MATRIMONIO
I. En el evangelio; II. En los apócrifos; III. En los usos hebreos; IV. En la elaboración teológica; V. En la Liturgia; VI. En el arte. I. En el evangelio. Está absolutamente fuera de duda que María se unió, a la edad conveniente, con S. José en verdadero y propio matrimonio, puesto que los testámonios del evangelio a este propósito son claros y explícitos. Por no citar más que algunos de ellos, en S. Mateo se llama a S. José «esposo» de la Virgen: «vir eius» (Mt. 1, 19); en el versículo siguiente, el mismo evangelista llama a la Virgen con el apelativo de «esposa»: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa» Obediente a la oróen del cielo, José —dice el evangelio— recibió en su casa a su esposa, María; y se dice también que María estaba desposada como mujer de José (Nit, 1, 20). Se podría, tal vez, objetar: los evangelistas no hablan segiin la realidad de las cosas, sino según el sentir común de aquellos que conocían a María y a José, en cuanto pasaban por marido y mujer, del mismo modo que Jesús pasaba (o sea, era considerado) como hijo de Josi, no siindolo en realidad. Pero no vale la comparación.
Se explica, en efecto, o, por lo menos, se puede explicar fácilmente, cómo tuvieron siempre los judíos a Jesus por hijo de José; pero no se explica cómo María y José fueron tenidos corrientemente como marido y mujer si en realidad no lo eran: la paternidad, en efecto, supone un hecho privadísimo, reservadísimo; mientras que el matrimonio es cosa pública, inseparable de ciertas solemnidades legales, por medio de las cuales podia conocerse de una manera muy fácil quiénes estaban unidos por los vínculos del matrimonio.
Por otra parte, no bay nada en la Sagrada Escritura por donde los títulos de esposo o de esposa atribuidos a José y a María deban entenderse en sentido limitado (a la sola opinión pública), cuando las mismas Sagradas Escrituras tienen cuidado de advertirnos en qué sentido era llamado, a veces, N. S. J. hijo de José: «ut putabatur», como se crefa. Se nos podia preguntar: si el M. de María con José fue un verdadero matrimo nio, ¿cómo conciliarlo con el voto de virginidad hecho por María antes de la Anunciación? No es fácil responder.
Y lo difícil no está en comprender cómo José y Ma ria, aunque casados, hayan podido vivir vfrgenes, puesto que es fácil distinguir entre el «derecho» conferido por matrimonio y el «usoB de tal derecho. La dificultad se desvanecería, pues, admitiendo que María hizo voto de virginidad inmediatamente des puds de contraídas las nupcias con José. Mas esta idea de que María haya esperado a emitir el voto de virginidad después del matrimonio, no es aceptable. Seguramente que lo hizo antes. ¿Cómo, pues, conciliar el matrimonio con su voto? La hipótesis más probable (que es también la de Santo Tomás y de los mejores escritores mariaños) nos parece ésta: María estuvo en todo mo» mento animada de este sentimiento supre mo: ponerse completa, continua y ciegamente en brazos de la divina Providencia. Y como la divina Providencia es siempre fiel a aquellos que con corazón sincero la invocan, le hizo conocer de un modo admirable su voluntad respecto de la unión con José. Dios —no interesa buscar el modo concreto— da a María la seguridad, no sólo de que en aquel matrimonio no sufrirá detrimento alguno su virginidad, sino de que tal matrimonio era conveniente para Ella.
Y María recibió de la mano misma de Dios la mano de S. José, quien, a su vez, estaba animado del propósito de permanecer virgen e, indudablemente, manifestó a María su firme propósito antes de unirse a Ella en matrimonio. II. El M. de María en los apócrifos. La brevedad con que los evangelios canónicos hablan del M. de María estámula a los apócrifos a narrar particularidades imaginarias. El más antiguo, el Protoevangelio de Santiago (s. u) y el más divulgado entre los apócrifos, lo narra de la siguiente manera: «Pero, al llegar a los doce años, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: He aqui que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, <,qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario? Y dijeron al sumo sacerdote: Tú, que tienes el altar a tu car go, entra y ora por ella; y lo que te dd a entender el Señor, eso serti lo que hagamos. Y el sumo sacerdote, endosándose el manto de las doce campanulas, entrd en el santo de los santos y oró por ella. Mas he aqui que un ángel del Señor se apareció, diciéndole: Zacarías, Zacarias, sal y reúne a todos los viudos del pueblo.
