REALEZA DE MARÍA
Es la segunda gran consecuencia de la maternidad universal de María, o sea, de su singular misión de madre tanto de Dios (madre física) como de los hombres (madre espiritual). I. Preliminares.
1. El concepto de «Rey» y de «Reina». Los términos «rey», «reina» (que tienen por sinónimos los de «señor», «señora», etc.), se derivan del verbo latino «regere», o sea, ordenar, conducir las cosas a su propio fin. Por consiguiente —como expone Santo Tomás—, se llaman «rey» o «reina» aquellos que tienen por oficio regir, gobernar, es decir, guiar a la sociedad al fin que le es propio (De regimine principum, L. I, c. 1). Por lo cual el «rey» o la «reina» tienen una verdadera y propia supremacía, no sólo de excelencia, sino también de dominio, de poder sobre todos los otros miembros de la sociedad que gobiernan. Relativamente al término de «reina» hay que notar, además, que se pueden distinguir tres clases de reinas, a saber: 1) la reina-madre (del rey); 2) la reina-esposa (del rey); 3) la reina-rey, es decir, un rey de sexo femenino (como, por cj., la reina de Holanda, la reina de Inglaterra, etc.). María —según veremos— sólo puede ser saludada como «Reina» en los dos primeros sentidos, en el de Reina-Madre y en el de Reina-Esposa (del Rey).
2. Los adversarios de la R. de M. Han negado la R. de M. los siguientes: Erasmo de Rotterdam (por la razón de que el título de aReinas no se encuentra en la Sagrada Escritura), Lutero (el cual afirma que sólo «Cristo es Rey y Señor... María no es mi Reinao, Werke, t. 10, pp. 313 ss.), Calvino (el cual tenía el título de cReina» por uno de los más ilusoriosB que daban los papistas a María) y los jansenistas (en los famosos Monita Salutaria de Widenfeld, donde María es presentada como sierva» igual a nosotros, y no como reina). II. El hecho de la R. de M. No es una pura opinión teoldgica, sino una verdad teoldgicamente cierta, en el sentido preciso en que e$t£ presentada por la enciclica «Ad coeli Reginams.
1. La ensenanza del magisterio eclesids - tico. Bsrt contenida, en amplia sfntesis, en la enciclica a Ad coeli Reginam* de Pfo XII, del 24 de octubre de 1954 (AAS 46 [1954] pp. 625-640). En ella se ilustra ampliamente tanto el hecho como la naturaleza de la R. de M. oLos supremos pastores de la Iglesia —se lee en ella— no dejaron de aprobar y alentar la devoción del pueblo cristiano a la celeste madre y reina.» Y cita, en confirmación, a S. Martfn I (s. vii), S. Agatón (s. vii), Gregorio II (s. vm), Sixto IV (s. xv), Benedicto XIV (s. xvm), etc. A dstos se pueden aftadir: Inocencio III (s. xiii), Nicolas IV (s. xiii), Juan XXII (s. xiii), Bonifacio IX (s. xiv), Paulo V (s. xvii), Clemente XIII (s. xvm), Pfo VI (s. xvm), Pfo VII (s. xix), Pfo IX (s. xix), León XIII (s. xix), S. Pfo X, Benedicto XV y Pfo XI. Afirman que la R. de M. es una realeza no sólo de nombre, ni sólo de primaefa y excclencia (especialmente después de Benedicto XIV), sino también de verdadero y propio dominio, o sea, cuna participación de aquel influjo con que se dice justamente que su Hijo y Redentor nuestro reina sobre la mente y sobre la voluntad de los hombres» («Ad coeli Reginam*).
Veamos ahora de ddnde ha sacado el magisterio eclesidstico esta verdad, que no lo ha sido sino de la Sagrada Escritura y de la tradición.
2. Bases escrituristicas. En ninguna parte de la Sagrada Escritura, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, es llamada María expresa y directamente «reina», razón por la cual Erasmo de Rotterdam —como hemos ya afirmado— no admitfa este título mariano que, sin embargo, encuentra una solidfsima base en la Sagrada Escritura. La enciclica «Ad coeli Reginam» pone de relieve principalmente dos textos: el anuncio del dngel ( Lc. 1, 26-38) y el saludo de Isabel {Lc. 1, 43). En el primero tenemos como ael anuncio del cielo»; en el segundo, «el eco de la tierra». Dice Pfo XII: «Los antiguos escritores de la Iglesia, basandose en las palabras del arcdngel Gabriel que predijo el reino etemo del Hijo de María (Lc. 1, 33-34) y en el hecho de que Isabel se haya inclinado ante Ella llam&ndola «madre de mi Senors (denomin£ndola c madre del Rey» y a madre del Señors), han querido sigoificar que de la realeza del Hijo debe provenir a la madre cierta elevación y preeminenciai> (Cf. n. 4). Estos dos pasajes bfblicos aparecen de nuevo y son desarroUados en la tercera parte de la enciclica.
a) El anuncio del angel. El £ngel Gabriel hace saber a María dos cosas: 1) que Ella concebird y dart a luz un Hijo al cual «el Señor dart el trono de David, su padre»; 2) «que reinart para siempre en la casa de Jacob, y su reino no tendrt fin®. I No sert, pues, también reina la anunciada madre del que venfa a ser Rey para siempre?... «De ahf se sigue ldgicamente —asf la enciclica, después de haber referido el anuncio del dngel— que Ella misma es reina, ya que ha dado la vida a un Hijo que, en el mismo instante de la concepción, incluso como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostdtica de la naturaleza humana con el Verbo. S. Juan Damasceno escribe, pues, con todo derecho: “Se convirtid en verdadera señora de toda la creación en el momento en que se hizo madre del Creador” (De fide orthodoxa, IV, c. 14, PG 94,1158); y al mismo arcdngel Gabriel puede llam£rsele el primer heraldo de la dignidad real de María » (n. 12). A este «anuncio <&l cielo a hecho por un dngel hizo pronto eco el asaludo de la tierra b dirigido a María por una santa, inspirada por Dios, «repleta Spiritu Sancto». b ) El saludo de Santa Isabel.
Esta parienta de María, «llena del Espfritu Santos, saluda a la Virgen, llamdndola «madre de mi Senor», o sea, madre del Soberano, del Rey del universo, y, por consiguiente —como conclufa Orfgenes—, «mi señora y soberana* (HomiL VII in S. Lucam, PG 13, 1902). «Los antiguos escritores de la Iglesia —pone de relieve la encfclica—, fijdndose en las palabras de Santa Isabel que se inclind delante de Ella, llamdndola “madre del Seflor’*..., han querido significar que de la realeza de] Hijo debe proven ir cierta elevación y preeminencia a la madre» (n. 4). A estos textos puede afiadirse otro: el cap. XII del Apocalipsis (v.), donde María aparece como vencedora, con Cristo, en la lucha contra la serpiente, para la reconquista del gdnero humano, y, consiguientemente, como reina gloriosa en el reino de la gloria. La idea fundamental de todo el cap. XII del Apocalipsis es dsta: antagonismo absoluto, lucha entre la «Mujeri> por antonomasia (con su Hijo) y el cdragdns (la antigua aserpientei), y la completa victoria de la aMujerB (con su Hijo) sobre el «dragón». Notemos: 1) S. Juan, en el Apocalipsis (compuesto por 61 hacía el ano 95 d. de J.
