Diccionario Bíblico

Angelo Penna

INTERPRETACIÓN de la Biblia (Historia de la)

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La historia de la exégesis bíblica suele dividirse en períodos (patrístico, medieval, moderno), o según la tendencia predominante (literal y alegóricol.

La primera división es la más simple. La segunda es aplicable a los primeros siglos, en los que se perfilan con bastante precisión las dos tendencias; la literal, propia de los antioquenos; la alegórica, de los alejandrinos. 1. Período patrístico . — Los autores del Nuevo Testamento, los Padre s apostólicos y los apologistas no se ocuparon de exégesis propiamente dicha; no obstante, en el modo de servirse de la Biblia se trasluce ya de una manera clara su tendencia a la alegoría. Tal orientación aparece ya muy desarrollada en la epístola del Seudo Bernabé, y un poco menos en Teófilo de Antioquía. San Clemente Romano, San Justino, San Ireneo y Tertuliano — ninguno de estos compuso verdaderos comentarios bíblicos— se atienen preferentemente al sentido literal. El verdadero estudio exegético de la Biblia comienza en el s. m con Orígenes (186-254).

Este genio, que dio un gran impulso a la escuela catequística (Didascaleion) fundada por Panteno en Alejandría, en sus innumerables trabajos en torno a la Biblia (Escolios, Homilías, Tomos) siguió con preferencia la exégesis alegórica que ya habían cultivado en Alejandría Filón y otros escritores hebreos. Distinguió en la Biblia un triple sentido: somático o corporal, síquico o animal y neumático o espiritual, y daba una decidida preferencia a este último, abandonándose a alegorías verdaderamente audaces. Mas al hablar de alegorismo origenista conviene no perder de vista el 283Bcuidado que este escritor puso en favor del texto de la Biblia — recuérdense sus Hexaplas, véase Griegas — y la belleza de alguna que otra de sus observaciones exegéticas esparcidas de un modo especial en los Tomos.

La tendencia de Orígenes fue continuada por muchos escritores, entre los cuales Dídimo el ciego, San Cirilo de Alejandría, Eusebio de Cesárea, San Gregorio Niseno, San Gregorio Nacianceno y San Basilio, aunque con características propias. Y puede afirmarse, en general, que estos autores se van mostrando cada vez menos entusiasmados por el alegorismo, entusiasmo que se ve disminuir siguiendo el orden con que han sido nombrados. A ellos se opusieron San Metodio y San Epifanio. Casi al mismo tiempo que el Didascaleion de Alejandría se fundaba en Antioquía otra escuela catequística bajo la dirección del mártir Luciano (312), la cual propugnó la interpretación literal de la Biblia, no concediendo más que un campo limitado a la «teoría» de la individuación de los diferentes tipos, en sú mayoría mesiánicos. Sus principales representantes fueron: Eustasio de Antioquía, Teodoro de Heraclea, Tito de Bosra, Eusebio de Emesa, Policromo de Apamea y especialmente los tres cumbres: Diodoro de Tarso, San Juan Crisóstomo y Teodoro de Mopsuestia.

Este último, con su actitud medio racionalista, exasperó los principios de la escuela; pero en ella se formó el que quizá fuese el mayor exegeta de la edad patrística: San Juan Crisóstomo. La misma tendencia siguieron el conciso pero agudo Teodoreto de Ciro y numerosos exegetas siríacos, entre los cuales merecen especial mención San Afraates y San Efrén. Y precisamente en las escuelas siríacas de Edesa fue donde se siguió esta orientación al desaparecer la de Antioquía, y especialmente imitando las obras de Teodoro de Mopsuestia. También en la Iglesia latina los primeros exegetas fueron más o menos alegoristas, ordinariamente bajo el influjo de Orígenes.