Que venga cada cual con una vara; y de aquel sobre quien el Señor haga una señal portentosa, de dse serd mujer. Salieron los heraldos por toda la región de Judea; y, al sonar la trompeta del Señor, todos acudieron. sJosé, dejando su hacha, se unid a ellos; y, una vez que se juntaron todos, tomaron cada uno su vara y se pusieron en c«mino en busca del sumo sacerdote. Este tomó todas las varas, penetrd en el templo y se puso a orar. Terminado que hubo su plegaria, tomó de nuevo las varas, salió y se las entregd; pero no apareció señal ninguna en ellas. Mas al coger José la tiltima, he aqui que salió una paloma de ella y se puso a volar sobre su cabeza. Entonces el sacerdote le dijo: A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor. José replicó: Tengo hijos y soy viejo, mientras que ella es una niña; no quisiera ser objeto de risa por parte de los hijos de Israel. Entonces el sacerdote repuso: Teme al Señor tu Dios y ten presente lo que hizo con Datán, Abirán y Coré: edmo se abrid la tierra y fueron sepultados en ella por rebelión. Y teme ahora tu también, José, no sea que sobrevenga esto mismo a tu casa. «Y dl, lleno de temor, la recibió bajo su protección.
Después le dijo: Te he tomado del templo: ahora tc dejo en mi casa y me voy a continuar más construcciones. Pronto volverd. El Señor te guardard# (Cf. A. de Santos, Los Evangelios apócrifos, BAC [1956] pp. 160-162). Hay otras narraciones con ciertas variantes de detalles en el cvangelio del ps. Mateo, esto es, aLibro sobre el nacimiento de la Bienaventurada María y sobre la infancia del Salvador# (de los ss. vi-vii, capftulo VIII); en el cap. VII del De nativitate Maríae (adaptación de la primera parte del ps.-Mateo, de la dpoca carolingia); y en el cap. Ill de la Historia de Josi el lenador. En el De nativitate Maríae la perplejidad de los sacerdotes se supone procedente de la oróen del sumo sacerdote: todas las vfrgenes educadas en el templo justamente hasta la edad de los 14 afios (otra variante, en lugar de 12 afios) debian volver a su casa y casarse: a cuya oróen María se habrfa resistido a obedecer, como opuesta a la perpetua oferta hecha por sus padres y al voto de virginidad hecho por ella misma. Se me jante repulsa se halla también en el ps.-Mateo. Mientras el Protoevangelio de Santiago habla de convocación de aviudos# y el ps. Mateo habla tan sólo de los asin mujer# (c.
VIII), el De nativitate Maríae habla de «todos los no casados, aplos para las bodas, de la casa y f«milia de David# (c. VII); y la aHistoria de José# habla de la convocación de a 12 anciaños de la tribu de Judd# (c. IV). El ps.-Mateo y la aHistoria de José», sin embargo (a diferencia del a De nativitate Maríae»), admiten, con el Protoevangelio de Santiago, que Jos 6 era viudo y que habfa tenido hijos de su primer matrimonio. Esta misma opinión se halla en el apdcrifo aEvangelio de Pedro#, en Clemente Alejandrino, Orígenes, S. Hilario, S. Epifanio, S. Gregorio Niseno, S. Juan Crisdstomo, S. Agustfn, etc. S. Epifanio se siente incluso autorizado a senalar el numero (seis) y el nombre de los supuestos hijos de José 6 Haer.. L., 1, 10, y LXXVII, 7, 1). Es una infeliz tentativa para explicar la mención, hecha por el evangelio, de los «hermaños del Señor# (que no son otros que los primos de Cristo [Cf. Hegesipo, en Eusebio, Hist. EccL, II, 23]) de la segunda milad del s. ii.
