ANUNCIACIÓN
Es el primero y más saliente episodio de la vida de María y lo constituye el anuncio de la encarnación hecho a la Virgen por el Ángel. I. La A. en el Evangelio. En la narración que nos ha hecho S. Lucas (1, 26-38) se puede distinguir: 1) una introducción; 2) un triple coloquio del Ángel con María; 3) una conclusión.
1. En la introducción se ponen sucintamente de relieve las circunstancias de tiempo, de lugar y de personas relacionadas con el acontecimiento, a saber: 1) circunstancia de tiempo: «en el sexto mes» de la prodigiosa concepción del Precursor Juan Bautista por parte de Isabel, anunciada seis meses antes por el mismo ángel Gabriel a su padre, Zacarías: «sexto mes» que señala el punto de partida de los nuevos tiempos; 2) circunstancia de lugar: «en una ciudad de Galilea llamada Nazaret» (v.): una aldea entonces humildísima (Jn. 1, 46), recostada a los pies del monte Nebi Sain, a unos 300 m. sobre el nivel del mar, y constituida principalmente (según se desprende de las recientes excavaciones arqueológicas) por grutas excavadas en la pendiente de la colina (utilizadas como guaridas) a las que se añadían algunas rudimentarias estancias (que servían de viviendas); 3) circunstancias de personas: los protagonistas son tres:
a) Dios que envía: «enviado por Dios»; b) el ángel Gabriel, el que es enviado;
c) María, a quien el ángel es enviado: «a una Virgen desposada con José, de la casa de David, llamada María», con el fin de anunciarle a ella el decreto de la Paz tantos años suspirada (Purg. 10, 34-35). Con estas circunstancias de tiempo, de lugar y, de un modo particular, de personas, se perfila ya la divina grandiosidad de la escena.
2. A la introducción sigue el triple coloquio del Ángel con María; tres coloquios, cada uno de los cuales consta, naturalmente, de las palabras del Ángel y de la respuesta de María. 1) Primer coloquio:
a) Las palabras del Ángel: «Ave, llena de gracia, el Señor está contigo, Tú eres bendita entre las mujeres»;
b) La respuesta de María a este triple saludo, dada no tanto con las palabras cuanto con los hechos: «A estas palabras Ella se turbó y se preguntaba qué significaría semejante saludo», es decir, que quedó estupefacta al oír cosas tan excelentes relacionadas con su persona. 2) Segundo coloquio:
a) Las palabras del Ángel: «No temas, María, pues has hallado gracia a los ojos de Dios; he aquí que concebirás y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús: será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin»; en otros términos: Ella fue elegida por Dios para la dignidad de Madre de su Hijo que viene a salvar al mundo (Lyonnet, S., en «Biblica», 20 [1939] 131-141);
b) La respuesta de María a este segundo coloquio se encamina a tratar de conocer qué resultaría del ofrecimiento de la virginidad que Ella había hecho a Dios: cómo habría Ella de cumplir la voluntad de Dios, y si para ello tenía que renunciar al voto que le había hecho: «¿Cómo podrá ser esto (que me has anunciado), pues no conozco varón?» 3) Tercer coloquio:
a) El Ángel con sus palabras expresa dos cosas: la concepción virginal, y la confirmación de la misma mediante una señal: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios. E Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de la que era estéril, porque nada hay imposible para Dios»;
b) La respuesta de María a semejante aclaración constituye la mayor respuesta dada por la criatura a su Creador: «He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra». Apenas la Virgen hubo pronunciado estas palabras, «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn. 1, 14).
3. La conclusión del relato es en todo digna de la sencillez y de la sublimidad del mismo: «y se fue de Ella el Ángel». Partió de Ella el mensajero de Dios y vino a Ella Dios. II. La A. en la Teología. Santo Tomás en su Suma Teológica (III, q. 30), nos presenta en cuatro artículos toda la teología de la A. Analiza admirablemente el relato que hace S. Lucas de la A., poniendo de relieve la riqueza del contenido, tanto histórico como teológico. Después de aclarado el hecho de la A. (art. 1), pasa a tratar de las diferentes circunstancias del mismo, es decir: de la persona que trajo el anuncio, o sea, del Ángel (art. 2), del modo visible como se apareció (art. 3) y del orden con que se hizo el anuncio (art. 4). Tanto del hecho como de las diferentes circunstancias del mismo, el Angélico saca con agudeza la conveniencia.