Tales fueron Hipólito Romano, que escribió en griego, Victorino de Pettau, San Hilario de Poitiers, San Ambrosio, San Gregorio de Elvira. Pero mientras Orígenes acudió en general a la alegoría para abandonarse a elucubraciones teológicas o filosóficas, estos otros, siguiendo el uso latino, buscaron ante todo enseñanzas morales y ascéticas. Hubo tres grandes exegetas que se mostraron más personales: el Ambrosiaster, San Jerónimo y San Agustín . El primero, cuyó verdadero nombre no se ha logrado aun averiguar, compuso un comentario a trece epístolas de San 284APablo (excluyendo la ad Hebreos), que ha llegado a nosotros bajo el nombre de San Ambrosio, de donde procede el vocablo Ambrosiaster, que formaron los humanistas una vez demostrado que se le atribuía falsamente.

Tal vez se deban también a él las Quaestiones Veteris et Novi Testamenti, atribuidas a San Agustín , y algunos fragmentos sobre el Evangelio de San Mateo (Anonymi in Matthaeum fragmenta). Por su fidelidad al sentido literal y por su profunda penetración en el pensamiento del Apóstol puede considerársele como uno de los mejores y más personales exegetas latinos. San Jerónimo ejerció un notabilísimo influjo sobre los escritores posteriores, incluso por la mole de su trabajo. Tenemos de él el comentario a todos los profetas (de los que está incompleto el de Jeremías), al Evangelio de San Mateo, a cuatro epístolas paulinas (Filemón, Tito, Gálatas, Efesios) y al Eclesiastés. Poseemos, además, numerosas epístolas suyas exegéticas sobre textos particulares, varias homilías sobre los Salmos y otros textos, los brevísimos Commentarioli in Psalmos y las Quaestiones Hebraicae in Genesim.

El valor de su obra no es uniforme. No poseyó principios hermenéuticos muy precisos, por lo que sigue ya una, ya otra exégesis, dejándose a menudo guiar por circunstancias extrínsecas. En general sobreabunda la exégesis alegórica, en la cual casi siempre depende de Orígenes; pero tiene asimismo no pocas afinidades con la escuela antioquena, como por ejemplo el empleo de la «teoría». Finalmente, sus comentarios tienen un especial valor por razón de la importancia que en ellos concede a la critica textual, en la que se sirve de un apreciable conocimiento del hebreo y del griego, y a la geografía palestinense, muy conocida del autor.

San Agustín asentó con agudeza y rara prudencia excelentes principios hermenéuticos en el libro De doctrina christiana. Revelóse como atento lector de la Biblia, cuyo genuino sentido quiso investigar, en los 14 libros sobre el Heptateuco (Locutionum libri septem y Quaestionum libri septem) y en el De Genesi ad litteram libri duodecim. Las Enarrationes in Psalmos y los Tractatus sobre el Evangelio de San Juan son un arsenal de teología y de ascética, pero a veces dejan que desear en el aspecto exegélico. Un doctor moderno encuentra excesiva su complacencia en el sentido alegórico y en el simbolismo numérico. En el Nuevo Testamento Agustín dejó un buen comentario a las epístolas a los Gálatas y a los Romanos (incompleto), pero son más interesantes sus observaciones en el De consensu Evangelistarum libri 284Bquator y en el Quaestionum Evangeliorum libri duo.

También el heresiarca Pelagio se revela como buen exegeta en su comentario a San Pablo. El período patrístico se clausura con un estimable número de exegetas menores que muchas veces no hicieron otra cosa que imitar a los grandes maestros de los siglos m-iv. Entre los griegos es más palpable tal hecho; es la época de las «cadenas» bíblicas (Procopio de Gaza, Filoteo, Nicetas de Heraclea, Macario de Constantinopla, etc.). Entre los autores de comentarios más personales citaremos a Olimpiodoro de Alejandría, Ecumenio de Trica, Andrés Areda de Capadocia, Teofilacto y Eutimio Zigabeno.