A lo de la apaloma# salióa de la vara de José y que void sobre su cabeza, según el Protoevangelio de Santiago, en el De nativitate Maríae se afiade el prodigio del florecimiento de la vara de José, puesto en relación con la profeefa de Isafas (11, Is) sobre la vara procedente de la rafz de Jesd. También el De nativitate Maríae (c. VIII) y el ps.-Mateo (c. VIII, 3) sostienen, lo mismo que el Protoevangelio de Santiago, que Jos 6 era aanciano#; la aHistoria de José# (cc. XIV-XV) pretende saber incluso los afios precisos: 90 afios; y lo hace vivir en total 111 afios. En cambio, S. Epifanio le da unos 80 {Haer., LI, 10); con más precisión (LXXVIII, 10): 84 afios cuando regresd de Egipto, y después del regreso habria vivido otros ocho afios: en total 92 afios de vida. Finalmente, el ps.-Mateo afiade que des puds de haber cedido al mandato del sumo sacerdote, a María se le dieron cinco jovencitas (no siete, como refiere el Protoevangelio de Santiago) para que la consolaran en la nueva casa. Llimanse: Rebeca, Sdfora, Susana, Abigea y Zahel (todas las cuales figuran en el cortejo de Giotto).
Los sacerdotes dieron a las jovencitas seda, jacinto, carmesf, escarlata, ptirpura y lino para hilar y tejer para el templo. Se echd a suertes entre ellas, y a María le toed la purpura, por lo que las companeras dijeron: eTú que eres la más joven has merecido este honor.# Y empezaron a llamarla, por broma, la reina de las vfrgenes (episodio reproducido, tal vez, por Reni en el cuadro llamado: a La scuola del cucitos).
III. El M. de María según los usos he breos. Segun los usos hebraicos de aquellos tiempos, la edad del M. era oróinariamente a los 18 afios para los jóvenes, y a los 12 o 12 l A para las jdvenes. El M. entre los hebreos comprendía dos fases o actos: el desposorio y el cas«miento: entre uno y otro transcurrfa, oróinariamente, un ano para las vfrgenes y, por lo menbs, un mes para las viudas. El rito del desposorio era muy simple: las f«milias de los prometidos —según el Talmud— se reunian, junto con algunos testágos. El prometido daba a la prometida, en señal de matrimonio, un anillo de oro, o cualquier otro objeto de valor, diciendo: «He aqm que por este ani llo til me eres prometida, según la ley de Moisds y de Israels (Kidduscin, I, 1; 5b; 65a).
El rito se corrobora con un festán o recibimiento {Gin. 24, 54; 29, 22). Y debe advertirse que el desposorio corresponde, entre los hebreos, al matrimonio «rato» de los cristiaños, de manera que la prometida infiel era considerada como adtiltera y para abandonarla era necesario el libelo de repudio (M. Gittin, 6,'2). El matrimonio propiamente dicho es la solemne introduction de la esposa en la casa del esposo. La estación preferida para tales ritos era el otofio, hacia la tarde. La esposa, despuOs de haberse eogalanado pomposamente, subia a uoa litera o montaba en una cabalgadura y, junto con diez jdvenes vestádas de bianco, esperaba con la ldmpara en la mano la Uegada del cortejo nuptial, compuesto por el esposo, sus «migos y los tanedores de la flauta, tambores y castanuelas. A lo largo del c«mino, el cortejo iba en aumento, y en Uegando a la casa de la esposa, los dos esposos tomaban asiento en la estancia su perior, debajo de un baldaquino. Encima de sus cabezas, adomadas con coronas, se colocaba estárado el «taleth» (= banda de la plegaria).
