MARCOS
Juan, por sobrenombre Marcos, autor del segundo evangelio, nació en Jerusalén de una mujer llamada María, cuya casa era un punto de cita y de reunión para los Apóstoles y los fieles de la Iglesia naciente (Act. 12, 12).
En esta casa halló refugio San Pedro al ser liberado milagrosamente de la cárcel, y probablemente fué el mismo apóstol quien bautizó a Marcos, a quien llama su hijo (I Pe. 5, 13). Era primo de Bernabé, 381Auno de los exponentes de la Iglesia primitiva, que le introdujo personalmente en la fervorosa comunidad de Antioquía, compuesta principalmente de elementos convertidos del paganismo y palpitante de fervor misionero. Animado de un ardor juvenil, salió con Pablo y Bernabé al primer viaje apostólico (hacia el año 45) al regresar de Chipre, y con ellos pasó a Panfilia; mas al ver que los dos se alejaban hacia el interior, atravesando un áspero camino, él se retiró de la misión y se volvió a Jerusalén (Act. 13, 13). Por esta razón no lo quiso consigo S. Pablo en el segundo viaje apostólico (año 49-50; cf. Act. 15, 38). Marcos siguió a Bernabé que, separándose de Pablo, regresó a Chipre (Act. 15, 39 ss.).
Hallamos al joven Marcos en la órbita de Pedro, de quien la tradición lo hace discípulo e intérprete: de la mutua colab oración de los dos nacerá el segundo Evangelio. Poco antes de su martirio, escribiendo S. Pedro la primera epístola a las iglesias del Asia Menor, en los alrededores del año 63-64, manda también saludos de Marcos, quien se mantiene fielmente a su lado. Pero algún tiempo antes se había ya congraciado con Pablo, quien lo menciona entre sus auxiliares de confianza al escribir (en torno al 62) a Col. 4, 10; 24; II Tim. 4, 11.
En esta última epístola, del año 66, rogaba a Timoteo que se trasladase a Roma con Marcos, cuya utilidad reconocía para el «ministerio» de la palabra. Muchos afirman que Marcos fué el primer obispo de Alejandría, mas Clemente y Orígenes no saben nada de eso. Venecia se precia de poseer su cuerpo. Su fiesta del 25 de abril —como mártir— no es ciertamente muy antigua. «Marcos es el autor del segundo Evangelio, y sobre este punto existe conformidad absoluta, sin nota alguna discordante. Tan claro y unánime es el sufragio de la tradición, que juntamente con los más autorizados testimonios de todas las iglesias, se remonta a los últimos años del s. I.
«Según fué colaborador de Pedro en la predicación del evangelio, así fué también su intérprete y portavoz autorizado en la propagación del mismo, y por medio de su escrito se nos ha transmitido la catequesis del príncipe de los Apóstoles tal cual él la predicaba a los primeros cristianos, especialmente a los de la iglesia de Roma. También sobre esto tenemos el testimonio claro y preciso de la tradición. Un fragmento de Papías, obispo de Hierápolis, en Frigia, hacia el 100-130, conservado por Eusebio ( Hist. eccl. III, 39: PG 381B20, 300), dice expresamente, reproduciendo las afirmaciones del “presbítero” Juan (= el Apóstol): “He aquí cuanto decía el presbítero: Marcos, habiendo sido intérprete de Pedro, escribe con exactitud, pero no de un modo ordenado, cuanto recordaba de lo que el Señor había dicho u obrado”.
El primer eslabón de la tradición es el mismo apóstol San Juan. Otros eslabones de esta tradición se encuentran en los testimonios de Ireneo, de Justino, de Clemente Alejandrino, de Tertuliano, de Orígenes, etc., que nos conducen hasta el pensamiento auténtico de las diferentes iglesias de los primeros siglos» (A. Vaccari). Los argumentos internos confirman los datos de la tradición. El hagiógrafo es un judío que escribe en griego una catequesis de origen arameo para fieles convertidos de la gentilidad.
