CORINTIOS (Epístolas a los)
Existen dos epístolas auténticas escritas por San Pablo a la comunidad de Corinto, ciudad emplazada en el istmo del mismo nombre, evangelizada por él, probablemente entre los años 51-53. 122BI Corintios. Fue escrita en Éfeso (I Cor. 16, 8) entre el 55 y el 57 (tal vez en la primavera del 55). Pablo, que no abandonaba nunca a sus neófitos, seguía con ansiedad desde el Asia el desenvolvimiento de la vida cristiana en la comunidad de Corinto. Eran abundantes las noticias que le llegaban a través de sus colaboradores Apolo, Aquila y Priscila, y por los miembros de la familia de Cloe (1, 11), y por Estéfana, Fortunato y Gayo (16, 17). Además de esto los mismos corintios habían dirigido una misiva pidiendo aclaraciones sobre varios puntos doctrinales y sobre la licitud de algunos usos. Como se propone resolver esos interrogantes y corregir no pocos abusos introducidos después de haberlos dejado el Apóstol, el escrito carece de unidad rigurosa. Van sucediéndose en él los diferentes temas sobre manera preciosos, ya que describen con abundancia de datos la vida íntima de la comunidad.
Después de un exordio (1, 1-9), San Pablo se detiene a describir y a reprender a los partidos que habían surgido en la comunidad (1, 10-4, 21). Efectivamente, después de haberse ido él, llegó Apolo (judío helenista convertido) con muy buenas intenciones, haciendo mucho bien entre ellos (Act. 18, 27). Con su celo y buena oratoria suscitó un vivo entusiasmo que pronto dio origen a una escisión. Mientras unos permanecían adheridos al Apóstol y a su predicación, otros anteponían el estilo más intelectual de Apolo a la sencillez del primer misionero', dando con ello origen a preferencias personales. A esos dos grupos de partidarios de Pablo y de Apolo se añadio un tercero, que es fácil se haya formado con la llegada de algunos cristianos evangelizados por Pedro, ya que tomaron este nombre. Otros, en fin, hastiados ya por las continuas manifestaciones de preferencias en torno al nombre de algunos de los misioneros, se proclamaron del partido de Cristo. El Apóstol Pablo se muestra sorprendido por esta manía de los corintios, que en la práctica no hacía más que destruir la unidad de la Iglesia y perturbar profundamente a la comunidad.
Por eso insiste en afirmar la unidad de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo (1, 10-16), y trata de demostrar cómo la belleza y la profundidad del Evangelio no necesitan de la vana sabiduría humana (1, 17-3, 4). Luego invita a que se considere a los misioneros como colaboradores de Cristo, sin perderse en nocivas preferencias en torno a sus nombres (3, 4-4, 13). Termina anunciando la misión de Timoteo y su próxima visita (4, 14-21). La vida licenciosa por la que era famosa 123ACorinto ofrece materia para los tres capítulos siguientes, en los que comienza por reprender a un incestuoso que cohabitaba con su madrastra (5, 1-13), y luego muestra la malicia de la fornicación (6, 12-20) y explica las relaciones que existen entre el matrimonio cristiano y la virginidad (7, 1-40). En una breve perícope (6, 1-11) se condenan los litigios ante los tribunales paganos.
La cuestión sobre si sería lícito comer carnes inmoladas a los ídolos (idolotitos) es tratada con una amplitud exhaustiva (8, 1-11, 1), y el propósito de normalizar la disciplina de las asambleas litúrgicas ofrece la oportunidad de desarrollar una larga exposición sobre varios carismas (v.); (11, 2-14, 40), insistiendo de un modo especial en la «profecía» y en el «don de lenguas», a lo que añade un maravilloso canto a la caridad (13, 1-13), superior a todos los carismas. Otro punto de excepcional importancia es la perícope sobre la Eucaristía (v.); (11, 17-34). Otra cuestión agitada por los corintios da ocasión a un amplio desarrollo del tema de la resurrección (v.) de los muertos (15, 1-58), y más que las diferentes nociones sobre los cuerpos resucitados merecen notarse en este lugar la documentación tan precisa de la resurrección de Cristo y la relación íntima que media entre este acontecimiento y la suerte final de la humanidad. La epístola termina con recomendaciones particulares para la colecta (16, 1-4) y para la buena acogida que convendrá que dispensen a sus enviados (16, 5-24).
Como puede verse, es una epístola de capital importancia: un cuadro maravilloso de historia eclesiástica. Aun cuando trata de cuestiones parciales y disciplinarias, como la relativa a los partidos, el Apóstol sabe elevarse a consideraciones generales y de gran interés doctrinal. Por eso en esta epístola se encuentran las pruebas escriturísticas de no pocas partes de la teología sacramental (indisolubilidad del matrimonio con el conocido privilegio paulino; Eucaristía), de la Cristología, de la escatología, del tratado sobre el Espíritu Santo, cuya divinidad se afirma en ella (2, 10 s.; 12, 4-11). El documento tiene también notable interés para la liturgia, especialmente por la mención de los «ágapes». Por último la excomunión lanzada contra el incestuoso (5, 3-5) constituye el ejemplo más antiguo de tal usanza jurídica de la Iglesia. Literariamente está presentada con ropaje griego y en un estilo muy estimable. Bajo este aspecto ocupa, en general, un puesto privilegiado entre las epístolas paulinas. Su 123Bautenticidad está ampliamente documentada por testimonios antiquísimos y por la misma crítica interna. II Corintios.
