BAUTISMO
Un texto del Encomio de S. Juan Evangelista compuesto por San Sofronio, patriarca de Jerusalén (634-39), citado por los cronistas de la época, habla, sin duda alguna, de un bautismo de los apóstoles y de Nuestra Señora. El ps.-Doroteo, preguntado sobre el bautismo de María, apela a la autoridad de S. Sofronio diciendo: «El Señor con sus manos solamente bautizó a S. Pedro; Pedro bautizó a Andrés; Andrés a Santiago y a Juan y éstos a los demás apóstoles. Juan y Pedro, por su parte, bautizaron a Nuestra Señora, Madre de Dios» (PG 92, 1076-77). Otra cita, más precisa, se halla en la crónica de Hipólito de Tebas, compuesta entre el 650 y el 750 (Cf. Diekamp, Fr., Hippolytos von Theben, TU, Münster i. W. 1898, p. 20). La tardía leyenda sobre el B. de la Virgen fue después repetida por Eutimio Zigabeno (ss. XI-XII) en su Comm. in Joan. (PG 129, 1161 B); por Miguel Glykas, muerto a principios del s. XIII (Cf. Diekamp, op. cit., p. 32, apar. crítico 14). Nicéforo Calixto Xantopulos, de la primera mitad del s. XIII, en su Hist. eccl. (2, 3, PG 145, 757 B), apoyándose en «el divino Evodion», habla solamente del bautismo de los apóstoles, sin decir palabra del de María. Hasta aquí en Oriente.
En Occidente, el primero en hablar de un B. de María, parece haber sido S. Alberto Magno: María —según el Santo Doctor— habría sido bautizada para obedecer al precepto universal del Señor («Euntes docete omnes gentes, baptizantes eos...») y por el carácter sacramental, señal distintiva del cristiano y consagración indeleble de la particular semejanza con la Santísima Trinidad (Super IV Sent., d. 6, a. 9, q. 4, ad 10; Opera, ed. Borgnet, t. XXIX, 138b; Super III Sent., d. 3. a. 10, ad 9, ibid., t. XXVIII, 52b). Recoge y desarrolla esta cuestión el ps.-Alberto Magno en el Mariale, q. 36, § I, r. 2, Opera, ibid., t. XXXVII, 75a; ibid., r. 3; q. 43, § 2; ibid., 87b; ibid., 84a. Cf. Mellet, M., La vie sacramentelle de Notre-Dame d’après saint Albert le Grand, en «La Vie Spir.», Suppl. 45 (1935) pp. 163-164. El «Mariale» influyó enormemente en los teólogos posteriores (v. los textos en Stiemon, D., Le baptême..., v. bibl.): Escoto, en el Opus Oxoniense, propone el B. de María de una manera tan sólo hipotética, dubitativa (Cf. Balić, C., Joannis Duns Scoti Doctoris Subtilis et Mariani. Theologiae marianae elementa, Sibenici 1933, p. 170). Al ps.-Alberto M. hacen eco fiel Engelberto d’Admont, O. S.
B. († 1331), Dionisio el Cartujo († 1471), Pelbarto de Temesvar, O. F. M. († 1504), Bernardino de Bustis, O. F. M. († 1513), Capreolo, O. P. († 1444), S. Antonino de Florencia († 1459); S. Vicente Ferrer († 1519); Silvestre Prierias, O. P. († 1523), Domingo Soto, O. P. († 1560), S. Pedro Canisio († 1597), S. Roberto Belarmino († 1621), Enrique Enriquez († 1608), Francisco Suárez (v.), Vásquez († 1604), Cristóbal de Castro († 1615), G. Colveneere († 1649), Lucas Wadding, O. F. M. († 1657), el cual escribió un tratado completo De baptismo B. M. V. (Roma 1656; v. Stiemon, D., Le baptême..., pp. 302-308, v. bibl.), Teófilo Raynaud, S. J. († 1663), Cristóbal de Vega († 1672), Virgilio Sedlmayr (1672), Campana, Lépicier, etc. Las razones alegadas por varios autores para admitir el B. de María se reducen a éstas: la obediencia al precepto universal de Cristo; el ejemplo, la lección de humildad que con ello daba María a todos los cristianos; el aumento en Ella de la gracia; la inserción en el cuerpo místico de Cristo, en la Iglesia, como miembro de la misma; la recepción de los otros sacramentos (por ejemplo, la eucaristía) de los que el B. es la puerta, etc. Según el P.
Stiemon (v. bibl., p. 249) «todas estas razones [serían] tributarias de una mariología todavía prisionera de ciertos marcos escolásticos». No todos los mariólogos, incluso contemporáneos, comparten este juicio. BIBL.: Stiemon, D., A. A., Le baptême de la Sainte Vierge: témoignages orientaux et spéculation latine, en «Euntes Docete», 9 (1956) pp. 232-249.
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