Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MATRIMONIO

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El hebr. ḥatunnāh (Cant. 3, 11) expresa la celebración del matrimonio, que en hebreo no tiene sustantivo correspondiente. En griego (Nuevo Testamento) se emplea γάμος, y preferentemente el verbo γαμεῖν. El primer matrimonio se remonta a los primeros orígenes de la humanidad (Gén. 2, 18 ss.). Eva fué entregada por Dios a Adán como compañera inseparable y como complemento del hombre, consagrando el consorcio conyugal y fundando la sociedad sobre la familia (A. Vaccari). El haber sido formada la mujer sacándola del costado del hombre, además de confirmar la unidad de la especie humana, enseña el deber del amor mutuo y la dependencia de la mujer respecto del hombre (cf. I Cor. 11, 8). «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser los dos solos una sola carne» (Gén. 2, 24). Son palabras del autor sagrado, o más bien de Dios que le inspiraba (cf. Mt. 19, 6). Los cónyuges forman como una sola persona, un solo cuerpo (cf. I Cor. 6, 16). De aquí sacó el mismo Jesús una prueba de la primitiva unidad (monogamia) y de la indisolubilidad del matrimonio (Mt. 19, 4-8; A. Vaccari).

Es el matrimonio un contrato divino «cuyo testigo es Dios» (Prov. 2, 17; Mal. 2, 14), por lo cual ruega Tobías (8, 7): «No llevado de la pasión sensual, sino del amor de tu ley recibo a esta mi hermana por mujer». Así pudieron los profetas apellidar la relación entre Yavé e Israel sirviéndose del símil del matrimonio (Os. 1, 2; Jer. 2, 2; Ez. 16, etc.; Cant.). El Decálogo tiene este precepto: «No adulterarás» (Éx. 20, 14). El adulterio es un pecado contra Dios (Gén. 20, 6; Prov. 2, 17), e incluso sólo el mal deseo (Éx. 20, 17; cf. Génesis 39, 9). Al alejarse de Dios la humanidad, como consecuencia del primer pecado, la Biblia nos 394Bpresenta como polígamo a Lamec (Gén. 4, 18), de la depravada estirpe de Caín. Fué una desviación de la pura institución de los orígenes. Dios se adapta benévolamente a las costumbres imperfectas de los hombres, y desde los patriarcas en adelante vemos atestiguada la poligamia y el divorcio. Prácticamente son costumbres semitas en general, y particularmente de los babilonios.

El más célebre testimonio de ello es el código de Hammurabí (v.), en el que hay algunos artículos que se corresponden perfectamente con la narración del Génesis (v.) sobre Abraham , Sara y Agar; Jacob, Raquel, Lía y sus esclavas; sobre las relaciones entre Judá y Tamar (extensión del levirato entre el suegro y su nuera, explícitamente formulada en la ley jetea), etc. Una vez que el matrimonio polígamo era legítimo, sólo se daba adulterio cuando el esposo tenía relación con la mujer de otro, mientras que el trato con una soltera era sólo considerado como acto inmoral. En cambio, era considerado como adulterio el trato de una mujer casada con cualquier otro hombre. Por el adulterio estaba sentenciada la pena de muerte para el hombre como para la mujer, y en esto la desposada estaba asimilada a la esposa (Gén. 38, 24; Lev. 18, 20; Dt. 22, 22-27, etc.). Se ensalza la fidelidad conyugal (Prov. 5, 15-19), y la honestidad de la mujer por encima de cualquiera otra dote (Prov. 31, 30; Eclo. 26, 23; Tob. 3, 11 ss.); cf. Dan. 13, 23; Job 31, 9.11 s.

Los libros sapienciales dan severamente la voz de alerta contra toda infidelidad (Prov. 2, 16 ss.; 5, 3 ss., etc.), que no puede ocultarse a los ojos de Dios, aun cuando quede oculta a los hombres (Eclo. 23, 18 s.). La adúltera comete un triple pecado: ofende a la santidad de Dios, engaña al marido y procrea un hijo extraño (Eclo. 23, 23). Los goces del matrimonio preservan al esposo de caminos perversos; y él corresponderá con el deber conyugal para que la esposa no corra peligro de hacerse infiel (Prov. 5, 13-19). Entre los grandes santos del Antiguo Testamento, Moisés , Oseas , Isaías, Ezequiel, Tobías, tuvieron una sola esposa, y también fué monógamo el matrimonio de Judit. Con el correr de los tiempos la monogamia se convirtió en matrimonio corriente. Son evidentes el significado religioso del matrimonio y el alto nivel del Antiguo Testamento en las prescripciones que prohíben la unión entre consanguíneos y parientes por afinidad (Lev. 18, 6-18; 20, 10-21; Dt. 22, 13-30; 395A27, 20-23; cf. en parte el código de Hammurabí, §§ 154-157). Sólo se reconoce una excepción en virtud de la antiquísima ley del levirato (v.).