Es objeto de hipótesis y de discusiones la relación que pueda haber entre la 1.ª epístola y la 2.ª a los Corintios, porque desconocemos los acontecimientos intermedios. Muchos exegetas las consideran como consecutivas, pero entre los modernos se admite como probable la existencia de una epístola intermedia que debió de perderse (cf. II Cor. 2, 3 s.; 9; 7, 8; San Pablo escribió a los corintios en momentos de angustia una epístola ruda, violenta, de lo cual parece que se arrepintió; pero la primera que conocemos no tiene, por cierto, ese carácter) y la de un viaje intermedio del Apóstol a Corinto (II Cor. 12, 14; 13, 1 s.). Parece ser que se trató de una visita breve, y señalada con un recuerdo desagradable (cf. ibid. 2, 1; 12, 21; 13, 2). De nuevo en Éfeso Pablo dio a conocer a los corintios el proyecto de una nueva estancia más prolongada en su ciudad. Pero habiendo llegado a su conocimiento las disensiones de Corinto y la actividad de los sembradores de discordias y de sus detractores, envía allí a Tito confiando hallar una solución pacífica para los numerosos problemas.
Cuando sobrevino el tumulto de Éfeso con la consiguiente huida del Apóstol, éste pasó a Macedonia, donde encontró a Tito que regresaba de su misión. El informe de este fiel cooperador tranquilizó un tanto a Pablo que, hallándose sumido en profunda angustia a consecuencia de los últimos acontecimientos de Éfeso y de las noticias de las diferentes comunidades, se imaginaba que el mal de Corinto era mucho más grave de lo que era en realidad. Entonces escribió la presente epístola personalísima, en la que alterna el tono de una ternura paternal con un reproche más duro, y las protestas de humildad de Pablo contrastan con la enérgica defensa de su apostolado, en nada inferior al de los Doce. Esta larga epístola se divide en tres partes, no obstante los rápidos tránsitos a argumentos diversos. En la primera parte, después de un bellísimo exordio (1, 1-11) se lee una larga apología (1, 12-7, 16). El primer malentendido que conviene aclarar es la acusación, calificable de pueril, de haber cambiado irrazonablemente el plan de los viajes apostólicos (1, 12-2,4). Pablo explica que el aplazamiento de su visita ha sido motivado por un sentido de caridad.
Lo ha aplazado por evitarse a sí y a los mismos corintios una entrevista humillante, ya que los muchos enredos que serpenteaban por entre la comunidad le habrían obligado a tomar una ac 124Atitud contraria a su corazón de padre. No se trata, pues, de una imperdonable ligereza del Apóstol. Delicadamente hace referencia a un hombre que había ofendido al Apóstol, y se alegra de que la misma comunidad haya adoptado providencias punitivas contra el maligno, pero ruega que se obre con gran caridad, una vez que ya se ha arrepentido (2, 5-11). Descubriendo el corazón a los corintios, Pablo recuerda la turbación de que fue víctima después de su huida de Éfeso, y el consuelo que experimentó al encontrarse con Tito en Macedonia (2, 12-17). Luego pasa a tratar, de un modo más general, de la sublimidad del apostolado (3, 1-4, 6), haciendo ver la relación que tiene con el Espíritu. Este fragmento contiene también la prueba de la superioridad de la revelación del Nuevo Testamento respecto de la del Antiguo y el conocido antagonismo que hay entre la letra y el espíritu.
A manera de conclusión añade el Apóstol una reflexión en la que pone en evidencia el contraste (4, 7-5, 10) que existe entre la alta dignidad y las miserias de la humana naturaleza: es el antagonismo que existe entre la carne y el espíritu, entre el hombre interior y el exterior. Luego vuelve a precisar el fin y la causa de su ministerio apostólico (5, 11-7, 1), recordando una vez más sus relaciones con la comunidad y la misión de Tito (7, 2-16), En la segunda parte (8, 1-9, 15) se desarrolla un argumento enteramente diverso. El Apóstol, que se ha determinado a hacer un viaje a Jerusalén, desea presentarse a la Iglesia madre llevando una prueba palpable del agradecimiento y de la caridad de las comunidades nacidas fuera de Palestina . En Macedonia se ha procedido ya a hacer una colecta en favor de los pobres de Jerusalén. Pablo recuerda el compromiso adquirido por los corintios (I Cor. 16, 1-4) y les recomienda que muestren gran solicitud en el cumplimiento de dicho propósito (8, 1-15). Luego hace una recomendación de Tito y de su compañero, que recibieron el encargo de promover esta obra de caridad (8, 16-9, 5).