Entre los latinos, San Gregorio Magno, San Isidoro de Sevilla, San Beda el Venerable, Alcuino, Rabano Mauro y Valafrido Estrabón, a quien se atribuyó la tan conocida Glossa ordinaria. 2. Período medieval . — En los comienzos de la Escolástica se asiste a un nuevo florecimiento de la exégesis, debido principalmente al método analítico, propio de los teólogos de este período, y también al influjo de la filología hebrea, muy cultivada por los hebreos doctos. Por eso, juntamente con la imitación más o menos constante de las obras de los grandes Padres (Jerónimo y Agustín) se notan frecuentemente elementos nuevos y personales. Siéntese a menudo el influjo de la filosofía aristotélica. Mencionaremos a Anselmo de Laon, de quien procede en gran parte así la Glossa ordinaria como la interlinearis; a Bruno de Asti, a Ruperto de Deutz, a Honorio de Autun.

En la escuela de los Canónigos de San Víctor distínguense los nombres de Hugo, más bien ecléctico, pero rico en buenos principios hermenéuticos; de Andrés, que prefiere la exégesis literal, con manifiesto influjo rabínico. Hállase una exégesis más analítica y más teológica en las Apostillas de Hugo de San Caro y en los numerosos comentarios de San Alberto Magno, quien, no obstante las muchas alegorías que aduce, ofrece excelentes principios para la exégesis literal. San Buenaventura, con su misticismo, hace revivir la exégesis inaugurada por San Bernardo, en tanto que Santo Tomás se revela como seguro y profundo intérprete de la palabra de Dios. Sus comentarios a las epístolas de San Pablo son un monumento de claridad y de investigación teológica, basada siempre en el sentido literal.

Se muestra menos interesante en algunos comentarios del Antiguo Testamento (Job, Cincuenta Salmos, Isaías, Jeremías, Lamentaciones ), pero se apreció mucho 285Asu «Catena aurea» a los cuatro Evangelios, en el cual hoy se reconocen no pocos textos espurios. La filología rabínica , que se nota ya en algunos de los autores mencionados, empieza a ser utilizada para la exégesis, especialmente por el influjo de Ramón Martí, que compuso un Pugio fidei adversus Judaeos et Mauros, y con el judío converso Nicolás de Lira, cuya Apostilla brevísima a toda la Biblia se vio favorecida con una gran difusión.

La obra fue completada y en parte corregida por otro judío converso, Pablo de Burgos. Sobre el Nuevo Testamento la exégesis filológica tuvo un precursor en Lorenzo Valla y en otros humanistas, algunos de los cuales estaban animados de un verdadero espíritu religioso. Pueden ser considerados como últimos representantes de la exégesis medieval Alfonso Tostado y Dionisio Cartujano. Los comentarios de este último, si bien excesivamente propensos a la alegoría, sobresalen por un grato sentido de misticismo y por el profundo conocimiento que muestran de toda la Biblia. 3. Período moderno . — El humanismo, que, por cierto, no siempre se mostró paganizante, fue causa de un nuevo florecimiento de los estudios lingüísticos, y hubo no pocos que con bríos de verdaderos operarios se dieron al estudio del hebreo y de otras lenguas semitas (siriaco, arameo, etíope) y de las cuales escribieron las primeras gramáticas rudimentarias que hubo entre los cristianos.

El estudio del griego del N. T. tuvo aficionados cultivadores no solo en Valla sino también en Jacobo Lefébvre d’Etaples (Faber Stapulensis), en Erasmo de Rotterdam y en Juan Gagnée. Aplicaron con éxito sus conocimientos del hebreo al estudio del A. T., Sante Pagnini, Francisco Watebled (Vatablus) y Agustín Steuco; y por otra parte el cardenal Tomás de Vio Gaetani, Tadeo Cucchi, más conocido con el nombre de religión, Isidoro Clario, y Francisco Titelman, etc., compusieron comentarios más extensos tanto al Nuevo como al Antiguo Testamento.