La abundancia de latinismos nos encamina hacia Roma, el lugar donde, según Clemente Alejandrino, Eusebio, Efrén, etc., fué escrito el Evangelio, el cual refleja exactamente la catequesis de Pedro (cf. Act. 1, 21 s. con Mc. 1, 1-4 y 16, 19 s.; y Act. 10, 39). Ese pundonoroso silencio, sobre todo cuando es laudativo para Pedro, y la humilde exposición de la fragilidad del Apóstol revelan a éste como principal informante de Marcos. Por otra parte Pedro es, después de Cristo, la figura que más se destaca en todo el Evangelio (cf. Bíblica , 30 [1949] 91-108). Mc. es la narración más eminentemente viva de un testigo ocular.
La divinidad de Jesús no se demuestra con citas proféticas ni tampoco con profundas elevaciones místicas o teológicas, sino de una manera concretísima, con prodigios ruidosísimos y con el imperio absoluto sobre las fuerzas naturales y demoníacas. Mc. es el más breve de los Evangelios, y se halla casi enteramente en los otros Sinópticos, con sólo unos cincuenta versículos propios. No obstante, representa muy bien «lo que debía ser el tipo de enseñanza popular que se daba con miras a la iniciación cristiana: la manera es sencilla y directa, la forma concisa y un tanto ruda, la narración progresiva y sin articulaciones bien marcadas» (A. Tricot, en Iniciation biblique , París 1939, p. 194). Es la manera de expresarse el pueblo de todas las naciones y sobre todo los semitas, que la emplean incluso en las obras literarias. A Mc. no se le puede catalogar, por cierto, entre éstas, si bien no carece de cierta gracia ingenua y de un colorido vivaz y descriptivo. Fácilmente se echa de ver que no es un griego quien escribe o habla, sino un 382Aextranjero, que, no obstante, ha adquirido cierto dominio de la lengua, debido al cotidiano intercambio mantenido con artesanos y mercaderes por las plazas y encrucijadas.
Los 16 cc. de Mc. ofrecen el esquema siguiente: 1. Vida pública (cc. 1-13). — El Mesías, anunciado por Juan en el desierto y bautizado por el mismo en el Jordán, comienza su ministerio público, previo un retiro de 40 días en la soledad (1, 1-13). a) En Galilea (1, 14-9, 50). — Encarcelado el Precursor, comienza Jesús a predicar el «evangelio del reino de Dios»; entra en Cafarnaúm con los cuatro primeros discípulos para enseñarlos y realizar ciertos prodigios (1, 14-15). Pronto halla oposición por parte de los escribas y fariseos, que lo acusan de blasfemo (paralítico descolgado desde el techo), de pecador (comida en casa de Leví), de transgresor de la tradición (los discípulos no ayunan) y del sábado (recogen espigas, él mismo realiza milagros), por lo cual es enemigo del pueblo (2, 3, 6).
Al contrario, la pobre gente auténtica acude a Jesús, maestro y taumaturgo; y entre esta turba elige para sí un grupo de doce confidentes y apóstoles (3, 7-19). Los fariseos y los escribas lo consideran como aliado de Belcebú; mas Jesús demuestra que es enemigo y vencedor de Satanás; proclama como parientes suyos a quienes cumplen la voluntad de Dios (3, 20-35). Con el fin de que no entiendan sino los que están bien dispuestos, se expresa con parábolas (4, 35 - 5, 43). Desacreditado por sus conciudadanos, Jesús se dirige a otra parte, mandando por delante a los Apóstoles en misión experimental y alarmando no poco al sanguinario Herodes Antipa (6, 1-29).
