Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

MATERNIDAD DIVINA

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Es el dogma fundamental de toda la mariología. Para formarse una idea menos inadecuada de la M. D. es necesario considerarla bajo un cuádruple aspecto: dogmático, físico, metafísico y moral. I. La M. D. considerada bajo el aspecto dogmático. En este primer punto —base de los otros— examinaremos el hecho, o sea, la existencia del misterio de la M. D. solamente conocible por la revelación divina. Por lo mismo expondremos el concepto preciso de la maternidad divina, los errores en contra de ella y las pruebas.

1. Concepto preciso de la M. D. Para comprender en qué sentido decimos que María Santísima es «verdadera Madre de Dios» es necesario tener presente dos verdades: una de orden natural y otra de orden sobrenatural. 1) Verdad de orden natural (por tanto conocible con la sola razón). En todas las criaturas la persona es realmente distinta de la naturaleza individua. De la persona se dicen, en efecto, cosas (por ej., que obra, que sufre una acción, que es concebida, que nace, etc.) que no pueden decirse de la naturaleza individua o de alguna parte de la misma (por ej., del alma o del cuerpo). Lo que subsiste, en efecto, es la persona y no la naturaleza (aunque la persona no pueda subsistir sino en la naturaleza). 2) Verdad de orden sobrenatural (y por lo mismo conocible sólo mediante la revelación). La persona concebida y nacióa de María no es la persona humana (subsistente en la naturaleza humana), sino la persona divina del Verbo (en la cual subsiste la naturaleza humana). Habiendo, por tanto, concebido María y dado a luz la persona de Dios según la naturaleza humana, es verdadera y propia madre de la persona divina, o sea, verdadera y propia «Madre de Dios».

Este es el sentido preciso de la expresión «Madre de Dios».

2. Errores. Todos los errores contra el dogma de la encarnación son también, directa o indirectamente, contra la M. D. Estos errores se pueden reducir a tres clases: 1) algunos, aun admitiendo que Cristo es verdadero Dios, han negado que sea verdadero hombre, porque habría habido o un cuerpo fantástico, aparente (docetas), o un cuerpo todo él de sustancia celestial (albigenses); 2) otros, por el contrario, aun admitiendo que Cristo es verdadero hombre, han negado que sea verdadero Dios (ebionitas, arrianos, racionalistas, modernistas); 3) otros, en fin, aun cuando admiten que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, han alterado la unión entre la naturaleza divina y humana, admitiendo en Cristo, no dos naturalezas subsistentes en una sola persona (la divina), sino o una sola persona y una sola naturaleza (eutiquianos) o dos naturalezas y dos personas, accidentalmente unidas (Nestorio, después de Diodoro y Teodoro de Mopsuestia).

3. Las pruebas. 1) El magisterio eclesiástico: verdad solemnemente definida en el Concilio de Éfeso (a. 431) contra Nestorio (v. «Lux veritatis»). 2) La Sagrada Escritura. Santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo —como advierte S. Lucas—, saludó a María llamándola «Madre del Señor» (Lc. 1, 43), o sea, «Madre de Dios», porque la palabra «Señor» es sinónimo de Dios en el contexto: «Se realizarán en ti todas las cosas que te han sido dichas por el Señor» (Lc. 1, 45), o sea, por Dios. Además, el ángel anunció a María que de ella sería concebido y nacería el Hijo del Altísimo (Lc. 1, 35), y S. Pablo afirma que el Hijo de Dios fue hecho (o sea, que fue concebido y nació) de una mujer (Gál. 4, 4). 3) La tradición: a) antes del Concilio Niceno (a. 325) se encuentran en los Padres varios títulos equivalentes al clásico y técnico de «Madre de Dios» (Theotócos) y quizás alguna vez este mismo título; b) el primer testimonio cierto en favor de un tal término es el de Alejandro de Alejandría, en el 325 (en la Epist. ad Alexandrum Constantinopolitanum, n. 12; cf.