Ya desde que comenzó la exposición de este asunto, pero sobre todo en la parte final (9, 6-15), se eleva Pablo a un plano sobrenatural, mostrando toda la belleza y el valor de este acto de caridad. Parecía que la epístola entraba ya de lleno en un argumento práctico para poner con ello el punto final, pero no es así, pues nos encontramos ante una tercera parte (10, 1-13, 10) que reanuda la polémica, a veces mordaz. Contra su voluntad, pero empujado por la necesidad de defender la causa de Dios, desmiente una a una 124Blas principales calumnias que sus enemigos judaizantes iban esparciendo en contra suya. Describe su apostolado, que lleva la marca de la continua asistencia de Cristo (10, 1-11) y tiene su campo bien deslindado (10, 12-18). Contra los que trataban de desacreditarle entre los hermanos, comparándole desfavorablemente con los otros Apóstoles, que, según ellos, eran los únicos auténticos, Pablo protesta indignado presentando un resumen de las diferencias que median entre la conducta de los otros y la suya (11, 1-15).
Luego describe su vida de lucha continua y de padecimientos juntamente con los dones extraordinarios recibidos de Dios, con lo cual muestra su pleno derecho a equipararse en todo a los otros Apóstoles (11, 16-12, 10). Acaba excusándose de esta apasionada autodefensa que está justificada por el fin que a ella le mueve (12, 11-13, 10). El epílogo contiene los saludos de costumbre y una fórmula de bendición que constituye uno de los testimonios más explícitos de la Trinidad. No hay dificultad especial en precisar el lugar y el tiempo de la composición. Son muchos los indicios que mueven a pensar que fue escrita en Macedonia. Teniendo presente la cronología general de la vida del Apóstol, su fecha puede oscilar entre el 57 y el 58, y hay mayores probabilidades en favor de la primera. Mientras la I Cor. es un documento de primer orden para el conocimiento de la vida íntima de la comunidad, II Cor. nos muestra de un modo maravilloso el alma de Pablo, sus penas, sus gracias extraordinarias, la oposición que le acarreó su actividad. También es útilísima para la teología dogmática la II Cor.
La fórmula trinitaria final es perfecta; el parangón entre el Antiguo y el Nuevo Testamento está desarrollado con tal profundidad, que es como un preludio de la epístola a los Hebreos; expónese la doctrina de la Redención y se alude en forma sugestiva al juicio particular (5, 10). Todos reconocen la autoridad de la epístola, a no ser unos cuantos críticos radicales que rechazan sin fundamento todos los escritos paulinos. En cuanto a la conexión de los cc. 10-13 con los precedentes, es de notarse que, si en la primera parte predominan expresiones afectuosas, tampoco faltan recriminaciones severas (1, 13; 1, 5. 12; 2, 6; 6, 1. 12). Por otra parte también en los cc. 10-13 se revela el corazón tiernísimo del Apóstol (11, 2-11; 12, 15). Muchas ideas se corresponden en la primera parte y en la tercera, y no hay nada que induzca a creer que se haya cambiado el fondo histórico. Después de un cuidadoso examen se saca en conclusión que 125Aya en la primera parte hay alusiones más o menos latentes a todas las calumnias contra las cuales se defiende Pablo en la tercera con tanta insistencia y firmeza.
Están lejos de ser raras las alusiones a una oposición a su apostolado (1, 12, 17 ss.; 2, 12-17; 3, 1; 4, 3; 5, 12-16). Las múltiples alabanzas dirigidas a la comunidad no disipan las sombras de los desórdenes (1, 3 ss.; 2, 5, 6, 9; 6, 1, 11-7, 3). Abundan las señales de una apología del Apóstol (1, 11-14, 13 s.; 2, 14-17; 3, 2). Es justo que el Apóstol manifieste su gozo si se ha corregido algún incidente desagradable (7, 4-16), pero eso no quiere decir que en adelante todo fuese ya normal en la comunidad. Subsisten otras dificultades que se van allanando, y que el Apóstol reprueba enérgicamente en la tercera parte, después del paréntesis que se ocupa de la colecta que tan a pecho había tomado San Pablo. Los enemigos y calumniadores de Pablo no merecían otra cosa que ser desenmascarados sin compasión. Y Pablo lo hace, pese a que lleva consigo la manifestación de secretos íntimos: lo hace por amor a los corintios, que no estaban abandonados a merced de sobornadores, intrusos y libertinos. Ninguno de los testimonios del texto (manuscritos, versiones) ofrecen apoyo para negar o discutir la autenticidad del fragmento. Todos suponen la unidad del escrito. [A. P.]
Bibliografía
E. B. Allo, Première Épître aux Corinthiens, París 1934. Id., Seconde Épître aux Corinthiens, ibíd. 1937. J. Huby, Première Épître aux Corinthiens, ibíd. 1946. H. D. Wendland, Die Briefe an die Korinther, Göttingen 1949. V. Jacono, Le Epistole di S. Paolo ai Romani, ai Corinti e ai Galati, Torino 1951, pp. 253-509.
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