APOCALIPSIS
Es el libro profético del Nuevo Testamento que cierra el canon bíblico. Apocalipsis (1, 1) = revelación, que es lo mismo que «manifestación de Jesucristo como soberano y como juez» (cf. I Cor. 1, 7II Tes. 1, 7; en el mismo sentido se toma en Lc. 17, 30; A. Romeo). Esta última referencia es notable. En realidad el tema del Apocalipsis tiene mucha afinidad con el discurso de N. S. en Lc. 17, 22-18, 8, no tanto por la predicción del fin de Jerusalén, cuanto por la de las persecuciones que sobrevendrán a los fieles, y de la perenne victoria del reino de Dios, así como por la exhortación a la oración y a la perseverancia. Del mismo modo el Apocalipsis se sirve de la enseñanza de N. S. según el otro discurso acerca del fin de Jerusalén (Mt. 24 y lugares paralelos).
«En la lucha violenta, sangrienta y sin tregua, que el judaísmo sostendrá contra la Iglesia, no será ésta la que sucumbirá sino el otro». Es un aviso que vale para todos los tiempos, y que San Juan ha repetido y desarrollado en el Apocalipsis. «La persecución acompañará siempre a la Iglesia, la cual saldrá siempre victoriosa y purificada» (F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme, 1950, p. XI, 62-72). «El fin del Apocalipsis es esencialmente práctico.
La persecución que se hizo oficial hacia el fin del imperio de Nerón, se desencadenó violentamente incluso en el Asia Menor... Y a 35Alas iglesias de aquella región, con las cuales estaba especialmente en contacto, les escribió el apóstol para que no se desalentaran y perdiesen la fe. Escribe con la afirmación grandiosa y segura del triunfo final de Dios y de su reino» (G. Luzzi). El paganismo del imperio romano, y particularmente el culto que se mandaba tributar al emperador (Ap. 13, 11-18; 14, 9 ss.; 16, 2) hallaba en el cristianismo una oposición irreductible.
Después de la persecución de Nerón empeoró la situación: había señales manifiestas de otra inminente tempestad contra la Iglesia, y principalmente en el Asia Menor, donde más fuertemente se había consolidado el cristianismo, pero donde también se daba la florescencia de tantos otros cultos paganos. Era, pues, natural que allí se tramase una formidable coalición de todas las fuerzas del panteísmo pagano contra la adoración del Dios único y trascendente, y de Jesús, único Señor y Salvador.
Éste era el gran peligro externo, y en realidad pronto se dió la persecución de Domiciano. Los peligros internos provenían de las herejías incipientes, de las defecciones de los pusilánimes (2, 3-7.10 ss., etc.). Los fieles que pudieran haber deducido del Evangelio que una vez desaparecido el primer enemigo acérrimo, el judaísmo, la Iglesia habría hallado la paz (cf. Mt. 24), ahora después del año 70 debían comprobar que el reino de Dios encontraba obstáculos y persecuciones por todas partes. No habían sido suficientes las persecuciones precedentes; ¿por qué no manifestaba su poder contra los enemigos de su reino? Y aquí viene la respuesta de San Juan. El triunfo del Redentor, de su Iglesia es seguro; la Iglesia será siempre perseguida; la lucha de los poderes de las tinieblas contra ella durará por siempre en este mundo : pero la Iglesia saldrá siempre triunfante.
San Juan parte del enemigo que entonces estaba de actualidad, el imperio romano (la bestia, instrumento histórico del Dragón-Satanás, la prostituta, Babilonia = Roma) para anunciar su futura derrota y completa ruina (12, 18-c. 13; 14, 9 ss.; 15-19), y afirmar el triunfo de la Iglesia, única que quedará victoriosa (14, 1-5. 11-20; 19, 1-10; 21-22, 5). En torno a esta profecía central, San Juan pone en claro cuál es el plan de Dios acerca del desarrollo de su Iglesia, de los acontecimientos ya pasados (persecuciones de los judíos, destrucción de Jerusalén, persecución de Nerón, violenta, sangrienta, pero vencida), de la historia de Israel, que después del destierro 35Bexperimentó la intervención del Señor contra sus enemigos (cf. Ez. 38-39, Gog y Magog = Ap. 20; el período de las persecuciones: tres años y medio = 42 meses ante la perennidad del triunfo de Cristo, se toma de la duración de la persecución de Antíoco Epífanes: Dan. 7, 25; 8, 14; 9, 27; 12, 7 = Ap. 11, 2 s.; 12, 6-14; 13, 5; y todas las otras imágenes tomadas de los profetas, especialmente de Zac. y de los evangelios sinópticos). Lo que los fieles necesitan es la perseverancia (cf. Lc. 17, 26-37; Mt. 24, 13I Tes. 5, 1-11), y deben saber que todo castigo es enviado por Dios como pena vindicativa para los malos, medicinal para todos, y purificadora para los elegidos (Ap. 6-9). ¡Ay del que pierde la fe y del que decae de su primitivo fervor!