C.), nos presenta a la cMujer* (María) como madre del verdadero Rey del universo (Aquel que oregird al mundo con vara de hierroB) en lucha con el coronado usurpador del «principados sobre el mundo (Jn. 12, 31; 14, 30; 16, 11): dos realezas (una verdadera, legftima, y otra usurpada) en lucha por el principado del universo; 2) la «Mujers, con el Rey su Hijo, obtiene una completa victoria sobre el «dragón», y queda convertida en Reina, junto con el Hijo Rey, por derecho de conquista (sobre serlo ya por derecho de naturaleza); 3) por eso la «Mujers se nos presenta aquf bajo el aspecto de majestuosa Reina, «Reina de la tierra y del cielo... en el fulgor de su glorias (Jugie, La mort et TAssomption de la Sainte Vierge, p. 35). Se presenta, en efecto, con un «aparato reals, en una posición que sobrepuja a todo el universo creado. «Este aparato real —pone de relieve Jugie— simboliza, sin duda, el dominio universal: el cielo est£ representado por el sol y por la luna; la tierra, por las doce estrellas, sfmbolo de las doce tribus de Israel, o sea, de toda la tierra, y también de los doce apdstoles, representantes de toda la Iglesia ( Ap. 21, 14).b
3. Bases tradicionales. Pone de relieve justamente la encfclica «Ad coeli Reginams que la R. de M. no es aciertamente una verdad nueva propuesta al pueblo cristiano, ya que el fundamento y las razones de la dignidad real de María, copiosamente expresadas en todos los tiempos, se encuentran en los documentos antiguos de la Iglesia y en los libros sagrados de la liturgias. Siguiendo el ejemplo del P. Barré ( Marie reine du monde, en a Bull. Soc. Fran?. Et. Mar.s, 1937, pp. 21-75; La royautt de Marie pendant les neuf premiers siecles, en aRech. de science religieuses, 1939, pp. 129-162; 301-334), la historia de la doctrina de la R. de M. puede dividirse en tres grandes periodos, cada uno de los cuales presenta algunas caracteristicas particulares, a saber: a) del s. i al s. ix (perfodo de formación); b ) del s. ix al s. xvi (perfodo del desarrollo); c) del s. xvi al s. xx (perfodo de triunfo). Primer periodo: del s. I al ix. Es el perfodo de la formación o formulación. Trataremos de poner en claro los factores que la han presidido y determinado. La primera expresión elemental de la R. de M. la encontramos en el arte paleocristiano de las catacumbas.
En una pintura (la adoración de los Magos) de las catacumbas de Priscila, que se remonta al s. ir, María Santfsima presenta un tocado que trae a la memoria el de las emperatrices de aquel tiempo. En los siglos hi y iv se la representa majestuosamente sentada. Asf se comienza el desarrollo del germen real mariano contenido en dos relatos evangélicos: la anunciación («madre de uno que ser i. Reys) y la visitación («madre del SenorB). a) «Madre de uno que serd Reys: de esta expresión del ángel a «madre del Reyn, el paso (el primer paso en el desarrollo de la doctrina de la R. de M.) es brevisimo y facilisimo: si Cristo es Rey, María Santísima, su madre, es amadre del Rey®. Además, de amadre del Rey® a « reina®, reina-madre, el paso (el segundo paso) es también brevisimo y facilisimo. Así, por ej., procedid Crisipo de Jerusalén. María Santísima es llamada amadre del Rey® por S. Efrén, por Hesiquio de Jerusalén (De S. María Deipara, homilia, PG 92, 1368), por Sedulio ( Opus paschale, PL 18, 599), por Prudencio (Dittochaeum, 27, PL 60, 102), etc. b ) a Madre del Seiior®: también de esta expresión (de Santa Isabel) a a Señora® (en el sentido de Dominadora) el paso es brevisimo y facilisimo.
El primero en deducirlo fue, al parecer, Origenes: «Tti, madre de mi Señor, tu, señora mfa» ( Homil. in S. Lucam, homil. VII [de la cadena de Macario Christocéfalo], PG 13, 1901cd). Otro tanto hizo S. Efrén (Hymni de B. M., XVI, 6, ed. Lamy, II, 590; ed. Assemani, III, 524), etcetera. S. Jerdnimo refiere que a María®, en siriaco, significa asefiora® (Liber de nominibus he braids, PL 29, 842). Esta interpretación del nombre de María influyd mucho en los escritores subsiguientes, por ejemplo, en S. Pedro Crisdlogo ( Sermo 142, De Annuntiat. B. M. V., PL 52, 579). Notable factor de desarrollo fue la definición efesina de la divina maternidad de María, intimamente unida con el primer y fundamental titulo de su realeza (el derecho de naturaleza). En el s. vi, Leoncio de Bizancio llama a María areina®, «la sancta regina® ( Adv. Nestorianos, L. Ill, c. 9, PG 86, 1641). Román el Melodioso la llama areina del mundo* y la describe como sentada en el trono de su Hijo (Cf. Pitra, Anal. Sacra. Solesm., Parísiis 1876, p. 515). También en el discurso De Simeone et Anna, atribuido a S.
Metodio, María es llamada « vera regina» (PG 18, 359), mientras que Venancio Fortunato (si es autdntico) la llama afeliz reina®, areina junto al Hijo Rey® (De laudatione Mariae, PL 88, 282). Así, pues, al titulo de areina® se anaden los diferentes epitetos (santa, verdadera, feliz). Theoteknos, obispo de Livias (entre el 550 y el 650), parece haber sido el primero en aplicar a María el salmo mesúnico 44: aAstitit regina...» (Cf. Wenger, A., L'Assomption de la T. S. Vierge dans la Tradition Byzantine du VI e au X t sidcle, París 1955, p. 275). En este salmo, a la derecha del «rey» mesiánico, está la areina® con manto real. En este primer periodo se afirma, pues, generalmente el hecho (expresado por el nombre) de la R. de M. con varios epitetos. Influyeron notablemente en el desarrollo de la doctrina realmariana los diversos discursos sobre la Asunción, con ocasión de la celestial glorificación de María. En el s. vn son dignos de mención: San Modesto de Jerusalln, Juan de Tesaldnica y S. Ildefonso de Toledo. S. Modesto aplica a María el versiculo 10 del salmo 44: a A tu diestra est& la reina...® y Hama a Nuestra Señora asoberana de los mortales® (Encomium in dormitionem SS.
Dominae nostrae semper Virginis Mariae, n. 10, PG 86, 3289, 3290). Juan de Tesaldnica llama a María asoberana sefiora de todo el universo», abienaventurada soberana del mundo® (Homil. in Dormit., PO 19, 375). S. Ildefonso de Toledo sobrepasa a todos sus predecesores en ensalzar la R. de M. y su completo dominio sobre 61 (De virginitate per pet ua B. M. V., PL 96, 58, 105, 107). Es el primer gran cantor de la R. de M. En el $. viii, S. Andrés de Creta nos presen ta a María como reina en la predicción profética (Homil. IV in Nath. B. M., PG 97, 872), reina en su nacimiento (Homil. Ill in Nath. B. M. t PG 97, 833), reina en su entrada en el cielo (Homil. 7, II, III in Dormit. B. M., PG 97, 1045). S. Juan Damasceno no sólo habla de María Reina, de María Soberana de toda criatura (Homil. 2 in Dormit., PG 96, 721), sino que indica, ademds, en su maternidad divina, el fundamento de tal realeza (Ibid.). Ambrosio Autperto, ademls de Hamar a María averdadera reina de los cielos® (Serm. 208 in festo Assumpt., PL 39, 2130), pone de relieve su cualidad de madre y esposa del Rey de reyes (Ibid., 2134).
Se comienza asi a'hacer referenda al segundo titulo fundamental de la R. de M.: el de aesposa® del rey, que la hace «reina-esposa» (ademas del título de areina-madres). Segundo penodo: del s. IX al xvi. Es el perfodo del desarrollo. La Edad Media heredd la doctrina de la realeza mariana del perfodo patrfstico, le dio mayor desarrollo y la hizo popular con las representaciones del arte (la coronación de María) y con las fórmulas de plegarias (por ej., la aSalve Reginas). En el s. ix sobresale, entre todos, José el Himndgrafo, el cual habla de María como soberana de la tierra y del cielo, por lo me* nos en 239 pasajes de sus himnos. En el s. x es digno de mención Juan el Gedmetra, gran cantor de la R. de M. Describe a la Virgen arevestida de un manto con reflejos de oro y a punto de ser proclamada por reina de toda la naturaleza creada... y a tomar lugar a la diestra de su Hijo y Reyn (Laus in Dormit. B. M. Virgi - nis, en Wenger, A., L' Assomption..., p. 365, n. 1).