PG 82, 908 A); c) desde el 325, el título técnico «Theotócos» comienza a ser usado con creciente frecuencia, de manera que hacia la mitad del s. iv era ya tan usado que Julián el Apóstata (363) reprendía a los cristianos porque tenían siempre en los labios el nombre de la «Madre de Dios» (S. Cirilo, Contra Jul, L. III, PG 76, 924). 4) La razón teológica pone de relieve una triple conveniencia del sublime misterio de la M. D.: por parte de Dios, por parte de Cristo y por parte nuestra.

a) Conveniencia por parte de Dios, el cual ha querido reflejar en tal misterio sus más grandes atributos, o sea, la sabiduría (porque haciendo nacer a su Divino Hijo de una mujer, ha hecho más fácil nuestro acto de fe en la realidad de la encarnación) y su bondad (porque en lugar de abandonar a la mujer al desprecio que tenía merecido por haber arruinado al género humano, la ha elevado en María al más alto grado de dignidad posible a la humana criatura y la ha impuesto al respeto universal).

b) Conveniencia por parte de Cristo, el cual no podía encontrar un medio más eficaz para atraer a sí y robar los corazones de los hombres.

c) Conveniencia por parte nuestra, porque con la M. D. de María, tanto la naturaleza humana (en Cristo) como la persona humana (en María) han sido elevadas al más alto grado posible de nobleza y de grandeza. II. La M. D. considerada bajo el aspecto físico. Todo se puede reducir a cuatro cuestiones: dos ciertas, comúnmente admitidas, y dos libremente discutidas.

1. Dos cuestiones ciertas, íntimamente unidas: 1) Primera cuestión: «María prestó a su divino Hijo todo lo que las otras madres prestan a sus hijitos.» Nos referimos aquí al concurso antecedente, o sea, a la progresiva preparación del germen vital apto para la fecundación, asi como al concurso concomitante (gestación y nutrición del germen ya fecundado) y consiguiente (parto y amamantamiento, etcétera). Es éste, en efecto, el primero y más fundamental concurso de la madre en la generación del hijo. Tal concurso consiste en esto: de la sustancia de la propia carne y mediante un proceso vital, María formó físicarnente el germen (o principio positivo) que, fecundado por la virtud del Espíritu Santo (que suplió el principio viril), se convirtió en el cuerpo humano que en el mismo instante fue animado y quedó unido a la divina persona del Verbo. 2) Segunda cuestión: «María se hizo libremente Madre de Cristo, o sea, prestó su concurso materno para la generación de Cristo conforme a su libre consentimiento.» Esta segunda proposición está íntimamente ligada con la primera.

Esto se verifica, en efecto, en cualquier generación humana, que es a la vez fisiológica y moral, a diferencia de la generación bestial, que es solamente fisiológica y no moral, porque las bestias obran determinadas por los instintos. Con mayor razón, pues, se verifica esto en la generación de Cristo. María consintió libremente (sabiendo y queriendo) tanto en la acción del Espíritu Santo como en la persona del Niño que debía existir engendrado por Ella. Nos lo declara S. Lucas (1, 28-38). La M. D., en efecto, le fue propuesta (como cosa futura), no impuesta.

2. Dos cuestiones discutidas, íntimamente ligadas. 1) Primera cuestión: «¿Es necesaria para una verdadera y propia M. D. la elevación sobrenatural de la potencia natural generadora de María para poder engendrar, según la naturaleza humana, la persona divina del Verbo? » Sobre esto hay tres sentencias: una afirmativa, otra negativa y una tercera que distingue.

a) El P. Silvestre Saavedra, O. d. M. (De Sacra Deipara, 1, d. 4, s. 1), y algunos mariólogos recientes consideran como necesaria la elevación sobrenatural de la potencia generativa de la Virgen, porque engendrar la persona divina es cosa que trasciende a la facultad de cualquier criatura y es como una participación de la potencia generadora de Dios Padre. Semejante elevación es remota (en virtud de la eterna predestinación a la M. D.) y es próxima (en virtud de la actuación de la potencia generadora por obra del Espíritu Santo).

b) El P. Lennerz (De B. Virgine, Romae 1957, p. 21) niega tal elevación, observando que la potencia generativa de la Virgen estaba ordenada, por sí misma, a la generación de la persona humana; pero antes de que se diese la persona humana se habría dado, en sustitución de ella, la actuación íntima de la persona del Verbo.

