ASUNCIÓN (la) EN LA TRADICIÓN
Dividamos el largo camino de la Tradición en cuatro estadios: I. La A. en los cinco primeros siglos; II. La A. en el s. VI; III. La A. del s. VII al X; IV. La A. a par - tir del s. X hasta hoy. I. La A. en los cinco primeros siglos. Durante este primer período sólo tenemos, en la Tradición, algunas huellas y aserciones explícitas, a saber: 1) la aserción de San Efrén (s. iv) en torno a la incorrupción del cuerpo virginal de Maria: «Muere —así canta dl—, pero los signos virginales no son disueltos* (Ricciotú, Gl’inni alia Vergine, p. 62); 2) la aserción de S. Ambrosio (t 379), según el cual, si la Virgen Santísima se hubiese muerto en el Calvario con Cristo habría sido en seguida resucitada por él (.De inst.
Virg., c. 7, n. 49, PL 16, 233); 3) la aserción (aunque bastante discutida) de San Gregorio Niseno, para quien ala muerte ha bria triunfado desde Adán hasta Maria*, contra la cual «se habría quebrantado* {De virginitate, lib. 13, PG 46, 377 CD); 4) la aserción de Timoteo de Jerusalén (431 ?), se gun el cual «la Virgen habría permanecido inmortal hasta hoy, ya que el que había morado en Ella, la ha trasladado a los lugares de su Ascensión» {Homilia in Simeonem ct Annam, PG 86, 245 C); 5) la aserción de San Epifanio, el cual,.además de afirmar que «nadie sabe cudl haya sido el fin terrestre de l«Madre de Dios* (Adv. Haer., 1. 3, PG 42, 176), es decir, si ha muerto y edmo ha muerto, asegura que su fin terreno fue clleno de prodigios*, y se hace la siguiente pregunta retórica: ¿Cómo Santa Maria no va a poseer «con la carne» el reino de los cielos?* (PG 41, 777b); 6) la aserción del opúsculo siríaco Obsequia B. Vir - ginis, según el cual el alma de Maria, después de la muerte, se habría unído inmediatamente al cuerpo (Cf. W.
Wright, Con tributions of the apocryphal Literature, Londres 1865, pp. 42-51, 55-65, 11-16): es el más antiguo testimonio explicito que hoy se conoce en torno a la resurrección de la Virgen; 7) la aserción de Moisés de Corene (482) en un canon del oficio del 15 de agosto. A los últimos años del $. v se remontan, según parece, las más antiguas narraciones apócrifas del tránsito de Maria. En ellas podemos también ver siquiera un vestigio de la A.
II. La A. en el s. VI. En este siglo comienza a celebrarse, en Oriente, la fiesta del Tránsito o Dormición de María. El emperador Mauricio (582-602) —según el testimonio de Nicéforo Calixto (t 1335)— habría impuesto, con un edicto especial, la fecha del 15 de agosto (Hist. Eccl., XVII, c. 28, PG 147, 292). La Iglesia Copta, desde los tiempos del patriarca Teodosio (t 567), admitió la resurrección gloriosa de María, que habría tenido lugar, según ella, 200 días después del entierro. Dicho patriarca compuso una larga narración de la muerte de María y estableció la fiesta de la muerte (el 21 de Tobi=16 de enero) distinta de la de su resurrección gloriosa (16 de Mdsord=9 de agosto) (Cf. M.
Cbaine, Le discours de Thdodose pa - triarchc d'Alcxandrie, sur la Dormition, en «Rev. de 1’Or. chrdl.», 1933-34, pp. 272-304). Esta creencia se ha mantenido hasta hoy. Otro tanto hay que decir de la Iglesia etidpica o abisinia, que siempre fue vasal la de la Iglesia copta. También esta Iglesia celebra separadamente la fiesta de la muerte y de la resurrección de María. La Iglesia armenia reconoce asimismo la gloriosa resurrección de María, de lo que da fe el Sinaxario de Ter Israel, que se remonta a los comienzos del s. Xm, con la fiesta del 15 de agosto (Cf. G. Bayan, Le Synaxaire annenien de Ter Israel, en PO, V, p. 375), y que aun hoy está en uso. En cambio, la Iglesia- siríaca jacobita. contrariamente a la Iglesia copta y abisinia, la cual celebra el 15 de agosto el recuerdo de la muerte de María, ignora su resurrección gloriosa y admite la traslación del cuerpo incorrupto a un lugar desconocido. La creencia de la Iglesia nestoriana es bastante vaga. El objeto de esta fiesta esta suficientemente indicado por los mismos nombres que la designan y, más todavla, por las fdrmulas litúrgicas empleadas. Algunas de ellas expresan claramente la doctrina de la A.