La venida de Cristo para cada uno de nosotros está próxima: «Yo vengo como un ladrón: bienaventurado el que está en vela» (Ap. 16, 15 = Lc. 12, 37 s.; Mt. 24, 42 s.). El premio, la felicidad completa está en el cielo (2, 3-7). «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida. El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda» (2, 10 s.). «Solamente la que tenéis, tenedla fuertemente hasta que yo vaya» (2, 25, etc.). «He aquí que vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras» (22, 12).
El tema se expresa varias veces, cf. p. ej.: «Pelearán (los reyes de la tierra, los poderes de Satanás) con el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque es el Señor de los señores y el Rey de los reyes; y también los que están con él, llamados y escogidos, y fieles» (17, 14).
Todo esto es un eco de la promesa de Jesús a sus discípulos: «En el mundo tendréis que sufrir, pero no temáis, yo he vencido al mundo» (Jn. 16, 33; y Lc. 18, 7 s.). San Juan procede por cuadros que frecuentemente se corresponden, repitiendo y desarrollando en las visiones posteriores los temas esbozados en las precedentes. He aquí el esquema del Apocalipsis. Después de la visión de introducción a todo el libro (1, 9-20), en la que el apóstol, desterrado en Patmos, recibe del Redentor (presentado como un «Hijo del hombre» bajo un aspecto que muestra su carácter regio, sacerdotal y divino) la orden de escribir a las siete Iglesias de Asia para revelarles cosas presentes (su estado interior) y todo el porvenir (del mundo y de la Iglesia), siguen las siete cartas (cc. 2-3) que nos revelan los méritos y los deméritos de aquellas Iglesias, los peligros de las nacientes herejías, el odio de los judíos (sinagoga de Satanás), 36Asembradores de errores, y exhortan a abrazarse con las tribulaciones, a perseverar ante la consideración del premio eterno. La 2.ª parte (4-21, 8) comprende dos secciones.
También ésta tiene su introducción majestuosa: Juan trasladado al cielo ve allí el trono de Dios y la corte celestial (c. 4; cf. Is. 6; Ez. 1-10; Dan. 7, 9 s.): entronización de Jesús Redentor, bajo la figura de un Cordero «como degollado», a quien compete la dignidad de Juez Supremo (sólo él abre el libro «de los siete sellos» o decretos divinos; c. 5; cf. Jn. 5, 22). 1.ª sección de las profecías (6-9, 21) sobre las plagas que afligen y afligirán a los hombres en general, malos y buenos, aunque con una suerte muy distinta que les espera después de la muerte.
No se trata de fuerzas ciegas sino de instrumentos de los divinos designios. Apertura del libro de los siete sellos: al abrirse el primero, aparece un jinete coronado, montado en caballo blanco - la soberbia, el espíritu de conquista (algunos, como Alio, ven en él una representación de Cristo victorioso, pero en desacuerdo con el contexto); a los sellos 2.º, 3.º y 4.º responden tres jinetes funestos que son otros tantos ministros de la divina justicia: guerra, hambre, peste.
Al 5.º responde la oración de los mártires: «¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra? Y a cada uno le fué dada una túnica blanca, y les fué dicho que estuvieran callados un poco de tiempo aún, hasta que se completaran sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos» (6, 10 s.). De esta suerte también la persecución y el martirio entran en los admirables designios divinos. Estos castigos obran de un modo muy distinto sobre los buenos y sobre los malos. Para éstos son la ruina (6, 12-17; cf. Lc. 23, 30); para los buenos nunca falta la divina protección acá en la tierra, y luego la gloria eterna (7, 1-17).
