FRANCISCO DE SALES (S.)
Nació en Sales (Alta Saboya), estudid en Padua y en París. Siendo joven sacerdote ejercid su ministerio entre los calvinistas del Chiablese. Habiendo sido elegido obispo de Ginebra, nunca.pudo tomar posesión de él, y así rigió la diócesis de Annecy. Fundó, con Santa Juana Fr. Fremiot de Chantal, el Instituto de la Visitación. Murió en Lyon en 1622. Fue cañonizado por Alejandro VII en 1665, y proclamado por Pío IX en 1877 doctor de la Iglesia. Fue devotísimo de la Virgen: ctTodas las veces —decía— que entro en un lugar consagrado a está augusta Reina, siento, por cierto gozo del corazón, que me hallo jimto a mi madre.» Lo que él decía el 8 de diciembre de 1608 al comienzo de un discurso sobre la Inmaculada Concepción: «Quiero hacer un discurso todo de amor», se puede repetir de todos sus númerosos discursos marianos: son todos ellos «discursos de amors, iluminados, empero, por una sólida teología. Para una mariología completa de S. F. de Sales hay que tener presentes los siguientes escritos:
1. Sermóncs autdgrafos: 1) sobre Pen tecostte, de 1593 (Œuvres completes, ed. de Annecy, en 26 vols., t. VII, p. 29); 2) sobre la Salutación Ángelica, 1595, p. 240; 3) sobre la Santísima Virgen, 1595, p. 281; 4) sobre la Asunción, 1601, p. 393; 5) sobr la Asunción, 1602, p. 439; 6) sobre la Inmaculada Concepción, 1608, t. VIII, p. 28 7) sobre la Asunción, 1612, p. 103; 8) sobre la Purificación, 1613, p. 112; 9) sobr la Asunción, 1614, p. 134; 10) para la No tividad, 1614, p. 140; 11) para la Purifica cion, 1616, p. 12) para la Asunción, 161» р. 376.
2. Sermónes escogidos: 1) en la Purifi cación, 1614, t. IX, p. 15; 2) sobre Nuestr, Seiiora de las Nieves, 1617; 3) sobre la Prc scntación, 1617, p. 125; 4) en la Visitacidr, 1618, p. 157; 5) en la Asunción, 1618, p. 178 6) en la Prescntación, 1619, p. 231; 7) ei la Purificación, 1620, p. 250; 8) en la Prc sentación, 1620, p. 380; 9) en la A nuncio ción, 1621, t. X, p. 41; 10) sobre la Visile ción, 1621, p. él; 11) sobre la Purificacidr. 1622, p. 164; 12) sobre la Inmaculada Concepción, 1622, p. 199.
3. Introduccion a la vida devota, II P с.
26. Ill P., c. 5.
4. Tratado del amor de Dios, L. II cc. 6-9, c. 14; L. VII, cc. 13-14.
5. Opuscules: Ascdtica y mística, tom» XXVI, fragmentos marianos, p. 90; Seme janzas y notas, p. 110; Primer me todo par. rccitar la corona, p. 238; Sobre la Santísim. Virgen, p. 266; Tercer metodo para reza la corona, p. 374; Plegaria a la Santísim. Virgen. p. 427. BIBL.: Clair. Ch.. Ijs vie de Notre Dame, t ree di oeuvres du Blenheitreux F. de S., París 1881; Cap pana, E.. La Mariolotria dt S. F. di S., en «Rlv. Malt Dci», a. 1936. pp. £6 ss.; BakrC, H., Le timoiznaz de S. F. de S. sur VAssomptíon corporelfe de Mat it en oMaríanumo, 13 (1951) pp. 292-305; Vincent. F Saint Fr. de S.. en Du Mañoír. II. pp. 993-1000;' P. Francisco nr- la Hoz, S. B. B., Obras seleetas d S. F. de S. (BAC). en 2 vols.., Madrid 1954. FRUTOS del EspIrHn Santo en María. Los F. del Espíritu Santo se relacionan coi los dones (v.). Los F. se distinguen de la virtudes como el acto se distingue de la po tencia. Empero, no todos los actos de virtui merecen el nombre de F., sino sólo aque llos que van acompanados de cierta espiritual suavidad. Al principio, en efecto, lo actos de virtud exigen a menudo mucho esfuerzos, y a veces les acompana cierl. aspereza, lo mismo que el fruto que toda via no est& maduro.
Más cuándo uno s ha ejcrtitado largamcntc en la prdetica de las virtudes, adquiere tal fácilidad en cumplir semejantes actos, que los repitc después con mucha fruición. A estos actos ejecutados con gozo se les da el nombre de F. Sc alcanzan, por consiguiente, con el cultivo de las virtudes y de los dones. S. Pablo enumera doce F. del Espíritu Santo: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la continencia, la castidad. No se crea, con todo, que S. Pablo quiso dar una lista completa: Santo Tomás hace notar que se trata de un número simbolico, el cual indica verdaderamcnte etodos los actos de virtud en los que el alma halla consuelo espiritual b (
5. Tl\„ MI, q. 70). 1.º Los cuatro primeros F. tal como los enumera S. Pablo (es decir, la caridad, el gozo, la paz y la paciencia), se refieren al alma en sus relaciones con Dios. 2.° Los cinco siguientes (a saber; benignidad, bon dad, longanimidad, mansedumbre y fe) se refieren al alma en sus relaciones con el prdjimo. 3.° Los últimos (la modestán, la continencia y la castidad) se refieren al alma en sus relaciones con el propio cuerpo. I. F. que se refieren al alma en sus rela ciones con Dios. De la caridad de María, como virtud, hemos hablado ya (v. Virtud); como fruto, está caridad no es más que una repetición casi ininterrumpida de movimientos de amor del alma hacia el Amado, y ta les movimientos se traducen prdeticamente en otros tantos actos de admiratión, adora tíon y actíon de gracias por sus grandezas y por sus infinitas prerrogativas. En María se sucedían, casi sin interruptíon, actos de amor para con su Dios. Y no tenfa necesidad de buscarlo lejos de si, ya que lo poseia en su corazón y lo estreebaba entre sus brazos.