Otras, en cambio, más bien la niegan, o dan una solución imperfecta, limitándose a la sola incorrupción del cadáver virginal de María. Otros, en fin: en mayor numero, no se expresan de una manera clara. Se puede, sin embargo, observar que los textos litúrgicos se han ido orientando con el correr del tiempo cada vez más hacia la verdadera doctrina de la A. Hay, por tanto, desde el s. Vi, varias huellas de una solución completa. La fiesta de la A., por otra parte, ha contribuido no poco a poner oficialmente ante la consideración cristiana el problema del destino final de l«Madre de Dios, invitando en especial —como pronto veremos— a los oradores cristianos a reflexionar sobre el problema y a resolverlo, en su gran mayoría, de un modo verdaderamente plausible. III. La A. desde el s. VII al X. A) En la Iglesia Griega: Enseñaron con certeza la verdadera doctrina de la A.: 1) S. Modesto de Jerusalén (f 634), Hipólito de Tebe (siglos VII-viii), S. Germán de Constantinopla (f 733), S. Andrés de Creta (t 740), San Juan Damasceno (t 749), S. Cosme de Mayuma, llamado el Melodioso (t d. 743), San Teófanes Grapto, obispo de Nicea (f 845), el pseudo Atanasio (ss. Vii-vin), S.
Teodoreto Estudita (t 826), el Abad Theognoste (f d. 871) y Jorge de Nicomedia ft h. 880). Son, por lo menos, inciertos a este respecto, Juan, arzobispo de Tesalonica (t antes del 649), Teodoro Abu-Kurra (t h. el 820), el monje Epifanio (f a comienzos del siglo ix) (v. los textos en Jugie, M., La mort et l'A... % pp. 214-267; v. también Gordillo, M., L’A. corporal della SS. Vergine Madre di Dio nci Tcologi Bizantini (ss. X-xv), en «Marianum», 9 [1947] pp. 64-89, donde corrige algunas interpretaciones errdneas del P. Jugie). La gran mayoría de los teólogos griegos han favorecido, pues, la A. B) En la Iglesia Latina: Son favorables a la A. corporal el ps. Melitón (compuesto hacia el 550), S. Gregorio de Tours (f 594) y, con bastante probabilidad, el poeta Venancio Fortunato (1* 600). Dan testimonio de su ignorancia, en los siglos vn y vui, respecto del modo como la Virgen dejó este mundo y del destino final de su cuerpo, S. lsidoro de Sevilla (t 636), S. Beda el Venerable (f 735) y el autor anónimo de una homilía sobre la A. incluida por Pablo Didcono (t 795?) en su colección de homilias sobre las fiestas del año (v. los textos en Jugie, M., op. cit., pp. 270-290; 360-496).
Hacia finales del s. Vui algunos españoles dfc Asturias afirmaban (como nos refiere Anscario, obispo de Asturias, escandalizado) que Maria había muerto como todos los demás, y que, como todos los demás, espera la resurrección gloriosa (Cf. PL 96, 1231- 1240). Tuzaredo, en su respuesta a Anscario (que le había pedido el parecer en semejante cuestión), deja casi entrever que la Virgen Santísima ni siquiera se ha muerto (PL 56, 1239). En el s. Vii, siendo Papa Sergio I (687-701), se celebraba ya en Roma la fiesta de l«Dormición, juntamente con las fiestas de la Anunciación, de la Natividad y de la Purificación (Cf. Duchesne, Liber Pontificalis, t. I, p. 376). De Roma la fiesta de l«Dormición se propagd a Inglaterra y a Francia, tomando el tftulo de Assumptio Sanctae Mariae. Asi es llamada en el Sacramentario enviado por el Papa Adriano 1 (772-795) a Carlomagno entre el 784 y el 795 San León IV (847-855) estableció la oclava de la fiesta de la A. {Liber Pontific., t. II, p. 112) y S. Nicolas I (858-867) hacc mención del ayuno que la prccedia (Responsa ad consulta Bulgarorum, IV, PL 119, 981a).
La introducción de la fiesta de la «Dormición* en Francia bajo el nuevo titulo de «Asunción» puso, por primera vez, sobre el tapete la cuestión de la resurrección anticipada del cuerpo de Maria. Pronto se determinaron dos corrientes: una que podria decirse hostil y otra favorable. Nadie, sin embargo (a excepción de los españoles de Asturias de que hemos hablado), ha osado negar el insigne privilegio. Muchos, no obs tante, rehuyen el admitirlo como «cierto» y se limitan a considerarlo solamente como apiadosa sentential, dada la ausencia de todo testimonio (explicito) tanto en los escritores como en la tradición. Todos aceptan, sin embargo, la sentencia de la preser vation del cuerpo de Maria de la corrupción del sepulcro, expresada en conocidos textos litúrgicos del Sacramentario Roma no: (tnec tamen mortis nexibus deprimi potuit*. Tiene la primada en esto la celebre Carta a Paula y a Eustoquio del ps.-Jerdnimo (PL 30, 122-142). Otro tanto afirman el ps.-lldefonso de Toledo en las siete homi lias sobre la A. (PL 96, 239-269), el ps.-Alcuino (Cf. «Rev. Bdndd.n, 9 [1892) p. 496), el ps.-Agustin en el Sermón 208 (PL 39, 2129-2134) y los Martirologios de Adón de Viena y de Usuardo.