Estos prepararon la maravillosa consolidación de la exégesis católica después del Concilio de Trento. Entonces fue cuando se dio el siglo de oro (1550-1650) del estudio de la Biblia. Fue un acontecimiento providencial, por cuanto la Iglesia se veía amenazada por la nueva herejía protestante, que proclamaba a la Biblia como norma única en la enseñanza del dogma. Aparecieron muchas disciplinas auxiliares que inmediatamente se consolidaron con nombres ilustres. A Sixto de Siena se le debe la primera Introducción bíblica en el sentido 285Bmoderno de la palabra, a la que dio el título de Bibliotheca sancta, y Ludovico de Tena y Francisco Pavone publicaron después otras obras análogas. Contribuyeron al progreso de la crítica textual los investigadores que prepararon la edición Sixtoclementina de la Vulgata y Lucas de Bruges, Juan Morino, Pedro Garbo.

Con Cristiano van Andrichum y Abraham Ortel aparece la geografía sagrada, que fue cultivada en el siglo siguiente por Jacobo Bonfrére y por Francisco Quaresmio. La arqueología bíblica dio sus primeros pasos con Carlos Sigonio, Benito Arias Montano y Fortunato Scacchi. Entre los exegetas propiamente dichos pueden mencionarse Jacobo Bonfrére, Nicolás Serario, Benito Pereira, Gaspar Sánchez, Antonio Agelli, Juan Pineda, Cornelio Jansens, obispo de Gante, Juan Maldonado, el más perspicaz intérprete de los Evangelios, Manuel Sa, San Roberto Belarmino, Guillermo Hessel van Est (= Estius), Jacobo Tirino, Comelio van den Steen (= a Lapide), etc. En cambio, en el protestantismo solo se advierten tentativas por abrir nuevos caminos; pero en realidad la exégesis de los primeros reformadores fue tributaria de la medieval y escolástica mucho más de lo que quisieran que apareciese.

Por otra parte, Lutero, Melanchton y Calvino fueron más polemistas que exegetas. La única obra duradera y de gran mérito fue la traducción de la Biblia al alemán por Lutero, que utilizó mucho a Nicolás de Lira y a Sante Pagnini. La exégesis protestante se manifiesta fluctuante entre el servilismo literal exagerado y la tendencia desmesurada a la alegoría. Esta última orientación puede apreciarse en Juan Koch (o Cocceius) y en sus imitadores. Pero se revelan más útiles los trabajos sobre disciplinas auxiliares, como los filológicos de los dos Buxtorf y de Hugo de Groot (= Grotius) y los de historia natural de Samuel Brocart. Ludovico Cappel inició con éxito la critica textual.

Durante el período de 1650 a 1800 se nota en el estudio de la Biblia la tendencia, que igualmente se manifiesta en otros campos, a la investigación histórica y crítica. Nos encontramos con un cambio fundamental. Mientras en el siglo de oro predomina la verdadera exégesis, unida a un profundo conocimiento de la teología, en este período son las disciplinas auxiliares las que se consolidan. La introducción bíblica queda establecida con criterios verdaderamente críticos por Ricardo Simón; el texto hebreo es estudiado con gran diligencia por Francisco Houbigant y por Juan Bernardo 286ADe Rossi, y al mismo tiempo Blas Ugolini se hace muy benemérito de la arqueología bíblica en sentido lato con su monumental publicación de textos talmúdicos y de estudios originales sobre muchas instituciones del judaismo. A Julio Bartolucci y a su discípulo C. G. Imbonati se les debe la bibliografía bíblica. Son pocos los verdaderos exegetas como el orador Bossuet, Bernardino de Picquigny (Piconius), Agustín Calmet, Ignacio Weiteaner. Idéntico fenómeno se nota entre los acatólicos, entre quienes se distinguieron en las ciencias auxiliares G. Ligthfoot, C. Schóttgen, C. G. Carpzov, A. Reland, G. C. Wettstein, G. Bcngel, en tanto que la exégesis está representada por escritores modestos, como el «figurista» Campeggiano Vitringa G., Le Clerc, A. Schuitens, los dos Michaelis y los dos Rosenmüller.

