Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

EVA

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Es un tema fundamental en mariología: el primero después de la maternidad divina. Y es también un tema de gran actualidad, objeto en nuestros días de estudio e investigaciones, del que intentaremos dar una amplia síntesis, considerándolo bajo todos sus aspectos, o sea: 1) en el magisterio eclesiástico, 2) en la Sagrada Escritura, 3) en la tradición, 4) en la liturgia, 5) en la iconografía. El tema fue objeto de estudio por parte de los mariólogos belgas en las jornadas marianas de Tongerloo, del 29 de agosto al 1 de septiembre de 1932, y las relaciones allí leídas se publicaron en el vol. María de Nieuwe Eva (Tongerloo 1933). Fue después objeto de más vasto y profundo estudio por parte de la Sociedad Francesa de Estudios Marianos durante los años 1948, 1954, 1955 y 1956. Las diferentes relaciones fueron después publicadas en cuatro volúmenes del «Bulletin de la Soc. Franç. Ét. Mar.». Estos volúmenes constituyen la fuente principal de nuestra síntesis. I. E. y María en la enseñanza del magisterio de la Iglesia.

Pío IX, en la bula dogmática Ineffabilis Deus afirma que los «Padres y los escritores de la Iglesia, para defender la original inocencia y santidad de la Madre de Dios, no sólo la compararon con E. todavía virgen, todavía inocente, todavía incornipta y todavía no engafiada por las mortfferas asechanzas de la insidiosfsima serpiente, sino también la antepusieron a ella con maravillosa variedad de palabras y pensamientos.

Pues E., miserablemente complaciente con la serpiente, cayó de la original inocencia y se convirtió en su esclava; mas la santisima Virgen, aumentando de continuo el don original, sin prestar jamás atención a la serpiente, arruind basta los cimientos su poderosa fuerza con la virtud recibióa de lo altos, Pío XII, en el discurso a los peregrinos de Genova pronunciado el 21 de abril de 1940, entre otras cosas, afirma: «i,No son ellos (Jesús y María), por ventura, el nuevo Adán y la nueva E., a quienes el drbol de la cruz reunió en el dolor y en el amor para reparar la culpa de nuestros primeros padres en el Edén: el uno fuente y la otra canal de gracia con que regeneran para la vida espiritual y para la conquista de la patria celestial?» (Cf. «Maríanumi), 2 [1940] pp. 403-404). Y en la enc. aMystici Corporis Christis afirmaba: «Ella fue la que, libre de toda mancha personal y original, unióa siempre estrecMsimamente con su Hijo, lo ofrecid, como nueva E. p al Etemo Padre en el Gélgota, juntamente con el holocausto de sus derechos mateinos y de su materno amor, por todos los hijos de Adán, manchados con su deplorable pecado» (AAS 35 [1943] p. 247).

En la enc. «Munificentissimus Deus» se expresa así: aDesde el s. u María Virgen es presentada por los Santos Padres como nueva E. estrechamente unióa al nuevo Adán, si bien sujeta a El, en aquella lucha contra el enemigo infernal, que, como fue preanunciado en el Protoevangelio (Gen. 3, 15), habrfa terminado con la pienfsima victoria sobre el pecado y sobre la muerten (Cf. Doctrina Pontificia, IV, Documentos marianos, BAC 11954] p. 655). El mismo sumo pontffice en la cnc. «Ad coeli Reginamn después de haber hablado de la asociación de María a la obra de nuestra redención, dice: «De estas premisas se puede argtiir así: si María fue asociada por voluntad de Dios a Cristo Jesús, principio de la salud, en la obra de la salvación espiritual, y lo fue en modo semejante a aquel con que E. fue asociada a Adán, principio de muerte, de suerte que se puede afirmar que nuestra redencion se efectud según cierta «recapitulation» (S.

Irenaeus, Adv. haer., V, 19, 1; PG 7, 1175 B), por la cual el género humano, sujeto a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si además se puede decir que esta gloriosfsima Señora fue escogida para Madre de Cristo principalmente «para ser asociada a El en la redención del género humano» (Pius XI, epist. Auspicatus profecto: AAS 25 [1933] p. 80), y si realmente a fue Ella la que, libre de toda culpa personal y original, unióa estrechamente a su Hijo, le ofrecid en el Gélgota al Eterno Padre, sacrificando de consuno el amor y los derechos maternos, cual nueva E., para que toda la descendencia de Adán, manchada por su lamentable caída» (Pius XII, litt. enc. Mystici Corporis: AAS 35 [1943] p. 247), se podrd legftimamente concluir que como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios, si no también por ser Redentor nuestro, así, con cierta analogía, se puede igualmente afir mar que la Bienaventurada Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también porque, como nueva E., fue asociada al nuevo Adán» (Ibid., pp. 802-803).

Esta clara y explícita doctrina del magisterio de la Iglesia está contenida, como veremos, tanto en la Sagrada Escritura como en la tradición. II. E. y María en la Sagrada Escritura. El paralelismo E. y María está implícitamente contenido, en primer lugar, en el Protoevangelio (Gin. 3, 15). En él, en efecto, a la mujer pnevaricadora vencida por el diablo (E.) se opone la mujer restauradora, triunfadora del diablo, María con su linaje. Estd también contenido implícitamente, en segundo lugar, en el paralelismo paulino entre el viejo Adán, en el que todos hallamos la muerte, y el nuevo Adán (Cristo). en el que todos hallamos la vida (Rom. 5. 17-19). Pero Adán no estaba solo en la obra de nuestra ruina, como se ve por la Sagrada Escritura: tuvo a E. por coopera dora. De aquí el doble y obvio paralelismo Adán-Cristo, E.-María. En el evangelio de S. Lucas, María apa rece como la nueva E., reparadora de I: vieja E. (Lc. 1, 26-39). Varios Padres, ei efecto, han puesto en relacibn la escena d«la Anunciación con la de la caída. Se trats de un paralelismo real y no tan sólo verbal BIBL.: Saoaert, O. F. M.. María de Nieuwe E. i de H. Schrl H. en x Mari ale r)acen». Tonaerloo 193.' pp. 26»43: nrsHAN. P.

