Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

JUAN (El Apóstol; IV Evangelio; Epístolas)

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En la historia de los Apóstoles tiene un puesto de primer rango inmediatamente después de Pedro (Mc. 3, 16-19), o después de Pedro y Andrés (Mt. 10, 2-4; Lc. 6, 14-16). Hermano de Santiago el mayor, hijo de Zebedeo y Salomé (Mt. 27, 56 con Mc. 15, 40; 16, 1), de familia en buena posición según Mc. 1, 20; Lc. 8, 3; tiene conocimientos personales en las esferas sacerdotales, Jn. 18, 15 ss.

Fue discípulo de Juan Bautista, y con Andrés tuvo una entrevista particular con Jesús (1, 35-40) antes de su llamamiento al apostolado, que tuvo lugar en las mismas circunstancias y en el mismo día en que fueron también llamados los dos hermanos Pedro y Andrés (Mt. 4, 18-22; Mc. 1, 16-20). Es contado entre los íntimos de Jesús, a quien acompaña en las horas más solemnes de su vida (Mc. 5, 37; 9, 2; 13, 3; 14, 34; Lc. 22, 8).

En la última cena reclinó la cabeza sobre el pecho de Jesús (Jn. 13, 23), a quien sigue de cerca en el proceso (18, 15 ss.), y es el único apóstol que asiste a su muerte (19, 25 ss.). De naturaleza vigorosa y jovial; tal vez no sin ironía dio Jesús (P. Braun) a los dos hijos del Zebedeo el sobrenombre de «los hijos del trueno» (Mc. 3, 17 con Lc. 9, 54).

Gustaba de 324Averse libre de todo compromiso (Mc. 9, 38 ss.; Lc. 9, 49).

Su madre Salomé era probablemente hermana de María Santísima (Lagrange, Bernard). Después de la resurrección le vemos siempre al lado de Pedro (Jn. 20, 2-8; 21, 7, 22). Esta íntima unión se pone en evidencia en Act. 3, 1 ss. 11; 4, 13. 19; 8, 14. Hacia el año 50 figura entre las «columnas» de la Iglesia (Gál. 2, 9). En Act. 4, 13 él y Pedro son calificados «de plebeyos y sin instrucción», o sea que no habían asistido a la escuela de los rabinos. En el Apocalipsis se presenta como perseguido y relegado a vivir en la isla de Patmos a causa de la «Palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo»: 1, 9.

Según la tradición cristiana Juan estuvo en Éfeso (Ireneo, Polícrates, Justino, Clemente Alejandrino, Eusebio, PG 9, 643). Indirectamente lo confirman las excavaciones practicadas en aquella ciudad (cf. H. Hörmann, Bíblica , 13 [1932] 121-24). Sufrió martirio durante el imperio de Diocleciano en una caldera de aceite hirviendo, de la cual salió ileso (Tertuliano, PL , 2, 59; Jerónimo, PL , 23, 259). Fue desterrado a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis (Ireneo, PG , 7, 1207; Clemente Alejandrino, PG , 9, 467), y habiéndole vuelto la libertad el emperador Nerva (96-98), volvió a Éfeso (Clemente Alejandrino, ibid.). Observó perpetua virginidad (Jerónimo, PL , 22, 1090; Agustín, PL , 35, 1976, etc.). Exhortaba incansablemente al amor fraterno (Jerónimo, PL , 26, 462), y lleno de años y de méritos murió bajo el imperio de Trajano (98-117) en Éfeso, donde fue sepultado.

Su ausencia de Jerusalén data probablemente del 57 al 58, pues en este período sólo se hallaba allí Santiago el Menor (Act. 21, 18). El apóstol San Juan escribió el IV Evangelio. La tradición, desde la edad subapostólica, lo reconoce explícitamente, según dan fe de ello Papías (cf. Funk, Padre s Apostólicos I, 373 s.), Ireneo ( Adv. H. III, 1, 1), el Fragmento Muratoriano (r. 9-30), Teófilo Antioqueno ( PG , 6, 1033), Clemente Alejandrino ( PG , 8, 296; 9, 121), Tertuliano ( PL , 2, 196. 203), Orígenes ( PL , 14, 31), etc. Es testimonio unánime y antiquísimo de toda la Iglesia, expresa Eusebio: «Debe ser reconocido como auténtico su Evangelio (el de San Juan), ya que así lo admiten todas las iglesias que hay bajo el cielo» ( Hist. eccl. III, 24).