En cuanto a la imagen de los preservados en virtud de la señal, cf. Ez. 9, 4; los elegidos de Israel son todos los cristianos piadosos: el Israel de Dios (Gál. 6, 16) es lo mismo que la Iglesia. Cuando se abrió el 7.º sello se produjo en el cielo un silencio de media hora, lo que revela la terrible solemnidad del momento. En la siguiente visión de las siete trompetas las plagas anteriormente reseñadas en el cielo se muestran ahora en la tierra con sus devastaciones (8, 2-9, 21). Su sucesión no es cronológica; de ordinario estas plagas caen 36Bsimultáneamente; en el Apocalipsis la sucesión es sólo descriptiva y sistemática.
Visión introductiva: los siete ángeles reciben siete trompetas; un ángel ofrece a Dios el perfume de las oraciones de los santos (cf. Gén. 18, 22-32) y luego entrega la tierra al castigo echando sobre ella el incensario en llamas (8, 2-6). Al sonar las cuatro primeras trompetas llueven calamidades sobre la tierra y su vegetación, sobre el mar y las aguas dulces y sobre los astros. Un águila anuncia «tres maldiciones» - las tres últimas trompetas - que afligen directamente a la humanidad (8, 13). La quinta trompeta anuncia la primera maldición. Brotan del infierno nubes de langostas diabólicas, capitaneadas por el Ángel del Abismo, para atormentar moralmente a los hombres. Imagen de los pecados y de los remordimientos. De esta plaga se ven preservados los fieles (9, 1-12). La sexta trompeta - segunda maldición - llega al colmo en las calamidades temporales. Jinetes diabólicos dan muerte a la tercera parte de la humanidad; pero el resto no se convierte (9, 13-21). Así se subraya el fin que se propone la Justicia y la Providencia divinas al mandar plagas tan crueles: castigar y amonestar. Por eso se repiten tales plagas.
Un ángel poderoso desciende del cielo y trae un pequeño libro que da al Apóstol para que lo coma (= Ez. 3, 1-3).
En él se contienen las profecías de los cc. 11- 20. Con eso se confía a San Juan una nueva misión profética (Ap. 10). Y aquí tenemos la visión introductoria de la segunda sección (11-21, 8). A esta segunda sección sirve de preludio inmediato la visión de los dos testigos que luchan durante 42 meses (tres años y medio) contra la Bestia (cuya descripción figura en el c. 13), que llegará a darles muerte, pero resucitan victoriosos, para triunfar por siempre en el cielo (11, 1-14). Es el ejemplo de la persecución de Nerón, en la que perecen el Príncipe de los Apóstoles y San Pablo ; pero la Iglesia permanece y se establece purificada y victoriosa (= 7.ª trompeta: 11, 15-18). Y sucederá en lo futuro como sucedió en lo pasado (J. Munck, Petrus und Paulus in der Offenbarung Johannis, Copenhaguen 1950; M. E. Boismard, en RB, 56 [1949] 540; P. Benoit, en RB, 58 [1951] 627 s.).
Un nuevo ejemplo. La feroz persecución del judaísmo, igualmente vencida por el reino de Dios, llegando incluso hasta el aniquilamiento del perseguidor. Una mujer celestial (la Iglesia, desde los Patriarcas) trae al mundo un Hijo (37AJesucristo, ejecutor de la alianza establecida entre Yavé y Abraham ), al que el Dragón, la antigua serpiente (cf. Gén. 3; en este caso el judaísmo), quiere devorar y engullir, sin lograrlo, pues es raptado y llevado al cielo. En vano se perseguirá a la mujer, que se refugia en el desierto (señal de las luchas y de los sufrimientos) durante tres años y medio. Al fin queda ella victoriosa y el coro celeste canta la caída del Dragón y el establecimiento del reino de Dios sobre la tierra (12, 1-17; cf. Mt. 24, 31 s.; Lc. 21, 28.31).
Ahora es cuando comienza la sección estrictamente profética sobre la continua lucha y la ruina del imperio romano. Aun después de haber caído el imperio romano habrá reyes, etcétera, que continuarán la lucha contra la ciudad de Dios, pero siempre con el mismo resultado. Las fuerzas contrarias salen al combate (12, 18-24, 5). El Dragón llama a los representantes que tiene entre los hombres con el fin de apoderarse de la Iglesia: manda salir del mar (del occidente) a la Bestia de las siete cabezas, soberbia y blasfema, que dominará al universo durante cuarenta y dos meses y perseguirá a los santos (12, 18-13, 10).
