Diccionario de Teología Dogmática

Antonio Piolanti (A. P.)

MISA

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Es el sacrificio de la Nueva Ley. No podía faltar en el Cristianismo el acto supremo del culto, a cuyo objeto dotó Cristo a su Iglesia del sacrificio incruento que había de ser el memorial perenne y la perpetua aplicación de los méritos adquiridos en el sacrificio cruento de la Cruz; la Misa no es sino la repetición de la última cena según el mandato del Señor: «Haced esto en mi memoria»: ahora bien, la última cena fue un verdadero sacrificio, porque las expresiones usadas por Cristo: «Éste es mi Cuerpo entregado por vosotros» (Lc. 22, 19), «Ésta es la Sangre de la nueva alianza derramada en remisión de los pecados» (Mt. 20, 28), son, según el estilo bíblico, términos propiamente sacrificales (cfr. Gal. 1, 4; Ef. 5, 2; Lev. 1, 5, 15; I Petr. 1, 19).

Esta conclusión se confirma eficazmente con las palabras de Malaquías (1, 10-11), que predice un sacrificio cuyos caracteres de santidad y de universalidad no se verifican más que en la Misa, y con toda la Tradición, que en la práctica litúrgica y con los más claros testimonios nos asegura que la voluntad de Cristo fue instituir un sacrificio real verdadero que había de durar hasta la «parusía» (I Cor. 11, 26). De estos datos de la Revelación sacó la Iglesia razones más que suficientes, en el Conc. de Trento, para oponerse a los protestantes, que habían abolido totalmente el sacrificio del altar.

Los teólogos se vienen preguntando cómo la liturgia de la Misa, que se desarrolla en los tres grandes actos del ofertorio, de la consagración y de la comunión, verifica en sí la razón de sacrificio. En todo sacrificio verdadero se han de considerar el oferente, la víctima y el acto sacrifical, el cual comprende un elemento material, la oblación, y otro formal, la inmolación.

Todos están de acuerdo, conforme a la declaración del Conc. Trid. (DB, 938, 940), en reconocer que Cristo es el Sacerdote y la Víctima principal ofrecida e inmolada en el acto de la doble consagración del pan y del vino. Pero las opiniones se desunen cuando tratan de mostrar en qué consiste esencialmente la acción sacrifical de la doble consagración.

Dejando la opinión de Belarmino, Suárez y Franzelin, que poniendo una inmolación física parecen pecar por exceso, así como la del P. De la Taille y de Lepin, que contentándose con sola la oblación pecan por defecto, parece mejor atenerse a la doctrina tradicional, que presenta el sacrificio de la Misa como una oblación e inmolación verdadera, pero de orden místico y sacramental; esta doctrina parte del dato primitivo de la doble consagración: estando bajo las especies del pan, por las palabras («vi verborum») solamente el cuerpo, y bajo las especies del vino solamente la sangre del Señor, síguese que el Cuerpo de Cristo no en sí mismo sino en cuanto está contenido bajo las apariencias del pan, está separado de la sangre, en cuanto ésta se halla contenida bajo las apariencias del vino: así tenemos una inmolación real, pero mística, la única que dada la impasibilidad del Cuerpo glorioso del Redentor puede verificarse actualmente. Esta doctrina, que concuerda perfectamente con la doctrina del Conc. de Trento (DB, 938, 940), se apoya en los testimonios más hermosos de la Tradición, desde S. Gregorio Nacianceno a S. Agustín, y en la autoridad de los más grandes teólogos, de Sto. Tomás a Billot.

Bibliografía

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