La llama anuestra comiin soberana® (p. 371, n. 10) y afirma que Ella fue llevada por Jesús en alma y cuerpo aa reinar con El®, ade manera que por Ella nuestra naturaleza fue introducida en los cielos y reina sobre todas las cosas tanto visibles como invisibles b (p. 393, n. 41). «Hoy —dice— esta capital (Constantinopla) y reina de las ciudades se pone esta vestádura tejida de oro y de variedad de la reina del universo y su propia reina, como una fortaleza o una armadura, o mis bien como una corona o cinturón real... Ataviada con esta vestidura y cenida con este cinturón, nuestra ciudad mantiene, por medio de Ella, el imperio y el reino de todo el universo...® (pp. 296-297, n. 45). La Virgen elevada al cielo es la acomtin reina del universo, que conserva un reino indestructible, en segundo rango después de la real Trinidad, revestida de toda su riqueza real, admirada y venerada por todos...® (p. 405, n. 57). Da gracias, pues, al Senor «de que se haya dignado... establecerla por reina del universo, del cielo y de la tierra® (p. 407, n. 59).
Dirigiéndote, pues, a la celestial reina, dile: a Ahora que has sido constituida reina, a la derecha del Rey..., que recibes de las manos de tu Hijo y Dios la diadema de gracia, el cetro del reino, el cinturón y la piirpura, sfmbolos del poder universal, de la luz que dimana de toda tu persona, y de la divinización de tu naturaleza; ahora, pues, escucha, oh hija: los ricos del pueblo imploran tu rostro, todos los que, según la dignidad o la virtud, son nuestros intercesores ante Aquel que intercede por nosotros... El Rey misericordioso se hace, si cabe, mis misericordioso todavfa, El que ha escogido a esta reina por su misericordiosa bondad, y que quiso que esta reina tan misericordiosa fuese su madre y, al mismo tiempo, mediadora y reconciliadora ante El... La cual aplaca su justa ira, en todo momento, y envfa a todos sus misericordias y derrama a profusion sus larguezas® (p. 409, nn. 61-63). Y concluye: «j Reina sobre tu pueblo y sobre tu herencia!» (p. 415, 70). Una homilfa que es toda ella un himno a la R. de M. En el s. xi surge la aSalve Reginas, de autor incierto, autdntico himno de la R. de M. Tenemos, ademds, a S. Pedro Damiano, que celebra de muchas maneras la R. de M.
Le da los títulos de «domina mundi, coeli reginas (, Serm. 40 in Assumpt. B. V. M>, PL 144, 717), a virgen regias (Ibid.), a reina que se sienta a la diestra del Senor de los ejdrcitos con vestido dorados (Ibfd.), a reina del mundos {Serm. 46 in Nativ. B. V. M., PL 144, 753), averdadera reina del cielos {Serm. 44 in Nativ. B. V. M. t PL 144, 738). Es también digno de mención S. Anselmo de Luca. En los escritos a £1 atribuidos, particularmente en las aMeditationes de salutatione B. V. M.s y en las aMeditationes super Salve Reginas, establece la base de la R. de M. en la maternidad divina: aTti fuiste señora por razón de la dignidad, porque fuiste madre del Rey; por razón de la virtud, primera entre las vfrgenes; por razón del lugar, porque tu trono estl sobre el trono de los dngeles® (PL 149, 582). S. Anselmo de Cantorbery, en las prcces y en los himnos a 61 atribuidos, gusta de subrayar la misericordia de la reina, llamándola <la reina misericordiosa® (Or. 46, PL 158, 942), a reina clementfsima® (Ibfd., 943). En el s. xii, entre los muchos cantores de la R. de M., se distingue Eadmtro de Cantorbery, citado con frecuencia en la encf- clica «Ad coeli Reginam*.
Pone por base de la R. de M. la maternidad divina y la corredencton, o sea, el título de naturaleza y el de conquista. Da asf el primer esbozo del doble fundamento de la R. de M. En el s. xiii sobresalen S. Buenaventura, Conrado de Sajonia y, de un modo particular, el ps.-Alberto Magno, en el famoso Mariale. Segtin este último, María es reina en sentido propio y formal. aPor el mismo dominio y reino por el que el Hijo lleva el nombre de Rey, Ella lleva el de reina. Fue hecha verdaderamente —dice el Damascene— señora de todas las criaturas por el hecho de ser madre del Creador* ( Mariale, q. 168, Opera, 20, p. 123). Aun mis: aLlimase en sentido propio reina de Francia a aquella que en realidad y por derecho es sefiora de todos aquellos que estin en Francia; y como la Beatfsima Virgen, en sentido verdadero y propio y por derecho, es señora de todos aquellos que estin en la misericordia de Dios, por lo mismo Ella es en sentido propio reina de misericordia* (Ibid., q. 163, p. 113). Ensefia que la aBeatisima Virgen fue subida al cielo para que ayudase a los que se han de salvar y para que participase en el reino...
Ella sola obtiene el consorcio en el reino porque habfa participado en el trabajo* para la reconquista del ginero humano (, Mariale, q. 43, 20, 42). Su reino se extiende tanto cuanto el de Dios: oElla... es señora de todos aquellos de quienes Dios es Sectors (Ibid., q. 29). « María tiene todo el poder en el cielo, en el purgatorio y en el infiemo* (Ibfd., q. 43, p. 43) (Cf. Amords, L., La realeza de María en el «Mariale» atribuido a S. Alberto Magno, en aEst. Mar.s, 17 [1959] pp. 129-150). Con el ps.-Alberto Magno la doctrina realmariana adquiere mayor desarrollo y precis ton. Las mismas ideas se expresan mis o menos en otra obra erróneamente atribuida a S. Alberto Magno: los Libri XII de Lau - dibus B. M. V. (entre las Obras de S. Alberto M., vol. 20, pero que en realidad pertenecen a Ricardo de S. Lorenzo). Estas ideas son mis o menos repetidas en los siglos subsiguientes, hasta el xvn. En el s. xiv merecen especial mención Dante Alighieri, cantor de la R. de M. en su «Divina Comediai (Cf. Socche, B., La Madonna Regina delVXJniverso nella Divina Commedia, Reggio E. 1955) y Gregorio Palamis ( Homilia 37 in SS. Dormitionem pu - rissimae Dominae Nostrae (PG 151, passim).
En el s. xv baste nombrar, entre otros, a Juan Gerson, S. Bernardino de Siena y Dionisio el Cartujano. Gerson pone de relieve que, en virtud de la maternidad divina, María a tiene algo asf como autoridad y natural dominio sobre el Senor de todo el inundo y, con mayor razón, sobre todo aquello que esti sujeto al Seflor, de modo que ante su nombre todo dobla la rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno...s ( Serm. de Annuntiat. B. V. M., n. 3, Opera Omnia, Antuerpiae 1706, col. 7366-67). San Bernardino de Siena ensalza el soberano poder de la Virgen sobre todas las criaturas: «Tantas criaturas sirven a la B. Virgen cuantas sirven a la Trinidad, o sea, todas las criaturas, cualquiera que sea su grado entre las cosas creadas, ya espirituales, como los Angeles, ya racionales, como los hombres, ya corporales, como los cuerpos celestes y los elementos, y todas las cosas que se hallan sea en el cielo, sea en la tierra, tanto condenados como bienaventurados, todas las cosas, en fin, al estar sujetas al divino imperio lo están también al de la Virgen gloriosa. Aquel que era Dios sirvid a la madre en la tierra...