c) El P. Aldama, S. J. (Sacrae Theologiae Summa, III, 335), distingue entre el germen vital de la Virgen en cuanto producido por la Virgen y en cuanto producido por el Espíritu Santo. Considerada bajo el primer aspecto, la potencia generadora de la Virgen tendía intrínsecamente (por sí misma) a la formación de una naturaleza humana y, por tanto, no necesitaba de elevación sobrenatural; considerada, en cambio, bajo el segúndo aspecto, esa potencia tiende íntimamente a la persona divina del Verbo, procediendo de la sobrenatural fecundación del Espíritu Santo. En virtud de su predestinación a la M. D., de tal manera está la actividad de la Virgen en relación con la maternidad, que sin ella ni siquiera habría existido la misma Virgen. Por lo mismo, en la Virgen todo, y de una manera especial su potencia generativa, está ordenado a la persona misma del Verbo que iba a ser engendrado por Ella según la naturaleza humana. Como consecuencia de esta inefable predestinación, la potencia generativa de la Virgen es puesta en acto por obra del Espíritu Santo, ya que estaba ordenada a engendrar la divina persona del Verbo según la naturaleza humana.

Esto nos parece cierto. 2) Segunda cuestión, íntimamente ligada con la primera: «¿Puede decirse que María es causa instrumental de la unión hipostática?» Suárez y otros teólogos —especialmente escotistas— responden afirmativamente. Para Suárez es una sentencia «pia et probabilis». Para los escotistas es «cierta». Los tomistas, en general, responden negativamente (cf. Roschini, La Madre de Dios, vol. I, p. 341). Nosotros nos inclinamos por la sentencia afirmativa. Objeto de la tesis:

a) Es posible: Dios, en efecto, pudo servirse de la actividad generadora de María, como se ha servido de la actividad de otros (por ej., los sacerdotes), para elevarla a producir efectos superiores, sobrenaturales.

b) Es admisible: la actividad generadora de María es elevada por el Espíritu Santo (causa principal) a unirse a la divina persona del Verbo para revestirla de carne humana y a darnos así al Verbo encarnado. BIBL.: Binktrine, J., Est-ne B. M. V. causa physica instrumentalis Incarnationis Verbi?, en «Divus Thomas» (Pl.), 51 (1948) pp. 318-324; Bittremieux, J., en «Eph. Theol. Lov.», 21 (1954) pp. 167-180; Delgado-Varela, J. M., O. d. M., Interpretación instrumental de la D. M., en «Estudios», 6 (1950) pp. 427-466; Donnelly, L., O. d. M., Causalidad instrumental de la M. D. según Saavedra, ibíd., 9 (1953) pp. 19; 215-254; 429-473; 10 (1954) pp. 3-43. Extracto, Madrid 1953, 138 pp.

III. La maternidad divina considerada bajo el aspecto metafísico. La acción generadora (maternidad activa o física) pasa; pero la relación que de ella proviene (maternidad pasiva o metafísica) no pasa, sino que enlaza para siempre a la madre con el hijo y es el constitutivo formal de la maternidad.

Además de semejante relación trascendental de María con el Verbo Encarnado (porque su misma existencia está en función de la M.

D.) existe también una relación predicamental, constituida: a) por el sujeto que se refiere a otro (María, madre); b) por el término al que se refiere el sujeto (Cristo, hijo); c) por el fundamento, o sea, por la razón por la cual el sujeto se refiere al término (la generación). Esta relación predicamental existente entre María y Cristo tiene cuatro notas características, o sea, es real, es perenne, es divina y es única.

1. Relación real. Todos admiten que tal relación de maternidad que se da entre María y Cristo es real, porque reales son las tres condiciones requeridas para que se dé una relación (sujeto real, término real y fundamento real). Pero se discute entre los teólogos si la relación que existe entre Cristo y María es real o sólo de razón.

a) Escoto afirma (Cf. Koser, C., O. F. M., De constitutivo formali maternitatis B. M V., en «Alma Socia Christi», vol. XI, Romae 1953, pp. 79-114). Suárez también afirma (Cf. De mysteriis vitae Christi, d. 12, s. 2). A quienes objetan que la persona divina de Cristo no puede ser sujeto de una relación real de filiación ad extra (sino solamente ad intra), los que sostienen tal opinión responden distinguiendo entre sujeto de inherencia y sujeto de denominación, y afirman que la persona divina de Cristo sería sujeto de denominación y no de inherencia en lo que se refiere a la relación real de filiación.

b) Santo Tomás niega (S. Th., III, q. 35, a. 5), porque el sujeto de la relación real es la persona, y en Cristo hay una sola persona, la divina; de lo cual se sigue que la relación de filiación que reina entre Cristo y María sólo es lógica, de razón. De ahí no se sigue, sin embargo, que Cristo deje de ser verdadero y real Hijo de María, porque María está ligada a Él por una relación real.