Y esto es más de admirar si se consideran las costumbres de los egipcios, que no juzgaban de inmorales ni siquiera la unión del padre con la hija, y quizá también la de la madre con sus propios hijos (cf. DBs, II, col. 850 s.), o las de los cananeos, más depravadas aún (Lev. 18, 3; A. Clamer, La Ste. Bible [ed. Pirot, 2], París 1940, pp. 138-42; 154-57; 652-56). La ley sobre el divorcio está formulada en Dt. 24, 1- 4. Los otros pasajes del Pentateuco que hablan de él lo suponen ya de actualidad, establecido por la costumbre. La ley no hace más que determinar las formalidades que han de seguirse para darle legalidad, e impone condiciones y restricciones aptas para limitar su uso.

La legislación babilónica (código de Hammurabí, § 137) no se preocupa de establecer los motivos del repudio, y en el § 141 enumera varias culpas de la esposa que lo permiten sin compensación alguna. «Si un hombre toma una mujer por esposa, y ésta luego no le agrada, porque ha notado en ella algo de torpe (o de repugnante), le escribirá el libelo de repudio y poniéndoselo en la mano, la mandará a su casa» (Dt. 24, 1). La frase hebrea «hallará en ella una desnudez, o vergüenza de algo», permite suponer que esa cosa vergonzosa o repugnante es de orden físico, como una enfermedad o cualquier deformidad. En el tiempo de Nuestro Señor los rabinos discutían así: shammai se refería a desnudez de una culpa grave, en particular al adulterio; mas hillel autorizaba el divorcio por un motivo cualquiera.

Los fariseos que interrogan a Nuestro Señor (Mt. 19, 3, «si es lícito despedir a la mujer por un motivo cualquiera»), pertenecían a esta escuela.

El derecho del divorcio estaba reservado exclusivamente al marido. Más adelante, y por vez primera en la colonia judía de Elefantina, aparece la extensión de tal derecho a las mujeres (Clamer, op. cit., p. 662 ss.), por lo que se ve que la ley trató de proteger a la mujer contra la arbitrariedad del hombre. Al desechar a la esposa, el marido devolvía la dote, don nupcial que él entregaba al padre de la esposa (Éx. 22, 15). Eclo. 7, 26 pone en guardia contra el divorcio; y no obstante, los judíos lo consideraban como una válvula de seguridad, sin la cual el matrimonio resultaría demasiado duro (cf. Mt. 19, 10). El matrimonio es uno de los puntos en que 395Bse hizo más sensible el perfeccionamiento y la elevación que obró Cristo .

Así leemos en el sermón de la montaña: «Se ha dicho: El que repudiare a su mujer déla el libelo de repudio (Dt. 24, 1-4). Pero yo os digo que quien repudia a su mujer, excepto el caso de concubinato, la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio» (Mt. 5, 31 s.), y más completamente en Mt. 19, 3- 12. A los fariseos que le proponen la cuestión del divorcio responde Jesús restituyendo al matrimonio la pureza de sus orígenes: Gén. 1, 27; 2, 24, y estableciendo las dos cualidades esenciales puestas por Dios: la unidad («lo que Dios unió no lo separe el hombre») y la indisolubilidad absoluta. Moisés no instituyó el divorcio, sino que lo reglamentó: el divorcio no es una ley, sino una excepción tolerada («por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fué así»).

Por tanto vuelve a proclamar (como en 5,31 s.) la ley de la indisolubilidad (= Mc. 10, 10 ss.; Lc. 16, 18; I Cor. 7, 10 s.; Rom. 7, 2 s.). El inciso: excepto el caso de concubinato, μὴ ἐπὶ πορνείᾳ (πορνεία corresponde al rabínico zenut = matrimonio inválido, no verdadero, «concubinato»), indica el caso de la unión en que no existe el vínculo matrimonial, y el desechar a la mujer no sólo es legítimo sino obligatorio (J. Bonsirven, A. Vaccari, C. Spicq). De ahí pasa a ensalzar el celibato virtuoso de quienes voluntariamente quieren entregarse por entero a Dios y a la difusión de su reino. La misma enseñanza se repite en S.