Jesús alimenta la mente del pueblo, y remedia el hambre de sus cuerpos multiplicando los panes, luego anda por encima de las aguas, cura en Genesaret a varios enfermos, disputa con los fariseos, escucha la plegaria de la ingeniosa mujer sirofenicia, sana a un sordomudo, multiplica el pan por segunda vez, devuelve la vista al ciego de Betsaida (6, 30 - 8, 26). Pedro, no obstante haber reconocido a Jesús como a Mesías, hace ciertas manifestaciones cuando se le anuncia la Pasión, y por ello es recriminado; luego, en unión de los «hijos del trueno», asiste a la visión de Jesús transfigurado en el monte (8, 27 - 9, 13).
Después de haber curado a un muchacho lunático, Jesús repite la profecía de la Pasión y dirige a los Apóstoles varias exhortaciones (9, 14-50). b) En Judea (cc. 10-13). — Hacia 382BJerusalén. Explica la santidad y la indisolubilidad del matrimonio para ambos cónyuges, bendice a los niños, denuncia los peligros de las riquezas (episodio del joven rico), promete un premio incomparable a sus generosos imitadores (10, 1-31). Al llegar a dar vista a la Ciudad Santa, predice por tercera vez las circunstancias de su fin, reprime las ambiciones de los dos hijos de Zebedeo, cura al ciego Bartimeo (10, 32-52). Jesús entra en Jerusalén (domingo) entre los «hosanna» del pueblo (11, 1-11). Al día siguiente (lunes) maldice a la higuera estéril y purifica el Templo de los mercaderes profanadores (11, 15-19).
El martes por la mañana, al pasar por junto a la higuera, que se había secado, enseña la eficacia de la oración; impone silencio a los fariseos y confunde a los saduceos proclamando la resurrección de los muertos; lanza diatribas contra los fastuosos y parásitos escribas (11, 20 - 12, 44). Al salir del Templo predice su destrucción; precisa a los discípulos el tiempo y las señales que precederán; «no pasará esta generación»; encomienda la vigilancia (c. 13). 2. Pasión y Resurrección (cc. 14-16). a) Pasión y muerte (14-15, 37). — El miércoles decide el Sanedrín quitar de en medio a Jesús, y se pone de acuerdo con Judas (14, 1-11).
El jueves, Jesús en la última cena delata al traidor, instituye la Eucaristía y predice la defección de todos, incluso la de Pedro; la predicción se verifica en Getsemaní (14, 12-52). b) Resurrección (15, 38-16, 20). — El velo del Templo se rasgó, el centurión reconoce a Jesús como a verdadero Hijo de Dios; José de Arimatea se ocupa de sepultar a Jesús en una tumba privada (15, 33-47). En el alba del domingo se llegan las mujeres al sepulcro, que hallan vacío: un ángel anuncia la resurrección del Nazareno y su reaparición entre los vivos, y efectivamente, se aparece glorioso, primero a Magdalena, luego a dos discípulos mientras van a Emaús, y después a los Apóstoles en el cenáculo y en el monte de los Olivos , desde donde emprende el vuelo hacia lo alto (c. 16).
«La composición de Mc. debe ponerse, con certeza, antes del 42 desp. de J. C., época en que ya se había publicado el evangelio de Lucas, el cual depende de Marcos. La tradición atribuye a Mt. el primer puesto en el orden del tiempo; luego escribió Marcos, probablemente entre el 50 y el 60, período en que debía de hallarse en Roma al lado del apóstol Pedro» (Vaccari). La narración de Marcos, breve, precisa, rica de detalles, llena más eficazmente el fin 383Apropuesto de dar a conocer a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios. [G. T.] G. Ricciotti, Vida de Jesucristo , 2.ª ed. esp., Barcelona 1946, pp. 135 ss. M. J. Lagrange, Év. selon s. Marc , París 1947. L. Pirot, en La Ste Bible , Pirot-Clamer, 9, ibid. 1946, pp. 392-604. A. Vaccari, La S. Bibbia , VIII, Firenze 1950, pp. 135-88.
J. M. Bover, El final de S. Marcos , en EstB (1944), n. 4. Id., Crítica textual de S. Marcos, 1, 14 , en EstE (1949), p. 23 ss.
Bibliografía
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