Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

ESCATOLOGÍA

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Etimológicamente es un tratado de todo cuanto se refiere al fin de cada hombre (escatología individual), el futuro de una nación (escatología colectiva), y de la humanidad y del mundo físico (escatología cósmica): de ἔσχατος = último; de un modo especial significa el juicio final, la resurrección de los cuerpos y el fin del mundo. Los modernos, al hablar de escatología, refieren casi exclusivamente este término al fin del mundo, que es de lo que aquí tratamos. Para lo demás, v. las palabras respectivas. Conocido es el daño que causó el sistema formulado por J. Weiss (1892) y aceptado y divulgado por Loisy y A. Schweitzer: la escatología cósmica sería, según ellos, la esencia del Evangelio. Jesús no consideraba ni enseñaba más que el fin del mundo; la misma moral es un repliegue motivado por tal espera, la cual explica por qué se agruparon espontáneamente los fieles en comunidad. San Pablo , lo mismo que los primeros fieles, estuvieron obsesionados por tal escatología. Se entendían en tal sentido: Mt. 10, 2 ss.: 16, 27 s.: 24; 26, 63 s.; Lc. 17, 20-18, 8; I-II Tes.; I Cor. 15, 51. Pero este sistema ya estaba vencido en 1914. R. Bultmann, M.

Dibelius, etc., no admitieron más que la escatología individual, independientemente del tiempo: y desde 1936 Ph. Bachmann, O. Cullmann reconocieron que el mismo cristianismo constituye la última era, la 187Bdefinitiva; que el Reino de Dios no solo es celestial, ha comenzado ya en el tiempo, y no tendrá su manifestación hasta el fin del tiempo. La fecha de esa manifestación no es elemento esencial, mas sí lo es la certeza de la afirmación del reino de Dios. En el Antiguo Testamento, la escatología es solo colectiva, nacional, mesiánica; o sea que la nación como tal, el elegido Israel, en cuanto objeto de la alianza, tiende a Cristo, y termina en Cristo, que lo elevará y lo absorberá en su reino. No existe referencia al fin del mundo físico.

La frase «al fin de los años» (in novissimis diebus, o in novissimo dierum) equivale simplemente a «en lo futuro» (Gén. 49, 1; Núm. 24, 14, etc.). En contexto mesiánico — «al fin de los tiempos» (Is. 2, 2; Miq. 4, 1, etc.) indica el fin de la era o de los períodos del Antiguo Testamento y el comienzo de la era mesiánica, perfecta y definitiva (= reino de Dios que durará eternamente: Dan. 7, 14-27 = Lc. 1, 31 s.; cf. Spadafora, Ezechiele, 2.ª ed., Torino 1951, p. 28 ss.): cf. Gál. 4, 4: «Vino Cristo al llegar la plenitud del tiempo» o «de los tiempos» (Ef. 1, 10); I Cor. 10, 11 «fin de los tiempos» (fines saeculorum) o las eras precedentes (Hebr. 9, 26; Alio, Premiére ep. aux Cor., 2.ª ed., 1924, p. 234 s.; Id. Apocalypse, 1933, CXVII, CXIX).

Los últimos días, según la perspectiva bíblica, indican la era cristiana, iniciada con la encarnación y la glorificación de Jesucristo, que se perpetuará eternamente en la gloria de la Iglesia triunfante. Los profetas anuncian las manifestaciones de la justicia divina contra los gentiles (= día del Señor) con frases que no pasan de ser grandiosas metáforas («el sol se oscurecerá», «caerán las estrellas», etc., en Is. 13, 12 por la caída de Babilonia; 24; 34; Ez. 32, 7 s. por la ruina de Egipto; Joel 2, 10; 3, 15, etc.): será tan terrible el castigo, que la misma naturaleza parecerá estremecerse (J. M. Lagrange, A. Médebielle, en DBs, II, col. 493-503). De estas mismas imágenes se servirá N. Señor para pronosticar el fin de Jerusalén (Mt. 24, 29; Mc. 13, 24 s.; Lc. 21, 25 s.).

