DAVID
David = comandante, jefe; del acadio dawidum (cartas de Mari): último hijo de Isaí (Jessé), de Belén, de la tribu de Judá. El héroe más amado y santo más celebrado en Israel, el rey teocrático por excelencia; poeta y profeta; tipo del Mesías (1042-971 a. de C.). La juventud (I Sam. 16-20). Por su audacia y fortaleza este pastorcito, al ser reprobado Saúl (v.), recibió de Samuel la unción secreta, no oficial, para ser rey de Israel en señal de elección divina. Por su destreza en tañer el arpa es llamado a la corte para calmar a Saúl en sus crisis de melancolía. El rey siente el efecto de su dulce influencia, lo ama, lo nombra su escudero. A él se siente ligado Jonatán con una dulce amistad. Por sus dotes naturales y las cualidades de su alma se atrae a cuantos le rodean. Al ser arrojados de las montañas de Efraím los filisteos atacan a Judá entre Belén y Hebrón. Un gigante de Gat insulta a los hebreos acampados enfrente, desafiando al más fuerte de ellos a un duelo decisivo. Ofrécese David, que audaz y astutamente se dirige contra Goliat provisto de su bastón y de la mochila de pastor, en la que ha depositado cinco gruesas piedras muy lisas, y llevando consigo la honda en la mano izquierda.
Los ejércitos los contem 142Aplan desde las respectivas colinas. Goliat desprecia al joven y depone su yelmo; David proclama su confianza en Yavé, acelera el paso, toma la honda, pone en ella una piedra, y antes de que el otro se percate del peligro lo atolondra hiriéndolo en la frente. Échase sobre su cuerpo derribado, toma su espada, le da muerte y le corta la cabeza que lleva a Saúl. La victoria está por los hebreos. David ofrecerá al Señor, en el santuario de Nob, la espada y el manto del vencido. Este acto de valor impuso un cambio decisivo a su vida. Multiplícanse sus victorias; crece el entusiasmo popular; David es el verdadero héroe nacional. Obsesionado Saúl por las amenazas de Samuel, se siente lleno de celos y ve en el joven un peligro para su dinastía, por lo que decide acabar con él. Lo expone a los peligros, lo mortifica, busca por todos los medios cómo deshacerse de David, que entre tanto había llegado a ser esposo de Micol, su hija menor. Intenta traspasarlo con la lanza mientras tañe el arpa, manda capturarlo sorprendiéndolo en el sueño. David huye, ausentándose primero de Samuel, en Rama, luego de Aquis, rey de Gat, donde es mal acogido y se finge loco para salvarse.
Finalmente, después de una nueva tentativa de reconciliación, llevada a cabo por el afligido Jonatán ante su miserable padre, se aleja definitivamente. Fugitivo y proscrito (I Sam. 21-11 Sam. 1; I Par. 12).
En el santuario de Nob el sumo sacerdote Ajimelec remedia su hambre con los panes de presentación (v.): Mt. 12, 3. Allí toma la espada de Goliat. Luego únese a él Abiatar (con el efod para consultar a Yavé), único superviviente después de la matanza de los sacerdotes de Nob, perpetrada por Saúl, a consecuencia de la denuncia del idumeo Doeg (Sal. 52 [51]). Júntase a David una banda de descontentos, alrededor de unos 600, y se refugia en las zonas desiertas de Judá y del Negueb. Viven del pillaje que ejercen sobre los enemigos de su gente y de las aportaciones más o menos voluntarias de ésta. Por dos veces tiene a Saúl en su poder y le respeta la vida en atención a que es el ungido del Señor.
Después de la muerte del detestable Nabal, toma por esposa a la prudente y rica Abigail, y en virtud de otro matrimonio queda emparentado con los calebitas, con lo que acrecienta su prestigio. Aproximadamente un año después se ve obligado a refugiarse con sus hombres junto a Aquis, acosado por Saúl. El filisteo le da Siceleg, entre Gaza y Bersabé; y David le entrega como tributo, parte del botín de sus pillajes. Desde Telam hasta la frontera de Egipto 142Bsaquea aldeas y campamentos de amalecitas y guesuritas, enemigos hereditarios de Judá, y se lleva sus ovejas y sus camellos y extermina a sus moradores.