A pesar de todo esto, no faltaron, en aquella época, algunos escritores plenamente convencidos de la glorificación de Maria en alma y cuerpo, como lo atestigua el mismo ps.-Jerónimo (PL 30, 123). Entre dstos debe contarse, de manera particular, el autor del Liber de Assumpiionc beatae Maríae Virginis puesto bajo el autorizado nombre de S. Agustin, y no indigno del mismo (PL 40, 1141-1148). En 61 el autor (no identificado todavía con segundad), reaccionando contra el agnosticismo de sus contemporineos seguidores de la Carta a Paula y a Eustoquio del ps.-Jerónimo, nos da un tratado teoldgico muy prof undo sobre la anticipada glorificación corporal de l«Madre de Dios. Del ps.-Agustm se hace eco Notkero, monje de San Galo (840-912).
IV. La A. desde el s. X hasta nuestros dlas. A) En la Iglcsia Oriental: Tambien en este dltimo período la Iglcsia bizantina (tanto griega propiamente dicha como rusa). en conjunto, continua admitiendo, como en el pasado (desde el s. Vn al ix), la glorificación corporal de l«Madre de Dios. Por el contrario, desde el s.
XVI en adelante, se inicia una unanimidad moral cada vez más acentúada, aunque permaneciendo siempre en estado de pura creencia, sin remontarse a la dignidad de dogma. Durante este período, la A. se convierte en la más grande de las fiestas marianas. Hacia el s. X comenzd a tener octava. Entre fines del s. Xni y comienzos del xiv. en virtud de un decreto del emperador Andronico II (1282-1328) se viene consagrando a este misterio todo el mes de agosto (Cf. Grumel, V., Le mois mariale dcs Byzantins, a Echos d’Orient*, 31 (1932] pp. 257-260). B) En la Iglesia Latina: El influjo del ps.-Jerónimo y del ps.-Agnstin (considerados autinticos hasta el s. XVI) dividid a los teólogos en dos bandos, mis o menos iguales, hasta mitad del s. XIu aproximadamente. En lo sucesivo fue el bando del ps.-Agustfn el de mayor auge, debido prin* cipalmente a los grandes doctores escolisticos (S. Alberto M., Santo Tomis, S. Bue naventura, etc.). La doctrina de la A., directamente combatida por algunos protestantes, fue denodadamente defendida por los apologistas católicos. Llega a hacerse sentencia comtin en toda la Iglesia; doctrina cierta, tanto entre los teólogos como entre los fieles.
Sólo hay discrepancia en torno al grado de certeza y en torno a la nota teológica con que habfa de ser calificado el que hubiese osado negarla. Generalmente era propuesta la nota de atemeridad*. En el s. XVI, Lutero se inclinO hacia la sentencia que negaba la A., mientras otros protestantes, como Bullinger y Brencio, la admitieron. En el s. XVIr, combatiO la A. corporal Juan Launoy (1603-1678), y la ensombrecieron con sus dudas Tillemont (t 1698) y el lovaniense Pedro Marant (t 1812). Fueron los ultimos en oponerse. La reaction católica fue vigorosa y eficaz. Hacia mediados del s. XVIn se comienza a desear y a pedir a la Santa Sede la defi nition de la A. como dogma de fe. El primero en presentar al Papa una petition en ese sentido fue el siervo de Dios P. Ccsireo Shguanin (1692-1769), de los Siervos de Ma rfa (v. Shguanin). El Santo Padre puso el asunto en manos del Santo Oficio.
Como un siglo mis tarde, en 1849, el cardenal Eterkx, arzobispo de Malinas, y monseflor Sinchez, obispo de Osma, en Espana, respondiendo a la Encfclica en la que Pío IX pedfa el parecer del Episcopado Católico en torno a la definición de la Inmaculada Concepción de María, expresaban también el voto para la definición de la A. A con tinuation; en 1863, la reina Isabel de Es pana, estimulada por S. Antonio M.* Claret, súplicaba al Santo Padre, Pío IX, que tuviera a bien «publicar como dogma* también el misterio de la A. El Pontffice respondiO que, por entonces, no lo consideraba oportuno. Afiade ademas: «Tiempo vendri en que los deseos de V. M. serin escuchados.* Durante el Concilio Vaticano I, cerca de doscientos Padres suscribieron una petition para la definición de la A. Pero hubo algunos que se opusieron, tanto en Francia (siguiendo a monsenor Dupanloup) como en Alemania (siguiendo a Dollinger). A pesar de esto, el piadoso movimiento fue ganando cada vez mis terreno. Se detuvo en 1880, debido a una decision del Santo Oficio, que no lo consideraba, por entonces, oportuno.