Volviándose después hacia nosotros, este movimiento de amor de nuestra Madre se traduefa en frecuentes actos de tierna compasión, de deseo de nuestro bien, de perdón de nuestras ofensas, de ardiente plegaria por nuestras almas. Al fruto de la caridad seguia, en María, el gozo que provenfa de saberse posecdora de un bien tan grande, cual es la divina gracia, de la que estaba ollenan, según el saludo del ángel; y no era capaz el dolor, por grande que fuera, de quitarle este gozo, por lo que, aun en medio de los mayores padecimientos, ho dejO jamás el alma de María de disfrutar de una alegrfa inenarrable. El tercer fruto del Espíritu Santo es la paz, que es la tranqu’ilidad del alma en el orden de sus relaciones con Dios, consigo misma y con los hombres. Dos son las causas que turban la paz: el vaño fiuctuar de nuestros deseos y el temor de las cosas cxteriores que nos conturban.
Y como en el alma purfsima de María no había otro de seo que agradar a su divino Hijo; y, por otra parte, todo su afecto estaba solidamente arraigado en la gracia divina, de tal forma que, moralmente hablando, no podía perderla, María gozO siempre de una perfectfsima paz, sin que ninguna adversidad pudiera jamás turbarla. A la paz sigue la paciencia, que es el cuarto fruto del Espíritu Santo y se refiere a aquella parte de la fortaleza por la cual el alma sostiene virilmente las duras pruebas de la vida. Fue indescriptible la pa ciencia con que la Virgen sostuvo dolores superiores a todo dolor, especialmente al pie de la cruz.
II. F. que se refieren al alma en sus re laciones con el prdjimo. El primero de estos frutos es la benignidad, que puede también llamarse afabilidad o amabilidad; y es esa disposición del corazón, manifestada también al exterior, por la que acogemos con gentileza y benevolencia a todo el que vicne a nosotros en demanda de ayuda y consuelo.
Que a María, en el curso de su vida terrena, no le faltaron estas de tes, lo prueba el hecho de que, durante la vida pública de Jesús, los necesitados acudían con preferencia a Ella, como lo vemos en las bodas de Caná; y la tradición nos dice que, después de la ascensión de Nuestro Señor, los apóstoles y discípulos acudían confiados a Ella en los múltiples problemas arduos de la vida apostólica. Pero poco aprovecharía está afabilidad de María, si no fuese acompafiada de la bon dad del corazón, que es otro fruto del Espf ritu Santo, según el cual el alma queda dispuesta y como transformada por e] deseo de hacer el bien a los demás. Y es precisamente estanecesidad del corazón de María lo que más nos afecta; ya que, siempre que nos dirijamos a Ella, estaremos seguios de llamar a la puerla de un corazón enteramcntc soli'cito por nuestro bien. Empero, dado que la bondad del hombre suele tener Ifmites en está vida, es necesario otro fruto del Esp.'iitu Santo para asegurarle el pleno desarrollo, y este fruto es la longanimidad, por la que el bienhechor no se cansa de derramar sus dones sobre el beneficiado. También resplandece este fruto en María de manera maravillosa.
Ella, que tanto bien ha hecho a la humanidad, no se cansa ni se cansard jamás de beneficiarla: los tesoros de su maternal bondad son inagotables. La perennidad de está bon dad de María para con nosotros la garantiza aquel otro fruto del Espíritu Santo llamado mansedumbrc, por el que no cesa de derramar con abundancia sus beneficios y gracias incluso sobre aquellos que se hacen indignos por falta de corresponden ce y por una negra ingratitud. .
Finalmente, entre los frutos del Espíritu Santo hay uno que se refiere a las relaciones del hombre con su prdjimo, el de la fc, que significa sinceridad o franqueza. Y la simplicidad, la franqueza, la sinceridad de María se desprenden de manera ejemplar de los textos evangélicos. HI. Los F. que se refieren al alma en sus relaciones con el etterpo. Los ties últimos frutos del Espíritu Santo son: la modestia, la continencia y la castidad. La modestia da al comportarniento exte rior aquella nota de dignidad y de santidad por la que el hombre timorato no sólo evita todo Io que podría ofender el pudor, sino que observa en sf mismo un porte tal que mueve al que lo ve a la santidad y pureza.
La modestia de María, durante su peregrinación terrena, fue sencillamente inefable. Otros F., ordenados asímismo a regular las relaciones del hombre con la naturaleza inferior, son la continencia y la castidad. También estos los poseyd María en sumo gnulo.