A Aquís le dice que ha saqueado a Judá y tribus amigas. Un año más tarde los filisteos atacan a Saúl; David, con su banda movilizada, es desechado por los otros como auxiliar de poca confianza. Al regreso se encuentra con que Siceleg ha sido devastada por los amalecitas. Persigue y alcanza a los bandoleros, a quienes pasa a cuchillo, libera a los prisioneros y retorna con un rico botín que manda repartir equitativamente. De su porción hace regalos a los jefes de Judá, Caleb y Jeramel, aliados y compañeros suyos. Estando allí recibe la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán (1012 a. de J. C.), a quienes llora amargamente, improvisando una conmovedora y artística elegía que nos ha sido conservada (II Sam. 1, 17-27). Rey de Judá (II Sam. 2-4). David fijó entonces su residencia en Hebrón. Los judíos lo eligieron por su rey. Abner, sobrino y general de Saúl, proclama en Majanaim (tribu de Galad) por rey de Israel al sobreviviente Isbaal (Isbo- §et); logra enérgicamente restaurar el reino y librarlo de los filisteos.
El hijo de Saúl reclama entonces sus derechos sobre Judá, y sobreviene la lucha, que resulta dura con el revivir de las viejas rivalidades entre las tribus, y es causa de que se derrame sangre fraterna en los violentos y frecuentes encuentros entre los grupos opuestos. David aprovecha hábilmente todas las ocasiones que se le presentan para afirmar el derecho que tiene al reino, principalmente por la elección divina, y que se había ganado con las victorias y como yerno de Saúl; pero no fuerza los tiempos ni se impone por la violencia sino que se fía principalmente de la divina Providencia. Abner inicia transacciones con David, le devuelve a Micol, que había sido entregada por Saúl a otro hombre, pero es sorprendido a traición por Joab, general y pariente de David, por celotipia y como venganza de su hermano Azael, que había caído en una refriega con Abner. David se lamenta del hecho, llora al difunto y continúa las conversaciones con las tribus. Algún tiempo después dos jefes dan muerte al inofensivo y tímido Isbaal, cuya cabeza llevan a David, de quien no reciben el premio que esperaban, sino la muerte como traidores.
Por fin, las tribus de Israel, en su deseo de restablecer el reino, llegáronse a Hebrón, establecieron con David un solemne pacto en presencia del Señor y lo eligieron por rey. Rey de todo Israel (II Sam. 5-1 Re. 2). David había sido rey de Judá en Hebrón durante 143Asiete años y medio. Los filisteos, que lo habían considerado como vasallo suyo, habían visto con agrado las hostilidades con Israel, y al verlo hecho rey de todos los israelitas, lo atacaron, ocupando el valle de Refaím, próximo a Jerusalén, con el fin de dividir a Judá por el norte. David evitó el error de Saúl de aceptar batalla campal; con la ayuda de sus valientes seguidores y de contingentes de las otras tribus, reanudó la dura vida del desierto, y mediante audaces golpes de mano salió victorioso de estas largas y ásperas guerrillas. Proezas individuales y algunas victoriosas batallas acabaron por liberar enteramente al país. Llegó incluso David, mediante una vigorosa ofensiva, a ocupar una considerable parte del territorio enemigo y la misma Gat. No volvieron a amenazar los filisteos la independencia del pueblo de Yavé.
Una vez liberado el territorio nacional, David ocupa a Jerusalén, adueñándose de la ciudadela (= Sión, ciudad de David), que hasta entonces había estado en poder de los jebuseos, y hace de ella la capital del reino. Elección hábil, tanto por su situación estratégica, ya que solo es accesible por el norte, como porque, no perteneciendo a ninguna tribu, facilitaba la restauración plena de la unidad nacional. David favoreció el que se poblara y la enriqueció de grandes construcciones. Lo primero que hizo fue transformarla en ciudad santa, en el centro religioso de todo Israel, trasladando a ella solemnemente el arca (v.); Sal. 15. 24. 68. 132, 1-10 (Vulg. 14. 23. 67. 131) desde Quiriat Jearim (unos 15 Km. al oeste), donde había estado olvidada durante unos setenta años bajo el sospechoso control de los filisteos. David había preparado para el arca, al lado de su palacio de Sión, una tienda semejante a la de Moisés que había servido de santuario en el desierto.
Era el lugar común de toda la nación, que hacía revivir toda la época de los orígenes; el paso por el desierto, el paso del Jordán, la destrucción de Jericó; era el retorno a la más pura •tradición monoteísta; el más fuerte impulso hacia la unidad de culto, establecida en los cuarenta años de vida nómada y perdida, con la división que siguió a la ocupación de Canán. El arca venía a ser como la piedra angular del reino, e introducía de repente a Jerusalén, hasta entonces pagana, en el sagrado patrimonio de todo Israel. Al emprender alegremente las peregrinaciones al arca, los israelitas se ponían en contacto con la capital, con el rey y entre sí; unidos en la oración y en los sacrificios se sentían más vivamente hermanos, por la identidad de origen y de fe. David, que 143Bhabía manifestado toda su intensa y profunda piedad en el traslado, tuvo cuidado de organizar para el Arca un servicio litúrgico (I Par. 23-26) que sirvio de modelo para el del Templo de Salomón. Al frente del mismo se puso la familia de Abiatar, y la de Sadoc quedó al servicio del santuario de Gabaón.
