PENTATEUCO
( ἡ πεντάτευχος , sobreentendido βίβλος ; de πέντε «cinco» y τεῦχος «estuche», para la conservación de un «rollo»). El conjunto de los cinco primeros libros de la Biblia que contiene elementos históricos y legislativos, por lo que los hebreos lo llamaron ya desde la edad bíblica «La Ley» (hat-tórah), el «Libro de la Ley», etc. (Núm. 8, 1-3; Lc. 10, 26). Los cinco libros son llamados corrientemente Génesis , Éxodo , Levítico , Números , Deuteronomio (v. cada una de las voces). Contenido. El trazado de la obra está formado por la parte narrativa, en la que se hallan inscritas las partes legislativas. Por consiguiente, la disposición es cronológica. El argumento general es la teocracia del Antiguo Testamento, de la que en el Génesis se expone el origen, en el Éxodo la fundación y la legislación fundamental, y en los otros libros la legislación complementaria y la recapitulación.
La idea central del Génesis , que es el origen del pueblo elegido, presenta un criterio de elección entre los diferentes hechos que se narran sobre la historia primordial de la 460Ahumanidad y de la vida de los patriarcas (v.); en los otros libros van insertándose entre la historia de Israel, desde la salida de Egipto hasta la entrada en Canán , que se sigue paso a paso, las diferentes leyes que el legislador Moisés iba promulgando. Así resultan varios bloques, entre los que se distinguen el «Código de la Alianza» con el Decálogo (Ex. 20-23), la «Ley del Santuario» (el pequeño templo móvil para el culto: Ex. 25-31), las «Leyes de santidad» (Lev. 17, 23) y todo el Deuteronomio , de carácter legal y parenético. Las mismas historias examinadas de cerca revelan pasajes de contornos diferentes y de carácter de documentos incorporados, pero con una fisonomía literaria propia, como la obra de los seis días de la creación (Gén. 1, 1-2, 4) y, en otro sentido, las tablas genealógicas, como las de los descendientes de Adán (Gén. 5), de Noé (Ibíd. 10; la «Tabla de los pueblos»), etcétera.
Del análisis del contenido resulta que, desde el punto de vista histórico y doctrinal religioso, ningún libro es comparable con el Pentateuco, que dentro de la misma Biblia está a la altura de los Evangelios, a los que ofrece un fundamento histórico y teológico con la idea central de la elección del hombre, la promesa de la restauración (Gén. 3) y otras profecías mesiánicas (Gén. 3, 15; 12, 2 s.; 49, 10; Núm. 24, 17 s.; Dt. 18, 15-18; Cf. Rom. 9, 43), a las que el mismo Jesús se refiere (Jn. 5, 39.46). Origen. Pasaron siglos sin que el origen del libro constituyese un «problema». Entiéndase de una cuestión que ordinariamente no fuera resultante de datos de fe, sino de suyo independiente de la que atañe al carácter inspirado del libro, por muy ligada que estuviera con él, y que, por tanto, tuviera que resolverse con la ayuda de criterios teológicos, de suerte que se considerase cuando menos temeraria una opinión contraria a la que es común en la Iglesia. La denominación del Pentateuco como «el Libro» o «La Ley de Moisés», empleada ya en la Biblia y acogida en las declaraciones patrísticas y de los concilios, expresó siempre una opinión pacífica.
En el libro mismo aparece de vez en cuando explícitamente atribuida a Moisés alguna parte. Después de la victoria sobre los amalecitas recibió Moisés de Dios la orden de «poner eso por escrito para recuerdo» (Ex. 17, 14). Más tarde «escribió» (Ibíd. 24, 4) las leyes del «código del pacto» y las «condiciones del pacto» (Ibíd. 34, 27), «registró» las 460Betapas de la marcha hasta Transjordania (Núm. 33, 2), «escribió» y «entregó a los levitas» una «Ley» que, según el contexto, parece ser el Deuteronomio (Dt. 31, 9.24), «escribió» el «cántico» que lleva su nombre (Ibíd. 31, 22). La mencionada denominación del libro como obra de Moisés , con variedad de formas, es de toda la tradición bíblica (cf. Jos. 8, 31, etc.; II Re. 14, 6; Esd. 6, 18, etc.). Idéntica situación se refleja en el Nuevo Testamento: Jesús habla del «Libro de Moisés », (Mc. 12, 26), de la «Ley de Moisés », etc.; se refiere a las prescripciones del Pentateuco como preceptos de Moisés (Mc. 8, 4; 19, 8); declara que Moisés «escribió de él», pero que los judíos no creen en Él, porque tampoco creen en los «escritos» de Moisés (Jn. 5, 46 s.).
