Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

ANTICRISTO

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Contrincante de Cristo y de su reino. En toda la literatura canónica y apócrifa no se ve este nombre fuera de las epístolas de San Juan. En su discurso sobre la destrucción de Jerusalén, Jesús amonesta a sus discípulos para que estén atentos contra los engaños con que tratarán de atraerlos los seudocristos o seudoprofetas (Mt. 24, 4.23; Me. 13, 5 s. 21 s.; Le. 21, 8). Se cumplirán con ello las profecías de Dan. 11, 36-39 acerca de los jefes judíos (sumos sacerdotes o sinedritas) del partido helenizante que se opusieron al plan de Dios, ayudando a Antíoco IV en la persecución del judaísmo (167-164 a. de J. C.). Jesús se refería directamente a los seudoprofetas y seudocristos que surgirían en Jerusalén del 60 al 70, para inducir a los judíos a rebelarse contra Roma, anunciándoles una victoria segura, y que darían pie a la catástrofe prevista y anunciada por él. Pablo (II Tes. 2, 1-12) describe, basándose en la profecía de Jesús y en Dan. 11, 36-12, 7, al perseguidor judío que se manifestará al fin de Jerusalén y que arrastrará al pueblo a la rebelión contra Roma y a la guerra contra la Iglesia naciente.

Con este cuadro se enlaza la figura apocalíptica del anticristo: poder enemigo de Cristo, de la Iglesia y de los fieles, que se sirve de engaños, de prodigios mentirosos y de violencia. San Juan aplica el nombre de anticristo a los herejes que niegan que Jesús sea el Cristo venido en carne, y advierte que el espíritu del anticristo está ya en el mundo (I Jn. 2, 18.22; 4, 3; II Jn. 7). El anticristo tiene su tipo más destacado en Antíoco IV Epífanes. Este rey seléucida, ya en el año 168 a. de J. C., después de haber invadido Egipto, regresó furioso contra Jerusalén, donde había cometido ciertos desmanes para destronar a Menelao (II Mac. 5, 2-10). Antíoco apeló a la crueldad y saqueó el Templo (I Mac. 1, 21-29; II Mac. 5, 11-20), y llegado que hubo a Antioquía determinó imponer el helenismo por la violencia. Un ejército siríaco pasó a cuchillo a parte de la población, se puso asedio a Jerusalén, y se recibió la orden de ejecutar el plan de Antíoco. Impúsose el culto idolátrico bajo pena de muerte . Los judíos habían de inmolar víctimas a Júpiter en las aras que se habían erigido por toda la Judea.

Eligióse el puerco, animal 34Ainmundo entre los judíos, para que, después de sacrificado, lo comieran. Prohibióse la circuncisión, la festividad del sábado y todas las otras fiestas, e incluso la lectura de los libros sagrados, que debían ser entregados y quemados (I Mac. 1, 30-2, 70; II Mac. 5, 21-7, 42). En el Templo erigióse una estatua de Júpiter Olímpico, y sobre el altar de los holocaustos se inmolaron sacrificios. Ésta es la horrenda abominación «abominatio desolationis» (Dan. 9, 27; 12, 11. Mediados de dic. 168: I Mac. 1, 57). Los judíos tenían que helenizarse o morir. Muchos apostataron, pero brilló el heroísmo de los mártires y el épico valor de los Macabeos (v.).

En el año 165 Judas Macabeo, victorioso, purificó el Templo y restableció el culto (I Mac. 4, 36-61; II Mac. 10, 1-8). Antíoco en guerra con los partos tuvo noticia de la derrota de sus generales en Judea, y poco después de un intento de saquear un templo de Elam, murió miserablemente por las montañas de Persia en la primavera del 164-163 a. de J. C. (I Mac. 6, 1, 16; II Mac. 9, 1-28; se contradice ibid. 2, 10-17, pero se trata de una simple cita). Esto fué el triunfo del judaísmo, señal manifiesta de que Dios asistía a Israel. Ez. 38-39 había pronosticado simbólicamente la persecución de Antíoco y la victoria de Dios. Dan. 7, 20-25; 8, 1-27; 9, 24-37; 11, 36-45; 12, 1-11 la había predicho detalladamente. Eso explica cómo Antíoco se convirtió, así en la literatura canónica como en la apócrifa (cf. Enoch etiop. 83-90), en el tipo del opositor, de la oposición al reino de Dios, y por qué los términos empleados por Daniel al hablar de la persecución de Antíoco fueron repetidos por N.

Señor (Mt. 24 y pasajes paralelos) y por San Pablo (II Tes. 2, 1-11) para predecir la gran persecución del judaísmo contra la Iglesia naciente, el terrible fin de Jerusalén y la victoria del reino de Dios (cf. Ap. 20 y Ez. 38-39), y por qué los Padre s veían en Antíoco el tipo más exacto del anticristo. [F. S.]

Bibliografía

M. J. Lagrange, Le judaïsme a. J.-C. , 3.ª ed., París 1931, pp. 50-56. 117. F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme , Rovigo 1950, 8 s. 31-37. 61-134. Id., en Enc. Catt. , IV, 544-47.

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