Se puede decir con verdad: al divino imperio sirven todas las cosas, incluso la Virgen. Y es asimismo verdadera la afirmación: al imperio de la Virgen sirven todas las cosas, incluso Dios* (Serm, 5 de B. V. M., cap. 6, Opera Omnia, Venetiis 1745, vol. 4, p. 92). Dionisio el Cartujano se hace eco de S. Alberto Magno (De dignitate et laudibus B. M. V, t Opera minora, Tornaci 1908, vol. 4, pp. 125-166). Tercer periodo: del s. xvr al xx. Es el periodo del triunfo. En este tercer periodo tenemos el pleno desarrollo y el pleno triunfo de la R. de M. Adem&s de consolidate y reivindicarse el hecho, es cuidadosamente estudiada y profundizada la naturaleza del mismo y el poder real de María. En el s. xvi, S. Pedro Canisio defiende valerosamente, contra los protestantes, la R. de M. (junto con las demis prerrogativas), apelando a la Iglesia (no sólo latina, sino también griega y siriaca), la cual «ya desde siglos la saluda y predica piiblicamente, con solcmnc epiteto, llamindola «reina del cielo* (De María Virgine incomparabili. Lib. 5, cap. 13, en Bourassd, vol. 9, col. 150).
En el s. xvii se despierta entre los tedlogos un particular interns por la R. de M. mediante discusiones y precisiones, iniciándose de esta manera la edad de oro de tal realeza. Baste citar a Francisco Suirez, S. Lorenzo de Brindis, Antonio Spinelli, Fernando Quirino de Salazar, Francisco Poird, Justino Miechowita, Cristdbal de Vega y, de modo particular, Bartolomd de los Rios (Cf. Musters, A., O. E. S. A., La souverainete de la Vierge dapres les ecrits mariologiques de Barthilemy de los Rios, Bruges 1946), el cual ejercid gran influjo en los escritores subsiguientes. El s. xvm está dominado por dos figuras gigantescas: S. Luis M. de Montfort (Cf. Cadieux, M.-M., La royaute universelle de Marie dans Voeuvre de saint Louis-Marie de Montfort, en a Alma Socia Christi*, vol. 8, Romae 1953, pp. 97-132) y S. Alfonso María de Ligorio (Cf. O. Conell, F. J., St. Alphonsus and the Queenship of Mary, en a Alma Socia Christis, vol. 3, Romae 1952, pp. 122-126). En el s. xix tuvieron un notable influjo en la doctrina realmariana Pio IX y León XIII.
Pio IX, en la alocución a Quod votis omnibus b, pronunciada en la primera sesión del concilio Vaticano I (8 de diciembre de 1868), invocaba a María como aEcclcsiae Regina * (Pit IX Pont. Max. Acta, Pars I, vol. 5, Romae, pp. 109-115), y en la bula alneffabilis Deusn, ademds del hecho de la universal R. de M., ilustraba también el real poder de intercesión (Cf. Tondini, Le Encicliche Mariane, Roma 1950, pp. 29-57). En 1875, Pio IX aprobaba el titulo de «Inmaculada Virgen, Reina del universo* para la imagen de la capilla de Monte Pio IX, sobre los Alpes (Cf. Geenen, María Koningin, pp. 80-81). León XIII, en sus ocho enciclicas marianas, tiene elocuentes alusiones a la R. de M. Con Breve del 15 de junio de 1875, indulgenciaba la jaculatoria «María, dominare nostri, Tu et Filius tuusW, y en 1902 hacía coronar en Friburgo, Suiza, en su nombre, la imagen de María «Reina del universo ». En 1830 la Virgen Santísima se aparecía a Santa Catalina Labourd como mediadora y reina del mundo, y esta aparición origind el movimiento por la consagración del mundo a María como reina del universo.
En 1864 algunos obispos dirigian a Pio IX una siiplica en la que expresaban el voto de los fieles en favor de la solemne proclamación de la R. de M. Finalmente, el s. xx puede llamarse el siglo de la R. de M. En efecto, se iniciaba bajo los auspicios de la misma. El congreso de Lyon (en 1900) emitia un voto por la consagración del universo a a la reina del universo», por la institución de la «fiesta de la realeza universal de Marias y por la inclusión, en las Letanias Lauretanas, de la invocación: «Reina del universo, rogad por nosotros.* Dos años después, el Congreso Intemacional de Friburgo (en 1902) emitia, el primero entre todos, este voto: «Que el Romano Pontifice se digne proclamar solemnemente a María Reina del universo, e instituir, bajo este titulo, una fiesta que se celebre el 31 de mayo.* Y adelantdndose a eso, se consagraron solemnemente.a María, en una plaza piiblica, la ciudad y el cantón de Friburgo, y se corond solemnemente una imagen de Nuestra Señora, bajo el titulo de Reina del universo.
Cuatro años mis tarde, en 1906, la sección francesa del Congreso Intemacional de Einsiedeln, después de una información sobre la realeza universal de María, emitia el voto siguiente: «Que tenga a bien Su Santidad consagrar solemnemente el universo a la Santísima Virgen bajo el titulo de Reina del universo, establecer una fiesta a la realeza universal de María con oficio y misa propios que sirvan de clausura al mes de María.* Seis años después, en 1912, el Congreso Mariano Intemacional de Trdveris se proponia ilustrar, con la aprobación de la Santa Sede, la R. de M. bajo el aspecto teoldgico, histdrico y moral. En 1919, en el Congreso Mariano de Co- lombia celebrado en Bogota, N.ª S.ª de Chiquinquira era solemnemente coronada y proclamada Reina de Colombia. En 1933, por iniciativa de María Desideri, surgia en Roma un a Movimiento Internacional Pro Regalitafe Mariae 0 (puesto, en 1941, bajo la presidencia de S. E. Mons. Alfonso M. De Sanctis, obispo de Todi y presidente de los Congresos Eucaristicos Italianos). La finalidad de este movimiento era recoger las adhesiones del episcopado mondial en favor de la institución de la fiesta de la R. de M.
El drgano del movimiento es la revista aLa Regalitk di Marias. Llegaron asi a recogerse m&s de mil adhesiones (entre ellas las de 51 cardenales), reunidas en 12 gruesos voliimenes presentados a Pio XII por el P. Roschini, vicepresidente del piadoso movimiento. En el mismo ano 1933, S. E. Mons. Angel M. Hiral, vicario apostdlico de PortSaid, bendecia y colocaba la primera piedra de una catedral dedicada a María Reina del mundo, consagrada despues solemnemente por el cardenal Dougherty, en nombre del papa, el 13 de enero de 1937. En aquella ocasión todo el vicariato era solemnemente consagrado a la celestial reina. Pio XI concedia a todo el vicariato del Canal de Suez la facultad de afiadir a las Letanias Lauretanas la invocación: Regina mundi, ora pro nobis.
En 1938, con ocasión del III Centenario de la solemne consagración de Francia a María por el rey Luis XIIT, se celebraba en Boulogne-sur-Mer (del 20 al 24 de julio) un Congreso Nacional Mariano todo sobre el tema: «La R. de M. considerada bajo el aspecto positivo, dogm&ico y morals Entre los votos del Congreso figuraba también el de ahadir a las Letanias Lauretanas la invocation: «Reina del universo, rogad por nosotros.s En 1938 todo el episcopado peruano enviaba al Santo Padre una stiplica en favor de la institution de la fiesta de la R. de M. Otro tanto hacía el episcopado de Colombia, y en 1952, el episcopado canadiense.
En 1940 el Congreso Nacional Mariano de Zaragoza abogaba por tres cosas: por la propagation, entre los fieles, de la doctrina de la R. de M., por la institución de la correspondiente fiesta liturgica y por la insertion en las Letanias Lauretanas de la invocación: «Reina del universo, rogad por nosotros.s Uno de los principals efectos de este movimiento realmariano fue un verdadero florecer de los estudios sobre la R. de M., comenzando por el trabajo teolOgico de De Gruyter, con el titulo: De María Regina (Boscoduci 1935), al que siguieron otros muchos estudios asi de índole positiva como especulativa. En 1953 la Sociedad MariolOgica Américana celebraba en Cleveland sus anuales sesiones de estudio sobre la R. de M. y enviaba al pontifice una petición por la institución de la fiesta de la R. de M. (Cf. cMar. St.s, vol. 4, 1953). En la tarde del 19 de junio de 1954 «L’Osservatore Romanos lanzaba al mundo el jubiloso anuncio de que el Padre Santo, Pio XII, el l.° de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, en la clausura del Congreso International MariolOgico-Mariano (casi todo sobre la R. de M.) proclamaria la fiesta litfirgica de la R. de M.
