Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ASUNCIÓN (la) EN LA SAGRADA ESCRITURA

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En ningún lugar de la Sagrada Escritura se ha enseñado de manera clara y explícita la A. de María. En lo cual todos los teólogos católicos están de acuerdo. ¿Se sigue, acaso, de aquí que la A. no se contenga de algún modo en la Sagrada Escritura, ni siquiera de manera implícita? Algunos teólogos opinan así, y entre ellos Tepe (Institutiones theologiae..., t. Ill, pp. 721, 724, París 1896), Hervé (Manuale theologiae dogmaticae, París 1926, t. II, p. 252, n. 542), Rivière (art. Assomption, en «Dict. pratique des sciences religieusesi>, t. I, p. 476), Merkelbach (Mariologia, París 1939, pp. 274-275). En cambio, en las diferentes peticiones presentadas a la Santa Sede para la definición dogmática de la A. se apela continuamente, de muchas maneras, a la Sagrada Escritura. He aquí una rápida ojeada: 1) 52 peticiones apelan sencillamente a la Sagrada Escritura; 2) 24 dicen que tal verdad está «significada» por la Sagrada Escritura; 3) 158 peticiones afirman que está Kcontenidai), al menos implícitamente, en la Sagrada Escritura; 4) 221 peticiones la consideran «típicamente», pero de una manera real e implicita, en varios lugares del A.

T., explícitamente expuestos y completados, con explícitos testimonios, en la antigua tradición procedente de los apóstoles; 5) 153 peticiones la «prueban» con varios pasajes de la Sagrada Escritura y con el unánime sufragio de los Padres (Cf. Hentrich-De Moos, Petitiones de A. corporeae B. V. Mariae in caelum definienda ad S. Sedem delatae, 1942, t. II, pp. 732-734). Nuestro juicio es que la A. está contenida en la Sagrada Escritura de un modo formal e implícito: 1) en el protoevangelio {Gén. 3, 15), 2) en la maternidad divina, 3) en la plenitud de gracia (desde el primer instante de la existencia terrena de María), 4) en el capítulo XII del Apocalipsis, 5) en el texto de la I Carta de S. Pablo a los Corintios, donde habla de Cristo «primicia» de los que resucitarán.

1. La A. y el protoevangelio (Gén. 3, 15). Leemos: «Pongo enemistad entre ti [la serpiente seductora] y la mujer, entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás a él el calcañar». En este célebre vaticinio (v. Protoevangelio) la Virgen Santísima nos es presentada por Dios unida de una manera completamente particular a Cristo, su Hijo, en la enemistad, es decir, en la lucha con el demonio, no sólo en la plena victoria sobre él. Se trata, por tanto, de una victoria, de un triunfo idéntico al de Cristo. Pero el triunfo de Cristo supone también el triunfo sobre la muerte. Otro tanto se ha de decir del de María: su triunfo se extiendc también a la muerte. Cristo, en efecto —como enseña San Juan—, «ha venido a destruir las obras del diablo*.

Y como las obras del diablo, según la Sagrada Escritura, son tres: el pecado {Jn. 1, 29), la concupiscencia (Romanos 7, 24-25) y la muerte (I Cor. 15, 16); si todos los hombres han participado de este triunfo sobre la muerte, es evidente que Aquella de la cual el mismo Redentor será linaje, deberá participar en el mismo de un modo completamente particular, o no muriendo, o resucitando inmediatamente después, sin permanecer bajo el dominio de la muerte. Mientras el triunfo de los demas sobre la muerte seria solamente parcial, o sea final; pero no pleno, el de la Virgen, por su parte, seria plenísimo, precisamente por estar a unida a Cristo con apretadísimo e indisoluble vínculo» (Bula thieffabilis...»). Y así como había triunfado del pecado (mediante su concepción inmaculada) y de la concupiscencia (mediante su virginal maternidad), así también debía triunfar de la muerte, viéndose libre, con Cristo, de su dominio. Ahora podemos preguntarnos: ¿Está acaso contenida esta conclusión implícitamente de un modo formal en el protoevangelio? La respuesta afirmativa parece indudable.

Allí, en efecto, se revela explícitamente el triunfo total de María (con Cristo y por Cristo) sobre el demonio y sobre sus obras. Pero si se revela explícitamente el triunfo total, se sigue que también se revelan implícitamente (como parte en el todo) cada una de las tres partes de que se compone el triunfo total, es decir, el triunfo sobre el pecado, sobre la concupiscencia y sobre la muerte. Hay, por consiguiente, una ilación inmediata y no una ilación mediata, es decir, mediante un razonamiento (la conclusión teológica). En el triunfo total sobre el demonio, se inserta el triunfo parcial, contenido de un modo formal e implícito en el triunfo total. Si el todo es revelado de una manera formal y explícita, la parte (sin la cual no se da el todo) será también revelada de una manera formal e implicita. Por eso la Iglesia, así como ha definido el triunfo de la Virgen Santísima sobre el pecado (mediante la concepción inmaculada) y el triunfo de la misma en la concupiscencia (mediante la virginal maternidad), del mismo modo ha definido también su triunfo sobre la muerte (mediante la A.).