En los comienzos del reinado de Salomón, fue confinado en Anatot Abiatar, defensor de Adonias, y Sadoc ocupó su puesto en Jerusalén. Estaba convencido David de que todo cuanto había hecho era muy poco para honrar a. Yavé y para satisfacer plenamente su piedad. Hacia el fin de su reinado, cuando hubo terminado su lujoso palacio, sintió como un remordimiento por dejar aún una simple tienda para casa del Señor, y de ahí le vino el pensamiento de edificar un suntuoso templo. Confió su plan al profeta Natán, el cual dio su asentimiento con entusiasmo. Pero en la mañana siguiente •llevó al rey la respuesta del Señor. El templo lo construiría su hijo y sucesor; pero el piadoso celo había sido grato a Dios, y como premio formulaba para David magníficas promesas: Israel queda estabilizado para siempre como pueblo de Dios, y será siempre gobernado por la casa de David. La naciente dinastía es llamada a colaborar en la obra de Yavé sobre la tierra; los destinos de ambos están ligados para siempre. A cambio de Salomón, constructor del Templo, y solo figurativamente llamado hijo de Dios, llegará día en que aparecerá otro hijo de David, que será realmente el Hijo de Dios.
También él será rey, pero de toda la humanidad (II Sam. 7, 13 ss.; Sal. 89 [88], 20-38). David combatió y venció, en diferentes batallas que no están suficientemente precisadas cronológicamente, a los moabitas, a los amonitas con los árameos sus aliados, a los edomitas, cuyo territorio incorporó (II Sam. 8-10; I Par. 18-20). Con eso llegó a fundar un gran reino (que se extendía desde Damasco y Jamat hasta el mar Rojo), el más extenso y el más fuerte que llegó a conocer Israel en toda su historia, y ciertamente superior por su poder intrínseco al inmediatamente siguiente de Salomón, cuya magnificencia tan celebrada no fue más que una exhibición externa de cuanto David había creado. La organización civil y militar la fue bosquejando David poco a poco según aconsejaban las circunstancias, sin sujetarse a un esquema rígido y complicado. El ejército constaba de tres cuerpos distintos : los valientes, los mercenarios extranjeros y los contingentes territoriales. El primero era un cuerpo de soldados de ofici;, en su mayoría escogidos de entre los más fieles 144Acomponentes de la heroica banda de los comienzos.
Para estimular el heroísmo, David había creado una especie de grados de nobleza: la de los Tres y la de los Treinta. El segundo cuerpo (cereteos, gatitas dirigidos por Itai, otros filisteos) era una especie de legión extranjera al mando del judío Banayas. Entre los dos constituían el ejército permanente (como unos 2.000 soldados). Y, en fin, el tercero era movilizado según las necesidades entre los hombres valientes de las diferentes tribus, al mando del rudo y valiente familiar de David, Joab, quien tuvo el mando supremo desde el momento en que los Valientes decidieron que el rey no volviese a exponerse compareciendo personalmente en las batallas (II Sam. 21, 16 ss.). En cuanto a la organización civil concentrada en la corte nómbranse: un mazkir, especie de secretario canciller, encargado de instruir y aclarar las diferentes cuestiones sobre las cuales habría de pronunciarse el rey; un ministro para los tributos y los impuestos; un escriba encargado de la correspondencia diplomática y tal vez de la redacción de los anales oficiales. Las riquezas acumuladas en las diferentes campañas permitían a David hacer frente a los gastos de la Corte sin gravar con exceso de tributos al pueblo.
En los últimos años de su vida afectaron a David terribles adversidades, a consecuencia de las cuales llegó exhausto al término de su magnífica carrera. Fue el castigo de su grave pecado (II Sam. 11); el adulterio con Betsabé, y la muerte del marido de ésta, Urías, el jeteo, uno de los Treinta, llevada a efecto por Joab siguiendo órdenes de David. La adúltera, ya encinta, pasó a ser esposa de David, una vez transcurrido el luto de ceremonial; pero el profeta Natán le echa en cara, especificándoselos, los pecados cometidos, subrayando lo que en ellos había de perfidia y alevosía. David confiesa su pecado con una humildad sin reservas y un arrepentimiento sin excusas (Sal. 32. 51 = Vulg. 31. 50). Y con humilde resignación soportará las terribles aflicciones — exigencia de la divina justicia — que Natán le predice, además de la muerte inmediata del hijo habido de Betsabé. Tuvieron su principio esas aflicciones, con la pérfida, brutal e ignominiosa violación de la virgen Tamar, hermana uterina de Absalón, por parte de Amnón, hermano suyo y primogénito de David.
