ACTOS de los Apóstoles
El libro de los Actos se presenta como continuación del tercer Evangelio (v. Lucas) empezando por el prólogo. El estilo y el vocabulario delatan la identidad del autor. La misma afinidad palmaria de léxico y de ideas que existe entre las Epístolas paulinas y los Actos es una prueba de que el autor de éstos ha tenido que ser, según alusión explícita de los Actos, un compañero del gran Apóstol: la admirable correspondencia entre las diferentes partes y la unidad de la obra reclaman un autor único. Desde los orígenes se han venido atribuyendo los Actos a Lucas, autor del tercer Evangelio: Ireneo, Tertuliano, Clemente Alejandrino, Orígenes, los Prólogos y el fragmento de Muratori, Jerónimo y Eusebio de Cesarea lo afirman unánimemente. Propónese Lucas continuar la historia evangélica armonizándola con la del primitivo desarrollo del cristianismo, primero en el mundo judaico y luego en el grecorromano (cf. 1, 8 : ¡Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra!). Por el prólogo y por todo el tenor del escrito puede afirmarse, además, que Lucas tenía presentes principalmente a los cristianos convertidos del paganismo.
También en esto se 5Bve al discípulo de Pablo : el cristianismo está abierto a todas las almas de buena voluntad. El libro está escrito poco antes de haber sido libertado el Apóstol de su primer encarcelamiento en Roma (63 d. de J. C.). En Roma, pues, vieron los Actos la luz. Así lo ha demostrado A. Harnack en su célebre libro: El médico Lucas , valiéndose únicamente de los criterios internos. Es un hecho que la primera fuente de Lucas es su experiencia personal. Así se explica fácilmente lo bien que conoce cuanto se refiere a la cristiandad de Antioquía de Siria, su ciudad natal (cf. 11, 19-30 ; 13, 1 ss.). De los hechos expuestos en la segunda parte frecuentemente fué testigo ocular como compañero de Pablo (16, 10-17 ; 20, 5-15 ; 21, 1-18 ; 27, 1-28, 16). No es improbable que Lucas haya utilizado algún «diario» suyo para lo que se refiere a los últimos acontecimientos de los Actos. Para los quince primeros capítulos pudo haber utilizado algún documento escrito (15, 23-29), especialmente en los pasajes en que se manifiesta un lenguaje más semítico que griego. En muchos casos —si no en todos— es muy difícil discernir el documento escrito de la parte transmitida oralmente.
Pero siempre es cierto que Lucas estuvo en contacto con muchísimos protagonistas de la Historia de la Iglesia primitiva, como Pedro, Santiago, Juan, Pablo, etc.; con el diácono Felipe (12, 8-14) y otros cristianos de Jerusalén, de Cesárea y de Roma. Todo eso nos ofrece garantías de excepcional valor histórico en favor de los Actos. Dondequiera que sea posible la comprobación de los datos y de los monumentos de la historia profana, el resultado es altamente favorable a los Actos. Que se trate de Chipre o de Filipos, de Tesalónica o de Corinto, de Éfeso o de Malta, Lucas está perfectamente al corriente de las condiciones religiosas, políticas o sociales locales. Es una exactitud que desciende hasta los límites geográficos para indicar las diferentes partes del imperio y las diversas autoridades romanas colocadas al frente de ellas.
Por otra parte, las epístolas de San Pablo dan a los Actos un admirable testimonio de verdad y exactitud, ya que ellas no figuran entre las fuentes empleadas por Lucas, como unánimemente se reconoce. «Es admirable la frecuencia de hechos comunes y la armonía general que se comprueba entre las epístolas paulinas y los Actos. Es tal esa armonía, que sin violencia ni esfuerzo alguno pueden las epístolas de San Pablo, escritas en tiempos y en lugares tan diversos, ser encuadradas en el marco histórico bosquejado por el autor de los Actos» (A. Sabatier).
6AEn cuanto a los discursos mismos contenidos en los Actos, debe tenerse en cuenta que se trata de datos tomados por Lucas, y es natural que haya dejado en ellos la impronta personal de su estilo; y como cierto número de ellos ha sido traducido del arameo, no hay motivo para negar su autenticidad sustancial. Un docto alemán, Nósgen, ha parangonado cuidadosamente el lenguaje que San Lucas atribuye a San Pedro y a San Pablo en los Actos con las epístolas de los mismos apóstoles y ha puesto en evidencia la semejanza entre las expresiones y sus características, lo cual constituye una honrosa recomendación de la probidad histórica del hagiógrafo (Renié). La importancia de los Actos es notabilísima por sus enseñanzas doctrinales.
