JUDAS ISCARIOTE
El Apóstol traidor, nombrado siempre en último lugar en la lista de los Doce. Hijo de Simón, y llamado como el padre (Jn. 6, 71) Iscariote, es decir, hombre (îš) de Qeriot, pequeña ciudad (Jos. 15, 25) de la Judea meridional; es el único judío entre los Apóstoles. Fué elegido por Jesús juntamente con los otros (Jn. 15, 16) inmediatamente antes del Sermón de la Montaña. (Mc. 3, 13 ss. y pasos paral.). Jesús encomendó a Judas la administración de la bolsa común (Jn. 12, 6). En Jn. 6, 69 ss. (Vulg. 6, 70 ss.), a una distancia de año y medio — estamos en la segunda pascua — hallamos en los labios de Jesús respecto de Judas: «¿No he elegido yo a los Doce? Y uno de vosotros es un diablo». Amarga comprobación, tal vez enjuiciadora del futuro, pronunciada como respuesta a la leal confesión de Pedro que, en nombre de los Doce, había exclamado: «Señor, ¿a quién iríamos (si nos alejamos de ti)? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna, nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Cristo, el Santo de Dios».
Jesús, en el discurso de Cafarnaúm (Jn. 6) — inmediatamente después de la multiplicación de los panes y del intento de nombrarlo rey (Mesianismo nacionalista y temporal)—, había afirmado solemnemente la naturaleza sobrenatural de su misión: redimir al mundo mediante la inmolación cruenta de sí mismo (v. Eucaristía ), decididamente opuesta a las ambiciosas esperanzas judaicas de un Mesías glorioso, triunfador, para sí y para los judíos, de todos los enemigos exteriores, obrador de toda prosperidad (v. Tentaciones de Jesús). Los Apóstoles mismos tenían también todas esas ideas erróneas sobre la gloria del Mesías, sobre su reino, hasta el punto de resistirse a dar fe y no poder entender los anuncios de su pasión (Lc. 18, 31-34, etc.), e incluso llegar a disputar contenciosamente acerca de los mejores puestos que quisieran acapararse (Lc. 9, 46 ss.; 22, 24-27 y pas. paral.; Mt. 20, 20-28; Mc. 10, 35-45). Con los jefes judíos la ruptura fué definitiva; muchos discípulos fallaron; para los mismos Apóstoles, que a veces participaban de las ilusiones del pueblo, fué una sacudida, que fué vencida gracias al sincero apego a su Maestro.
En cambio para Judas aquella solemne declaración tan clara debió de ser como un empuje decisivo para irse, con «sagacidad y 340Aprudencia», en busca del modo de asegurarse su porvenir, y tal vez mientras Pedro se adhería lealmente a Cristo. Y debió de convertirse para Judas en habitual el lamento de lo que había dejado por seguir a Jesús, que en los últimos meses de su vida pública habla cada vez más claramente de su muerte , de las renuncias necesarias para sus discípulos, de las persecuciones que les esperan. La víspera del Domingo de Ramos, hacia el atardecer, Jesús se halla en un banquete en casa de Simón, uno de los que han sido favorecidos por sus milagros, juntamente con Lázaro y sus hermanas, en Betania . Mientras Marta se empleaba en el servicio de la mesa, María ungió los pies y la cabeza de Jesús con un perfume de elevado precio.
Judas, a quien el evangelista nos presenta como ladrón, que de tiempo atrás venía preocupándose por sustraer para sí y sisar cuanto podía («era ladrón, y, llevando él la bolsa, hurtaba de lo que en ella echaban», Jn. 12, 6), se sintió contrariado por tanta prodigalidad, codiciando la cantidad (unos trescientos denarios) que la venta del perfume le habría valido. Disimulando hipócritamente su bajeza moral, tiene la osadía de reprochar el acto de exquisita delicadeza de María e, implícitamente, la conformidad de Jesús, con la idea de socorrer a los pobres.
«Jesús defendió a la pobre mujer contra el ataque hipócrita, ya que había ungido por anticipado el cuerpo del amado Maestro. «Pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tenéis siempre». Nunca había anunciado tan enérgicamente su muerte inminente. Estaba ya viéndose extendido, embalsamado... «Judas, por su parte, dijo que ya no podía contarse con aquello, y una vez que estaba perdido, valía la pena de sacar de allí algún provecho. Así entró en su corazón la idea de la traición, excitada con la afrenta que acababa de recibir. Jesús le había reprendido suavemente, pero ¡ver pospuesto su propio juicio a la sensibilidad de una mujer!
