BAUTISMO
(gr. βάπτισμός = lavatorio): Es el Sacramento de la purificación y de la regeneración espiritual.
Prefigurado de diversas maneras en la creación, en el diluvio, en el paso del mar Rojo, en la peña herida por Moisés; predicho muchas veces por los Profetas (Is. 44, 3-4; Ezeq. 36, 25-26; Zac. 13, 1), y preparado inmediatamente por el Bautismo del Precursor fue directamente instituido por Jesucristo con la determinación progresiva de los elementos que lo constituyen: indicó vagamente el rito en su bautismo en el Jordán, donde apareció misteriosamente sobre el agua (materia) la Sma. Trinidad: «Pater in voce, Filius in carne, Spiritus Sanctus in columba», en cuyo nombre había de ser conferido (forma); inculcó su necesidad en su coloquio con Nicodemus (Jo. 3, 5); inició su uso particular antes de la Pasión (Jo. 3, 1-6; 4, 1-2); lo impuso como ley universal, el día de su Ascensión: «Euntes docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti» (Mt. 28, 19).
Son sus ministros, como se deduce del último texto, los Apóstoles y sus sucesores los Obispos, que pronto se hicieron ayudar de los sacerdotes y en casos particulares de los diáconos (Hechos 8, 12-16). Desde los primeros tiempos se reconoció validez al Bautismo conferido en caso de necesidad por los simples fieles, en el s. III por los herejes, más tarde por los infieles, por lo que el Conc. Lat. IV (a. 1215) definió que este Sacramento es siempre válido por cualquiera que sea administrado (DB, 696).
En las mismas palabras de Mt. 28, 19 se indica implícitamente el agua (que explícitamente había sido designada en Jo. 3, 5) y claramente la fórmula trinitaria, como elementos constitutivos del rito externo del Bautismo. El agua puede aplicarse de tres maneras: o por inmersión (uso antiguo, cfr. Rom. 6, 3-11) o por infusión (uso común actualmente en la Iglesia Latina) o por aspersión (en caso de necesidad).
Los efectos del Bautismo son el carácter y la gracia de la regeneración. El carácter (v. esta pal.) del Bautismo es una participación, si bien mínima, del sacerdocio de Cristo, en cuanto confiere las tres prerrogativas de todo sacerdocio: el ser sacerdotal, en cuanto es una consagración ontológica; el poder sacerdotal, porque, aunque sea principalmente una potencia receptiva, es también, aunque secundariamente, una potencia activa, tanto en la mediación ascendente en cuanto hace capaces a todos los fieles de ofrecer mediatamente («per sacerdotem») el sacrificio eucarístico, cuanto en la mediación descendente, porque hace idóneos a los simples cristianos para administrar el Sacramento del Matrimonio; el buen ejercicio del poder sacerdotal, porque exige, amplifica y defiende la gracia. Respecto a la Iglesia es el primero y fundamental signo distintivo que diferencia a los fieles de los infieles e injerta a aquéllos en el Cuerpo Místico de Cristo (cfr. CIC, Can. 87).
La gracia del Bautismo (Jo. 3, 5) es la regeneración; implica (Rom. 6, 3-11) de una parte la muerte al pecado (original y actual, mortal y venial con todas sus consecuencias penales), o sea una separación total del viejo Adán; y de la otra una resurrección a una nueva vida, efectuada a través de la inserción en Cristo, nuevo Adán, que infunde la gracia santificante. En cuanto Cristo influye, en la infusión de la gracia ejercita el oficio de cabeza, constituyendo a los fieles miembros suyos, en cuanto el efecto de tal influjo es la gracia, los configura a su naturaleza divina haciéndolos hermanos suyos por semejanza (Rom. 8, 29). Siendo Cristo nuestra cabeza y nuestro hermano mayor, Hijo de Dios (natural), en Él y por Él venimos a ser hijos adoptivos del Padre, que nos envía su Espíritu «in quo clamamus: Abba, Pater» (Rom. 8, 15). Hechos hijos de Dios tenemos derecho a los auxilios (gracia actual), a los alimentos (Eucaristía), a la herencia paterna (visión beatífica) (cfr. Rom. 8, 17). Además, siendo hermanos del mismo Primogénito, hijos del mismo Padre, formamos una sola familia, la Iglesia, en la que participamos los mismos bienes espirituales (Comunión de los Santos).
Este último efecto puede conseguirse de una manera un poco excepcional («quasi per baptismi supplementa») con un acto de caridad (baptismus flaminis) o con el martirio (baptismus sanguinis), pero todos, niños (v. niños muertos sin el bautismo) y adultos, han de participar de alguna manera de él para poder entrar en el reino de Dios (Jo. 3, 5; Mc. 16, 15).
Bibliografía
Sto. Tomás, , III, qq. 66-71;
L. Duchesne, , París, 1898;
L. Lemonnyer, , París, 1930;
A. d’Alès, , París, 1928;
F. Cuttaz, , París, 1934;
R. Plus, , Turín, 1933;
V. Jacono, , Roma, 1935;
«Baptême», en ;
G. Rambaldi, «Battesimo», en (art. amplio y rico de ideas, con referencias al desarrollo actual de la teología bíblica);
, t. IV, Madrid, 1953.
Voces relacionadas
Internas
- JESUCRISTO
- TRINIDAD
- APÓSTOLES
- OBISPOS
- SACERDOCIO (de Cristo)
- CUERPO MÍSTICO (de Cristo)
- PADRE
- GRACIA (actual)
- EUCARISTÍA
- VISIÓN (beatífica)
- COMUNIÓN (de los Santos)
- NIÑOS (muertos sin el Bautismo)
- REINO (de Dios)