Absalón disimuló durante dos años, pasados los cuales invitó a Amnón al esquileo de las ovejas que tenía en Baljasor (al nordeste de Belén), y ordenó a sus siervos le diesen muerte. Permaneció por tres años en 144BGuesur junto al abuelo materno, y por intercesión de Joab lo llamó David, con quien quedó plenamente reconciliado dos años más tarde. Entonces se dio a satisfacer sus ambiciones al trono, con la misma tenacidad, ora paciente ora activa, que había manifestado para vengarse, para regresar a Jerusalén y reconciliarse con su padre. Desaparecido Amnón, él era el primogénito. Era hermosísimo, gustaba de andar a caballo (costumbre recién importada de Egipto), y se desvivía por hacerse popular y granjearse la simpatía de los israelitas. Su propaganda hacía resaltar las causas de la carestía y del descontento: para los judíos que se les había olvidado excesivamente en pro de los otros; para los israelitas la falta de interés, por sus justos problemas y por sus quejas. Al cabo de cuatro años creyó ver llegado el tiempo a propósito para destronar a David.
Alegando como pretexto el cumplimiento de un voto, pidio se le permitiese ir a Hebrón, centro geográfico de Judea, antes sede real, donde él había nacido, y allí fue proclamado rey solemnemente, al mismo tiempo en que vibraban por todo Israel las trompetas anunciadoras de la nueva elección. Todo el reino se declara por Absalón contra David. Entre los primeros, y por cierto el más importante de los rebeldes, figuró Ajitofel, consejero infalible de David, abuelo paterno de Betsabé. Antes de la revuelta, David con su familia, protegido por sus Valientes y por los fieles mercenarios extranjeros se apresura a pasar el Jordán para refugiarse en Galad. Deja diez de sus esposas de segundo rango para que guarden el palacio y en señal de su derecho soberano al que no renuncia; manda que vuelvan a colocar el arca en su puesto, de donde la habían sacado Sadoc y Abiatar para seguir al rey, y encomienda a los mismos que procuren informarle sobre cuanto se hubiere decidido contra él, sirviéndose de Ajimas y Jonatán, sus hijos, como enlaces. A Cusaí el arquita, amigo y consejero íntimo, le da el encargo de desbaratar ante Absalón los consejos de Ajitofel.
Aun cuando se encomendaba a la divina Providencia con una piedad profunda, David no descuida ninguno de los medios de que dispone para asegurar el buen éxito de sus planes. «Volved el Arca de Dios a la ciudad, y quédese en su lugar — dice el rey a Sadoc —. Si hallo gracia a los ojos de Yavé, Él me volverá a traer y me hará volver a ver el Arca y el tabernáculo. Pero si Él dice; No me complazco en ti, aquí me tiene; haga Él conmigo lo que le plazca» (II Sam., 15, 25 s.). David camina descalzo, con la cabeza cu 145Abierta y llorando. Entre Jerusaién y Jericó recibe humildemente las imprecaciones de Semeí, de la familia de Saúl. Tras un aviso de Ajimas y Jonatán, se apresura a pasar el Jordán y llega a Majanaím, donde prepara la defensa. Ajitofel en Jerusaién, para hacer definitiva la ruptura, indujo a Absalón a tomar posesión públicamente del harén de su padre. Era el deshonor conyugal amenazado por Natán. Luego le impulsó a atacar inmediatamente a David, pues muerto él, estaba alcanzado el triunfo de la revuelta. Pero el anciano Cusaí supo evitar la grave amenaza, sugiriendo un prudente aplazamiento del ataque, con el fin de ultimar la preparación del ejército.