SurgiO de nuevo, como de improviso, veinte aiios mas tarde, a principios de nuestro siglo, y muy pronto se propagO por varias naciones de Europa, de América, en las misiones de Asia, de Africa y de Oceania. La reaction modernista frenO un poco el ritmo, mas estuvo muy lejos de paralizarlo, y al contrario, provocO varios estudios de indole teológica. Las diferentes peticiones. que se contienen en un centenar de voltimenes conservados en el archivo secreto del Santo Oficio se dieron a la luz publica, con la autorización del Santo Padre, por los padres jesuitas Hentrich y De Moos (Petitioncs de Assurnptionc corporea B. M. Virginis in cae lum definienda ad S. Sedem delatae, editadas por la Poliglota Vaticana en 1942). Por estos dos grucsos volumenes vemos que pidieron a la Santa Sede la delinición de la A. 113 cardenales, 18 patriarcas, 2505 arzobispos y obispos, 383 vicarios capitulares, 32.000 sacerdotes y religiosos, 5.000 religiosas y millones de fieles. El 96-97 por ciento de las stiplicas enviadas por los diversos ordinarios del orbe católico, entre 1896 y 1941, expresan el voto para que la A. sea definida como dogma de fe.
Despugs de la publication de los gruesos y bien conocidos volumenes en los que !o‘ PP. Hentrich y De Moos dieron a la luz ptf blica las peticiones de los obispos y de lo.< fieles (desde 1848 a 1940), en favor de la de finición dogmática de la A. corporal de Ma rfa al cielo, se iniciO una nueva y mis im portante fase en la historia del movimienU 5. — Roschwi. asuncionista. Esta nueva fase comprcndc los cinco riltimos anos, de 1945 a 1950. Las vicisitudes de esta ultima fase fueron expuestas por el P. Hentrich en un articulo titulado: De definibilitatc Assumptions B. M. V.. en «Marianum». En 6\, después de una diligentisima investigación de los diarios de las diversas naciones, de los periddicos marianos tanto cientificos como popu lates, de las revistas mensuales de las diver sas didcesis, de las actas de los congresos, etcetera, se representaba una especie de prospecto de las casi innumerables cartas petitorias dirigidas al Padre Santo por los congresos teoldgicos asuncionistas de casi todas las uníversidades y atcneos católicos y de muchas facultades teológicas de las uníver sidades civiles.
Las cifras de este sucinto prospecto son impresionantes y de datos &ridos se convierten en un coro melodioso de miles y miles de voces que se elevan súplicantes al trono de Pedro desde todas las partes del mundo. En efecto, han solid tad o formalmente del Santo Padre la solemne definición: 9 de las 10 uníversidades y pontificios ateneos teoldgicos de la Urbe; 18 (o 19) de las 24 uníversidades católicas existentes fuera de Roma; 7 de las ocho facultades teológicas pontificias públicas también fuera de Roma; 18 facultades teológicas de drdenes religiosas que tienen el derecho de conferir los grados acaddmicos a sus propios alumnos; las 15 facultades teológicas de las ptiblicas uníversidades existentes en Austria, Suiza, Hungria, Yugoslavia, Polonia y en Checoslovaquia (excepto una); cerca de 80 colegios teoldgicos de diversas drdenes y congregaciones religiosas y 16 seminarios regiónales textra Urbeim (es decir, todos, ex cepto dos solamente), además de otros muchos seminarios mayorcs centrales, regiónales y diocesan os del orbe catolico. Presentaron despud? una demanda colectiva casi todos los profesores de tcologfa del Brasil, Canadit y varias ciudades de los EE.
UU. de America, Espana y Polonia. Segiin esto, puede hablarse con razón de un consentimiento moralmente unjtnime entre los teólogos de hoy. Esta unanimidad moral estaba, empero, un poco comprometióa por las dudas (no sobre el hecho tie la A., sino sobre la definibilidad como vci dad revelada por Dios) de unos pocos too logos (Coppens, Colombo, Altaner, etc., Tales dudas se deb.an a varias causas::i una inadecuada noción de la tradición / vino-apostdlica (Cf. Filograssi, en «Grego rianum», 30 [1949] pp. 443-489), por no haber asentado la debida distinción entre criterio «dogmtltico» y criterio pupamentc «histórico» o racional. No han faltado mas tarde dudas, debidas al infundado temor tic que la proclamación de un tal dogma iba «a imponer un peso demasíado grave a la fe de los católicoss. Otras dudas, en fin. se debían al defecto de una vista de conjunto de los diferentes argumentos aducidos en favor de la definibilidad de la A., argumentos que, insuficientes acaso si sc toman aisladamente, tornados de conjunto podian tranquilamente ser reconocidos como eficaces, aun para la critica más exigente. Del consentimiento amoralmente undnime» de los teólogos, el P.