Sale de la tierra (de Asia) una segunda Bestia para inducir a los hombres, mediante la persuasión, a adorar a la primera, que está significada con el número 666 (valor numérico de las letras hebraicas Nron Qsar = Nerón); al que la rechaza se le proscribe y se le da muerte (13, 11-18). Frente a la Bestia y sus adoradores se mantiene firme el Cordero sobre el monte Sión con sus fieles, vírgenes, sus primicias (14, 1-5). Unos ángeles anuncian sucesivamente la caída de Babilonia (preparación para los cc. 17-18), amenazan con la condenación a los que adoran a la Bestia y exhortan a los santos a que tengan paciencia y se mantengan firmes en la verdad de la futura felicidad (14, 6-13).
En el juicio del Hijo del Hombre se hará la selección (14, 14-20). Anuncio y ejecución de los castigos que afligirán al perseguidor: siete copas de las que se vierten otras tantas plagas. Los reyes de la tierra se congregan en Harmágedon (monte de Magedo: nombre simbólico que anuncia el aniquilamiento de ellos); pero Cristo anuncia su venida y promete la felicidad a quienes están en vela y conservan sus vestidos. La gran ciudad, Babilonia, se desmorona (anticipación): cc. 15- 16. La ruina de la ciudad y del imperio, 37Banunciada ya en 14, 8, e indicada en la séptima copa (16, 17-21), aparece ahora de nuevo y se desarrolla ampliamente en los cc. 17-19, 10.
El canto de triunfo en el cielo subraya la victoria de Cristo (19, 1-8). Igual suerte correrán las bestias (19, 11-21). El cuadro siguiente (c. 20), con el famoso milenio, no describe lo que sucederá con el aniquilamiento del imperio romano y de los otros ministros temporales de las potencias infernales que luchan contra la Iglesia; no se trata de una sucesión cronológica sino únicamente de una recapitulación de los precedentes, si bien no una simple repetición, ya que no se dan tales repeticiones en este libro tan sabiamente ordenado. La lucha contra la Iglesia (considerada siempre en su doble aspecto: militante y triunfante) aquí se considera en su causa invisible y espiritual: el mismo Dragón, o sea Satanás.
No es nada nuevo, ni un episodio diferente de los precedentes que haya de sobrevenir allá al fin de los tiempos, sino siempre la misma lucha desde la encarnación del Verbo (c. 12) hasta el final de la fase terrestre de la Iglesia. Sólo que, en vez de pararse en los subalternos, San Juan se remonta hasta la misma cabeza invisible. Los mil años del reino de Cristo son una cifra simbólica que indica únicamente una larga duración.
De este reino participan todos cuantos, mediante el bautismo, pasan de la muerte a la vida del espíritu. Ésta es la primera resurrección (cf. Ef. 5, 14; Col. 3, 1; Jn. 5, 24 s.). Satanás, aunque amarrado y virtualmente vencido (cf. Ap. 12; Mt. 12, 29; Lc. 11, 21), sigue obrando por medio de sus satélites en la tierra (Gog y Magog: 20, 8), y hará cuanto pueda por recuperar el dominio perdido, pero será aniquilado. Al fin tendrá lugar la resurrección general (llamada segunda resurrección), que será la clausura de la lucha para la Iglesia. Los justos estarán en el cielo con Cristo (cf. I Cor. 15, 22-25.51-57), en tanto que los malos se irán al fuego eterno con el cuerpo recuperado (Ap. 20, 11-21, 4). El milenarismo no es más que una interpretación material y errónea del sobredicho milenio. Desconoce el simbolismo aquí dominante y sueña con una doble resurrección corporal, oponiéndose abiertamente a todo el Nuevo Testamento (F. Spadafora, Testimoni di Geova, Rovigo 1951, p. 64-77). 3.ª parte. Visión de la Jerusalén celestial, esposa del Cordero (21, 9-22, 5).
Es el lugar de todos los bienes espirituales; es la ciudad de Dios, el santuario celeste (7, 15; 11, 19), la 38AMujer del c. 12, la montaña de Sión (c. 14), la ciudad predilecta (c. 20). Aquí se la considera solamente en su gozo triunfante (en el Apocalipsis jamás se separan las dos fases de la Iglesia terrestre y celeste), gozo que comienza aquí abajo y se desarrolla en la eternidad. Es una imagen trascendente de la Iglesia, en la tierra y en el cielo, bajo el régimen de la gracia y de la gloria, en el tiempo y en la eternidad. Pero lo que proyecta la luz sobre toda la descripción es la gloria de su estado definitivo en la eternidad, en oposición con lo que se observa en las escenas de los cc. precedentes (11.12, etc.), donde se presenta a la Iglesia en su estado militante.