El 11 de octubre se publicaba la enciclica «Ad coeli Reginams, y el l.° de noviembre de 1954 Pio XII, en la basilica vaticana, como en senal tangible de la realeza, tan solemnemente proclamada poco antes, coronO con sus augustas manos y con uqa nueva diadema real preciosisima la veneradisima imagen de María «SaIus Populi Romanis.
4. Razones teoldgicas. También la universal R. de M. se entrelaza con todos los principios marioldgicos, tanto con el primario como con los secundarios, y es una ldgica exigencia de los mismos. 1) En virtud del principio primario, o sea, la maternidad universal, respecto de Cristo y de los cristianos, María debe ser llamada, en sentido verdadero y propio, reina del universo.
a) Como madre de Cristo, ante todo. Efectivamente, Cristo, el Hombre-Dios, es verdadero Rey del universo, Rey por naturaleza, al que fue dado todo podfer en el cielo y en la tierra, y nacio de Ella como Rey; siguese, pues, de ahi que su madre es llamada naturalmente reina, en sentido verdadero y propio, por derecho mismo de naturaleza. La realeza es una consecuencia de esta maternidad: una maternidad regia. Puso de relieve justamente S. Bernardino de Siena: «Ser madre de Dios es mucho más que ser señora de las criaturas de Dios, ya que esto segundo depende de lo primero, como la rama depende de la raiz» ( Sertn. 3 de nomine Mariae, Op. Omnia, t. 4, Lugduni 1550, p. 826).
b) Como madre de los cristianos, místicos miembros de Cristo cabeza. María, en efecto, como corredentora, junto con Cristo Redentor, los ha regenerado para la vida sobreoatural de la gracia, perdida con el pecado, o sea, los ha reconquistado, libróndolos del dominio de Satands y haciéndolos súbditos del reino de Cristo; por consiguiente, si Cristo, como Redentor, es Rey por derecho de conquista, María, como corredentora, por el mismo titulo, debe proclamarse reina. 2) También los cuatro principios secundarios exigen, a su modo, la R. de M.
a) La exige el principio de singularidad o trascendencia. En virtud de este principio, María —andlogamente a Cristo— tiene una primacia de excelencia sobre todas las cosas, ya que la dignidad de su persona —como advertia S. Bernardino de Siena— atrasciende toda dignidad de los ministros y de los siervos* (L. c., p. 826). Por eso la Iglesia llama a María en las Letanias Lauretanas a Reina» de los dngeles y de todos los santos, patriarcas, profetas, m dr tires, confesores, vírgenes. Una tal realeza de excelencia (ratione excellentiae) da a la Virgen cierto derecho a la realeza de poder (ratione potestatis), puesto que el recto orden exige que los superiorcs gobiernen a los inferiores, que los más dignos (superioridad intrinseca) gobiernen a los menos dignos (superioridad extrinseca).
b) La exige el principio de convenience. Se trata —tdngase en cuenta— no de una simple conveniencia (cuyo opuesto no es inconveniente), sino de una conveniencia, por asi decir, calificada (cuyo opuesto es inconveniente). Seria, en efecto, inconveniente que la madre de un rey no fuera también reina, y que la comparticipe del rey en la reconquista de un reino no fuera participe de la realeza, o sea, del dominio sobre aquel reino.
c) La exige el principio de eminencia. Todo lo que de más perfecto, de más digno se encuentra en lo creado, debe encontrarse también en María, de algiin modo. Y como entre las dignidades de lo creado está tambi£n la de reina, o sea, de esposa y de madre de un rey, también esta dignidad y perfection debe hallarse en María de modo eminente. Tanto más cuanto que los reyes y las reinas de la tierra no son más que simples vicarios y representantes del Rey y de la Reina del cielo, a ellos sometidos, por lo que Jesiis es el Rey de reyes y María es la Reina de las reinas. De aqui se sigue también que Cristo es mucho más rey que todos los reyes de la tierra, y que María es mucho más reina que todas las reinas de la tierra. María no es siSbdita de Cristo Rey, sino su asociada.
d) La exige el principio de analogia o semejanza con Cristo. Las prerrogativas y la dignidad de María son andlogas a las prerrogativas y a la dignidad de Cristo. De ahi se sigue, por lo mismo, que a la realeza de Cristo debe corresponded andlogamente, la R. de M. Todo hijo, en efecto, es como una prolongation de su madre, de la misma manera, en cierto modo, que el fruto es prolongation del drbol que lo produce. Madre e hijo, esposa y esposo se asemejan. El fulgor del hijo se refleja enteramente en la madre; el del esposo, en la esposa. Y como María es madre de Cristo Rey, y es también su esposa en la regeneration sobrenatural de la humanidad, siguese de ahi que María deba asemejarse a Cristo, su Hijo y su Esposo, también en la dignidad real. María fue predestinada como reina juntamente con Cristo Rey del universo. III. Naturaleza de la R. de M. I. Dificultad de la cuestión. Una cosa es el hecho y otra la naturaleza del hecho. El hecho, en cuanto hecho, es fdcilmente cognoscible, mientras que la naturaleza del hecho es muy dificil de conocer.
Segun esto, podemos afirmar, sin temor de exagerar, que, cuanto más claro es el hecho de la R. de M. (atestiguada de mode imponente tanto por la tradition cristiana como por la liturgia), tanto mis oscura es la naturaleza de tal hecho. Nada tiene, pues, de extrano que el entendimiento de los teOlogos haya tenido que trabajar mucho para descubrir la naturaleza de la R. de M., y que aun en la actualidad estemos bastante lejos de un vulgar conocimiento. La cuestión, empero, parece estar bastante madura, especialmente despu!s de la enefeliea pontificia a Ad coeli Regin am*.
2. Sintesis histdrica de la cuestión. Ayuda mucho, para llegar a formarse una idea mis o menos precisa de la naturaleza de la R. de M., seguir paso a paso los laboriosos esfuerzos de los teOlogos en la solution de este arduo problema. El m!rito de haber iniciado la investigation de tan noble tema corresponde al doctor
L. J. De Gruyter, el cual, por vez primera, ofreció en 1934 a la mariologfa una monograffa completa sobre la R. de M. (De Gruyter, L. J., De Beata María Regina, Boscoduci 1934). De Gruyter, holand!s, acaso bajo el influjo del concepto de reina de su pals (la cual, en definitiva, no es mis que un rey de sexo femenino, con todos los poderes de un rey), presentaba a María como una reina revestida, como Cristo, de todos los poderes de un rey, esto es, del poder legislative, judicial y ejecutivo, con el intento de sdirigir las muchedumbres de una sociedad perfecta a su fin comtin* {Op. cit., pp. 144 ss.). Este mismo camino segufa, en el mismo afio 1934, el P. Ernesto Mura {Le Corps Mystique du Christ, t. II, c. X, pp. 157 ss., París 1934), y en 1936 el P. Caspar Friethoff, O. P. {De Alma Socia Christi Mediatons, Romae 1936).