A prescripciones del Pentateuco como de Moisés se refieren también los contemporáneos de Cristo (Mt. 19, 7; Jn. 8, 5; Mt. 22, 24, etc.), así como los Apóstoles y los primeros fieles (Act. 3, 22; 7, 37; etc.).
En la tradición patrística no hay ni sombra de duda acerca de la atribución tradicional del Pentateuco a Moisés , lo mismo que en las actas eclesiásticas, en las que se habla de «Libros de Moisés » en el sentido que se había venido dando anteriormente a la expresión (Clemente de Roma, I Cor. 43, 1; Orígenes, In Gen. hom. 13, 2; Jerónimo, Praef. in Jos. , etc.; Inocencio I, Ep. ad Exsup. ; Eugenio IV, Bula «Cantate Domino», etcétera.
El conjunto de estos testimonios tiene principalmente un valor históricocrítico, en cuanto sirven de prueba de la continuidad de una tradición que se remonta hasta el tiempo al que se atribuye el libro que los contiene, por lo que se les debe una seria consideración, incluso en el terreno de la metodología histórica. Es de notar el carácter categórico y pacífico de la convicción común, exenta de titubeos y sin afirmaciones en contra, por más que se supiese que algunas pequeñas partes, y especialmente el fin del Deuteronomio en donde se relata la muerte del mismo Moisés , tienen que ser de otro autor inspirado. Respecto de aquellos lugares en los que se expresa directamente la convicción de que ciertos pasos del Pentateuco fueron escritos por Moisés (como Éx. 17, 14; 24, 4; Núm. 33, 2, etc.), no parece que pueda decirse que se trata únicamente de adaptación del escritor sagrado a modos corrientes de decir: el valor dogmático de la afirmación en tales casos parece innegable.
Por lo demás no existen razones para negar valor incluso al sentido que 461Ase desprende lógicamente de todo el conjunto de la proposición: «El Pentateuco es obra de Moisés ». Tal proposición es susceptible, como veremos, de precisiones y aclaraciones, que, en parte, son atenuantes del sentido material de la expresión, pero en todo caso implicará la atribución de la composición del Pentateuco a Moisés . Desde el primer momento en que surgieron las teorías críticas se mostró su contraste con la tesis «católica», expresada en conformidad con el sentido que ordinariamente se atribuía a los testimonios mencionados; pero este conflicto se mostró patente y grave principalmente al aparecer los libros de J. Wellhausen (muerto en 1918), en los que se ampliaban y se sistematizaban los estudios precedentes.
El fondo ideológico de estos estudios, de carácter críticotextualhistórico, procedía del hegelianismo, enseñado entonces como cosa verdadera en todas las cátedras de Alemania: Israel, como todos los otros pueblos, en virtud del principio del evolucionismo cultural y religioso, aceptado como dogma indiscutible, «ciertamente» (o bien «naturalmente», pero siempre en sentido aseverativo), según pasó de la fase nómada a la agrícola, etc., así también, por lo que atañe a la religión, pasó de un conjunto de prácticas animistas y fetichistas al politeísmo, luego a una verdadera monolatría que más tarde aún fué reducida a teoría en el verdadero y propio monoteísmo.
Esta representación del antiguo Israel, enteramente contraria a la tradicional, se extendió al campo literario y cultural en general. No era posible que Moisés , figura semilegendaria, hubiese escrito el Pentateuco, en el que hay ideas —se decía— que no pueden remontarse más allá de la era de los profetas (a partir del s. ix a. de J. C.). Por medio del análisis de los textos en que se revelaban diferencias en el empleo de los nombres divinos, en el lenguaje y en varios hechos literarios, especialmente las «repeticiones», Wellhausen, al Pentateuco (más bien al Exateuco, pues envolvía al libro de Josué también en la misma suerte), lo dividía en otras tantas secciones, unas pequeñas, otras grandes, que decía haber sido tomadas de otros escritos primero independientes y en sí mismos orgánicos, y luego entretejidos para formar el Pentateuco actual.
Estos escritos o «documentos» eran especialmente cuatro: el Yaveísta, el Elohista, así llamados por el nombre de Yavé o Elohim que en ellos se empleaba para nombrar a Dios, escritos por autores desconocidos hacia 461Bel 850 ó el 770 a. de J. C.; el Deuteronomio escrito a fines del s. vii, pero promulgado como «descubierto» en el año 620 (cf. II Re. 22, 3-23, 24), y el Código sacerdotal, con relatos y leyes de carácter cultual, escrito en la época de la cautividad. Los cuatro documentos se habían ido fusionando sucesivamente: la terminación del trabajo, de donde nació la «Ley», el actual Pentateuco, no fué anterior a la reforma de Nehemías , hacia el 445 a. de J. C. Nadie profesa hoy este sistema en tal forma, ni siquiera en el campo acatólico, ya que se le han dado muchísimos retoques, incluso de importancia sustancial.