Hentrich pasa a considerar el consentimiento «moralmente undnime» —incomparablementc más importante en nuestro caso— de los obispos de todo el orbe católico. Pone justamente de relieve edmo de los dos voltimenes de las aPeticiones*, publicados en 1942, se podia ya deducir, con buena logica, el consenti miento aundnime de los obispos extendidos por el orbe», suficiente para legitimar una definición dogmática. Este consenti miento (imoralmentc undnime fue reconocido, en general, por todos, a excepción del reducido ntimero de quienes pusieron en contra algunas dificultades, que bien pron to resultaron inconsistentes. En efecto, Pío XII, secundando dichas <peticiones», el l de mayo de 1946 dirigia a todos los obis pos catolicos la Enciclica «Dciparae Virginis», en la que preguntaba si, a juicio de los mismos, la A. corporal de Maria podia ser definida como dogma de fe y si, juntamente con el clero y pueblo, deseaban tal definición. Otro tanto había hecho Pío IX, en 1849, cinco anos antes de proceder a la so lemne definición del dogma de la Inmaculada Concepción.
La inmensa mayoria de los obispos respondid con entusiasmo afirmativamenie, y sólo unos pocos presentaron unas dudas sobre la oportunídad de la definición. El consentimiento <mioralmente undnime» de los obispos estaba, pues, fuera de tocla duda, no sólo en lo referente a la A., sino también a la oportunídad de la misma. Asi Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, procedid a la solemne definición dogmática de la A. de Maria «en alma y cuerpo a la gloria del cielo, a! tcrmino de su vida terrena*. BIBL.: Dalic, C.. O. F. M., Testrinonia de A. c.v omnibus saecttlis, 2 vols.. Acad. Mar., Roma 1948-1950 (Dibl. Assumption!!? D. M. V., 1-2); lo.. De A. D. V. Marine In Theoloaia occ-.denttdi. en «Maiianum». 16 (1954) pp. 206-289: C'ayri'. F.. A. A.. L'A. aux quatre premiers sidcles. Etat embryoimalre de la doctrine, en •Vers lc dosme de l*A.», pp. 123-149; Id.. Lex vre ntiers temniynages stir la doctrine de VA. en «Ann<5c Thcol.», 9 (1948) pp. 145-155; J-ii.oc.rasm, G.. S. J.. Tradit.o dhino-apostollca et Assumptio D. V. M., en cGrceoriammu. 30 (1949) pp. 443-489; Quaorio. G.. S. D. D..
La deflnlzlone domination dellA. ill Maria SS. alia luce della Tradizione. en aSnlesianume, 12 (1950) pp. 463-486; fo., II Irattato < De Asuimptione D. M. V.» della Ps.-Attoxtino e il suo inHusso netla teologta assn ittlonist.'ca lafina, apud Aedv.s Universitatis Grek’or:untie, Roma 1951. XV-428 pp. (. Analecta Gregrriana». volumcn
III. Scries Fac. Thcol.. Scci. B. n. 2); M\- rocco, G.. S. D. B.. Nuovl documenti full A. del Medio Evo Laúno, en tMariaimnu. 12 (1950) prtKinas 574-592; Riuuon, I., S. J.. La A. corporal dt Maria a los cielos en los escritores ecleudsiitox de la primera mitad del \iylo XU, en a Est. eel*, 25 (1951) pp. 343-360; Chenu. M. D., O. P.. Imi croyancc en Occident de 1150 A 1250 environ, en kBpII. Soc. Franc. El. Mar.*. 8 (1950) pp. 13-32; Barr£, H.. S. S. Sp., Dossier conwicmentaire, ibid., dp. 33-70; Fhanouesa. P.,
C. M. F.. El argumento de TradnitUi seguit la Dida «Muu$h'entissintus Dens*, en «Lst. Mar.®, voluinen XIT. pp. 67-96; Wrwon R. A.. A. A., L'A. de la T. S. Vtertic dans la tradición Bvzantine du VI* an X* siede. Etudes et documents. París, lnstitut Francais d’Eliirics Byzantines. 1955. 426 pp.: Oiamijcrardjni. G.. O. F. M.. La teolo'da auunzionhtn nella Chicsa Egb ziana.