Con el s. xix continúa tal estudio positivo, pero ordinariamente se pasa de la crítica textual a la filosófica y teológica. Entre los exegetas protestantes se consolida el racionalismo bíblico que ya en el siglo precedente se había mostrado con Reimarus y Semler, Eichhorn, De Wette, Paulus, Straus, que elimina toda huella sobrenatural en la Biblia. Contra estos reaccionaron los católicos E. Bukentop, D. Huet, F. Windenhofer, G. Bianchini, E. Goldhagen, L. Veith, A. Guenée. Fueron adquiriendo un puesto cada vez más importante las disciplinas auxiliares, cuyos campos quedaron mejor limitados.

La arqueología en sentido estricto recibió un inmenso incremento como consecuencia de numerosas excavaciones y descubrimientos efectuados en Palestina y regiones limítrofes. Ella sola ofrece ya un amplio campo a los investigadores especializados. Análogos progresos ha realizado la Orientalísiica en general, hasta suscitar una verdadera revolución en las vagas nociones de historia oriental con el estudio de textos originales jeroglíficos y cuneiformes. Descubriéronse nuevas literaturas cuya existencia ni siquiera se sospechaba. El estudio del hebreo ha sido situado, cambiando de aspecto, en el conjunto de las lenguas semitas. Es imposible trazar aunque solo sea la lista de nombres de quienes se dedicaron a tales investigaciones. No obstante, no puede afirmarse que a semejante progreso de las ciencias auxiliares haya correspondido otro progreso igual en la exégesis.

La Biblia ha perdido su carácter sagrado en las manos de los racionalistas, y se ha rebajado al nivel de otro texto antiguo cualquiera. Por eso las numerosas noticias filológicas o arqueológicas de numerosos comentarios se muestran delicadas 286Ben sí mismas consideradas, incluso interesantísimas, pero no puede decirse de ellas que sirvan para penetrar íntimamente en el sentido del texto bíblico. Por parte de los católicos se reconoció inmediatamente la utilidad de esta investigación históricocrítica. Se han cultivado los estudios orientales.

Las directivas eclesiásticas (Providentissimus Deus, Spiritus Paraclitus, Divino Afflante Spiritu) no han hecho más que estimular esas investigaciones, de las cuales pueden sacarse preciosas contribuciones para la recta inteligencia de la Biblia, aun cuando no cesan de insistir en el hecho de la reivindicación de su peculiar carácter sagrado. Y la exégesis se ha mostrado apta para el nuevo cometido. Reconocida la absoluta necesidad de una especialización, a causa del progreso de los estudios, ahora ya no se publican amplios comentarios personales a toda la Biblia. Tanto en el campo racionalista como en el católico se ha recurrido a la colab oración de varios individuos. Así han salido las grandes colecciones con finalidades especiales, muchas veces con un valor científico variado, según los diversos colaboradores. Es también de nuestro tiempor la publicación de grandes Diccionarios y Enciclopedias de la Biblia.

Entre los comentarios racionalistas más recientes y de tendencia más bien conservadora figuran: el Kommentar zum N. T. (Leipzig 1903 ss.), dir Th. Zahn; el Kommentar zum A. T. (ibíd. 1913 ss.), dir. E. Sellin, y el Handbuch zum A. T. (Tubinga 1934 ss.), dir. O. Eissfeldt. En Inglaterra el breve pero estimable Cambridge Bible for Schools and Colleges (Cambridge 1880 ss.); el rico International critical Commentary (Edimburgo 1895 ss.), dir. S. R. Driver - A. Plummer - C. A. Briggs, y el Expositor's Greek Testament (Londres 1907-10), en 15 vols., llenos de noticias filológicas y bien realizados. A estos y otros trabajos semejantes hay que añadir muchísimos otros comentarios o escritos sobre la Biblia de diferentes autores aislados que revelan su adhesión a determinadas corrientes exegéticas.