Pero se ha retenido el fraccionamiento del Pentateuco en trozos de origen y carácter diferentes, cuya unión para formar el libro se busca en parte por un procedimiento de documentos que coinciden con los de Wellhausen, y en parte por otros procedimientos. Han influido especialmente el progreso de la arqueología, y en general los estudios sobre el antiguo Oriente y los métodos exegéticos llamados de la «historia de las formas», más sensibles —lo contrario al frío wellhausenismo— a los factores espirituales de la historia. Nuevos sistemas hoy cultivados, principalmente en países nórdicos, han escogido nuevos conceptos, y especialmente indagaciones sobre los cultos, sobre las tradiciones orales, creencias o usanzas populares. A la postre, también resultaron ventajas de todos estos influjos. Es sintomático el hecho de que, abandonando muchas ideas wellhausianas, aun sin retornar a la tradición pura y simple, nadie haya propuesto una nueva reconstrucción orgánica del desarrollo histórico de la religión y de la literatura de Israel.
Se reconoce la delicadeza del problema y se quiere dar cabida en la visión de ese desarrollo a elementos que la tradición afirma enérgicamente. La obra de W. F. Albright sobre el monoteísmo desde la edad de la piedra hasta el cristianismo (1940) es indicio de una revolución profunda que se ha obrado en la conciencia de muchos sabios. Se ha abierto un amplio camino respecto de las leyes, sobre las cuales se admite que son el resultado de una elaboración de escritos fundamentales antiguos, y muchas prescripciones se hacen eco de un «código» o de «códigos» reconocidos como anteriores al mismo Moisés , aunque no estuviesen escritos, lo cual no tiene importancia.
En cambio, respecto de las partes narrativas se continúa generalmente la hipótesis de varios hilos paralelos que serían 462Alos más a propósito para dar cuenta de la estructura del Pentateuco. El juicio sobre todo este trabajo lo van dando los mismos estudios en curso, según se va examinando de nuevo la materia y se van precisando o refutando las conclusiones: el resultado general ha sido un acercamiento a las tesis opuestas, tradicionalista y liberalista. Los criterios wellhausianos sobre la distinción de las fuentes, han sido en parte abandonados y en parte precisados en la documentación y especialmente interpretados en otros sentidos. Así van reconociendo cada vez más los críticos independientes el puesto sustancial de Moisés como autor del Pentateuco; y aplicando con competencia la crítica literaria los exegetas católicos disciernen, especialmente en la legislación, las partes no estrictamente mosaicas.
Algunos de ellos admiten la existencia de alguna fuente cuando menos, si bien en esto no se sale nunca del campo de las meras posibilidades. Al mismo tiempo demuestran científicamente la falsedad, la falacia de toda evolución natural y de las supuestas oposiciones entre las diferentes prescripciones, incluso de las que atañen al mismo rito, etc. Disposiciones de la Iglesia. La interpretación de la Iglesia en la cuestión, tomando una postura oficial, se dió cuando la participación de los católicos en el estudio del problema alcanzó tales proporciones que requerían una guía. Entonces vinieron el decreto de la Pontificia Comisión Bíblica de 1906 y la Carta de la misma Comisión al Card. Suhard en 1948.
El decreto de 1906 contiene cuatro puntos que pueden resumirse en dos: 1) afirmación de la autoridad mosaica del Pentateuco, y negación de que esté demostrada la tesis crítica según la cual el libro, en su conjunto, sería una unificación de escritos posteriores a Moisés ; 2) aclaración del concepto de autenticidad mosaica, diciendo de ella que no implica el desarrollo personal y directo de todas sus partes por parte del autor, no excluye el empleo de fuentes de información escritas y orales, ni modificaciones posteriores ni siquiera añadiduras.
En la carta de 1943, la Pontificia Comisión Bíblica repite más explícitamente que está fuera de duda la existencia en la obra mosaica, sea de fuentes de que se sirvió Moisés , sea de un acrecentamiento de las leyes «debido a condiciones sociales y religiosas de tiempos posteriores, que no dejan de tener su eco en los relatos históricos»; pero al mismo tiempo manifiesta su confianza en que ulteriores 462Bestudios sobre los procedimientos literarios antiguos «lograrán confirmar la gran parte que cupo a Moisés y su profunda influencia como autor y legislador». Principios católicos. Sobre la base de estos sapientísimos principios, que han librado a los investigadores católicos de ciertos vaivenes que se han dado en el campo acatólico, pueden hacerse las siguientes reflexiones: a) La crítica interna es un instrumento valioso y útil para el exegeta, con una sola condición: que se la utilice con seriedad y sin arbitrariedad. Muchas veces los detalles, los testigos particulares, al ser reconstruidos en relación con sus propias circunstancias históricosociales, se comprenden adecuadamente volviéndose vivos y de actualidad.