Jciusalen 1951, VIH-150 pp.; Houdka, Ttmoignage de I'Egtise syro-nwronife en favour de I'A. de la T. S. Vicrtte, Baskoma (1950) 36 [52] pp.; Pi ana, C., O. F. M,, Tradition's null icon xaec. XU-XIV ienotn documenta de Virgrids A., en #Franc. Siud.», 11 (1951) pp. 145-172; Belloi.i, I... La reologia dell'A. corporea di Maria SS. dalta detriuzione dommatie.a dellTmmacolata Concezione alia line del see. XIX. (ontributo alia storia del dogma, apud Acdcs Unlv. Greyoiianac, Roma 1956. XXVMfl? pp. ((. Analecta Grepoiiana*'. vol. l.XXIX; Scries Fac. Thcol., Seclio B. n. 28). ASUNCION (LA) EN LA ARMONfA DE LOS PRIVILEGIOS MARIANOS. - Las ruzones teológicas en favor de la A. pueden verse enunciadas en la fdrmula misma de la definición: «La Inmaculad«Madre tie Dios y siempre Virgen Maria...» Los glares o bases teológicas, sobre los que se apoya la A. son, pues, la Inmaculada, la Maternidad divina y la perpetua virginidad. En resumen: Asunta por ser Inmaculada; Asunta por ser Madre de Dios; Asunta por ser Virgen perpetua.
1. Asunta por ser Inmaculada. La muerte, en el actual plan de la Providencia divina, es un castigo del pecado original. Todos morimos, ha dicho S. Pablo, porque todos hemos contraido el pecado original, es decir, todos pecamos en Adán: «in omnes homines mors pertransiit, in quo [eo quod, quial omnes peccaverunt* (Rom. 5, 12). El Concilio Arausicano II, refiritiidose a estas pa la bras del Apóstol, definid que trataria a Dios de tinjust«a quienquiera que admitiese que podia haber muerte cor poral sin antes preceder la muerte del alma, es decir, sin que uno hubiese contraido «individualmenten el pecado original, dnica y verdadera causa, en el orden presente, de la muerte: «Si quis... mortem tantum cor poris, quae poena peccati est, non autem et peccatum, quod mors est animae, per unum hominem in omne genus humanum transiisse testatur, injustitiam Deo dabit, contradicens Apostolo dicenii: “Per unum hominem peccatum intravit in mundo”» (Denz., 175). De esto se sigue ldgicamente que, quienquiera que haya pecado en Adán, y no haya contraido «individualmente» la culpa original, ese tal no está sujeto a la muerte o, al menos, a su dominio.
La Virgen Santísima, por tanto, al no contracr la culpa original, o no murió o, si murió, tuvo que resucilar a) momento —como Cristo— a una vida gloriosa e inmortal. De esta manera, al primer instance de su vida terrena hace eco el dltimo instante de la misma: singular el primer instante y singular también el dltimo; inmune de la culpa en el primer instante, inmune de la pena en el dltimo instante. La Asunción, por consiguiente, es corolario ldgico y neccsario de la Inmaculada Concepción. Asunta por ser Inmaculada.
2. Asunta por ser Madre de Dios. En virtud de la Maternidad divina, un cuadruple vinculo une indisolublemente a l«Madre con el Hijo, y viceversa: un vincu lo fisico, metafisico, moral y teoldgico. Estos cuatro vinculos, a semejanza de cuatro invisibles brazos, al par que abrazan inefablemente al Hijo, la elevaron tambitii, con el Hijo, a la gloria celestial. En una palabra: estos cuatro vmculos exigian la A. de Maria en alma y cuerpo a la gloria del cielo. Exigia la A. el vinculo flsico o jisiologico. El cuerpo de Cristo fue tornado del cuerpo de Maria: «Caro Christi —dice la-, pidariamente el ps.-Agustin— caro est Mariae» {De A. B. V.. c. 5, PL 40, 1145). Dada esta originaria identidad entre el cuerpo de Maria y el cuerpo de Cristo, era en sumo grado conveniente que la suerte que cupo al cuerpo de Cristo fuese también la suerte del cuerpo de Maria, es decir, que el cuerpo de Maria fuese glorificado lo mismo que el de Cristo. Exigia la A. el vinculo mctafisico. Entre l«Madre y el Hijo hay una relación real. Mientras el vinculo fisioldgico o fisico pasa, el vinculo metafisico, o sea la rela tion que se establece entre Madre t Hijo, no pasa. Es permanente.
Esta relación real tiene su fundamento en la real generación que atafie tanto al alma como al cuerpo, aunque mis al cuerpo que al alma. Segrin esto, sólo en la glorificación tanto del alma como del cuerpo se salva el doble fundamento de relación real que liga a Maria con Cristo su Hijo. Considerada bajo esta luz, se nos presenta genial la observación de Pedro de Blois, según el cual «parece como si Cristo no hubiera subióo del todo al cielo mientras no llevó consigo a AqueUa de la que había tornado la carne y la sangre» {Serin. 33 in A. B. M. V., PL 207, 662). Exigia la A. el vinculo moral que liga indisolublemente al Hijo con l«Madre, y viceversa, vinculo expresado por aquel precepto que el mismo Dios impuso a todos los hijos respecto de sus propias madres y que El mismo grabd de forma indeleble en el corazón de todos: honor y amor.