Is. 65, 17; 66, 22 habla de «cielos nuevos y tierra nueva», simple imagen indicadora de la renovación radical que obrará el Mesías entre los hombres (v. Regeneración); es la nueva creación, obra de la gracia redentora (Gál. 6, 15; II Cor. 5. 17; la palingénesis de Mt. 19, 28; II Pe. 3, 13). Finalmente se describe la intervención de Dios Juez, en estilo profético, con los diferentes 188Aelementos descriptivos (ángeles, nubes, fuego, etcétera) tradicionales.

En el Nuevo Testamento la escatología es ante todo individual (para cada uno la muerte , el juicio particular, el premio o el castigo inmediato), y luego colectiva, universal (respecto de la suerte de la humanidad: resurrección de los cuerpos, juicio o triunfo final de Cristo; fin de la Iglesia militante, gozo eterno de la Iglesia triunfante). Escatología individual. — Con el bautismo recibe el cristiano (Jn. 3, 5) una nueva vida espiritual (7«. 1,.12 s.) que es la misma «vida eterna», en Ja tierra vida de la gracia, en el cielo vida de la gloria (Rom. 2, 7-10; 5, 2 ss. 17; 6, 4. 22; Jn. 17, 3, etc.). El fiel que persevera en el bien, en el momento de la muerte pasa de la primera a la segunda; de lo contrario va a parar al infierno para siempre. He ahí la importancia del «día del Señor» o «venida» (parusía, v.), imprevista para todos («como ladrón nocturno»), en cuanto que nadie conoce su hora; y de ahí la importancia de «estar preparados», de «vigilar», «esperando al Señor» (Mt. 24, 37-51; 25, 1-30; Lc. 12, 16-21. 35-46; 17, 26-35; Rom. 13, 11-14; 14, 10 s.; I Cor. 7, 29-32; Flp. 2, 15 s., etc.). Eso explica el deseo que siente el justo «de morir para estar con Cristo» (II Cor. 5, 1-10; Flp. 1, 2-26, etc.). Teniendo en cuenta nuestra fragilidad, N. S. Jesucristo basa su ascética sobre este acontecimiento, que no es el fin del mundo, pero que tiene para todos el mismo valor, el mismo significado: la muerte de cada uno.

Los que están convencidos de la escatología cósmica, ven en todo el fin del mundo, cuando en realidad en los pasajes citados (que son los principales) y en muchos otros paralelos o afines solo se trata de la escatología individual. Escatología colectivo-universal. — El reino de Dios tiene una doble fase formando una perfecta continuidad: la terrestre y la celestial. Identifícase con la Iglesia (v.) fundada por Jesús, con San Pedro y sucesores suyos a la cabeza (Mt. 16, 13-20; Jn. 1, 42; 21, 15 ss.; I Cor. 12, etc.; F. Spadafora, I Pentecostali, 2.ª ed.(Rovigo, 1950, pp. 50-89), en la que están comprendidos buenos y malos (Mt. 13, 24-30. 36- 43, etc.): ella es la economía de la gracia (Jn. 1, 16 s.; Rom. 3, 21-31); que debe extenderse a todo el mundo (Mc. 3, 13-19; 6, 7-13; 13, 9 s.; Act. 1, 8, etc.) y durará hasta el fin del tiempo (Mt. 28, 20).

La redención no solo es para las almas, sino que ejerce su efecto saludable sobre todo el hombre, y este efecto se realizará con la única resurrección (v.) de los cuerpos (Rom. 8, 10-39). 188BEste triunfo sobre la muerte será el que clausurará la fase terrestre del reino de Dios: Cristo presentará los elegidos al Padre (dejándolo todo en sus manos (I Tes. 4, 14-17; I Cor. 15, 12-28. 50. 57; Alio, Prem. Ep. aux Cor., pp. 387-454). Nada hay determinado acerca de la duración de esta fase terrestre.

La doctrina evangélica sobre el reino de Dios en las parábolas (cf. Mt. 13), la conversión de Israel como grupo étnico, predicha por San Pablo (Rom. 11, 25 s.), después de la de los gentiles, el número simbólico de los mil años (Ap. 20) por una duración indefinida, o cuando menos muy larga (Alio, Apocalypse, pp. CXX, 307-29) solo dejan prever un lapso de tiempo que está muy lejos de ser breve.