Su alma vil ponderaba todo con peso de oro: había dejado de tener confianza en su jefe, a quien tal vez nunca había amado, primero alimentando quimeras, y ahora sintiendo el despecho. Se decide a ser el traidor» (Lagrange). Probablemente el miércoles santo se presentó, ya de noche, ante los sanedritas reunidos para tratar de eliminar a Jesús (Mt. 26, 1. 14 ss.; Lc. 22, 1-6). Éstos, que no sabían cómo arreglárselas para apoderarse de él, ya que siempre se le veía rodeado de una multitud de devotos admiradores, al paso que Poncio Pilato, el frío procurador romano, siempre estaba 340Bdispuesto a sofocar con sangre cualquier tumulto, se alegraron sobremanera por la oferta inesperada de Judas: él se lo presentaría sin peligro alguno.
Se fijó el precio de la entrega en 30 siclos de plata (unas 128 pesetas oro), que probablemente le entregaron inmediatamente después de prender a Jesús. Jesús descubre claramente la traición en la tarde del jueves santo; trata de prevenir al traidor sin descubrir su nombre, dejándole así como la última áncora de arrepentimiento y de salvación. Durante el lavatorio de los pies a los Doce, lección de humildad, ejemplo perenne para su Iglesia, Jesús piensa en Judas cuando dice a Pedro: «El que se ha bañado no necesita lavarse, está todo limpio; y vosotros estáis limpios, pero no todos». Judas estaba tan contaminado, que no habría baño capaz de limpiarle el corazón (Jn. 13, 1-20). Apenas se hubo sentado a la mesa, Jesús se sintió turbado y entristecido por la infidelidad de Judas que, obstinado, iba corriendo hacia su propia ruina. «Quizás un aviso final podría detenerle y, sin querer obstaculizar los designios del Padre , como había venido para salvar a los hombres, quería salvar también a Judas, en cualquier momento en que la voluntad de éste se hubiera dado por vencida» (Lagrange). Y Jesús dice expresamente: «Uno de vosotros me entregará».
Entre los otros también Judas pregunta: «¿Acaso seré yo?», y recibe, en voz bajísima, la respuesta afirmativa: «Tú lo has dicho». Luego, para conmoverle, añade: «El Hijo del hombre sigue su camino...; pero ¡ay de aquel hombre por quien será entregado! Mejor le fuera no haber nacido» (Mc. 14, 18 ss.). Jesús tenía a su derecha a Juan , junto al cual debía de estar Pedro; Judas tal vez a la izquierda de Jesús, y de todos modos próximo a él. Pedro hace señas a Juan, y éste, que no sabe nada, pregunta al Señor quién es el traidor.
Jesús responde: «Aquel para quien yo mojare y a quien diere este bocado». Y mojando el pan en el haroset (v. Eucaristía ), lo introdujo en la boca de Judas, última muestra de íntima familiaridad. «Mas Judas se obstinó, y a consecuencia de este endurecimiento, se adueñó Satanás de su alma». Jesús, como si no pudiese soportar su presencia, al acercarse el momento de instituir el sacramento del amor, después de la consumación del cordero, lo alejó diciendo: «Lo que has de hacer, hazlo pronto». Mucho mejor era acabar de una vez que seguir fingiendo. Ninguno se hizo cargo del sentido de aquellas 341Apalabras, fuera de Juan y Pedro, a quienes se había indicado suficientemente quién era el traidor.