La tradición se ve ahora clarísimamente confirmada en el Papyrus Rylands 457 (fin del s. I desp. de J. C.), en el que se contiene Jn. 18, 31-33. 37 s. (cf. M. J. Lagrange, en RB , 45 [324B1936] 269-72; A. Merk, en Bíblica 27 [1936] 99 ss.); y en el Papyrus Egerton 2 (de la primera parte del s. II desp. de J. C.), que contiene fragmentos de los cuatro Evangelios, y del nuestro tiene 5, 39-45; 7, 30 (44?); 8, 59; 9, 29; 10, 31 (39?). Esto prueba que hacia el año 100 Jn. era ya conocido en Egipto y venerado juntamente con los Sinópticos.

También el examen interno viene en confirmación de la tradición: la viva transcripción de tantas escenas, la abundancia de detalles (cf. 1, 35-51; 4; 9; 19, 35) y la misma divergencia con relación a los Sinópticos son indicios suficientes para afirmar que se trata de un testigo ocular. Añádase a esto la conformidad con las ideas hebreas y el mismo hecho de conocer aun las comunes (1, 46; 4, 9. 20. 27), así como las fiestas y las ceremonias (2, 6; 3, 25; 11, 55; 19, 40), la geografía y toponimia palestinense (1, 28; 3, 23; 9, 7; 10, 23, etc.; M. J. Lagrange, Le réalisme historique de l’Ev. selon St. Jean , en RB , 46 [1937] 321-41), la lengua y el estilo que son de un semita (cf. paralelismo, inclusión, parataxis, etc.), hasta el punto de que hay quien aboga por el origen arameo del IV Evangelio. Mientras el apóstol Juan es nombrado tres veces en Mt., siete en Lc. y nueve en Mc., no se nombra nunca en el IV Evangelio, donde sólo una vez se habla de los hijos del Zebedeo (21, 2), e idéntico silencio se observa respecto de toda la familia.

Una fórmula original oculta la identidad del apóstol con el escritor: «el discípulo a quien amaba Jesús», 13, 23; 19, 26; 20, 2-9; 21, 7-20, que es el aparente desconocido de 1, 35. 40; 18, 15; 19, 35; 21, 24; es un apóstol de primer rango, uno de los tres más íntimos de Jesús y compañero habitual de Pedro (cf. arriba); no puede ser ni Santiago el Mayor (muerto reinando Agripa en el 44, Act. 12, 2), ni Pedro, sino únicamente el apóstol Juan. «La alusión es tan transparente que apenas puede hablarse de anonimidad» (P. Braun), como se reconoce aun entre los mismos críticos acatólicos. «Las recientes investigaciones tienden a desechar los obstáculos que la crítica puso de por medio para la identificación del discípulo amado con el hijo del Zebedeo» (Menoud); y sobre la leyenda prematura del martirio de Juan se ve cada vez con mayor claridad que tuvo como origen un desesperado intento construido sobre testimonios tardíos que no tienen fundamento alguno serio. Unidad del IV Evangelio.

La unidad de lenguaje y de pensamiento salta inmediatamente a la vista del lector, pero no dejan de notarse 325Asuturas poco afortunadas (cf. cc. 5-6; 9-10), y faltas de claridad en la disposición (cf. 13, 36 y 16, 5; 14, 31 y 15-17; 20, 30 s. y 21, 24 s.). Hay quienes juzgan que Juan no escribió todo seguido y que luego no le fue posible darle la última mano. Los modernos sostienen comúnmente que, por causas materiales desconocidas, el orden primitivo sufrió cierto detrimento, especialmente en torno a los cc. 5-6; 13-17 (Lagrange y particularmente B. Brinkmann, en Gregorianum , 20 [1939] 55-82; 563-69; 22 [1941] 503 ss.). Siguiendo una técnica minuciosa y objetiva E. Schweizer (1939) y F. Ruckstuhl (1951) (v. Bibl.) han puesto en claro la existencia de idénticas características de estilo en todas sus partes, lo que prueba la unidad así del autor como de la obra, y nada de eso puede ponerse en duda. Respecto del c. 21 cf. M. E. Boismard, en RB , 54 [1947] 473-501. Lugar y fecha. Por lo que se refiere al lugar y fecha donde fue compuesto no existe verdadera y propia tradición.