Por consiguiente, ni en el Nuevo ni en el Antiguo Testamento hay trazas de escatología cósmica, de fin del mundo físico: solo está predicho el fin de la vida del hombre sobre la tierra. Si se tienen en cuenta las imágenes empleadas por los profetas para indicar el «día del Señor» o la manifestación de la justicia divina contra los enemigos de su reino, fácilmente se explica Mt. 10, 23. 26; 63 s.; Lc. 22, 69 y finalmente Mt. 24, 3 (parusía), pues lo que ellos nos dicen se refiere a la «venida de Cristo» para castigar a la sinagoga perseguidora, a los judíos deicidas; trátase de la destrucción de Jerusalén, la manifestación más ruidosa del Mesías Juez y supremo vengador de sus fieles (Lagrange, UEvangile selon St. Mt., 4.ª ed., 1927, pp. 205-507 s.; Prat, Jésus-Christ, II, p. 349). En Mt. 16, 27 s. se habla de la fundación y de la consolidación de la Iglesia con la imagen empleada por Dan. 7, 13 s. «venida del Hijo del hombre», «venida del reino de Dios» (Lc. 9, 26 s.), como organización externa, definitivamente distinta de la sinagoga (Lagrange, S. Mt., p 233; Ev. selon St. Luc., p. 269 s.; v. demostración en Spadafora, Gesu e la fine di Gerusalemme, pp. 17 ss., 25 ss.).

De ahí procede, por una parte el castigo de los judíos, especialmente en la destrucción de Jerusalén (Dios interviene para castigar), y por otra la protección y el triunfo de la Iglesia (intervención en favor). Estos dos aspectos de la «venida del Señor» están enlazados en los dos grandes vaticinios sobre el fin de Jerusalén: Lc. 17, 20-18, 8 y Mt. 24, Mc. 13, Lc. 21. En Lc. 17 Jesús predice a los discípulos las persecuciones que les esperan después de su muerte. Entonces invocarán la intervención del Salvador («llegará el tiempo en que desearéis ver un solo día del Hijo del hombre.», v. 22; lo que demuestra que sin duda se trata de intervenciones de Jesús para castigar 189Aa los perseguidores y libertar a sus fieles). Y efectivamente intervendrá el Señor, y de un modo especial «en su día», en el gran día (la destrucción de Jerusalén), sobre el cual insiste aquí (17, 25-30), y del cual volverá a ocuparse en el otro discurso (Mt. 23 y paral.).

En vez de preocuparse de conocer el tiempo en que se ha de verificar todo esto, los discípulos procurarán estar siempre en gracia, perseverar en el bien, porque también ellos podrán verse sorprendidos por la muerte en el castigo nacional (17, 26-30. 33-36). Y a la pregunta de los Apóstoles que desean saber dónde se descargará el castigo, responde Jesús con una frase proverbial (Job. 29, 30): la presa es Jerusalén sobre la cual se posarán los buitres (= las legiones de Roma; cf Mt. 24, 28; cf. L. Tondelli, Gesu, Torino, 1936, pp. 364-68). En Mí. 24 y pasajes paralelos el divino Redentor comienza con la predicción de la destrucción total del Templo, y, por tanto, de la capital. Preguntan los discípulos cuándo acontecerá, y qué señales la precederán.

Trátase del fin de un mundo (el mundo judío, la era del Antiguo Testamento), y no del fin del mundo. Jesús comienza por las señales remotas: guerras, persecuciones contra los discípulos, predicación del Evangelio en todo el mundo (el entonces conocido; particularmente realizada ya en el 57 desp. de J. C., como lo atestigua San Pablo, Rom. 1, 8 y luego en Col. 1, 6). La señal próxima o última, inconfundible, del castigo, es el lanzamiento del ejército romano sobre Jerusalén (Lc. 21, 20), la profanación del Templo consumada por los zelotes (Mt. 24, 15. Mc. 13, 14; II Tes. 2, 4; Prat, Jésiis-Christ, II, p. 247; J. Huby, S. Mc., 4.ª ed., París, 1929, p 343; v. Tesalonicenses). Entonces comienza la gran calamidad, el asedio (Mt. 24, 21-25; Mc. 13, 20-23).