Apelaron a este argumento: 1) los 113 Padres del Concilio Vaticano I que suscribieron el «Postulado» para la definición dogmática de la A.; 2) los 106 Obispos y Prefectos Apostólicos de la China, en el Congreso Nacional de la Acción Católica de Shangai (1935); 3) los 17 Obispos del Brasil en su petición colectiva de 1901; 4) los 23 Obispos unidos del antiguo Imperio austriaco en la petición colectiva de 1917. Otro tanto han hecho Varios teólogos, tales como el P. Muller, el P. Friethoif, etc. Dedujeron la A. del hecho de que la Virgen fue juntamente con Cristo la causa de nuestra salvación, S. Germán (PG 98, 345), S. Anselmo (PL 158, 966), Pedro de Celle (PL 202. 850) y S. Bernardino de Siena (De A., art. 3, cap. 1).

2. La maternidad divina y la A. Santa Isabel, movida por el Espíritu Santo, proclamaba a la Virgen Santísima «Madre del Señor», o sea, Madre de Dios: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc. 1, 43.) Por consiguiente, este título de «Madre de Dios» parece pedir para María necesariamente (con una necesidad moral) la glorificación en alma y cuerpo al fin de su exilio terreno, como pide necesariamente la Concepción inmaculada. El hecho físico-moral de la maternidad humana establece entre la madre y el hijo estrechísimas e indisolubles relaciones no sólo de orden físico, sino también de orden moral. Entre estas últimas está también la del cuarto precepto del Decálogo, que impone al hijo la obligación de honrar a la propia madre, teniendo para con ella todas las finezas del amor filial. A esta ley, escrita por el Creador en el corazón de todos, quiere someterse él mismo, haciéndose Hijo de María y sujetándose a Ella. También en esto fue él nuestro perfecto modelo.

Y según esto, jamás se podría asegurar que él hubiese honrado a su Madre y hubiese usado para con Ella de todas las finezas, de toda la perfección del amor filial, haciéndose nuestro modelo, si, pudiendo, no la hubiese preservado de la corrupción del sepulcro y no le hubiese concedido, sin demora, la gloriosa resurrección (en el caso de que Ella hubiese muerto), asociándola a su celestial bienaventuranza. Hay, por tanto, una conexión moral entre la maternidad y la A., fundada en la necesidad y ley moral a la que libremente quiso someterse el Verbo Encarnado, como se ve por la conducta que la Iglesia observa siempre para con María. La A. es, en efecto, muy conveniente a la Madre de Dios. Se trata, empero, no ya de una simple conveniencia (a la cual no habría inconveniente en oponerse), sino de una conveniencia positiva, cuya oposición sería inconveniente a su dignidad de Madre de Dios.

Ahora bien, todos sabemos, con S. Anselmo, que «en Dios, a cualquier inconveniente sigue lo imposible*.

No habría, por tanto, podido negar a María, su Madre, sin contradecirse, aquella fundamental ley de amor y aquel sentido de conveniencia que Él ha impuesto a todos los hijos para con 'sus propias madres. Resumiendo se puede decir: Jesús pudo preservar a su Madre de la corrupción y anticiparle la resurrección; debió hacerlo, en virtud del cuarto precepto al que Él mismo se quiso someter; luego lo hizo. Es graciosa, a este respecto, la apóstrofe con que S. Francisco de Sales se dirige a Jesús diciéndole: */0/i, Señor', dijo la cortc celestial tras la muerte de María, exurge in praecepto quod mandasti; ordenaste a los hijos honrar a sus padres ancianos e hicistc tan general esta ley en la naturaleza que las mismas cigüeñas la obedecen. Obsdrvala también ahora y no permitas que cuerpo que te engendró sin corromperse quede sujeto a corrupción; resucítalo; recíbelo en las alas de tu poder y bondad para llevarle desde este mundo a la eterna dicha.

No sc ha de dudar que el Salvador observo este precepto —añade el santo Doctor— impues to a todos los suyos en el grado más alto de perfección que imaginarse pueda. hijo no resucitaría a su madre si pudiera y no la pondria en el ciclo después de su muerte?> (Asunción de la Santísima Virgen, obras selectas de S. Francisco de Sales, I [BAG], Madrid 1953, pp. 482-3). jPudo, debid, lo hizo! Potuit, debuit, fecit. Crece la fuerza del argumento si se piensa en el hecho de que, habiéndole ya concedido el privilegio de su Concepción Inmaculada. le concederfa también el dcrcclto a la inmortalidad gloriosa inmediata. Tratdndose aquí de dos premisas (la mayor y la menor) reveladas, es necesario decir que también la conclusión (es decir. la A. corporal) es formalmente, aunque implícitamente, revelada. Se ha argumentado de esta mancra, en pro de la A., en unas 337 peticiones (Cf. Hcntrich-De Moos, op. tit., t. II, p. 379).