Los Actos demuestran que «el cristianismo primitivo tenía un carácter dogmático; que desde su origen los principales dogmas cristianos formaban parte del depósito de la fe; que el cristianismo de la fe se identifica con el cristianismo de la historia; que la jerarquía, en sus líneas esenciales, se remonta a los apóstoles y por ellos a Jesús; y, en fin, que la Iglesia ha estado siempre en posesión de una forma social» (Brassac-Renié). Se ha dicho muchas veces que los Actos son el evangelio del Espíritu Santo (cf. Crisóstomo, Hom. 1, 5; PG 60, 21 ). En realidad dan fe de cómo obró el divino Espíritu en la Iglesia primitiva, dirigiendo a los Apóstoles en su cometido misionero. Todo eso aparece con evidencia por el simple esquema del libro. Los Actos suelen dividirse en dos partes, precedidas de una introducción general (c. 1): la primera (cc. 2-12) habla de la fundación de la Iglesia y de sus comienzos en Palestina y alrededores («Actos de Pedro»); la segunda (cc. 13-28) narra la difusión de la Iglesia entre los gentiles («Actos de Pablo»). Introducción (c. 1).
Continuación del evangelio (1, 1 ss.); ascensión de Jesús, después de la solemne promesa de enviar el Espíritu Santo (1, 4-12); elección de Matías (1, 12-26).
1. Fundación de la Iglesia y sus comienzos en Palestina (cc. 2-12). a) En Judea ( 2-8, 3 ). Fundación de la Iglesia: En el día de Pentecostés (v.) el Espíritu Santo desciende sobre los Apóstoles, que comienzan a hablar diversas lenguas con admiración de cuantos se encuentran en Jerusalén (2, 1-13). Pedro les demuestra que el Mesías ya ha venido y que es Jesús (2, 14-26). A consecuencia de sus palabras se convierten unos tres mil y reciben el bautismo; todos los creyentes se convierten en un solo corazón y ponen 6Bespontáneamente en común todos sus bienes (2, 37-47). Progreso de la Iglesia en Jerusalén: Al subir Pedro con Juan al templo sana a un tullido, luego habla al pueblo, y demuestra la divinidad de Jesucristo y exhorta a la penitencia (c. 3). Detenidos y presentados ante el Sanedrín, Pedro proclama la resurrección de Cristo y reivindica el derecho de predicar el Evangelio; la comunidad cristiana da gracias por ello al Señor, y el Espíritu Santo se manifiesta en su seno (4, 1-31). La comunidad de Jerusalén se halla en una situación excelente, pues en ella reina la caridad: Ananías y Safira reciben un castigo ejemplar por haber intentado engañar a San Pedro (5, 1-11).
Persecución de la Iglesia por parte de los judíos: Detenidos los Apóstoles y amenazados por el Sanedrín, por intervención de Gamaliel son puestos en libertad, pero no sin antes haber sufrido la pena de la flagelación (5, 12-42). Esteban, el más insigne de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles, es apedreado y muere rogando por sus asesinos (6-7). Como la persecución se recrudece, los fieles se dispersan por toda Palestina y esparcen por todo el territorio la semilla del Evangelio (8, 1-3). b) En Palestina y contornos (8, 4-12, 25). En Samaría: Los samaritanos son evangelizados por el diácono Felipe, reciben el bautismo y luego el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos de Pedro y de Juan, entre quienes aparece el mago Simón (8, 4-25).
El mismo Felipe convierte y bautiza al ministro de la reina de Etiopía (8, 26-40). Conversión de San Pablo (v.): Aparición de Jesús; intervención de Ananías; predicación en Damasco; huida, visita a Pedro en Jerusalén y luego a Tarso (9). La Iglesia pasa a los gentiles: En una gira de inspección a las nacientes comunidades cristianas el Príncipe de los Apóstoles realiza dos milagros: En Lida sana al paralítico Eneas (9, 31-35) y en Joppe resucita a Tabita (9, 36-43). Mientras Dios escucha las oraciones del centurión Cornelio y le invita por medio de una visión, a que reciba el bautismo de manos de Pedro (10, 1-8), a éste, mediante la visión del «lienzo» simbólico, le comunica la orden de que admita también a los gentiles en la Iglesia de Cristo (10, 9-16).