1. La conveniencia del hecho de la A., según el Angélico, es cuádruple: era conveniente recibir el anuncio de lo que iba a suceder: 1) porque —como lo exige el orden de las cosas— debía concebir al Hijo de Dios antes con la mente que con el cuerpo; 2) porque de esta manera el mismo anuncio pudo ser el testimonio más autorizado del gran misterio que se le anunciaba; 3) porque daba a la Virgen la oportunidad de ofrecer un voluntario obsequio a Dios; 4) para demostrar que mediaba cierto matrimonio espiritual entre el Hijo de Dios y la naturaleza humana, en lugar y en representación de la cual daba Ella su libre consentimiento. De esta manera Ella, como madre y esposa del Verbo encarnado, cooperaba a la regeneración sobrenatural de la humanidad a la vida sobrenatural de la gracia divina, perdida con el pecado de nuestros progenitores. Haciéndose físicamente madre natural de la cabeza, se hacía también, espiritualmente, madre sobrenatural de los miembros de esa cabeza, o sea, de toda la Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
2. La conveniencia de la A. por medio de un ángel. Semejante anuncio por medio de un ángel convenía por tres razones: 1) por razón del modo ordinario de obrar de Dios, según el cual comunica a los hombres las cosas sobrenaturales por medio de ángeles; 2) por razón de la analogía existente entre la prevaricación y la redención: así como la primera comenzó por el ángel de las tinieblas, así también la segunda debía comenzarla el ángel de la luz; 3) por razón de la inmaculada virginidad de María, en virtud de la cual la Virgen, constituida en la carne, pero no carnalmente, es familiar de los ángeles.
3. La conveniencia de la aparición del ángel en forma visible (bajo apariencias humanas). Es conveniente: 1) porque la aparición de un ángel invisible en forma visible presenta una analogía con Dios, el cual, invisible en sí mismo, se hizo, por medio de la Encarnación, visible con respecto a nosotros; 2) porque, habiendo de concebir la Virgen al Hijo de Dios, no sólo en la mente, sino también en el cuerpo, convenía que fuese cerciorada no sólo en la mente, sino también en los sentidos del cuerpo; 3) porque lo que se percibe con los ojos se aprende con mayor certeza que lo que se percibe con la imaginación.
4. La conveniencia del orden con que se dio el anuncio. Siendo así que «las cosas de Dios son ordenadas» (Rom. 13, 1), se sigue «a priori» que fue también conveniente el orden seguido por el Ángel al anunciar a la Virgen el sublime misterio. Además, dicha conveniencia no sólo se deduce «a priori», sino también «a posteriori».
En efecto, al traer el ángel la gran nueva, intentaba tres cosas: 1) despertar la atención de María (y con este motivo la alaba y le anuncia el honor futuro); 2) instruirla (por lo que le anuncia la concepción, el parto, la singular dignidad de la prole concebida y el modo de la concepción); 3) obtener el consentimiento (y por esto alega el ejemplo de Isabel y la omnipotencia divina). Los modernos mariólogos insisten mucho sobre el valor soteriológico o de redención del libre consentimiento dado por María con motivo de la encarnación redentora, y se preguntan: ¿este libre consentimiento puede llamarse una cooperación inmediata y directa a la Redención, de tal modo que, en virtud de tal consentimiento, María pueda llamarse, en sentido estricto, corredentora del género humano? Los más lo afirman; otros, en minoría, lo niegan.
III. La A. en la Liturgia.
La A. (llamada también «Annuntiatio Domini», «Annuntiatio Christi», «Conceptio Christi»), el 25 de marzo, es una de las más antiguas fiestas marianas. El documento más antiguo que nos habla de ella es el «Chronicon Paschale», de la primera mitad del s. VII; pero de ella habla como de una fiesta que ya había entrado en vigor hacía tiempo en el calendario eclesiástico (Cf. PG 92, 488-1001). Aparece, en Oriente, hacia la mitad del s. VI, como se colige de una homilía de Abraham de Éfeso «In Annuntiationem» (PG 36, 442-447). Se celebraba ya en Roma en el s. VII, en tiempo de Sergio I (687-701), puesto que este papa añadió a la misma una solemne procesión estacional desde la diaconía de San Adriano hasta la basílica de Santa María la Mayor (Cf. Liber Pontificalis, c. 86, § 14; ed. Duchesne, I, p. 376). El día 25 de marzo está en correlación con la Natividad y con la antigua opinión referida por S. Agustín (De Trinitate, 4, 5, PL 42, 894), según la cual Cristo habría sido concebido y habría muerto el 25 de marzo. IV. La A. en el Arte.
En el arte paleocristiano hay una sola imagen de la A.: la que se halla pintada en la bóveda de un cubículo del cementerio de Priscila, en la vía Salaria, de finales del s. II o comienzos del III. La Virgen está sentada, y delante de Ella hay un joven con túnica y palio, con la mano derecha tendida. La A. se encuentra también en los mosaicos de Santa María la Mayor (432-440) y en el mosaico de la catedral de Porec (s. VI): una y otra, más que en el evangelio de S. Lucas, se inspiraron en el protoevangelio de Santiago. Es también frecuente la A. en las miniaturas, en los marfiles, en los evangeliarios, etc. Del s. V en adelante, la iconografía de la A. se enriquece con otros elementos, además del de Nuestra Señora y el Ángel, y pueden reducirse a varias clases: 1) Elementos ambientales: algunos, en efecto, representan la escena en la casita (como da a entender S.
