ANALOGÍA (Principio de)
Es uno de los principios mariológicos secundarios que ayudan al mariólogo en la difícil tarea de conocer cada vez más y mejor a María Santísima.
1. La A. en general. La A. es como un intermedio entre la univocidad (por ejemplo, el término «hombre» aplicado a todos los individuos de la especie humana, a Pedro, a Pablo, etc.) y la equivocidad (por ejemplo, el término «gallus» aplicado a un animal o a un francés). La A., pues, se da cuando el término es común a dos o más, pero el significado de dicho término no es totalmente idéntico (unívoco) ni totalmente diverso (equívoco), sino que es en parte idéntico y en parte diverso, o sea, que expresa una semejanza unida a una desemejanza.
2. La A. en Teología. La A. es como la atmósfera en la que vive la Teología, es decir, la ciencia de Dios. Sin el aire de semejante atmósfera, o sea, sin la A., la Teología se moriría por asfixia, que es lo mismo que decir que sería imposible. Dios, en efecto, es el principio creador de todas las cosas. Todas las cosas creadas deben, por tanto, asemejarse de algún modo a su Creador: no del todo semejantes, hasta llegar a una identidad formal (univocidad), ni del todo desemejantes hasta ser totalmente diferentes de Él (equivocidad), sino en parte semejantes y en parte diversas. Esta semejanza imperfecta entre el Creador y la criatura se llama A. (conocimiento analógico) y esta A. puede ser doble: de atribución y de proporcionalidad. La A. de «atribución» se da cuando la relación de semejanza entre el Creador y las criaturas es solamente extrínseca, o sea, consistente tan sólo en la simple relación de causa y efecto (por ejemplo, la materia y Dios). Esta relación, no obstante, supone inferioridad y dependencia del efecto con respecto a la causa.
La A. de proporcionalidad, por su parte, se da cuando la relación de semejanza entre el Creador y las criaturas es no sólo extrínseca (o sea, de causa y efecto), sino también intrínseca, es decir, existe también una semejanza intrínseca. Así, por ejemplo, el término «bueno» se puede atribuir tanto al Creador como a las criaturas según el mismo concepto formal, pero según «modos» diversos: Dios es, en efecto, la misma bondad (la bondad por esencia), mientras que el hombre es bondad por participación, esto es, en cuanto participa de la bondad de Dios. De tal forma que de las perfecciones de las criaturas (causadas por el Creador en las criaturas) nos remontamos a las perfecciones del Creador, así como del efecto se va a la causa; por medio de las criaturas llegamos a adquirir algunos conceptos propios del Creador, conceptos que no son ni unívocos (del todo idénticos) ni equívocos (del todo diversos, y por tanto falsos), sino analógicos, o sea, en parte semejantes y en parte desemejantes, y por consiguiente imperfectos, inadecuados (pero no falsos).
Este proceso analógico de conocimiento del Creador mediante las criaturas se efectúa en tres fases: 1) afirmando la semejanza (Dios es bueno); 2) negando la perfecta semejanza (Dios no es bueno a la manera de las criaturas); 3) estableciendo la trascendencia o eminencia de Dios (Dios es la misma bondad). Por medio de la A. se evitan, en Teología, los dos extremos: «univocidad» (que se identifica con el antropomorfismo y el panteísmo) y «equivocidad» (del que se derivan el agnosticismo, el nominalismo, etc.). Todos los errores teológicos se derivan del hecho de que la A. o es desconocida o inadecuadamente aplicada.
3. La A. en Mariología. Además de la semejanza analógica entre el Creador y las criaturas, entre lo material y sensible y lo que es puramente espiritual e inteligible; entre lo que es natural y humano y lo sobrenatural y divino, hay también una semejanza analógica entre Cristo y María, por la cual, además del principio teológico de A. de la Filosofía y de la Teología, se puede hablar de un principio de A. propio de la Mariología. Según esto, diremos que entre Cristo y María no hay ni identidad («univocidad») ni diversidad («equivocidad»), sino más bien A., es decir, semejanza y al mismo tiempo desemejanza. En virtud de la A. de atribución existente entre Cristo y María, María se nos presenta inferior a Cristo («analogado» principal) y dependiente de Él. En virtud, por otra parte, de la A. de proporcionalidad, hay también una semejanza formal entre Cristo y María según modos diversos. Son comunes a Cristo y a María las prerrogativas de la plenitud de gracia, de la mediación, de la realeza, etc. Estas prerrogativas se atribuyen a Cristo y a María, no ya unívocamente ni tampoco equívocamente, sino analógicamente, con A. de atribución.