Pablo : el matrimonio, su legitimidad (es un don, χάρισμα), y sus derechos (I Cor. 7, 1-7); indisolubilidad (vv. 8-16); parangón entre el matrimonio y la virginidad (vv. 25-38); viudez (v. 39 s.).

El matrimonio es necesario para el que no tiene el don más elevado de la virginidad; los cónyuges se corresponderán mutuamente con el deber conyugal: «la mujer no es dueña de su propio cuerpo: es el marido; e igualmente el marido no es dueño de su propio cuerpo: es la mujer. No os defraudéis uno al otro, a no ser de común acuerdo, por algún tiempo, para daros a la oración (fin sobrenatural); y de nuevo volved al mismo orden de vida, a fin de que no os tiente Satanás de incontinencia». La indisolubilidad es absoluta, como ordenada por el Señor.

«En cuanto a los que abrazan la fe estando ya casados, si el cónyuge infiel consiente en cohabitar con el convertido, que sigan unidos; mas si quiere separarse, el otro cónyuge 396Aqueda libre (I Cor. 7, 12-15; éste es el llamado privilegio paulino). La razón (o la precisa razón) por la que decía que el creyente no debe romper el vínculo precedente, estaba en la esperanza de poder convertir a la fe al otro cónyuge, la cual esperanza sería vana en caso de una unión contumeliosa y agitada; y entonces la parte fiel no debería tener escrúpulo en recobrar la libertad. S. Pablo condena a quienes prohíben el matrimonio (I Tim. 3, 4); excomulga al incestuoso de Corinto (I Cor. 5, 1-5).

El marido debe amar a la esposa, como Cristo a la Iglesia (Ef. 5, 25; Col. 3, 19; cf. I Pe. 3, 1 ss.); el matrimonio debe ser un medio de santificación (I Tim. 2, 15). El divino Redentor, que honró con su presencia el matrimonio en las bodas de Caná (Jn. 2, 1-11), lo elevó a sacramento, vinculando con el contrato natural, entre bautizados, la comunicación de la gracia. La enseñanza infalible de la Iglesia promulga explícitamente lo que está implícitamente contenido en los Evangelios (Jn. 2, 1-11; Mt. 19, 3-12) y particularmente en I Cor. 7 y en Ef. 5, 28- 31.

Después de citar a Gén. 2, 23 s., tratando de la unidad de los dos esposos y del consiguiente amor mutuo que de ella proviene, añade S. Pablo: «Gran misterio es éste, pero entendido de Cristo y de la Iglesia». La unión entre el hombre y la mujer, manifestada en el Génesis y querida por Dios, es un misterio importante y sublime, porque, aparte el significado inmediato de la entrega y de la aceptación mutuas de los dos esposos, representa la unión de Cristo con la Iglesia. He ahí el profundo significado (misterio) que se reconoce en las palabras del Génesis.

Esta relación se da ya en el matrimonio o simple contrato natural como instituido por Dios; pero no es plena y adecuada sino con el matrimonio sacramento, por los efectos de la gracia que produce, lo mismo que la muerte redentora del Esposo celestial (Mc. 2, 19 s.; cf. Jn. 3, 29) convierte su unión con la Iglesia en fuente de toda clase de bendiciones sobrenaturales (A. Médebielle, Épître aux Éphésiens, la [Ste. Bible, ed. Pirot, 12], París 1938, p. 68 ss.). [F. S.] E. B. Allo, Prem. Ep. aux Corinthiens , 2.ª ed., París 1935, pp. 152-89. J. Bonsirven, Le divorce dans le N. T. , ibid. 1948 (cf. RSR , 35 [1948], 442 ss.). Id., Teología del Nuevo Testamento , Torino 1952, pp. 109, 283 s. P. Heinisch, Teologia del Vecchio Testamento (trad. it.), ibid. 1950, pp. 217- 22. A. Vaccari, La S. Bibbia , VIII, Firenze 1950, pp. 41 s. 90 s. F. Spadafora, Temi di esegesi , Rovigo 1953, pp. 345-52. P. A. Vaccari, en Civ. Catt.

Bibliografía

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