También entre el Creador y la criatura —así explica Santo Tomás— existe una relación de sola razón; sin embargo, nadie se atreve a negar que el Creador no sea verdadero y real Creador y Señor de todas las criaturas, ya que éstas están ligadas a El por una relación real. Pero no puede negarse que el cuerpo de Cristo tenga una relación real de origen con la Virgen, por la cual fue concebido y de la cual nació, mediante una generación real. Consecuencia: La real relación de María con Dios es la más íntima, la más excelsa, la más honorífica que una criatura puede tener con su Creador.

2. Relación permanente. A diferencia de la maternidad animal, que es transitoria, limitada al tiempo de la vida del hijo, más bien al solo período en que el hijo tiene necesidad de la madre, la maternidad humana es perenne, indestructible, eterna. La razón fundamental de esto hay que buscarla en dos inmensas diferencias que existen entre el animal y el hombre. O sea: a) mientras el animal es irracional y mortal, el hombre es racional e inmortal; b) mientras en el animal la generación es un simple hecho fisiológico, determinado por el instinto, en el hombre es, además, un hecho moral determinado por la razón. Síguese, pues, de aquí que la relación resultante de la generación es —lo mismo que las personas que la contraen— espiritual e inmortal, es decir, perenne. Consecuencia: No sólo mientras vivid en la tierra, sino también ahora en el cielo, y por toda la eternidad, la relación real de madre liga a María con su divino Hijo, su corazón al corazón del Hijo.

3. Relación divina. El libre consentimiento de María en la maternidad divina la puso en íntima relación: a) con su Esposo, que es Dios (el Espíritu Santo); b) con su Hijo, que también es Dios. Ella consiente libremente así en la acción fecundante del Espíritu Santo como en la propia acción generadora de la persona del Verbo según la naturaleza humana. La relación que de ello resulta es, por tanto, una relación divina (no humana), una relación que la hace rica en sentimientos divinos. Consecuencia: Esta relación divina eleva a María a una singular unión con Dios y, por tanto, la hace partícipe, en la medida posible a una pura criatura, de la trascendente grandeza y bondad de Él.

4. Relación única. Ninguna otra generación, entre tantas generaciones pasadas y futuras, ha tenido ni tendrá por término a Dios mismo. Se trata, por tanto, de una relación única, singular, enteramente propia de María; de una relación cercana a la del Padre Eterno (que engendró la misma persona del Verbo según la naturaleza divina). Consecuencia: Esta relación única, singular, que acerca a María al Eterno Padre, la eleva al mismo tiempo por encima de todo lo que no es Dios; la constituye, juntamente con Cristo, en dueña de todo: del tiempo, del espacio, de las mentes y de los corazones. IV. La maternidad divina considerada bajo el aspecto moral. Para comprender —en lo que es posible a la mente humana— la singular dignidad de la M. D. (su aspecto moral) es preciso considerarla bajo un triple aspecto: en sí misma, en sus consecuencias y en relación con todas las otras dignidades.

1. La dignidad de la M. D. considerada en sí misma. En virtud de la M. D., María: 1) adquiere una dignidad en cierto modo infinita; 2) pertenece intrínsecamente al orden hipostático. 1) En virtud de la M. D., María adquiere una dignidad en cierto modo infinita. La M. D., en efecto, es esencialmente una relación real (al menos por parte de María) y la relación se especifica por su término (S. Th., III, q. 2, a. 7, ad 2); y como, por otra parte, el término de una tal relación es infinito (la persona del Verbo Encarnado), de ahí resulta una dignidad en cierto modo infinita (no simpliciter, sino secundum quid, o sea, por razón de su término).

Por tanto, para comprender toda la grandeza de tal Madre habría que comprender toda la grandeza del Hijo, lo cual es imposible. Así, pues, tal dignidad transciende a la capacidad de nuestra mente, y con mayor razón a la de nuestra palabra, a la de nuestra alabanza. De ahi el dicho: «De María nunquam satis.» 2) En virtud de la M.