En el campo católico pueden mencionarse aun los 28 vols. del Scripturae cursus completus de Migne (París 1838-40); La Sainte Bible avec introductions et commentaires (ibíd. 1875- 1904), en 24 vols.; La Sainte Bible de Fillion, en 8 vols. (ibíd. 1889 ss.). Son más útiles: el Cursus Scripturae Sacrae, en el que colaboraron especialmente R. Cornely, J. Knabenbauer 287Ay F. von Hummelauer; el Kurzgefasster wissenschaftlicher Kommentar zum A. T. (Viena 1901-11), director B. Scháfer, y que quedó incompleto en 9 vols.; los Études bibliques (París 1903 ss.), comenzados por el gran exegeta M. J. Lagrange; la Exegetisches Handbuch zum A. T. (Münster 1913 ss.), dir. J. Nikel; la Die hl. Schrift des N. T. (Bonn 1914 ss.; director P. Dausch - F. Tillmann; la Die hl. Schrift des A. T. (ibíd. 1923 ss.), dir. F. Feldmann - H. Herkeñne; el Verbum Salutis, Commentaire du N. T. (París 1924 ss.), comenzado por J. Huby; La Sainte Bible (ibíd. 1935 ss.), director L. Pirot y después A. Clamer; el Regensburger Kommentanvek zum N. T. (Regensburg 1938 ss.), dir. A. Wikenhauser - O. Kuss; la Echter-Bibel (Würzburg 1947 ss.), dir. F. Nótscher-K. Staab.

En Italia ha prestado muy buenos servicios la obra de Mons. A. Martini, arzobispo de Florencia (Turín 1769-81). Su mayor mérito está en la traducción, a la que se ha acomodado un comentario moderno de M. Sales - G. Girotti (La Santa Bibbia commentata, Torino 1911 ss.). Han aparecido todo el Nuevo Testamento y 7 vols. del Antiguo; mas no parece que llegue a completarse. Ofrece un particular interés por la traducción y por las excelentes notas exegéticas La Sacra Biblia del Pontificio Instituto Bíblico (Florencia 1943 ss.). Es completa y acomodada a las necesidades modernas La Sacra Biblia dirigida por S. Garofalo (Turín 1947 ss.), que contiene además oportunos volúmenes complementarios. Si a tales obras añadimos el elevado número de comentarios a determinados libros publicados por varios autores, podrá echarse de ver qué atención se presta a la Biblia por parte de numerosos escritores.

En la exégesis moderna generalmente se ha adoptado el comentario estrictamente históricofilológico del siglo pasado con el intento de lograr una presentación más viva y más. profunda del texto sagrado. Algunos intelectuales católicos, representantes de la llamada «escuela neumática», se mostraban partidarios de un regreso al «afflatus» místico de los antiguos comentarios patrísticos, con lo que incurrieron en no pocos errores por su manera de valorizar lo sobrenatural. Las últimas encíclicas , Divino afflante Spiritu (1943) y Humani generis (1951), reproducen sencillamente, acomodándolos a las exigencias modernas, los principios de la encíclica fundamental Providentissimus Deus (1893), que condena la exégesis espiritual.

Trátase de las leyes establecidas en la hermenéutica (v.). f A. P.] [A. P.] A. Penna, en Enc. 287BCatt., VII, col. 104-108. H. Höpfl - B. Gut, Introductio generalis in S. Scripturam, 5.ª ed., Roma 1950, pp. 551-85. A. Vaccari, Historia exegeseos, en Institutiones Biblicae, vol. I, 6.ª ed., Roma 1951, pp. 510-67. G. Perrella, Introduzione generale alla S. Scrittura, 2.ª ed., Torino 1952, pp. 306-22.
Alvarez Seisdedos, La teoría antioquena, en EstB (1952) en.-mar.

Bibliografía

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