La común sentencia se pronuncia por Éfeso basándose principalmente en Ireneo: «Escribió (Juan) el evangelio durante su estancia en Éfeso» ( Adv. Haer. III, 1, 1). Y respecto de la fecha, ni la tradición ni el examen interno del libro nos proporciona dato alguno. El término a quo nos lo da la redacción del Apocalipsis (81-96), que generalmente es considerado como anterior. El término ad quem , o límite máximo a parte post , no debe andar lejos del año 100, como se deduce de la fecha aproximada de la muerte de Juan (98-117), de la gran longevidad del apóstol (Jn. 21, 19 ss.) y de los testimonios de los papiros egipcios y, más concretamente, del año 90 al 100. Fin e historicidad. El fin está claramente indicado por el mismo Juan (20, 30 s.): robustecela fe de los cristianos en la mesianidad y en la divinidad de Jesús, a fin de que los lectores crean en Él y creyendo tengan la vida eterna. No es intento del apóstol el narrar la vida terrena de Jesús, de la cual selecciona exclusivamente lo que ilustra y prueba su intento (cf. 21, 25).

A este fin esencial se unieron tal vez otros intentos secundarios relacionados con la vida contemporánea de la Iglesia del Asia, con los errores que comenzaban a serpentear, con tendencias poco conformes con el espíritu cristiano, etc. (cf. Ireneo, Adv. Haeres. I, 26; PG , 7, 636). Mas el fin doctrinal no debe ser causa de que se pase por alto el aspecto histórico. El IV Evangelio se propone completar y completa a los Sinópticos. Sin Juan no conoceríamos la duración de la vida pública de Jesús, 325Bni el día de su muerte, ni muchas particularidades de la Pasión, etc. La misma cualidad de testigo ocular asegura la veracidad del testimonio. Entre los Padres nunca se dudó de la historicidad del IV Evangelio, ni aun entre aquellos que hicieron especial hincapié en el simbolismo de muchas de sus narraciones. La cuidadosa determinación del lugar (1, 28; 2, 1. 12; 3, 23; 4, 5. 6. 46, etc.), del tiempo (2, 13. 23; 3, 2. 24; 6, 4. 16; 13, 30; 18, 28, etc.), del día (1, 29. 35. 43; 2, 1. 12; 6, 22; 20, 1. 19. 26, etc.), de la hora (1, 39; 4, 6. 52; 8, 2; 19, 14) en que se realizan los acontecimientos narrados, indica suficientemente que el autor presenta acontecimientos históricos.

El testimonio se basa exclusivamente en la visión personal de los hechos (cf. 1, 14; 19, 35 s.). Plan. Después del prólogo 1, 1-18, que constituye su preludio, la obra puede dividirse en tres partes: I parte (1, 19-12, 50). — Jesús se revela al mundo y sobre todo en el ambiente de Jerusalén. Esta parte se divide a su vez en cuatro secciones: 1.ª (1, 19-4, 54) la tendencia general se muestra favorable a Jesús, cf. el Bautista, Nicodemo, los Apóstoles, Natanael, bodas de Caná, la Samaritana, el funcionario real. El teatro de la acción de Jesús son Galilea, Jerusalén, Samaria. 2.ª (5-6): se nos presenta la primera crisis de la fe en Jesús. En Jerusalén por el milagro de la piscina de Betesda, en Galilea después de la multiplicación de los panes; fórmanse tres grandes grupos: los Apóstoles fieles al Maestro, la jerarquía de Jerusalén, que es enemiga, y la turba que se muestra incrédula o indiferente. Teatro: Jerusalén y Galilea. 3.ª (7-10): lucha entre Jesús y la jerarquía jerosolimitana que se muestra cada vez más enemiga suya: los temas principales son la mala voluntad, la soberbia y los titubeos de los judíos.