Cristo, en efecto, es el analogado primario (al que principalmente convienen tales prerrogativas), mientras que María es el analogado secundario (al que tales prerrogativas convienen de un modo secundario y sólo en orden al analogado primario del cual dependen, y en relación con él). De esta forma la A. salva la realidad de dichas prerrogativas marianas, excluyendo toda clase de minimización; y al mismo tiempo hace distinción entre tales prerrogativas y las de Cristo, evitando cualquier confusión. Se puede preguntar: además de la sobredicha utilidad del principio de A. en Mariología, ¿puede semejante principio tener un verdadero valor demostrativo? La respuesta a esta pregunta no puede ser dudosa, ya que se funda en el principio: causas análogas producen necesariamente efectos análogos. Un ejemplo: la prerrogativa de la inmunidad de la culpa original (que en el presente orden es causa de la muerte del hombre) existe tanto en Cristo como en María, o sea, es analógicamente común a entrambos. Pero, como semejante inmunidad exige, en Cristo, un derecho a la inmortalidad, resulta que (por un motivo análogo) también en María tal inmunidad exige un derecho a la inmortalidad.
Tenemos aquí una verdadera demostración basada en el principio de A. Mediante esta demostración, una prerrogativa ya conocida en uno de los sujetos (en este caso la inmortalidad de derecho por parte de Cristo, consecuencia de la inmunidad de la culpa original) se reconoce también en el otro sujeto (en María) en virtud de la prerrogativa común (la inmunidad de la culpa original). Se verifica de este modo lo que decía Quintiliano: «Eius (analogiae) haec vis est, ut id quod dubium est, ad aliquid simile, de quo non quaeritur, referat, ut incerta certis probet» (Inst. Orat. I, c. 8). El grado de certeza propio de una demostración analógica depende de la conexión existente entre los diferentes términos de la A. Sería, con todo, una exageración hacer de María un doble de Cristo. No todo lo que se dice de la humanidad sacrosanta de Cristo se puede decir de María. Así, por ejemplo, se suele argumentar: «Murió Cristo, por tanto murió también María.» Si tal razonamiento fuese exacto, se seguiría que la Virgen habría muerto físicamente en el Calvario, junto con Cristo, en el momento mismo en que se efectuaba la Redención; lo cual es falso.
Ella murió, sí, en el Calvario, con motivo de la Redención, pero murió sólo espiritualmente (la espada que le había predicho Simeón traspasó el espíritu, no el cuerpo, de María. Hay, pues, A. entre la muerte física y la muerte espiritual). El principio de A., en consecuencia, se puede formular así en Mariología: «A los diferentes privilegios de la humanidad de Cristo corresponden en la Virgen privilegios análogos, pero según la condición del Uno y de la Otra.» Afín al privilegio de A. es la llamada la A. de la fe («analogia fidei»), la cual consiste en parangonar los misterios entre sí para recabar un conocimiento más perfecto de ellos (Concilio Vatic., sess. III, c. 1, Denzinger, 1796). Todo lo que se ha dicho de la A. entre María y Cristo, se puede repetir de la A. entre María y la Iglesia (v. Iglesia y María). Entre María y la Iglesia no hay ni total semejanza ni completa desemejanza (es decir, no hay ni «univocidad» ni «equivocidad»), sino que hay semejanza unida a cierta desemejanza (o sea, A.). La utilidad del principio de A. en Mariología es inmensa.
En efecto, no sólo sirve para poner en claro las diferentes prerrogativas marianas, sino que puede conducir también al descubrimiento o fortalecimiento de otras nuevas contenidas de forma oscura en el depósito de la revelación divina, además de poner de relieve la trabazón interna de las mismas, la afinidad y las relaciones que tienen entre sí.
Bibliografía
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