La primera reaction a esta corriente primitiva se origin! en una recensión crftica del P. Congar, O. P., de la obra de De Gruyter. Hacfa observar, muy oportunamente, que el concepto de reina es muy distinto del de rey, ya que supone funciones muy diversas con relation al bien comtin de los pueblos (Cf. «Rev. Sc. Phil, ct Thiol.», 25 [1936] p. 761). Pero el P. Congar no pasaba mas adelante. Al P. Congar hacfa eco el P. Barr!, el cual subrayaba que el concepto de realeza an'est pas univoque mais “analogue”: la royaut! d’un roi n’est pas identique k celle d’une reine —j’intends d’une rcine; mere ou !pouse d’un roi effectivement rignant— et la meme definition ne peut convenir !galement k toutes deux. Sur un fond commun assez imprlcis, viennent se greffer des divergences es sent idles* (Barr!, Marie, Reine du Monde, en «Boll. Soc. Fran?. Et. Mar.*, a. 1937, p. 33). La realeza de una madre o esposa del rey (o sea, de una reina) consistirfa —según el P. Barr!— en la influencia que ella ejerce sobre el rey, con el cual estti fntimamente unida; y esta influencia as’exerce doublement: par son pouvoir d’intercession...; par son prestige personnel* (art. cit., p. 34).
Se tratarfa, pues, de una realeza que ejerce su real influjo mis sobre el rey que sobre sus stibditos, al menos directamente. Limita, en efecto, la influencia de María al orden moral, o sea, a la sola intercesión eficaz, universal, matema; sin extenderla al orden ffsico instrumental (Ibid., p. 68). El P. Clemente Dillenschneider, ademis de aceptar las posiciones del P. Barr!, aflade un nuevo elemento: el del dominio de María Reina sobre todos sus stibditos, esto es, un verdadero poder legislativo, constituido por el poder que ejerce la madre de Dios en el orden de la gracia, ya' que la ley del Nuevo Testamento, según Santo Tom!s {S. Th., I-II, q. 116, a. 1), no es mis que la gracia del Espfritu Santo (Dillenschneider, Cl.,
C. SS. R., De la souveraineti de Marie. Rapport de thiologie dogmatique dans mSouverainete de Marie*. Congr!s Marial de Boulogne-sur-Mer Quillet 1938] pp. 126 ss.). Era !ste un nuevo paso adelante en la solucitin del problema de la realeza mariana. El P.
Dillenschneider, no obstante, limitaba este dominio de María sobre la gracia al solo poder de intercesitin, dado que stilo en esto es Ella auttinoma, independiente, mientras que en la producción de la gracia y en la distribution de la misma es dqpendiente de Cristo, como instrumento subordinado a £
1. Con razón, pues, los PP. Franquesa y Sebastiin haefan la observación de que tambi!n en la intercesión María depende de Cristo y esta subordinada a £1, en virtud de la asociacitin con £1 (Franquesa, P. - Sebastian, F., C. M. F., Quaesttones de Regalitate Mariae, en «Eph. Mar.*, 5 [1955] p. 398). Estos dos autores hacen observar, ademtis, que el concepto de areina* difiere esencialmente del concepto de «rey». Pero el concepto de areina* depende del concepto de «rey*; por eso ellos procuran determinar primero el concepto de arey* para pasar después a detenninar el de «reina». Segtin esto, del examen de algunas tesis de Santo Tom&s (especialmente de las del «De regimine Principum*) se deduce que son dos las notas esenciales del concepto de arey*: la primera estti constituida por la eminertcia (o preeminencia), esto es, la primacfa sobre todos los stibditos (elemento esttitico); la segunda, a su vez, estti constituida por el dominio sobre los stibditos para dirigirlos a un fin comtin (elemento dintimico, que se deriva del esttitico).
La primera nota esencial estti constituida por la eminencia, o sea, por la primacia sobre los demtis, que —según los sobredichos autores— puede ser metaftirica o propia; si es metaftirica, tenemos una realeza metaftirica (por ej., la rosa es la reina de las flores; el letin es el rey de la selva); en cambio, si es propia, tenemos una realeza propia (por ej., el rey de Btilgica). Sin esta primacia, la realeza es inconcebible. La segunda nota esencial, derivacitin de la primera, est £ constituida por eL dominio que el rey tiene sobre sus stibditos. Este dominio pertenece al orden moral, no al fisico, ya que es con el mando con lo que dirige a los stibditos al fin comtin. Los otros poderes (por ej., el coercitivo) no esttin contenidos en el concepto de rey. Y pasando a determinar el concepto de ((reina*, los dos sobredichos autores ponen de relieve la analogia que media entre los dos ttirminos hombre-mujer y rey-reina. El hombre y la mujer —según el designio del Creador— se completan, tanto física como psiquicamente, de modo que de entrambos resulta el hombre completo, perfecto.
Digase otro tanto del binomio «rey-reina»: son dos individuos que, en la direccitin de sus stibditos al fin comtin, se completan reciprocamente, de modo que de su unitin resulta un único principio total y perfecto de rtigimen y de gobierno. En virtud de esta intima unitin de la reina con el rey en cuanto rey, la reina viene a ser participe de la preeminencia o primado del rey (elemento esttitico) y de su dominio sobre los stibditos (elemento dintimico), un dominio caracteristicamente matemo (mientras que el del rey es caracteristicamente patemo). El concepto de areina* es, pues, una derivacitin y una participacitin del concepto de arey*. Suele preguntarse, entre los tetilogos, si el concepto de areina* incluye una verdadera, real e inmediata eficiencia sobre los stibditos. Los dos sobredichos autores deciden la cuestitin afirmativamente.
El concepto de areina* —dicen— ano stilo no excluye, sino que pide una verdadera y real eficiencia sobre los stibditos, de modo que la reina, dentro de los limites de sus derechos especificos, participa de lleno de la autoridad, esto es, del regio dominio*. aNo es contrario, sino conforme a la naturaleza de las cosas, que la reina, junto con el rey, constituya un principio de gobierno.* Creemos que los sobredichos autores han conseguido trazar, en lo sustancial, el camino adecuado para alcanzar una solucitin satisfactory de la ardua cuestitin considerada a la luz de la encidica «Ad coeli Reginam*, aunque algunas de sus expresiones o deducciones nos parezcan —como diremos— no del todo exactas.
3. Criterios para resolver la cuestión. Cuatro criterios —a nuestro parecer— deben guiamos en la solucitin del arduo problema de la naturaleza de la R. de M., a saber: 1) el titulo de «reina» no es un mero «simbolo», sino que contiene un verdadero sentido teoltigico; 2) determinacitin del concepto o significado primordial de los ttirminos «rey» y areina*; 3) analogia del ttirmino «realeza*; 4) distincitin entre los fundamentos y las notas caracteristicas o esenciales de la «realeza*. 1) El titulo de areina » no es un mero «stmboloj>, sino que contiene un verdadero sentido tcologico. Ante todo hay que admitir que el titulo de areina*, dado por la Iglesia a María, es un titulo que contiene un real sentido teologico, como se ccha de ver con claridad meridiana por toda la enciclica «Ad coeli Reginaim. Parece, pues, completamente equivocada la opinión expresada recientemente por un profesor de teologia (Le basi dogmatiche per costruire una vera devozione a Mario, Trento 1954, p. 58). Segiin 61, la «R. de M.» (como su amaternidad espiritualn) no seria mis que un simbolo y, para m£s, medieval, hoy casi en desuso.
Y la razón con que se ha querido justificar la afirmada vacuidad del «simboloi> de reina es ésta: Jesiis es «nuestro unico Señor y Padre en el verdadero sentido de la palabras. Esta razón, empero, no tiene en cuenta para nada la distinción que media entre lo que es por esencia (exclusivo de Dios, del Creador) y lo que es por participation. Por eso la enciclica afirma que María c iparticipa de la dignidad real® de Cristo. No se trata, pues, de un simbolo falto de realidad teológica, sino de un titulo lleno de significado, lo mismo que lleno de gloria. 2) El concepto primordial de los tirminos de a rey*, a reina*. Es necesario, en segundo lugar, determinar bien el concepto primordial, fundamental y esencial del término «rey», « reina®, prescindiendo de las diferentes formas accidentales, juridicas, que ha revestido a través de los siglos (como, por ej., la forma republicana, en la cual el llamado presidente de la repiiblica no es, en definitiva, mis que un arey*).- Es necesario, pues, tomar este tOrmino en su significado primordial, fundamental.