3. La plenitud de gracia y la A. La Virgen recibe del ángel el saludo cillena de gracia» (Lc. 1, 28). Esta plenitud de gracia, según la enseñanza de los Padres y de la Iglesia, se extiende a todos los instantes de la vida de María, del primero al último, excluyendo, por lo tanto, en Ella cualquier clase de pecado, tanto original como actual. En virtud de esta plena cxclusión de todo pecado, la Virgen fue el único miembro de la humanidad que sc hallo en aquel mismo estado de justicia original con que se encontraba Adrin antes de caer en la culpa, con todos aquellos dones sobrenaturales y preternaturales (a excepción del don de la impasíbilidad, ya que la pasíbilidad era necesaria en María, dado sa olicio de Conedent ora), y, por consiguiente, tenia derecho, según el plan divino, a las mismas prerrogativas del Adán inocente. Y, precisamente, una de las prerrogativas del Adán inocente era la de pasar de la prueba del exilio a la gloria de la patria, inmediatamente después de terminado el tiempo de la prueba, sin pasar por la muerte (Rom. 12, 15, 19).

También María, a causa de su original inocencia, o no debfa morir o, si moría, debía resucitar inmcdiatamente, revistiéndose de gloria inmortal. Fueron 171 las peticiones que basaron su argumentación en favor de la A. en el hecho de su Concepción Inmaculada (Cf. Hentrich-De Moos, ob. cit, t. II, p. 739). También Pío IX, en la carta a la reina Isabel de Espana, reconocia el nexo íntimo entre la Inmaculada Concepción y la Asunción. Esta conclusión, basandose en las premisas reveladas, puede considerarse también formalmente, aunque de manera implicita, como revelada.

4. La Mujer del Apocalipsis y la A. A las aserciones escrituristicas implicitas, asímismo de un modo formal, se puede ahadir también una cuarta que se acerca mucho a la aserción explícita de la A.: es la que se toma del c. XII del Apocalipsis (v.), donde, efectivamente, se habla de una mujer, de una persona humana con alma y cuerpo. y se dice que «se le dieron dos alas de la gran iguila para que volase al desierto. a su lugar, donde debe ser alimentada por un tiempo, y dos tiempos, y medio tiempo, lejos de la vista de la serpientea (Ap. 12, 14). Una posible alusión a la A. de María (sin pasar por la muerte) la vio ya en las sobredichas palabras el palestinense S. Epifanio cuando escribió: «Por otra parte, el Apocalipsis de Juan dice que el dragón se precipito sobre la mujer que había engendrado al hijo varon, y que lc fueron dadas las dos alas del dguila, y fue transportada al de sierto para que el dragon no pudiese alcanzarla. Es posible que esto se haya vcrificado en María» (Haems., LXXVIII, 11, PC 42, 716). Puede ser que, como observa el P. Jugie (Tm rnort el l'A. de la Sainte Vierge.

Etude histonco-doctnnale, Ciudad del Vaticano 1944, pp. 34-35), el sacerdote Timotco de Jerusalén, al afirmar la inmortalidad de Nuestra Senora, clevada por Jesús aa la región de la Ascensión». es decir, al cielo, fuese el eco de una tradición que se remonta a S. Juan (Homil, in Simeon ct An num, PG 86, 245). Otra alusión, todavi'a mas clara, a la presencia de la Virgen en el cielo, glorificada en alma y cuerpo, se puede sacar del primer verso del mismo capítulo XII: «Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pics, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas.n Teniendo en cuenta la interpretación mariológica que algunos Padres y no pocos escritores de hoy dan a este pasaje, interpretación que es corriente entre los exegetas, se puede afirmar con razón que aquí el Discípulo amado a quien María fue confiada, quiso hacer una fugaz alusión a la manera cómo Ella terminó su vida terrena y a su completa glorificación en alma y cuerpo en el cielo, evadiéndose usi plenamente a las insidías del dragón infernal y alcanzando sobre 6[ un completo triunfo, lo mismo que Cristo al que estaba asociada.

5. Cristo y María, primicias de la resurrección. Otro testimonio implícito lo encontramos en la primera epístola de S. Pablo a los Corintios 05, 20-22), donde se dice: , en * Marianum a. 14 (1952) pp. 197-210; R Abano;,, R.. C. M. F.. La arguincntación escrtturistica en la Bula, cn. Est. Mar.>, XII. pp. 43-66: Tf/ifii.o de Orbiso. O F. M. Cap.. iConttdnesc en la Escriturn In A. de fa Virgen \ en a Est. Franc. >, 54 (1953) pp. 5-26; González. Ruiz, I. M.. La A. de la Virgen en Rom. 8. 19-21, en aCult. 8 (1951) pp. 44-47; Jugfe. M.. A. A., Le dogme de PA. et le chapitrc XII de l‘Apocalypse, en (fMarianuim. 14 (1952) on. 74-80; Rivera. A.. C. M. F.. El argumento escriturístico en la Bula *Munificentissimus*. cn. Est. Di.»!.». 10 (195.) pp. i45-ibj; Bover, I.. S. J., La A. corporal de la Virgen María a los cielos en la Sagrada Escritura, en «Rcv. Esp. de Tcol.». 6 (1946) pp. 163-183.

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