En Cesárea instruye a Cornelio y a toda su familia en su propia casa, y después de que les ha sido infundido el Espíritu Santo, trata de que sean bautizados (10, 17-40). Al regresar Pedro a Jerusalén debe justificar su extraña conducta ante los hermanos judíos, quienes glorifican a Dios por haber llamado 7Atambién a los paganos a la salvación (11, 1-18). En Antioquía se constituye la primera Iglesia de los gentiles, convertidos por los que se habían dispersado a causa de la persecución. Allá mandan de Jerusalén a Bernabé, quien al comprobar la gracia de Dios, se va a Tarso en busca de Pablo. Con ocasión de este relato se dice que en Antioquía fué donde se empezó a dar a los creyentes el nombre de «cristianos». Llega también allí el profeta Agabo, que anuncia la aproximación de una carestía, por lo que se hace una colecta en favor de los hermanos de Judea (11, 19-30). Persecución de Herodes Agripa: El rey manda dar muerte a Santiago el Mayor y encarcelar a Pedro (12, 1-4), quien durante la noche es puesto en libertad por un ángel y se va de Jerusalén para siempre (12, 5-19).
Herodes muere comido por los gusanos, herido por la mano de Dios durante un recibimiento diplomático (12, 20-25).
2. Difusión de la Iglesia entre los gentiles (cc. 13-28). a) Fatigas y viajes de Pablo ( 13-21, 26 ). Primer viaje apostólico: Por orden del Espíritu Santo, Saulo y Bernabé reciben la consagración episcopal en Antioquía (de Siria) y se van a cumplir con su primera misión (13, 1-3). En Seleucia zarpan con rumbo a Chipre (13, 4-12), de donde pasan a Panfilia (13, 13-52), luego a Licaonia: Iconio, Listra, Derbe (14, 1-21), y siguiendo el mismo itinerario, a la inversa, se embarcan en Atalia y regresan a Antioquía (14, 21-28). Sigue a esto el Concilio (v.) de Jerusalén (15, 1-35). Segundo viaje apostólico: Habiéndose separado Pablo de Bernabé, Pablo recorre Siria y Cilicia en unión de Silas (15, 36-41), vuelve por Licaonia (Derbe y Listra, donde se asocia a Timoteo), cruza Frigia, Galacia, Misia y, guiado por una visión, se embarca en Tróade con dirección a Macedonia (16, 1-10), donde evangeliza a Filipos, Tesalónica, Berea ( 16, 11-17, 15 ; v. Tesalonicenses). Huyendo de la persecución de los judíos pasa a Acaya (Atenas, Corinto) (17, 16-18, 17).
De aquí se va con los cónyuges Aquila y Priscila, se detiene brevemente en Éfeso y va directamente a desembarcar en el puerto de Cesárea en Palestina con el fin de llegarse hasta Jerusalén, para regresar después a Antioquía (18, 18-22). Tercer viaje apostólico: Tras un breve intervalo, Pablo emprende nuevamente el viaje a Galacia y a Frigia, mientras que un tal Apolo sigue haciendo mucho bien entre los fieles de Éfeso y de Corinto con su elocuencia (18, 23-7B28). Se va directamente a Corinto, y llegado allí bautiza a algunos discípulos de Juan Bautista, enseña en la sinagoga y luego en la escuela de Tirano, obrando muchos milagros y curaciones de posesos (19, 1-12). Los hijos del sacerdote Esceva intentan remedar los exorcismos de Pablo, pero son maltratados por un poseso, con lo que los efesinos se ven sobrecogidos de un gran temor y reúnen a los pies de Pablo todos sus libros de magia para hacer con ellos una gran hoguera (19, 13-22). En ese mismo tiempo tuvo también lugar el revuelo de los orfebres de Diana que San Lucas describe con vivos colores y fina ironía. De aquí se va Pablo a Macedonia y a Grecia, donde se detiene tres meses (19, 23-20, 32).
Viéndose forzado a regresar, atraviesa nuevamente Macedonia, hace una escapada a Filipos y pasa a Tróade; aquí resucita al joven Eutico, muerto de una caída desde un tercer piso ( 20, 3b-12 ) mientras se estaba celebrando la sagrada Eucaristía (v.), y se detiene en Mileto, adonde manda que vayan los ancianos de Éfeso para darles el último adiós (20, 13-38). Reanudada la navegación pasa por Cos, Rodas y Pátara, toca a Tiro, Tolemaida y Cesárea.
