misión de cortesía por la curación milagrosa del rey de Judá (cf. Is. 38), éste trató con Etiopía (Is. 18, 1) y Egipto (Is. 30, 1 ss.); y en el 703 estalló la revuelta. Senaquerib (v.), al subir al trono (705), se ocupó primero de los rebeldes del este, y no dirigió las armas contra la liga occidental hasta el 701. Judá fué atacado y por último devastado. Si Jerusalén se salvó y no desapareció la dinastía de David, fué debido únicamente a la milagrosa intervención de Yavé, predicha y firmemente prometida por el inspirado Isaías (II Re. 18-19; Is. 36-37). Ezequías consagró los últimos años de su vida a mejorar el interior de Jerusalén y especialmente a asegurar el abastecimiento de aguas. Para ello construyó el conocido túnel que lleva el agua desde la llamada

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