Por tanto, el honor y el amor del Hijo, hombre-Dios, exigian moralmente la A. corporal de la madre. La exigia el honor, el cual requeria que él, que podia, impidiese el oprobio que supondrfa para Ella la corrupción del sepulcro. a S.
Francisco de Sales —pone de relieve la constitución apostolica «Muníficentissimus Deusn—, despues de haber afirmado no ser licito dudar de que Jesucristo haya ejecutado de modo el mandado divino por el que se impone a los hijos el deber de honrar a los propios padres, pro pone esta pregunta: hijo no resucitaria a su madre si pudiera y no la pondria en el cielo después de su muerte? (Doctrina Pontificia, IV. Documentos Marianos, BAC, pp. 632-3; Obras selectas de S. Francisco de Sales, I, BAC, Madrid 1953, Sermón para la A. de la Santísima Virgen, p. 483). El oprobio de la madre se reflejaria inevitablemente en el hijo. aJesucristo —afirma San Alfonso M. de Ligorio— preservd el cuerpo de Maria de la corrupción de la tumba, porque hubiera redundado en deshonra del hijo el que se hubiera corrompido la carne virginal de que él se revistiera» {Las glorias de. Maria, P. II, disc.
1. BAC, p. 737). Al deber de honrar a la propia madre se une tambiln el de amarla. El amor de Cris to para con su Madre fue sencillamente inefable. Y el amor es unítivo, no sufre dcmoras, rehuye las separaciones. Siendo esto así, jcdmo iba a tolerar Jesús, que puede lo que quiere, que el alma de su Madre se fuese al cielo, mientras su cuerpo, del que él había tornado su propio cuerpo, quedaba en la tierra esperando, como los cuerpos de los demás mortales, la resurrección final! El amor del Hijo reclamaba junto a él, en el paraiso, la presencia de l«Madre; y se sabe que el alma sola no es, propiamente hablando, la persona completa, sino parte (la parte formal) de la misma: aAnima se parata —sentencia el Angelico— non po test dici personas {In III Sent., dist. 5, q. 3, a. 2). aAnima Abrahae non est, propie loquendo, ipse Abraham; sed est pars eiusx {In I Cor. c. XV, lect. 2). Exigia, finalmente, la A. tambitii el vincu lo tcologico, o sea la unión indisoluble de Jestis y Maria para un mismo fin, para idlntica misión: la redención del gdnero hu mane, obrada por el Redentor, cual nuevo Aditn, y por la Corredentora, cual nueva Eva.
Efectivamente, la madre es naturalmente partfeipe de la suerte del hijo, en el dolor, en el gozo y en la gloria. Si el hijo sufre, sufre también la madre. Si el hijito es el hombre del dolor, la madre no puede menos de ser la Mujcr del dolor. Si el hijo cs rcdcntor, la madre cs corredcntora. Si el hijo es el nuevo Adgn, la madre cs la nueva Eva. A este argument*) sc reficre la constitución apostdlica « Muníficent issimus Deus* cuando, como base de la A., pone el princjpio de asociación de la Madre con el Hijo, su misión de nueva Eva y Corredcntora del género humano. Después de haber expuesto todas alas razones y considcraciones de los SS. Padres y de los teólogos* en torno a la A., la constitución apostdlica dice expresamente que a todas estas razones y consideraciones de los SS. Padres y de los teólogos ticncn como ultimo fundamento la Sagrada Escritura, la cual nos presenta al alma de l«Madre de Dios unída cstrechamente a su Hijo y siempre participe de su suerte.
Dc donde parece imposible imaginarse separada de Cristo, si no con el alma, al menos con el cuerpo, despuls de esta vida, a Aquella que lo concibió, lo dio a luz, lo nutrió con su leche, lo llevó en los brazos y lo apretó a su pecho». «Pero ya se ha recordado especialmente —prosigue la Constitución— que desde el s. u, Maria virgen es presentada por los SS. Padres como nueva Eva estrechamente unída al nuevo Adán, si bien sujeta a El, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que. como fue preanunciado en el protoevangelio (Gén. 3, 15), habría terminado con la plenisima victoria sobre el pecado y sobre la muerte, siempre unídos en los escritos del Apóstol de las Gentes (Cf. Rom. c. 5 et 6; I Cor. 15, 21-26; 54-57). Por lo cual, como la gloriosa resurrección de Cristo fue parte esencial y signo final de esta victoria, así también para Maria la común lucha debía concluir con la glorificación de su cuerpo virginal; porque, como dice el mismo Apóstol, cuando... este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad, entonces sucederá lo que está escrito: la muerte fue absorbida en la victoria# (I Cor. 15, 54).
3. Asunta por ser Virgen perpetua. Esta perfecta y perpetua virginidad, profesada desde la edad apostdlica, colocaba a María en una esfera superior a la normal también en el mismo estado de justicia original. Ella permanecid (milagrosamente) incorrupta, aunque (naturalmente) debía corrompcrse.