No obstante la predicción de su encarcelamiento, sube a Jerusalén, presto a morir «por el nombre del Señor Jesús» (21, 1-16). b) Doble encarcelamiento de Pablo, en Cesárea y en Roma (21, 17-28, 31). Detención en Jerusalén: Después de haber sido acogido por el obispo Santiago y por los hermanos de Jerusalén, Pablo entra en el templo para cumplir un voto, pero aquí le asaltan los judíos del Asia, y, en vista del motín popular, le detiene el tribuno romano (c. 21). Después de haber comparecido ante el Sanedrín, es trasladado a Cesárea (22-23). Aquí permanece preso durante dos años, víctima de la venalidad del gobernador Félix (24).
Durante el mando de Festo, Pablo apela a Roma, adonde es enviado (25-26). Viaje a Roma: Juntamente con otros presos Pablo se da al mar en Cesárea y, pasando por Sidón (Fenicia) y Mira (Licia), llega a Puerto Bueno (Creta). Reanudada la navegación, no obstante los pronósticos desfavorables, se desencadena una furiosa tempestad que desconcierta a la nave y empuja a la tripulación hacia las costas de Malta (c. 27). Aquí los isleños acogen a Pablo y demás náufragos con delicada humanidad, sale incólume de la mordedura de una víbora, sana al padre del jefe de la isla y a otras personas (28, 1-10).
Después de tres meses de permanencia en la isla, parte para Siracusa, Regio, Pozzuoli, y en Tres Tabernas se encuentra con los primeros hermanos de Roma (28, 11, 15). Estando preso en Roma explica a 8Alos judíos la causa de su presencia en la capital y les anuncia el Evangelio de Cristo. Pero una vez comprobada la ceguera de éstos, jamás desmentida, predica el Reino de Dios a los paganos durante dos años enteros (28, 16-31). El texto de los Actos ha llegado a nosotros en tres recensiones: a) «Oriental», cuyos principales testimonios están representados en los códices Sinaítico, Vaticano, Alejandrino y otros importantes.
También la Vulgata de San Jerónimo, que data del 383, la versión siríaca «filoxeniense», la copta, boárica y menfítica, siguen a este texto, así como también antiguos escritores eclesiásticos, como Clemente de Alejandría, Orígenes y todos los Padre s del siglo iv en adelante. b) «Occidental», representada en el códice de Beza, en el Palimpsesto de Fleury del siglo v-vi, en la versión filoxeniense, retocada por Tomás de Heraclea en 616, en las antiguas versiones latinas y también en Ireneo, Cipriano y Agustín. c) «Mixta», representada en el códice E «Laudianus», grecolatino del s. vi-vii, en el «Gigas» del s. xiii, del minúsculo 137 y, en forma fragmentaria, en el códice de Bobbio del s. v-vi, y en el Parisino del s. xiii de la Bibl. Nacional 321. Hállase en Lucifer de Cagliari y en Beda, especialmente en las Retractationes in Act. Ap. . No merece ser considerada la forma mixta, que manifiesta una evidente tendencia a la armonización. De las formas que se conservan, la occidental está caracterizada por numerosas adiciones, por algunas omisiones y por su forma, a veces perifrástica.
Los críticos prefieren el texto oriental, que resulta más recomendable, sea por la crítica interna del texto, sea por el valor y el número de los códices que lo representan: tiene en su favor todos los caracteres de la prioridad y de la genuinidad, pese a la gran difusión y antigüedad del texto occidental. Éste contiene detalles curiosos y pintorescos, y no menos verídicos. Prat da como posible el que este texto occidental tuviera su origen entre los mismos amigos de Pablo, de Lucas y de los protagonistas de los Actos: para éstos había una tentación muy fuerte de añadir al texto de Lucas alguna noticia y de precisar algún pormenor considerado importante para evitar que cayeran en el olvido. [G. T.]
Bibliografía
Boudou, Actes des Apôtres ( Verbum Salutis ), París 1933. J. Renié, Actes des Apôtres ( La Ste. Bible , ed. Pirot, 11), ibíd. 1949.
Jaben, Los hechos apostólicos y la fecha de los Evangelios ( CB , III), p. 22, 1946. Peinador, Los Apóstoles como testigos de Jesús, según el libro de los Hechos ( IC , 764 s.), 1944.
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