Teatro: Jerusalén, el templo, y especialmente el período de la fiesta de los Tabernáculos (7, 2 ss.) y de la Dedicación (10, 22). 4.ª (11-12): toma de posición definitiva. Resurrección de Lázaro: los jefes deciden la muerte de Jesús (11, 47-53), mientras la turba, llena de entusiasmo, lo proclama Mesías 12, 12-18 . Jesús concluye: la incredulidad de los judíos ha llegado al colmo, pero también esto forma parte de los divinos designios. II parte (13, 1-17, 24). — La formación de los Apóstoles. Sobre esta segunda parte los exegetas están cada vez más conformes en considerarla como una sistematización de las enseñanzas de Jesús, aunque no pueda decirse de ella que sea completamente ajena a lo que precede.

Su importancia, que ya el mismo 326Ahagiógrafo se encarga de encomiar, fue advertida por toda la tradición y por los comentadores modernos: es la más valiosa joya del IV Evangelio, fuente inagotable de vida cristiana, modelo de la teología católica. III parte (18, 1-21, 25). — La Pasión, la Muerte, la Resurrección. De la Pasión nos ha dejado un cuadro intencionadamente detallado y preciso. Termina con el sugestivo cuadro del lago de Tiberíades: en adelante pertenece ya a los Apóstoles dar testimonio de Jesús y de la fe que tienen en Él. También aquí es Pedro el primero; y en el incomparable y plástico diálogo (21, 15-19) se encierra toda la fe de la Iglesia primitiva y de Juan sobre la Primacía.

El plan, en conjunto, revela indudablemente la intención del hagiógrafo de seguir el curso de los acontecimientos; en líneas generales es el mismo esquema de los Sinópticos, si bien con algunas características. Juan pasa por alto la infancia y el nacimiento de Jesús: el Verbo desciende desde el seno del Padre a la tierra mediante la encarnación. Mientras en los Sinópticos el auditorio de N. S. es la turba, aquí en cambio se han recogido los coloquios de Jesús con un limitado grupo o con personas aisladas. Aspecto dramático: lucha atizada por continuos altercados que poco a poco va encauzándose hacia un fin muy preciso que ya está previsto. Cf. 1, 5. 10 s. 27-35; 2, 15-20, etc.: luz y tinieblas, fe e incredulidad, amor y odio, muerte y vida. El drama no es sólo el que se desarrolla en torno a Jesús, sino, y más, el que se manifiesta en el corazón de los actores. Por eso Juan transcribe tan frecuentemente los sentimientos de éstos. El misterio de Cristo en la tierra es la ilustración práctica de una lucha que se perpetúa en su Iglesia. Procedimiento circular.

Juan no expone sus ideas metódicamente y de un modo completo, sino que desintegra los conceptos dando primeramente el esbozo de una idea, para pasar luego a otra e incluso a una tercera; después retrocede para explicar la que antes ha presentado, y termina sacando de ello una conclusión clara. Cf. 5, 19-47; 6, 27-71; etc. Doctrina. Juan desarrolla en su Evangelio, esencialmente doctrinal, cuanto expone brevemente en el prólogo. El Verbo, al encarnarse, inicia la lucha contra las tinieblas: los que se alistan con él recibirán de él el don de ser hijos de Dios, y con esa filiación divina su plenitud y su gloria mediante una regeneración. Esa nueva vida, que proviene del agua y 326Bdel Espíritu ( Bautismo ) es alimentada con su cuerpo y con su sangre ( Eucaristía ), y se manifiesta por medio del amor, del gozo y de la paz que desde ahora proyectan los regenerados en la eternidad bienaventurada de aquel que es la luz y la vida, y también en la comunión con el Padre, que tanto ama al mundo, y con el Espíritu Santo.

De la eclesiología Juan hace destacar algún aspecto especialmente profundo: las ovejas (los fieles) son de Jesús, que muere por ellas, y luego se las encomienda a Pedro (c. 21), su representante: participan de la vida del Pastor, como el sarmiento de la savia de la vid (c. 15). La vida íntima de la Iglesia , sus distintivos característicos, los deberes y los privilegios de sus miembros, la indefectible asistencia del Espíritu Santo, se exponen de un modo particular en los cc. 13- 17. El drama de la redención está encuadrado entre dos escenas marianas: Caná y el Calvario. Juan, que entró más que ningún otro en la intimidad del Maestro, que meditó por extenso — bajo el impulso del Espíritu — en la persona, en las palabras, en la vida de Jesús, dio de él un testimonio incomparable. Epístolas.