Entonces el padre de la esposa, u otro en su lugar, tomaba la mano derecha de la hija y la juntaba con la del esposo diciendo: aQue el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob sea con vosotros y os una; haga descender sobre vosotros su bendición, y os permita ver vuestros hijos y nietos hasta la cuarta generations DespuOs de esto, el ministro, o un anciano, sc colocaba por detrás del baldaquino con el «cáliz de la bendición» e imploraba la bendición de Dios sobre los padres. Luego ofretia una copa de vino a los esposos, quienes se brindaban mutuamente. El esposo, des puds de haber bebido la copa, la tiraba al suelo y la pisoteaba jurando permanecer fiel mientras los fragmentos de la copa hechos trizas no se uniesen de nuevo. Inmediatamente después se tenia la lectura del contrato matrimonial, el cual era firmado por los presentes echando una copa de vino. Luego los «migos saltaban jubilosos en derredor del baldaquino cantando salmos y echando sobre la feliz pareja arroz o trigo, simbolo de la fecundidad. Después del creprisculo, el esposo, acompanado del cortejo, llevaba a la esposa a su nueva casa {Mt. 25, 1-13).
Al llegar alii, eran todos invitados al banquete nupcial, amenizado con másicas y danzas, hasta una hora avanzada. Al final de la fiesta, el padre del esposo impartia una bendición nupcial recitando una plegaria para implorar sobre los nuevos esposos numerosa descendencia. A continuation los esposos eran acompafiados a la cdmara nuptial. La fiesta nup cial duraba, oróinariamente, una semana (Jue. 14, 12). BIBL.: Dellaoiacoma, V.. It Matrimonio presso «// Ebrel. m «Rlv. BibUca>, 7 (1959) pp. 250-741. IV. El M. en la elaboración teológica. Para probar la «conveniencia» del M. de María con S. José, Santo Tomás presenta tres categorias de razones, a saber: era conveniente, 1, por parte de Cristo; 2, por parte de la Virgen; 3, por parte nuestra. En total, doce razones de conveniencia.
1. Por parte de Cristo. Era conveniente que naciese de una virgen adesposada» por tres razones: 1) a fin de que no fuese rechazado como ilegitimo; 2) para que, segiin costumbre, su genealogia fuese escrita por medio de la linea masculina; 3) con el fin de que el parto divino se mantuviese escondido al demonio, el cual —segiin dice S. Ig nacio M.— creyd que Jesiis no habia nacido de una virgen, sino de una madre co rn fin; 4) con el fin de que fuese alimentado por S. José.
2. Por parte de la Virgen. Era conve niente que Jesús naciera de una virgen desposada por tres razones: 1) para que María se librase del castigo, o sea, para que no fuese apedreada por los judios como adultera. En efecto, no sólo una esposa infiel era considerada como adiiltera, y por ello ape dreada, sino también una niibil caida en pecado; 2) a fin de verse libre de la inf«mia, que tendria lugar, sin duda, por el mero hecho de aparccer cncinta; 3) con el fin de que la Virgen tuviese en el esposo un fiel ministro en las cosas temporales.
3. Por parte nuestra, la convenience de este matrimonio se desprende de cinco razones: 1) a fin de que Josi fuese testágo del parto virginal de María. Siendo 61, en efecto, sabedor de la perpetua virginidad de María, con su misma manera de obrar comprobd que Cristo habfa nacido de una virgen. Por otra parte, habria sido incumbencia de S.
Josi el acusar a la csposa y hacer que se la condenase, si no hubiese reconocido el milagro; 2) para que se hiciese creible la virginidad de María, pues si la Virgen hubiese afirraado que habfa dado a luz a Jesús prodigiosamente, permaneciendo ntibil, se habria podido pensar en una excusa para encubrir el pecado; pero habiendo llegado a ser madre estando ya ligada por el vfnculo matrimonial, se hacfa más creible la afirmación de haber perroanecido virgen, puesto que su marido podia contradecirlo si ello no hubiera sido cierto; 3) para dar ejemplo a las vfrgenes, ensefiindolas a poner los medics para evitar el ser difamadas; 4) con el fin de que se significara la unión de Cristo con la Iglesia catdlica, la cual, permaneciendo virgen, está desposada con Cristo; 5) con el fin de que en una sola persona se venerase de conjunto la virginidad y el matrimonio, para etema condena de aquellos que —como ha sucedido— atacasen a la virginidad o al matrimonio. V. El M. de María en la Liturgia. El primero en idear una fiesta en honor del M. de María con Josi fue el cilebre Gerson (t 1429), Gran Canciller de la universidad de Paris (v.).