Ante el inesperado fracaso y desesperando del resultado del ataque aplazado, Ajitofel se retiró a su casa de Gilo y se ahorcó. EfectWamente, el fin de la batalla entre Majanaím y el Jordán fue desastroso para Absalón. El ejército de David, a las órdenes de Joab, de su hermano Abisaí, y de Itaí, derrotó a los revoltosos, que buscaron refugio en la fuga por entre la espesa selva de Efraím. El mismo Absalón penetró en ella, pero quedó prendido y colgado por la cabellera entre dos gruesas ramas de una encina, mientras su cabalgadura continuaba la carrera. Informado de ello Joab, le traspasó el costado, a pesar de la reiterada súplica de David, y mandó arrojar su cadáver en una fosa que cubrieron con piedras. A las puertas de Majanaím, donde había quedado, forzado por los suyos, esperando con impaciencia el resultado de la batalla, recibió el rey por conducto de Ajimas la noticia de la victoria, y un cusita enviado por Joab le dio a conocer el final de Absalón. El pobre padre se retiró llorándolo desolado; pero Joab lo reclamó rudamente, y David volvio a la puerta de la ciudad para tomar parte, con el corazón desgarrado, en el gozo de los victoriosos.
Con su tacto habitual y su acostumbrada longanimidad David arrostró la plena reconciliación: a Amasa, que había tenido el mando de los insurrectos, le puso al frente del ejército. Un tal Seba, benjaminita, intentó inmediatamente después reanudar la rebelión, pero Joab, dando muerte a Amasa, la sofocó rápidamente e hizo que se le entregara la cabeza de Seba. La peste enviada por Yavé en castigo del censo impuesto por David (II Sam. 24; I Par. 31-32), aparece enlazada con el episodio de la carestía de los tres años. La ejecución de los descendientes de Saúl exigida por los gabaonitas (II Sam. 21, 1-14; v. Saúl) es, pues, el comienzo del reinado sobre todo Israel. El empadronamiento era un grave pecado: haciéndolo por propia iniciativa, el rey 145Busurpaba un poder que solo a Yavé pertenecía. Dios manda que sea propuesta a David una triple pena: hambre durante tres años, derrotas durante tres meses o peste durante tres días. El rey se entrega en manos de Dios. El pueblo había pecado enojando a Yavé, y éste manda el castigo: la peste hiere de muerte en breve tiempo a 70.000 israelitas. La penitencia de David y su oración, que no carece de generosidad, alcanza del Señor el cese del azote.
La última decisión de David consistió en designar por sucesor suyo a Salomón, hijo menor, habido de Betsabé su predilecta. Ésta con Natán, Sadoc y los Valientes, formaron la contraposición del partido de Adonias, el hijo mayor. Contaba unos 70 años cuando se extinguió y fue sepultado en la «ciudad de David». Desaparecía la figura más viva y más simpática del Antiguo Testamento. Después de Moisés solo él efectuó la unión de todas las tribus, haciendo renacer el espíritu nacional mediante espléndidas victorias, y sobre todo mediante la vuelta al puro yaveísmo. Dejó una dinastía estable y una capital, ciudad santa, que permanecerá como símbolo y hogar del pueblo elegido. Héroe genuino; hombre conforme ál corazón de Dios (I Sam. 13, 14); no es soberbio en la prosperidad; y en las penas se mantiene lleno de confiada sumisión a la voluntad de Dios (I Sam. 22, 3; II Sam. 16, 10 s.); no emprendía nada sin consultar la voluntad del Señor (I Sam. 22, 3. 15; 23, 2. 9, etc.). Tuvo cuidado especial por el honor de Dios y la majestad del culto divino.
En el curso de su vida puede observarse el decaimiento de sus facultades; solamente una queda sin debilitarse nunca: su piedad hacia Yavé, que aparece radiante ya en su juventud y resplandece durante toda su vida: David será siempre el modelo del rey teocrático (cf. I Re. 11, 38; 14, 8; 15, 3.). La piedad llenaba totalmente su ardiente corazón que no podía ocultarla; y como poseía los maravillosos dones del poeta, manifestó los sentimientos que ella le inspiraba en versos llenos de vigor y de gracia, vibrantes como una invocación, lastimeros como un suspiro, apropiados a una súplica y entusiastas como un grito de triunfo (v. Salmos). Y, finalmente, como insigne profeta, cantó al futuro Mesías (v.) que había de proceder de su familia : el «hijo de David» por excelencia, a quien, por lo mismo, los grandes videntes sucesivos llamarán «rey David» (Jer. 30, 9; Os. 3, 5), «mi siervo David» (Ez. 34, 23; 37, 24). Esta relación es el mayor timbre de gloria para el piadoso rey. [F. S.]
146ABibliografía
L. Pirot, en DBs, II, 287-341. L. Desnoyers, Histoire du peuple hébreu, II, París 1930, pp. 71-327
III, pp. 184-88, 191-369. G. Ricciotti, Storia d’Israele, I, 2.ª ed., Torino 1934, pp. 327-49. A. Médebielle, La Ste. Bible (ed. Pirot, 3), París 1949, pp. 414-561, 583-91.
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