Los demás pensaron que Judas había recibido un encargo de parte del Maestro. Judas salió; era de noche, y el poder de las tinieblas se había desencadenado (Jn. 21-30; Mt. 26, 21-25; Lc. 22, 21 ss.). Entonces fué cuando se consumió el cordero pascual, y luego se instituyó la Sagrada Eucaristía (v.). En saliendo del cenáculo, Judas debió de dirigirse a los sanedritas, «los cuales le esperaban; y entre tanto habían hecho los preparativos: habían dado orden a sus sirvientes de estar aprestados para una pequeña pero delicada expedición; y habían acudido al procurador o al tribuno, de quien fácilmente habían conseguido una escolta armada» (Ricciotti). Judas sabía que Jesús iría aquella noche a Getsemaní , y por lo mismo se acercó a aquella encrucijada, seguido de la cuadrilla de los sirvientes y de los soldados, a quienes había dicho, como señal de reconocimiento: «Aquel a quien yo hubiere dado un beso, ése es: ¡prendedlo!» Todo se deslizó tal como estaba previsto. Habiendo entrado Judas el primero en el huerto, entre la claridad de la luna, inmediatamente advirtió la presencia de Jesús, que estaba hablando con los Apóstoles. Acercóse a Él y lo saludó: «¡Salve, Maestro!», y le dió un beso.
Jesús, por última vez le dice: «Amigo», y con el corazón desgarrado añade: «¿Qué vienes a hacer con esto?» Nueva invitación a la reflexión, una llamada a ponderar la gravedad del acto. Judas no replicó; se retiró, y en tanto se acercaron los esbirros para apoderarse del Maestro. La condenación a muerte, sancionada por el Sanedrín, perturbó profundamente al alma de Judas. «Hay conciencias tenebrosas que no alcanzan la gravedad de un delito antes de haberlo consumado. »Judas no podía desconocer la intención de los jefes de dar muerte a Jesús, y tuvo que aceptar anticipadamente esta consecuencia de su acto. Y se sintió horrorizado cuando entendió que la muerte de Jesús era inevitable y que estaba a punto de convertirse en un hecho consumado.
El dinero de la entrega se le hizo excesivamente pesado, y sin más devolvió las treinta monedas de plata a aquellos que habían comerciado con él. Estaba próximo al arrepentimiento, hasta el punto de llegar a reconocer el mal paso dado: «He pecado entregando una sangre inocente». Una vez que había satisfecho su odio, los sanedritas, que no 341Bquerían seguir tratando con el traidor, le dijeron secamente: «¿A nosotros qué? Allá te las hayas». Aquel dinero había sido demasiado bien empleado para tomarlo de nuevo, y aquellas conciencias escrupulosas no quisieron privar a Judas de su beneficio. »Arrastrado por esta vergüenza, Judas, como si se despertase en él un vestigio de honor frente a tanta hipocresía, arrojó las treinta monedas en el Templo. ¡Era, pues, a ellos a quienes había vendido el Maestro! Su remordimiento no lo llevó más allá.
Para alcanzar misericordia debía haber pedido perdón, y Jesús se lo habría otorgado; mas Judas dudó de su misericordia, alejóse de Dios, presa de una cruel desesperación, y fué a ahorcarse (Mt. 21, 3-10)» (Lagrange). Se precipitó desde el árbol del que se había colgado, y se reventó (Act. 1, 16-19). Los sanedritas recogieron las monedas y compraron con ellas el campo del alfarero, muy conocido entonces, el que destinaron a cementerio de los peregrinos.
Pronto se llamó el lugar Haceldama , «campo de la sangre». «Mt. 27, 9 s. agrupando en uno solo los textos de Jer. 32, 6-11 y de Zac. 11, 12 s. atribuidos los dos por él al más ilustre de esos profetas, los aplicó a este singular acontecimiento: «Tomaron las treinta piezas de plata, el precio en que fué tasado aquel a quien pusieron en precio los hijos de Israel, y las dieron por el campo del alfarero, como el Señor me lo había ordenado. »Aquel lugar estaba muy de acuerdo con el recuerdo de Judas, por su proximidad a la antigua Tofet, en esta Gehenna (v.) cuyo nombre servirá en adelante para significar la región de las penas eternas» (Lagrange). [G. T.]
Bibliografía
J. M. Lagrange, L’evangelo di Gesù Cristo , trad. it., 2.ª ed., Brescia 1935, pp. 417 s., 483 ss., 494-99, 525 s., 538 ss. H. Simón-G. Dorado, Novum Test. , I, 6.ª ed., Turín 1944, pp. 504, 868 s., 884-87, 933 s., 947 ss. F. Spadafora, G. e l’Istituzione della SS. Eucaristia , en Temi di esegesi , Rovigo 1953, pp. 383-91. J. Enciso, Los tres últimos días de Judas , en Eccl. 1947, p. 300.