Lucas); otros junto a la fuente (según el protoevangelio de Santiago); otros en el portal; otros al aire libre; otros en el jardín (como, por ejemplo, las dos A. atribuidas a Leonardo y que se encuentran, la una en los «Uffizi» de Florencia, y la otra en el Louvre de París). 2) Elementos personales: a partir del siglo XII, se representa, en la parte de arriba, el busto del Padre eterno con los brazos abiertos en actitud de enviar al Espíritu Santo o de emitir un resplandor que llega hasta el oído de María; a veces el donante o donantes y, a veces, algún santo devoto de este misterio en actitud de contemplarlo (por ejemplo, Santo Domingo en el fresco de Fray Angélico en S. Marcos de Florencia); a veces se representa también a una doncella sentada aparte, hilando o levantando la tienda, o escuchando desde un recinto contiguo (por ejemplo, en Roma en S. Urbano de Cafarella, en una A. del s. XI); a veces, en fin (en especial en 1400), se representa al Niño Jesús que, con una cruz, baja del cielo al seno de María (la A. de Juan Santi en Brera: representación del todo heterodoxa, prohibida por Benedicto XIV). 3) Elementos actitudinales.
Se representa a la Virgen sentada, de rodillas o en pie, a veces con un libro abierto o cerrado (s. XI) sobre las manos o sobre las rodillas, o sobre un atril, en actitud de leer, o de orar, o de hilar la purpúrea lana del templo (inspirado por el apócrifo de la «Natividad de María»). También el Ángel, a veces, es representado de rodillas (como la A. de Giotto en la Arena de Padua). 4) Elementos simbólicos: a veces (desde el s. XIV) se añaden también Adán y Eva en contraposición al nuevo Adán, que está a punto de ser concebido (la A. del B. Angélico en Cortona); a veces aparece la paloma, símbolo del Espíritu Santo, volando hacia María, o posándose sobre sus espaldas; otras veces se ven dos Ángeles sosteniendo la imagen del crucificado, aludiendo a la Redención, que se comienza en ese mismo instante (así la A. de Neri Ricci en la Academia de Florencia); a veces (en el s.
XV) en el regazo de María se representa al unicornio (símbolo de la perpetua virginidad de María, el cual se basa en la creencia popular según la cual solamente una virgen sería capaz de amansar a esta fiera fabulosa); otras veces, entre Nuestra Señora y el Ángel se representa un tarro con flores (por ejemplo, en la A. de Simone Martini en los «Uffizi»), colocado sobre una columna, símbolo de la primavera, durante la cual (conforme a una antigua tradición) habría tenido lugar la A., según aquel elegante dicho falsamente atribuido a San Bernardo: «La Flor (Jesús) brotó de otra Flor (María) en la estación de las flores (en primavera)». 5) Elementos psicológicos tomados de los tres momentos del espíritu de María en la escena de la A.: a) algunos, en efecto, la representan en el momento de su turbación ante el insólito saludo del Ángel (por ejemplo, en la A. de Simone Martini en los «Uffizi»); b) otros en el momento en que indaga el sentido del anuncio; otros, en fin, en el momento en que, tranquilizada por el Ángel, baja la cabeza, cruza las manos sobre el pecho y se somete a la voluntad de Dios.
Al Ángel comenzó por representársele con la vara o el cetro de heraldo en la mano; más tarde la vara que tiene en la mano se llena de flores; y últimamente se transforma en lirio (por ejemplo, en la A. de Orcagna en Orsammichele); otras veces la vara se convierte en un ramo de olivo, símbolo de la paz (como, por ejemplo, en la A. de Lippo Memmi en los Uffizi), o con una palma, símbolo de la victoria (así la A. de Lorenzetti en la Academia de Siena), la cual, a veces, es luminosa como la estrella de la mañana (por ejemplo, en la A. de Filippo Lippi en el Museo de Bellas Artes de Florencia), otras veces tiene siete ramos con otras tantas estrellas luminosas en la punta, símbolo, acaso, de los siete dolores, o de los siete dones del Espíritu Santo. Desde el s. XIV en adelante se difundió mucho la costumbre de escribir las palabras del saludo del Ángel bien en un cartel sostenido por el Ángel, o en una especie de soplo que, desde su boca, va hacia Nuestra Señora (por ejemplo, en la A. de Simone Martini), al que corresponde otro soplo que desde Nuestra Señora va hacia el Ángel (la A. de Ambrosio Lorenzetti). V. Teatro.
Bibliografía
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