D., María pertenece al supremo de los órdenes creados, es decir, al orden hipostático (es decir, al orden de la comunicación personal de la divinidad, en el cual se encuentra en primer lugar la Humanidad de Cristo) El término «orden» expresa el puesto que deben tener varias realidades, distintas entre si, con relación al término o fin por el cual son reducidas a unidad orgánica. Ahora hay que tener en cuenta que Dios es el fin supremo de todas las cosas por Él creadas, y que las finaliza a todas de tres maneras diferentes, que corresponden a las tres maneras según las cuales se comunica a ellas, o sea: naturalmente (dando y conservando el ser: orden de la naturaleza); sobrenaturalmente (elevando las criaturas intelectivas al orden sobrenatural: orden de la gracia) e hipostáticamente (comunicándose a sí mismo personalmente a la naturaleza humana: orden hipostático).

De todo esto se sigue que, asi como todas las cosas han sido creadas por Dios con miras al Verbo Encarnado y para gloria del mismo (y por eso son finalizadas por Él), asi también todas pertenecen al orden hipostático, no precisamente por sí mismas (intrínsecamente), sino en virtud de su ordenación a Cristo (extrínsecamente). María, en cambio, pertenece a este orden intrin secarnente, por sí misma, en virtud de la conexión intrínseca necesaria con la unión hipostática, porque su acción generadora (e incluso su propia existencia) es especificada y finalizada por la persona divina del Verbo, por Ella engendrada según la naturaleza humana. Así piensa Suárez (De mysteriis vitae Christi, d. 1, s. 2), seguido de los mayores teólogos. Sin María, la unión hipostática, el Verbo Encarnado no son ni siquiera concebibles en el orden presente escogido y realizado por Dios. Por esta su intrínseca pertenencia al orden hipostático, María transciende a todas las otras puras criaturas.

2. La dignidad de la M. D. considerada en sus consecuencias. Tales consecuencias pueden reducirse a dos, o sea, que la M. D. es: 1) primera raíz y fundamento de todos los singulares privilegios concedidos a María; 2) es causa en María de singulares relaciones con la Santísima Trinidad. 1) La M. D. es la primera raíz de todos los singulares privilegios concedidos a María. Efectivamente, se le concedieron para que fuese digna Madre de Dios, y por tanto todos se entrelazan con la M. D. 2) La M. D. es causa en María de singulares relaciones con las tres personas de la Santísima Trinidad, con las cuales está emparentada:

a) Relaciones con la Persona del Padre: relación de semejanza (engendrando a la misma persona del Verbo) y relación de singular filiación (hija predilecta, primogénita);

b) Relaciones con la Persona del Hijo: relación de consanguinidad (comunidad de sangre), de semejanza (la que existe entre la madre y el hijo, entre esposo y esposa) y de dominio, con verdadero derecho al amor, a la reverencia y a la obediencia o sujeción (en sentido amplio, no estricto) de la voluntad humana del Hijo a su voluntad en las cosas domásticas relativas a la vida corporal, por el hecho de que Él mismo gustó de sujetarse voluntariamente a su Madre (Lc. 2, 52) para darnos ejemplo de obediencia. «Que una mujer mande a Dios es una sublimidad sin igual» (S. Bernardo, PL 183, 59);

c) Relaciones con la Persona del Espíritu Santo: Templo del Espíritu Santo (y por consiguiente, con la plenitud de sus dones) y Esposa del mismo (puesto que concibió a Cristo por obra de Él).

3. La dignidad de la M. D. considerada en relación con todas las demás dignidades. Las transciende todas. Es superior a la dignidad: 1) del ángel; 2) del hijo adoptivo de Dios (gracia santificante); 3) del sacerdote. 1) Superior a la dignidad del ángel, porque ninguno de los ángeles puede decir como María a Dios: «Tú eres mi Hijo.» 2) Superior a la dignidad del hijo adoptivo de Dios, o sea, a la gracia santificante: a) porque pertenece al orden hipostático, superior al orden de la gracia; b) porque ser madre natural de Dios (efecto formal de la M. D.) es cosa más excelente que ser hijo adoptivo de Dios (efecto formal de la gracia); c) porque la unión real, ontológica con Dios (que se da con la M. D.) es superior a la unión intencional, lógica (que se da con la gracia y con la gloria); d) porque el culto de hiperdulía (que se debe a María por su M. D.) es superior al de simple dulía (debido a los santos por su santidad y gracia). La dignidad de la M. D. es, por tanto, simplemente (simpliciter) superior a la gracia santificante, porque la contiene virtualmente, la exige. No obstante, la dignidad de la gracia santificante es superior, bajo cierto aspecto (secundum quid), a la M.