En efecto, tornado en este sentido, el tOrmino «reya (lo mismo que el de a presidente de la república») no expresa sino una cabeza suprema de una multitud (en una sociedad perfecta) y que, por lo mismo, tiene, como tal, dos caracteristicas, a saber: 1) una preeminencia o primacia no sólo de honor, sino también de dominio sobre todos los demis miembros de la multitud; 2) un real influjo sobre ellos, con el intento de guiarlos al fin comiin de la sociedad. Segiin esto, es evidente que esti fuera de lugar la objeción segiin la cual el sistema monirquico hoy ha pasado de moda (Cf. «Eph. Mar.», 1 [1951] p. 529). Aqui, en efecto, no viene a cuento la cuestión de monarquia o republica, sino de primacia y dominio sobre los pueblos, o sea, de algo que es comiin a las dos formas, tanto a la monarquia como a la republica. Y esti menos fuera de su sitio la ilación que algunos habrian querido hacer de la solemne proclamation de la R. de M. que tuvo lugar el l.° de noviembre de 1954 por parte de Pio XII: una preferencia por parte de la Iglesia de la forma monirquica sobre la republicana.
Esta ilOgica ilación quedO ya desbaratada por el mismo pontifice con estas palabras pronunciadas en aquel memorable dia: «Aun menos que la de su divino Hijo, la R. de M. no debe concebirse en analogia con la realeza de la vida politica moderna. No se pueden, sin duda alguna, representar las maravillas del cielo si no es mediante las palabras y las expresiones, muy imperfectas, del lenguaje humano; pero esto no quiere decir que, para honrar a María, haya que adherirse a una determinada forma de gobierno o a una particular estructura politica® (Cf. «L'Osservatore Romano*, 2-3 de noviembre de 1954). 3) Analogia del Ur mi no a realeza. Conviene determinar bien, en tercer lugar, el papel importantisimo que tiene la analogia en la presente cuestión. Analogia, en efecto, no es ni univocidad ni equivocidad (esto es, ni identidad ni diversidad), sino que es semejanza unida a desemejanza.
Así, por ej., el término «ente* se aplica tanto a Dios como a la criatura, no en sentido univoco, es decir, idéntico (ya que Dios es ente por esencia, mientras que las criaturas son entes por participación), ni tampoco en sentido equivoco, es decir, del todo diverso (ya que tanto Dios como las criaturas son verdaderos entes), sino solamente en sentido an ilogo (pues se trata de una semejanza que Ileva consigo desemejanza). La analogia se da, pues, cuando el término es comiin, y la cosa expresada por el término es la misma, pero segiin cierta proportion; asi, por ej., el tOrmino «cabeza» se puede aplicar, segiin cierta proportion, tanto al padre de familia como al rey de una nación, naturalmente con las debidas proporciones. En tal sentido sc verifica la analogia entre la realeza de Cristo y la R. de M. El término «realeza» se aplica tanto a Cristo como a María; pero la cosa significada por el nombre (la eminencia o primacfa sobre los stibditos y el dominio sobre ellos) es ciertamente la misma, pero segrin cierta proporción, o sea, que se trata de una realeza materna, matrimonial; de una realeza propia de la madre y de la esposa del rey.
Asf, pues, en virtud de su asociación a Cristo Rey, ya como madre suya, ya como a El asociada en la reconquista del gdnero humano caido bajo la esclavitud del demonio (es decir, en la regeneración sobrenatural de la humanidad), María es verdadera y propia reina, o sea, es partfcipe de la realeza de Cristo, su Hijo y su Esposo. Procediendo de este modo, se evita el error de quienes hacen de la R. de M. una especie de reproducción casi univoca, un duplicado de la realeza de Cristo, sicndo asf que se trata sólo de una participación de la misma, tal como la puede participar una madre y una esposa del rey. Puede decirse que existe igualmente una analogia de proporcionalidad propia entre la R. de M. y la realeza de las reinas de la tierra, o sea que, asf como la realeza de las reinas de la tierra es una participación de la del rey terreno, asi la realeza de la reina del cielo es una participación de la de Cristo, Rey de los reyes. Procediendo de este modo se evita el peligro de hacer de María Reina una especie de duplicado de las reinas de la tierra, cuando entre las dos realezas hay una distancia moralmente infinita.
Por tanto, la naturaleza de la R. de M. estl determinada anllogamente a la naturaleza de la realeza de Cristo (de la cual es una participación), y no andlogamente a la naturaleza de la realeza de las reinas de la tierra. Pfo XII se expresd asi: «Es cicrto que en sentido pleno, propio y absoluto, solamente Jesucristo, Dios y hombre, es Rey; sin embargo, también María, tanto en cuanto madre de Cristo Dios como en cuanto asociada en la obra del divino Redentor... participa la dignidad real, aun cuando no sea sino de manera limitada y analdgica (Cf. Encicl., n. 14). La R. de M. no es, pues, una disminución de la realeza de Cristo, como tampoco la realeza de una reina de la tierra lo es de la realeza de su esposo. Otro tanto se puede decir de la eficiencia de Dios y de la de las criaturas. Dios, comunicando su eficiencia a las criaturas, no disminuye, en manera alguna, la suya. 4) Distinción entre los fundamentos y las not as caracterfsticas de la R. de M. Hay que distinguir bien, en cuarto lugar, entre los fundamentos de la realeza y las notas caracterfsticas, esenciales de la misma.
No pocos tedlogos, en efecto, confunden estas dos cosas netamente distintas (aunque fntimamente unidas), identificando las notas caracterfsticas que constituyen la naturaleza de la R. de M. con los títulos o los fundamentos dogmdticos de la misma. Los fundamentos de la R. de M., segiin la enciclica (Cf. nn. 12, 13), son dos: la maternidad divina y la unión con Cristo en la obra de nuestro rescate; o, si se quiere, la asociación de María a Cristo Rey, tanto en virtud de su maternidad divina como en virtud de su cooperación a toda la obra de nuestra salvación. La enefeliea es bastante clara y explícita sobre esto: a Así como Cristo, el nuevo Adin, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor, asf también, según cierta analogia, se puede afirmar que la Beatfsima Virgen es reina, no sólo por ser madre de.
Dios, sino también porque, cual nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán.® Y más abajo, recalcando estos dos títulos, dice: «También María, sea como madre de Cristo Dios, sea como socia del divino Redentor en la lucha contra los enemigos y en el triunfo obtenido sobre todos ellos, participa de la dignidad real.* Y dice también: «La Beatfsima Virgen debe ser proclamada reina no tan sólo por su maternidad divina, sino también por la parte singular que, por voluntad de Dios, tuvo en la obra de nuestra eterna salvación.® Son, pues, dos los fundamentos dogmdticos o los títulos de la R. de M.; la maternidad divina y la corredención. En cambio, los constitutivos de la misma realeza son —como veremos— tres, a sa- ber: preeminencia real, poder real o dominio y eficacia de intercesión. Son Ostas las tres dotes o caractensticas reales que se derivan (y que, por lo mismo, son distintas) —según la enciclica— de la fntima unión o asociación de María a Cristo.
Cae, pues, por su peso que la R. de M., como cualquier otra realeza, es una función social, o, mejor, la suprema función social que se armoniza plenamente con su maternidad universal (la maternidad del Cristo total, cabeza y miembros) y con su mediation universal.
4. Solución de la cuestión, Sobre la maternidad divina y sobre la corredención, como sobre dos inconmovibles bases o columnas, se apoya, pues, la real diadema de María. Esto ensena la enciclica aAd coeli Regin arm. Despuds de haber hablado de la asociación de María a Cristo Dios como madre y como corredentora, Pfo XII prosigue (Cf. n. 14): «De esta unión [de María] con Cristo Rey [como madre y corredentora] le proviene esa espldndida preeminencia que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión con Cristo nace aquel real poder, por el que Ella puede distribuir los tesoros del reino del divino Redentor; finalmente, en esta misma unión con Cristo tiene origen la inagotable eficacia de su intercesión ante el Hijo y ante el Padre.* Est& claro: de la unión de María con Cristo (como Madre de El y como Corredentora con El) se derivan tres cosas: 1) una preeminencia, es decir, una primacia real sobre todas las demds criaturas; 2) un poder real o dominio sobre todos sus subditos; 3) una eficacia inagotable de intercesión, propia de una reina ante el rey.