La Iglesia exige que el exegeta establezca el sentido literal utilizando todos los medios que nos ofrece el actual progreso de las ciencias auxiliares, entre las cuales están en primer lugar la filología y la arqueología. b) Los estudios arqueológicos y etnográficos han desmentido plenamente la tesis, expresada o sobreentendida en los escritos críticos, del evolucionismo históricorreligioso de Israel desde una fase primordial, animista y polidemonista hasta la forma legalistocultural. No es verdadero que en el punto de partida se dé siempre una forma religiosa atrasada, antes bien es verdadero lo contrario, o sea que todas las culturas religiosas muestran en el principio más o menos claramente la idea de un Dios supremo.
Por lo demás, los hebreos en sus orígenes históricos no eran primitivos, pues provenían del tronco semítico, y en asunto de religión eran incomparablemente superiores a las condiciones de su ambiente. Así lo confiesan hoy hasta los investigadores «independientes» y concluyen remitiendo con toda reserva a Éx. 3, 14 s. y 19, 5- 22. Así, por ejemplo, nadie podría, después de los trabajos de H. Gunkel sobre los profetas, atribuir al profetismo la «invención» del monoteísmo hebreo.
En conclusión, el mejor partido que se puede tomar, incluso sobre el terreno de la crítica, es el de aceptar plenamente el concepto del desarrollo interno de la historia religiosa israelita dentro del marco de la historia antigua tal como está descrita en la Biblia. c) El exegeta católico reconoce la existencia de fuentes empleadas por Moisés y considera como extravagantes las atribuidas a redactores y a tiempos posteriores (cf. por ej. el comentario de A. Clamer, en la Ste. Bible de Pirot, 2, a Lev. , Núm. , Dt. . d) En la parte legislativa no hay dificultad 463Aen reconocer el origen posterior a Moisés de algunos elementos; pero cuanto más progresa el conocimiento de la antigüedad, mayor es la antigüedad que se comprueba en las disposiciones que se hallan codificadas en el Pentateuco y que ya venían observándose desde fecha muy remota como comprendidas en un conjunto jurídico que cada día se nos muestra más claramente haber sido producto congénito de aquellas razas de las que tuvieron los hebreos su origen, y de las que recibieron elementos de civilización, y que durante unos milenios fueron diseminando la sabiduría legislativa de códigos como los de Hammurabí y los anteriores, por no decir que principales, de Lipit-Istar y Bilalama. e) Para la parte histórica la documentación comparativa ofrece menor cantidad de paralelos.
La fuerza del tradicionalismo, con prolongado ejercicio de transmisión por la memoria, muestra cierta tendencia al aislamiento desconfiado y altivo del que nace un celoso cuidado por la conservación de lo que es de casa o de la tribu, hechos de los que consta ser muy propios de los semitas, ofrecen un seguro apoyo a la integridad de transmisión oral hasta Moisés , el cual, especialmente durante los 38 años, aproximadamente, que pasó en Cades, la recogió y la fijó por escrito (v. Génesis ), añadiendo la historia en la que él tomó tanta parte (especialmente Éx. ...), y redactando juntamente para los levitas la esencia de las partes legislativas y cultuales. Ciertos hechos que se apostrofaban en el Pentateuco como indicio de apostillas procedentes de redactores, se van ahora observando en textos orientales, respecto de los cuales es, cuando menos, incierto hablar de «redacción».
El católico que lee el Pentateuco siguiendo las directivas de la Iglesia puede buscar en las venerandas páginas la más antigua palabra de verdad que ha llegado hasta nosotros escrita, que contiene los antecedentes históricos de la revelación cristiana, y que Dios entregó al fundador de la teocracia hebrea, intermediario del pacto entre Dios y la humanidad, que se perfeccionó y se hizo eterno con la venida del cristianismo.
Bibliografía
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y discusión, F. Spadafora, en Rivista Biblica , 2 (1954) 10-42. 119-54. A. Colunga O. P., El 463Bproblema del Pentateuco y los últimos . EstB (1951) 313-331. J. Pérez de Urbel, La intervención de en el Pentateuco. Deficiencias del método analítico , Cons. 1952.
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