Un tal Enrique Chiqot, canónigo de Chartres, dejaba en su testamento un legado al capftulo de su catedral con la obligación de que, en el aniver»ario de su muerte, se celebrase una solemne conmemoración de S. Josi. Sus colegas de Char tres determinaron pedir consejo a Gerson, devotfsimo de S. José, sobre el cual habfa pronunciado un discurso en el Concilio de Constanza; el ilustre teólogo les sugirid que celebrasen un solemne oficio anual en honor del M. de María con S. Josi, y les entregd un oficio compuesto por él mismo en honor de, tal misterio, y ya aprobado por el Legado Pontificio (Cf. Opera, vol. IV, ed. 1706, pp. 729-742). Esta fiesta entrd presto en el calendario de varias Iglesias de Francia, tales como Autun, Tours, Orleans, etc., y encontrd la simpatfa de los Hermaños Menores, los cuales obtuvieron en 1517 de León X, para las religiosas de la Anunciación, el privilegio de diez misas especiales en honor de María, entre las que se hallaba una dedicada a la fiesta de los Desposorios, fijada para el 22 de octubre, con rito doble de segunda clase, pero con caricter casi exclusivamente mariano (S. Jos 6 apenas se nombra).
Veinte afios más tarde, en 1537, bajo el pontificado de Paulo III, el P. Juan Calvi, Comisario General de los Menores, obtenía del Papa, en una audiencia, ovivae vocis oraculos, que una vez dada la comúnicación oficial a su oróen, todos los Frailes Menores, así como las monjas y hermanas de él dependientes, podrfan celebrar con rito doble, en todo el mundo, la fiesta del Desposorio, el 8 de marzo. Hacia el mismo tiempo era aceptada esta fiesta por los Siervos de María. En 1546 el P. Dori, dominico, pedía, con fecha de 31 de marzo, a Paulo III, la aprobación de un oficio suyo (mariano y josefino al mismo tiempo) y la extension de la fiesta del Des posorio a toda la Iglesia, el día 22 de enero, pero en vano. Mis tarde, esta fiesta entraba tambiin en el calendario de los Dominicos. En 1604 Schulting públicaba en su «Biblio theca Ecclesiastical otro oficio parecido al del P. Dori, compuesto por los doctores de Lovaina. En 1556, Paulo V prohibfa la fiesta del Desposorio para no favorecer la herejfa, en vigor en aquel tiempo, segrin Ja cual Jesús habria sido engendrado por San Josi. Esta prudente prohibición cay<5 pricticamente en el vacfo.
La fiesta del Despo sorio continuó celebrindose y difundiindose por varias didcesis y naciones, de una manera especial en la segunda mitad del s. xvm, pero sin entrar nunca en el calen dario de la Iglesia universal. VI. El M; de María en el arte. Las primeras representaciones del matrimonio de María, sea en el arte bizantino, sea en el italiano,. comienzan a aparecer en el s. xiii. Giotto fue el primero en consagrar, en Occidente, cuatro cuadros a este misterio, inspi red ose en las narraciones de los apócrifos. En el primer cuadro representa la elección del esposo entre los varios pretendientes; en el 2.°, la plcgaria de los pretendientes, para que el Señor se dignara conccderles la senal indicada; en el 3.°, la celebración de las nupcias con la unión de la mano derecha por medio del sumo sacerdote, mientras los otros pretendientes rompian, desilusionados, las varas; en el 4.° se ve a S. José lievando a su casa a María, acompaftada de sus doncellas. En el Renacimiento son cdlebres los desposorios de Rafael en Brera y el de Perugino. Son notables las pinturas de Carpaccio, de Luini y de Gaudencio Ferrari en la catedral de Como.
Nuestra Señora aparece representada, de oróinario, como una matrona, a excepción de Perugino y Rafael, que la pintan con aspecto juvenil. S. José, a su vez, aparece representado —como nos lo presentan los apócrifos— con aspecto senil, con una vara florida en la mano y sobre ella una paloma. Después del Concilio de Trento se abandonó esta iconografía inspirada en los apócrifos.
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