Conclusión y epílogo de todo el libro: 22, 6-21.
«La teología del Apocalipsis se resuelve en un poema cristosoteriológico. El Cordero inmolado y glorioso es el blanco de la contienda en esta lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad de Satanás: a él irán el cielo y la tierra. El Apocalipsis es la síntesis conclusiva de las ideas, de las esperanzas del Nuevo Testamento, y la profecía de los tiempos nuevos y últimos, o sea de la era mesiánica, era definitiva, iniciada con la Encarnación del Verbo» (cf. A. Romeo; J. Bonsirven, p. 58). Toda la tradición (respecto a las dudas de algunos Padre s, v. Canon), con sus testimonios históricos, y el mismo examen interno, están plenamente de acuerdo en reconocer al Apóstol San Juan como autor inspirado del Apocalipsis (1, 1) y del IV Evangelio (Alio).
«Las dificultades alegadas por los “críticos” modernos para negar la identidad de autor entre el IV Evangelio (las epístolas) y el Apocalipsis son las mismas que en el s. III alegó Dionisio de Alejandría: diferencias de composición, de ideas, de estilo. No puede negarse la diversidad, pero se explica en gran parte por la diferencia del género literario y de la materia expuesta. En cambio, aparecen entre las dos obras características afinidades (múltiples y muy significativas) de pensamiento y de forma.
La doctrina de ambas desemboca en una escatología trascendente, estriba en las ideas básicas de vida (eterna), luz, Cordero y Pastor. Verbo de Dios (sólo Jn. 1, 1-14; I Jn. 1, 1, y Ap. 19, 13), juicio divino, dos reinos opuestos (Dios y Satanás, cielo y mundo). Es común la índole y la visual del autor, la concepción dramática y espiritual, el procedimiento literario del paralelismo progresivo y de la concatenación entre las partes, comunes varios términos propios o particulares de San Juan (vida, verdad, ἐντολή, μαρτυρεῖν, etc.). 38BPor eso críticos como A. Harnack y W. Bousset reconocen tal afinidad y procedencia en el IV Evangelio y en el Apocalipsis» (A. Romeo). El género literario es el profético; basta recordar las imágenes que San Juan toma de los profetas y el tema del Apocalipsis.
El término de Apocalipsis, «revelación», y la manera de recibir las comunicaciones divinas: visiones imaginativas y simbólicas, por más que se multipliquen, no son ajenas de dicho género (v. Profetismo; cf. Is., Ez., Zac., Dan), aun cuando hayan sido regustadas y exageradas hasta el ridículo por la literatura apocalíptica (v.), voluble y falsaria. San Juan tuvo la celeste visión en Patmos, adonde había ido desterrado (1, 9), y allí escribió el Apocalipsis hacia el fin del imperio de Domiciano (h. 95 desp. de J. C.; según Eusebio y San Jerónimo, siguiendo a San Ireneo). «El estilo es inconfundible: sencillísimo y solemne, majestuoso, muchas veces incluso patético; la monotonía alterna con el énfasis; el canto se transforma periódicamente en toque de trompeta; las frases van colocadas unas tras otras sin coordinación; el período se basa en el paralelismo.
En las escenas simbólicas que se suceden, el paralelismo cede el puesto a una progresión característica hacia la espiral: la descripción, primero esbozada, aparece nuevamente para ser desarrollada e integrada» (A. Romeo). Pese a tentativas, incluso recientes, en contrario (cf. M. E. Boismard, en RB, 56 [1949] 507-51), la crítica interna no deja dudas acerca de la unidad del Apocalipsis. «Es evidente la unidad arquitectónica del libro, en el que cada una de sus partes es inseparable del conjunto, ligadas como están por la ley de la concatenación, y salpicadas con la constante reaparición de algunos símbolos dominantes (Alio, LXXII-LXXV), que no se pueden separar.
El Apocalipsis contiene una doctrina coherente y homogénea: el estilo, con sus extrañas anomalías, es idéntico desde el principio hasta el fin; el lexicón presenta por doquier los mismos términos característicos: παντοκράτωρ, θρόνος, etcétera). Expresiones singulares y temáticas enlazan la introducción con la conclusión (1, 1, y 22, 6; 1, 3, y 22, 7-10, etc.) y las otras secciones entre sí (1, 6, y 5, 10; 3, 8, y 16, 15, etcétera: Th. Zahn, en Neue kirch. Zeitschrift, 37 [1926] 749-68)» (A. Romeo). Si se tiene en cuenta la naturaleza particular del libro - los símbolos tan frecuentes y las referencias a los libros proféticos - no hay que extrañarse de que existan divergencias en la 39Ainterpretación del Apocalipsis desde la antigüedad hasta nuestros días.