He ahf, pues, las tres notas caractensticas, esenciales, de la R. de M., que se derivan (y que, por tanto, son perfectamente distintas) de la maternidad divina y de la asociación a la obra de la redención. He ahi, en resumen, la verdadera y propia naturaleza de la R. de M. La enciclica no se limita a enumerar las tres notas caracterfsticas que constituyen la R. de M., sino que las aclara de manera luminosa. 1) Preeminencia real. Esta primera nota caracterfstica de la R. de M. queda asf aclarada por la enciclica (Cf. n. 15): «No cabe, pues, duda alguna de que María supera en dignidad a toda la creation, y de que tiene la primacia sobre todos, después de su Hijo.* —canta S. Sofronio— superas sobremanera a toda criatura... ¿Qué puede existir de m£s elevado que semejante gracia, que por voluntad divina a ti sola ha cafdo en suerte?* (In Annuntiationem B. M. V., PG 87, 3238d; 3242a). A tal canto añade S. German la siguiente alabanza: aTu honorffica dignidad te coloca sobre toda la creacibn; tu sublimidad te hace superior a los ingeles* (Horn. II in Dormit. B. V. A/., PG 96, 715a).
Una vez afirmado el hecho de la «preeminencia* o «primacfa» de María sobre todas las criaturas, Pfo XII pasa a demostrarlo por la abundancia de la gracia que, desde el primer instante de su existencia, superb a la de todos los dngeles y santos juntos. Dice asf (Cf. n. 16): «Para llegar mis flcilmente a comprender la sublime dignidad que la madre de Dios ha alcanzado por encima de todas las criaturas, conviene recordar que la Santfsima Virgen, desde el primer instante de su conception, fue colmada de tal abundancia de gracias, que supera a la gracia de todos los santos.
Por eso —como escribe Nuestro Predecesor Pfo IX, de feliz memoria, en la carta apostOlica “Ineffabilis Deus”—: “Dios inefable, tan liberalmente ha enriquecido a María con la abundancia de los dones celestiales, sacados del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los Ingeles y santos, que Ella, completamente inmune de toda mancha de pecado, en toda la belleza y perfection, tuvo tal plenitud de inocencia y santidad que no se puede concebir otra mayor despuls de Dios, y que fuera de Dios nadie lograrl comprender jamls”.» La razón suprema de esta primacia debe buscarse en el hecho de la pertenencia de María al orden hipostltico, que es el orden supremo y que no sólo trasciende al orden de naturaleza (ordenado a la' gracia), sino tambitii al de la gracia y al de la consiguiente gloria. Como madre del Creador y Senor de todas las cosas, Ella está, necesariamcnte, en el primer lugar y muy por encima de todo.
Ella es la cumbre del universo creado: sobre Ella sólo hay uno, Dios; por debajo de Ella están todas las dem£s cosas. 2) Poder real En virtud de su potestad real, María tiene un verdadero y propio dominio, un verdadero influjo (junto con Cristo y a El subordinada) sobre todas las cosas creadas, sobre todos sus subditos. Nos lo ensena la enciclica (Cf. n. 17): «Además, la Bienaventurada Virgen no sólo ha tenido, después de Cristo, el grado supremo de excelencia y perfección, sino también una participation en aquel influjo con que su Hijo y Redentor nuestro con razón se dice que reina sobre el entendimiento y la voluntad de Ios hombres.
Si, en efecto, el Verbo obra los milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que ha asumido, si se sirve de los sacramentos, de sus santos, como instrumento para la salvation de las almas, i por qué no va a poder servirse del oficio y de la obra de su Santísima Madre para distribuimos los frutos de la redención? “Ocupindose con dnimo verdaderamente materno —como dice Nuestro predecesor Pio IX, de santa memoria— del negocio de nuestra salvación, Ella est i solicita por todo el gOnero humano, habiendo sido constituida por el Senor por reina del cielo y de la tierra y ensalzada sobre todos los coros de los dngeles y sobre todos los grados de los santos en el cielo, y haUdndose a la diestra de su unigOnito Hijo, Jesucristo, Nuestro Señor, con sus maternales siiplicas impetra eficazmente, obtiene cuanto pide, y no puede menos de ser escuchada.” A este propOsito otro predecesor Nuestro de feliz memoria, León XIII, declarO que a la Bienaventurada Virgen María Ie ha sido concedido un poder “casi inmenso” en la distribution de las gracias; y S. Pio X anade que María cumple con este su oficio “como por derecho materno*’.
Gócense, pues, todos los fieles cristianos de someterse al imperio de la Virgen Madre de Dios, la cual, al mismo tiempo que dispone de un poder real, arde en amor materno.® Eso mismo afirmaba el mismo pontifice Pio XII en el discurso del l.° de noviembre de 1954: «La R. de M. es una realeza ultraterrena, pero que al mismo tiempo penetra en lo mis inti mo de los corazones y los toca en su esencia profunda, en lo que tienen de espirituales e inmortales® (Cf. aL'Osservatore Romano», 2-3 de noviembre de 1954). Así, pues, ademis de la supremacía sobre todos, María participa asimismo del dominio e influencia directa de Cristo sobre todos. Ella es la causa física instrumental de Cristo en la distribution directa a todos los hombres de los frutos de la redención, o sea, la gracia en toda la extension de la palabra: gracia habitual, actual (es decir, luz para el entendimiento y fuerza para la voluntad), etc. De esta manera Ella, junto con Cristo, reina sobre todo y sobre todos y, de un modo particular, sobre lo que hay de mis elevado en los hombres: el entendimiento y la voluntad. 3) Eficacia de intercesión.
Esta tercera nota caracteristica de la R. de M. —a la cual algunos quisieran reducir la naturaleza de la misma— expresa el poder de la reina sobre el corazón del rey. Su intercesión es la de una reina. También de este tercer elemento constitutive de la R. de M. la enciclica «Ad coeli Reginam® habla de modo suficientemente claro (Cf. n. 14): «...En fin, de la misma unión con Cristo tiene origen la inagotable eficacia de su materna intercesión ante el Hijo y ante el Padre...® Participa, por tanto, de la inagotable eficacia de la intercesión del Hijo, a quien S. Pablo nos presenta en el reino de la gloria <r semper vivens ad interpellandum pro nobis®. Y asi como el Padre no puede desoir al Hijo «...exauditus est pro sua reverentia®, asi también María es escuchada «pro sua reverentia®. De las tres notas caracteristicas de la R. de M., por nosotros expuestas, junto con la naturaleza, resplandece «el sumo auge de la dignidad real de la madre de Dios®. BIBL.: Una lib!, sustancialmente completa sobre la R. de M. puede eneontrarse en Du Manoir. V. pp. 1072-1079. Ademas de Gruyter, ya dtado. son dignos de particular atención los siguientes: Luis, A.. C. SS. R..
La realeza de María, Madrid 1942: Gr'Knen. G.. O. P.. Mar x a Koniein, Amperes 1944: 1 d.. La realeza de Marta en los ulflmos veinte aflos, en «Est. Mar.n, 11 (1951) pp. 221-251; estin enteramente dedlcados a la R. de M. los siguientes vols.: el vol. IV (1945 de Est. Mar.; el vol. IV (1953) de Mar. St.: el vol. XII de Virgo Immaculata; el vol. La Rovauti de I'lmmacuUe. Ottawa 1957; el vol. V (1959) de María et Ecclesia. Tambiln una buena pane del vol. Ill de Alma Soda Christ! esti dedicada a la R. de M.; Autores varios, María Regina Praesentissima (Actaa del Consreso Sac. Mar. de Bolonia, 10-12 de septiembre de 1956), Roma 1958.
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