D., porque formalmente (no virtualmente, exigitivamente) hace al alma deiforme, bienaventurada. Por eso juzgamos exagerada la opinión de algunos para quienes la M. D. sería una gracia formalmente santificante (Cf. Roschini, G., La Madre de Dios según la fe y la teología, vol. I, Madrid 1955, páginas 350-357). 3) Superior a la dignidad del sacerdote de Dios: a) porque María ha dado a Cristo el ser natural, mientras que el sacerdote le da el ser sacramental (que supone a Cristo preexistente a su acción sacerdotal); b) porque María tiene eminentemente aquellos poderes que el sacerdote tiene formalmente ya sobre el Cristo físico, ya sobre el Cristo místico.

Por tanto, la dignidad de la M. D. supera simplemente (simpliciter) a la dignidad sacerdotal. Sin embargo, la dignidad sacerdotal es superior (secundum quid) bajo cierto aspecto (por ej., en la facultad de absolver) a la misma dignidad de la M. D. Pero hay que tener presente que la medida de las cosas se toma por lo que les conviene simplemente (simpliciter) y no por lo que les conviene según cierto aspecto (secundum quid).

Por consiguiente, es inexacto el considerar la dignidad sacerdotal como superior a la dignidad de la Madre de Dios, como lo hacen S. Bernardino de Siena, Monsabré, etc. BIBL.: Bittremieux, J., De notione divinae Maternitatis B. M. V., en «Eph. Theol. Lov.», 1924, páginas 74-78; Bover, I., S. J., Concepto integral de la Maternidad divina según los Padres de Éfeso, en «Anal. sacra Tarraconensia», 7 (1931) pp. 139-169; Nicolas, I.-M., O. P., Le concept intégral de Maternité Divine, en «Rev. Thom.», 42 (1937-II) pp. 230-47. Ragazzini, S., La divina maternità di Maria nel suo concetto integrale, Roma 1948; Vacas, A., O. P., Maternidad divina de María, en «Unitas», 1949, todo él dedicado a la M. D.; también le está dedicado el vol. VII, 1949, de «Est. Mar.»; Koser, C., O. F. M., De constitutivo formali maternitatis B. M. V., en «Alma Socia Christi», XI, pp. 79-114; Manteaux-Bonamy, H. M., Maternité divine et Incarnation. Étude historique et doctrinale de St. Thomas à nos jours, Vrin, París 1949, XIII-253 pp.; Aldama, J. A. de, S. I., El tema de la D. M. de María en la investigación de los últimos decenios, en «Est. Mar.», 11 (1951) pp. 59-80; Ackeren, G., S.

I., Mary’s Divine Motherhood, en Carol, Mariology, II, pp. 177-227; Castro Mendes, A. de, A maternidade divina de Maria Santíssima, en «Congreso Nac. de Braga», 1954, páginas 115-232; «Mar.-St.» de 1955, vol. VI, trata todo él de la M. D.; Ortiz de Urbina, I., S. I., Il dogma di Efeso, en «Rev. ét. byz.», 11 (1953) pp. 233-240; Feres, C., La D. M., en Sträter, Mariologia, II, pp. 9-86; García Garcés, N., C. M. F., De integrali germanoque conceptu divinae maternitatis, en «Eph. Mar.», 4 (1954) pp. 369-373; Haes, P. de, De M. D., en «Coll. Mechl.», 24 (1954) pp. 596-607; Pende, N., La maternità di Maria, en «Il Simbolo», vol. XII, pp. 57-68; Sebastián Aguilar, F., C. M. F., Dos mentalidades diversas sobre la naturaleza de la M. D., en «Eph. Mar.», 7 (1957) pp. 161-286; Rahner, K., S. I., Maria Mutter des Herrn. Theologische Betrachtungen, Freiburg (1956) 109 pp.; Bartolomei, T., O. S. M., La M. D. di Maria in se stessa e come principio della Mariologia, en «Divus Thomas» (Pl.), 60 (1957) pp. 160-193.

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