A) Los primeros escritores, incluso Victorino de Pettau, quien por otra parte inauguró la teoría de la recapitulación, casi todos, por no decir todos, remitieron el Apocalipsis al fin del mundo. Según ellos tendríamos en el libro la predicción de los acontecimientos que precederán inmediatamente y acompañarán a la aparición del anticristo , su lucha, su derrota definitiva y el juicio final. Muchos cayeron en el error del milenarismo literal (Papías, San Ireneo, etc.). Esta orientación o sistema exegético (que es el más antiguo) es llamado «escatológico». Aun hoy anda muy extendido (L. C. Fillión, M. Sales, J. Sickenberger, etc.). B) La escuela jesuíta española del s. XVII (en particular L. de Alcázar) restringe el ciclo profético del Ap. a los ss. IV y V. Así tendríamos una descripción simbólica de la lucha del judaísmo y del paganismo contra la Iglesia y la caída de la Roma pagana. J. Bousset (L’A., 1689) precisa diciendo que la ruina del imperio está pronosticada hasta Alarico (Ap. 18) y solamente el milenio (c. 20) une los acontecimientos precedentes con el fin del mundo. Entre los acatólicos modernos (E. Renán, H. J. Holtzmann, A. Loisy, cf. J. Luzzi), y en cierto modo los católicos P.
Touilleux (L’Apoc. et les cultes de Domitien et de Cybèle, París 1935) y A. Gelin, el intervalo histórico a que alude el Apocalipsis está limitado únicamente al período contemporáneo (segunda mitad del siglo I). C) Del s. XII (Ruperto de Deutz) en adelante, especialmente durante la edad media, se ve descrita en el Ap. toda la historia de la Iglesia, con especificaciones y aplicaciones imaginarias y arbitrarias que por su propia naturaleza muestran que semejantes tentativas exegéticas carecen de toda seriedad. Según Joaquín de Fiore (s. XII) habríamos de distinguir siete épocas de la Iglesia, coronadas con un milenarismo espiritual: la primera bestia sería el Islam; y bien conocida es la enorme influencia que ejerció Joaquín en la edad media. Para Nicolás de Lira, O. F. M. (1329), el milenio, verdadera edad de oro, comienza con las órdenes mendicantes.
El Apocalipsis no expone acontecimientos futuros que se suceden cronológicamente, sino que, mediante diversos cuadros, que frecuentemente reproducen y desarrollan los precedentes, ofrece una visión profética de la lucha perenne entre Cristo y Satanás, con la victoria del reino de Dios militante y triunfante (así Victorino, Ticonio, San Agustín, De civitate Dei, XX; San Jerónimo). Siguiéronla Casiodoro, Ambrosio, Autperto, y ha sido sellada por el P. Alio (cf. A. Merk en VD, 8 [1928] 211-17; H. Höpfl-B. Gut-A. Metzinger, Intr. N. T., 5.ª ed., Roma 1949, páginas 532-36; entre los protestantes: E. Lohmeyer, H. E. Hill).
«Este sistema, que es sin duda el que mejor salvaguarda el carácter profético y unitario del Apocalipsis, debe acoger el fondo de verdad de los tres primeros» (A. Romeo). Y ésta es la exégesis anteriormente propuesta, que ahora es común entre los exegetas católicos, aunque con algunas divergencias respecto de ciertas perícopes: A.
Romeo, H. Simon-J. Prado, 465-68; J. Bonsirven; M. E. Boismard, etc. (v. Anticristo ). [F. S.]
Bibliografía
A. Romeo, en Enc. Catt. It. , col. 1660-1616. E. B. Allo, L’A. , 3.ª ed., París 1933 (el mejor comentario). A. Gelin, L’A. ( La Ste. Bible , ed. Pirot, 12), ibíd. 1938, pp. 583-667. H. Simon-J. Prado, NT , 6.ª ed., Torino 1948, pp. 447-511. J. Bonsirven, L’A. ( Verbum Salutis , 16), París 1951.
Minuesa, Apocalipsis , en Est B. (1935) 10-21 y 99-106. J. C. Cepeda, Esencia y marco del Apocalipsis , en CB , XII (1955), pp. 128 s.
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