AD COELI REGINAM
Encíclica de Pío XII, del 1 de noviembre de 1954, con motivo de la institución de la fiesta litúrgica de María Reina. Además de la introducción de índole histórica y de la conclusión de índole parenética, se divide lógicamente la encíclica en tres partes, en las que se ponen de relieve tres puntos básicos, a saber: los fundamentos tradicionales, las razones teológicas y la naturaleza de la realeza de María. I. En la introducción, el pontífice, después de haber echado una ojeada al pasado comprobando la confianza inalterable de los fieles en su excelsa Reina, mira al presente, tan incierto y pavoroso, y se siente movido a recurrir lleno de confianza a «nuestra Reina María». Recuerda después con filial satisfacción las diferentes muestras de su piedad filial para con la Virgen durante su largo pontificado (la definición dogmática de la Asunción, las continuas exhortaciones a los fieles, en especial el radiomensaje de la realeza de María del 31 de mayo de 1946). Como coronamiento de todos estos testimonios, y para satisfacer las muchas peticiones formuladas desde todos los rincones del mundo, procede a la institución de la fiesta litúrgica de María Reina. II.
Entrando en el punto culminante del argumento y para construir sobre una sólida base, el pontífice comienza por exponer los fundamentos tradicionales de la realeza de María, los cuales se reducen a seis: 1) la innata devoción del pueblo cristiano, que no tardó en intuir que la Madre del Señor, rey supremo, no podía menos de ser Reina, y tras esta evidente comprobación pronuncia con toda el alma el saludo «Salve Regina»; 2) los antiguos documentos de la Iglesia, es decir, la lista de padres y doctores que han cantado la realeza de María; 3) la aprobación e impulso de los romanos pontífices (especialmente S. Martín I, S. Agatón, Gregorio II, Sixto IV y Benedicto XIV); 4) los libros de la sagrada liturgia, tanto del Oriente como del Occidente, maravillosamente unidos en el canto de las glorias de la celestial Reina; 5) el arte inspirado pola fe, en todas las épocas de su historia, desde el s. II al XX, siempre al servicio de la Reina de la belleza; 6) el rito de la coronación de las imágenes o estatuas de Nuestra Señora, rito que se remonta al s. VIII, y que desde el XIII en adelante se hace frecuentísimo.
Éstas son las sólidas y firmes bases sobre las que descansa el trono de nuestra augusta Reina. III. Expuestos los fundamentos tradicionales, la encíclica pasa a exponer las razones teológicas de la realeza de María. Éstas —como se deduce de los mismos fundamentos tradicionales— son dos: la maternidad divina de María y su cooperación a la redención del género humano (o sea su maternidad espiritual). En virtud de su maternidad divina, María es Reina por derecho natural, y en virtud de su cooperación a nuestra redención María es, a su vez, Reina por derecho adquirido. Así como Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey, no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro redentor, así, según cierta analogía, se puede afirmar igualmente que la B. Virgen es Reina no sólo porque es madre de Dios, sino también porque, cual nueva Eva, está asociada al nuevo Adán. IV. Una vez establecido sólidamente el hecho de la realeza de María con la exposición de los fundamentos tradicionales y dogmáticos, la encíclica pasa a precisar su naturaleza. Si la Virgen es Reina, tiene que tener necesariamente un poder real. Esto presupuesto, surge espontáneamente la pregunta: ¿de qué naturaleza es tal poder?
En la determinación de la naturaleza Pío XII exhorta a evitar dos extremos: pecar por exceso, atribuyendo a la Virgen todos los poderes de un rey verdadero y propio, o por defecto, igualándola en todo a una reina terrena cualquiera. En sentido absoluto, sólo Cristo es rey. María «participa de la dignidad real (de Cristo) si bien de una manera limitada y analógica», por su indisoluble unión con Cristo Rey, como madre y cooperadora en la redención. De esta indisoluble unión con Cristo Rey se deriva esa singular excelencia o primacía de la Virgen Santísima sobre los demás seres, que trasciende a toda otra excelencia, y un singular poder de intercesión casi sin medida, es decir, una participación de aquel influjo por el que su Hijo y Redentor nuestro se dice que reina en la mente y en la voluntad de los hombres. V. En la conclusión de la encíclica, el papa, después de haber expuesto los motivos que le han inducido a la institución de la fiesta litúrgica de María Reina, concluye poniendo de relieve los singulares beneficios que espera de la misma, los cuales se pueden sintetizar con estas palabras: «Una nueva era alegrada por la paz cristiana y por el triunfo de la religión.»
Bibliografía
Roschini, G., O. S. M., Breve commento all’Enciclica «Ad C. R.», en «Marianum», 16 (1954) pp. 409-432
Prada, B., C. M. F., La realeza de María (notas y comentario a la «Ad C. R.»), en Ilustración del Clero, 48 (1955) pp. 190-197
Peinador, M., C. M. F., Propedéutica a la Encíclica «Ad C. R.», en «Eph. Mar.», 5 (1955) pp. 291-316
Rivera, A., C. M. F., La tradición en la Encíclica «Ad C. R.» y la realeza de María , en «Eph. Mar.», 5 (1955) pp. 335-352
Aperribay, B., O. F. M., La Encíclica «Ad C. R.» y la realeza de María , en «Verdad y vida», 13 (1955) pp. 137-149
Cleyers, J., C. M. F., La Encíclica de la realeza de María , en «Verdad y Letras», 14 (1955) pp. 9-25 Luis
Suárez, P., C. M. F., La realeza de María en los documentos eclesiásticos, en «Eph. Mar.», 5 (1955) pp. 317-334 Mc
Namara, K., Pope Pius XII and Mary’s Queenship, en «Irish eccl. rev.», 83 (1955)
Luis, A., C. SS. R., Alcance doctrinal de la Encíclica «Ad C. R.», en «Est. Mar.», 17 (1956) pp. 11-25.