Por consiguiente, ¿quién no ve en esta preservación de la corrupción del parto una especie de sedal y una prenda de la preser vación de la corrupción de la muerte? Un milagro reclama al otro; el uno no tiene razón de ser sin el otro, ya que entrambos son inseparables de un insigne privilegio único de l«Madre de Dios: la perfecta inmunidad de cualquier clase de corrupción. Si Dios hubiese concedido a Maria la sola inmunidad de la corrupción del parto, su propósito habría sido incompleto e incoherente: lo cual es imposible en Dios. BIBL.: BouFsstf, H.. O. P.. De la maternitd de Marie it sa glorieuce A.. en «Nouv. Rev. Théol.». 70 (1948) pp. 933-44; Caooiano, E.. O. P. M.. L'A. della B. Vereine net dontnd maiiani, en «A».ii Cowresso Nas. Mariano O. F. M.», pp. 615-44; FaenaUp. G.. O. S. B., Preuve Ihdologiaue de PA. oorparetic de Marie fondi'e sur le doeme de la maternUe divine, en •Bui). Soc. Franc. El.
Mar.*, 6 (1948) pp. 119-147; Lago. B., O. F. M.. La A. corporal de la Santísima Virgen y xu Concepc tin liunacnlada. en aVerdad y Vidat. 6 (1948) pp. 167-89; LoNcrnC £.. O. F. \1.. en «L’A.*. pp. 243-282; Bonnitoy. J. F.. VA. de la Trie Salute V'crge et sa predestination, en aVers Ic donmc de PA.». pp. 293*335: Maestu.
L. M.. O. F. M., La A. de la Santlshna Virgen en los principios tnarianns, espedahnente en et vrincipio cxcotista, en ollr’enriuní'*. 6 (1949) pn. 431-456; Pmini. O.. O. F. M., O argmuento da fmacnlada conce'cdo e a A.. en «Rev. Eel. Bras.». 10 (1950) pp. 188-203: RouDEr, H., S. J., A. et Corddemptlon, en nl/Assomptions. pp. 151-P3; Scardigno. O. B.. Argumentos theoldgicos da A., en «Rcv. F,cl. Bras.», 10 (1950) pp. 272-287; r i.vmi.ra. M., O. F.. La ntatenddad y la A. de María, en «Cicnc. Tom.», 77 (1950) pp. 105-144; Laurent, L., O. F. M., L’A. et la maternltd divine. en tfl/A.*. pp. 135-150; Canal. J. M..
C. M. F.. De nexu theologlco Inter A. et Conceptionem Innnacnlatani D. Marine V.. en «Divus Thomas' (Plac.) 53 (1950) pp. 297-305; GaacU Rodk(guez. B- C. M. F., La razón teoldgtca en la Constitución *Muníl. Dens*. en »Eph. Mar.'>. 1 (1951) pp. 45-88; Philippe. Th., o. p.. Concent OI i et A., en vBull. Soc.
Franc. Et. Mar.», 7 (1949) pp. 141-160; In.. Le myxtire de VA. (Etude des raisons tluSologlqucs), ibid. 8 (1950) pp. 183 - 207; Pllssis. A.. S. M. M.. La Virgi - nitd de Marie el son A. corpnrellc. en «Bull. Soc. Franc. Et. Mar... 7 (1949) pp. 125-137; Quadrio. M.. S. D. B., Le raglani teologlrhe addotte dalla Costltudone aMuntf. Deu n> alia luce della trnd>zione lino al Con - alio Vatlcano. en aScuola Cait.», 79 (1951) pp. 18-51; Esteve. E., O. C., La A. corporal y los principios de la Mariolnela. en *An. Ord. Cairn.*. 15 (1950) páginas 187-202; Galbiati. E.. / londamenit teoloeid della dottrina dell'A., en a I.b mlssione dl Maria. (Milán 1951) pp. 47-69.
Voces relacionadas
Internas
- AMBROSIO (S.)
- GREGORIO (S.) NISENO
- TIMOTEO DE JERUSALÉN
- EPIFANIO (S.)
- MODESTO DE JERUSALÉN (S.)
- BIZANCIO
- JUAN (S.)
- ATANASIO (Pseudo)
- BEDA EL VENERABLE (S.)
- ANUNCIACIÓN
- INGLATERRA
- FRANCIA
- ALCUINO
- FIESTAS MARIANAS
- SHGUANIN, CESÁREO MARÍA
- ESPAÑA
- INMACULADA CONCEPCIÓN
- ALEMANIA
- EUROPA
- ÁFRICA
- OCEANÍA
- AUSTRIA
- SUIZA
- HUNGRÍA
- POLONIA
- BRASIL
- AMÉRICA
- PÍO XII
- MATERNIDAD DIVINA
- FRANCISCO DE SALES (S.)
- MEDIACIÓN DE MARÍA