La primera epístola, reconocida como canónica en los escritos de la época subapostólica, fue siempre atribuida unánimemente a Juan. El examen interno (vocabulario, lenguaje, estilo, doctrina) confirman los datos de la tradición, por su evidente afinidad con el IV Evangelio. Así piensan todos los católicos y gran parte de los acatólicos. La fecha de composición está íntimamente enlazada con la del Evangelio: las estrechas relaciones que median entre los dos escritos no permiten separarlos. Acerca de la anterioridad del uno sobre el otro parece más probable la del Evangelio, puesto que la epístola supone sus enseñanzas. Es probable que el lugar de la composición sea Éfeso. Los destinatarios son, con toda probabilidad, los fieles de una iglesia particular o, cuando más, un pequeño grupo de iglesias especialmente relacionadas con Juan apóstol.

El fin no es polémico, sino que Juan intenta fortalecer, exhortar, alentar a sus «hijos» previniéndoles contra los errores y desviaciones de aquel tiempo; revocar a la memoria ciertas verdades fundamentales cuyo valor se negaba o se desconocía por parte de cierta corriente de dentro y de fuera de la Iglesia. Todo cuanto ataca el autor tiene plena analogía con doctrinas gnósticas y docetas. Las ideas teológicas son las mismas del IV Evangelio. 327ALa epístola puede dividirse en dos partes. Después del prólogo, 1, 1-4, viene la primera parte (1, 5-2, 29): exhortación a vivir en la luz; y la segunda (3, 1-5, 12): dignidad y deberes de la filiación divina; y finalmente el epílogo (5, 13-21). La II epístola y la III forman parte de los escritos deuterocanónicos del N. T. Por su misma brevedad se explica fácilmente por qué no se hallan citadas en los primeros escritos cristianos. No cabe dudar de que Ireneo cita la II. Clemente Alejandrino conoce al menos dos epístolas de Juan apóstol, y lo mismo hay que decir del canon Muratoriano y de Tertuliano.

El canon Claramontano (h. 400) conoce y admite las tres epístolas; Orígenes sabe que hay quien pone en duda la autenticidad de estas dos epístolas, pero él las considera como auténticas ( PG 20, 582 y PG 12, 857). El mismo criterio sigue Eusebio ( PG 20, 262 s., 216 s.). A partir del s. IV ya son admitidas unánimemente. Destinatarios: lo más corriente es que la segunda epístola sea considerada como dirigida a una iglesia particular que nos es desconocida, y no a una persona particular. Por consiguiente será una iglesia hermana de la Elegida, es decir, de la iglesia de Éfeso (como opinan, por ej., Bonsirven, Chaine, De Ambroggi). En cambio la III epístola tiene un carácter particular, como la de San Pablo a Filemón. Aquí el destinatario es Gayo, de quien sabemos que había permanecido fiel al apóstol, oponiéndose a la ambición de un jefe local y ofreciendo generosa hospitalidad a los misioneros ambulantes. No parece que Gayo estuviese constituido en autoridad.

Finalidad: en ambas anuncia el apóstol su próxima visita; en la primera da la voz de alerta contra los seductores, da gracias por los consuelos recibidos de parte de los fieles, a quienes exhorta al continuo ejercicio del amor cristiano; en la segunda exhorta a Gayo a que continúe generosamente en su colab oración misionera y reprocha al obispo Diotrefes; es un precioso documento para la historia del episcopado unitario. El lugar donde fueron compuestas es desconocido. Quizás sea Éfeso, como se cree que lo fue también para la I epístola. Estas dos epístolas (lo mismo que la primera) suponen que se conoce la teología de Juan y probablemente también la I epístola. Generalmente se admite que ambas fueron compuestas en el mismo período y que son posteriores a la 327Bprimera. [L. M.]

Bibliografía

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