El epílogo de la tragedia con la liberación de los sobrevivientes, que será patente, sin peligro de equivocarse, como un relámpago que pasa resplandeciente de un punto al otro del cielo (cf. Mt. 24, 26 ss.), está descrito con las grandiosas imágenes del estilo profético que ya vimos anteriormente (Mt. 24, 29 y pasajes paralelos: «el sol se oscurecerá», etc.). Entonces los judíos deberán reconocer, de grado o por fuerza, el desquite de la Cruz (Mt. 24, 30a es cita y cumplimiento de la profecía de Zac. 12, 2: no visión física, sino reconocimiento — y duelo nacional judío — del castigo por la crucifixión de Jesús). El fin de la nación judía será la liberación Para la Iglesia (y más directamente para la martirizada iglesia de Palestina ): Lc. 21, 28. 189B31; su desarrollo ganará con tal liberación.

La protección del Señor a los fieles se expresa con elementos proféticos descriptivos característicos de los profetas (Mt. 24, 30b-31; Mc. 13, 26 s. = Dan. 7, 13 s.; etc.). Dios «reúne» a los elegidos lo mismo que había tratado en vano de «reunir» (el mismo verbo exio-iváyu)) a los habitantes de Jerusalén como la gallina a sus polluelos: imagen viva de la protección, de la solicitud. Trátase principalmente de un vaticinio de aliento y de victoria para la Iglesia naciente, con lo que está coordinado el anuncio de la destrucción de Jerusalén y de la nación judía, según pone de manifiesto el mismo Jesús mediante la parábola de la higuera (Mt. 24, 32 ss.; Mc. 13, 28 s.; Lc. 21, 29 ss.). Todo sucederá en el transcurso de aquella generación (no más de 40 años), pero el momento preciso queda oculto (Mt. 24, 34 ss.).

Luego siguen ciertos avisos para recomendar la vigilancia. (Exégesis loada y plenamente aprobada por P. Benoit, en Rb, 59 [1952] 119 s.; íd., Com. á S. Mt., La Bible de Jérusalem, París 1950, páginas 135 ss.; C. Spicq, en RScPhTh, 36 [1952] 166, nota 53.) Nada se halla en la Escritura acerca de la venida de Elias (v.) al fin del mundo, ni de la aparición y lucha de un Anticristo (y.). Tampoco se halla nada en San Pablo referente a la escatología cósmica, como tampoco consta que en él y en los primeros fieles se diera la espera del fin del mundo. V. Tesalonicenses I-II.

El célebre fragmento I Tes. 4, 15, tiene esta traducción: «Nosotros, los vivos, los sobrevivientes en la venida gloriosa y final del Señor, nos uniremos a nuestros difuntos, pues primero resucitaremos todos y luego todos juntos volaremos hacia Cristo» (A. Romeo, en VD [1929] 307-12.339-47.360-64; K. Staab). Y I Cor. 15, 51: «Todos resucitaremos (= οὐ κοιμηθησόμεθα, según traduce, y acertadamente, la versión latina) y todos seremos transformados» (A. Romeo, en VD, 14, 1934, 142-48.250-55. 267-75.313-20.375-83; íd., v. Parusia, en Enc. Catt. It., IX, col. 875-82). [F. S.] A. Feuillet, Lc. 17, 20-18, 8, en RScR, 35 (1948), 481-502
56 (1949), 61-92. Id., Mt. 24-25, en RB, 56 (1949), 340-64
57 (1950), 62-91, 180-211. Id., Le triomphe eschatologique de Jésus d’après quelques textes isolés des Évangiles (Mt. 10, 23
16, 27 s.
19, 28), en NRTh, 81 (1949), 701- 22. Id. (Mt. 23, 37 ss.;
26, 64;
Jn. 21, 21 ss.), ibíd., 806- 28. J. Bonsirven, Il Vangelo di Paolo, Roma 1951, pp. 329-68. F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme, Rovigo 1950 (demostración completa y abundante bibliografía). * B. Santos Olivera, Doctrina escatológica del pueblo hebreo, en EstB (1932) 133-144;
(1934) 282-289. J. Enciso, Las estrellas se caerán del cielo, en Ecc. (1946) 30 nov.

Bibliografía

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