T.. b\ et Marie, 1950. pdf nas 341-342; Durarlf. A. M.. O. P.. Les fondemeu blbHques du litre Maríal de nouvelle E., en «Rcch. t Sc. Rel.». 39 (195 0 pp. 49-64; Braon. F. M.. O. P E. et Marie dans les deux Testaments, en «Bul). So Franc. Hi. Mar.?. 12 (1904) pp. 9-

34. III. E. y María en la Tradición. El p» ralelismo E.-María, contenido implícitamei te en la Sagrada Escritura, aparece explicit en los Padres a partir del s. n.

1. En la edad patristica. El primero qt alude al paralelismo E.-María es S. Justir (t 163), en su Diélogo con Trifón (100, 4, ed. G. Archambault, Coll. Hemmer et L jay, t II, París 1909, pp. 122-124, PG 709 C-712 A). Pero es S. Ireneo (f hacia 20 el que, desarrollando el tema esbozado p«S. Justino, ve en María la antftesis de E.. atribuye a María una participación en la salvación, del mismo modo que E. la tuvo en la ruina: de que la virgen E. atd con la incredulidad, lo desatd María con la fe». El plan de la salvación establecido por Dios es una arecapitulacidm, un crodeos, o sea: Cristo sustituye a Adán, María a E., y el drbol de la cruz al de la caida (Adv. Inter., Ill, c. 22, PG 7, 958-960). S. Ireneo no solamente pone de relieve una correspondencia de hecho entre la historia de la caida y la de la Anunciación, sino que tal correspondencia la enlaza con el apian» o designio divino, es decir, es consecuencia («consequenter») del plan divino. No parece inverosfmil el afirmar que este paralelismo antitdtico E. María, a través de Ireneo y Justino, se remonta al evangelista S. Juan.

2. A principles del s. in, Tertuliano se hace eco en sustancia de la doctrina de San Ireneo. En lugar de «recapitulación» Ter tuliano habla de toperación rival» (eaemula operatic s) llevada a cabo por Dios al establecer el plan de nuestra redención («De came Cbristb, c. 17, PL 2, 782). Va más lejos que S. Ireneo al hablar del paralelismo E.-Iglesia (considerando a la Iglesia como esposa) especialmente en De anima: aEn efecto, si Adán era figura de Cristo, el sueno de Adán era la muerte de Cristo, Cristo que habria dormido muriendo, a fin de que, en el ultraje de su costado se figurase la verdadera Madre de los vivientes, la Igle sia:) (43, 10, ed, Waszink, Amsterdam 1947, p. 60). En el mismo siglo Origenes expone el paralelismo E.-María, pero asocia también a Santa Isabel con María, insistiendo principalmente en el asexo femenino», del cual tuvo origen el pecado, al que se ofrece el mismo sexo, Isabel y María, en las cuales tuvieron comienzo los bienes (PL 15, 1562 BC). Estamos, por tanto, muy lejos del sentido del paralelismo E.-María que San Ireneo había propuesto. En el s. iv, en Oriente, aluden, de paso, al paralelismo E.-María S. Gregorio Niseno (f 394), S.

Cirilo de Jerusalén (f 386) y, de manera particular, S. Epifanio (403), el cual, en su Panarion (LXXVIII, 18 y

19. PG 42, 728-729) consagra dos capitulos al sobredicho paralelismo, diindole el más amplio desaiTollo que se halla en la literatura griega (v. Camelot, Th., O. P., La nouvclle E.pp. 160-163, v. bibl.). aSegun S. Epi fanio —así resume A. Miiller su pensamiento— la virgen E. es el prototipo de la Vir gen María; esto se ve tanto en su título de «Madre de los vivientesa como en la pro mesa del Protoevangelio: título y promesa se realizaron por primera vez con plena verdad en María. Mientras E. trajo la muerte, el Hijo de María ha sido la vida, el vencedor de la serpiente. El es también el solo primogdnito, pues sólo de El se puede con todo derecho decir que ha abierto el seno matemo. Las palabras sobre Adán y E. que Pablo aplicó a Cristo y a la Iglesia, se pueden aplicar también a Cristo y a María. Unido a María formó Cristo un cuerpo, y de su Costado salid la Iglesia, en el misterio del agua y de la sangres (Ecclesta-María, Die Einheit María» nnd der Kirche, Frei burg, Schweiz, 1951, p. 144). Así, pues, al lado de Cristo, nuevo Adán, nueva E. El P.

Congar ha puesto de relieve cómo, en un gran número de Padres, el tema de la erecirculation no sólo se aplica a María, sino también a otras mujeres, a María Magda lena, a las santas mujeres que fueron a la tumba de Jesús, a Sara y a otras; reconoce además que semejante tema halla su punto de aplicación «en Marie, bien sOr, de manibre plus profonde et plus decisive» (Marie et rEglise dans lapensóe patristique, en aRev. des Sc. Phil, et Thdol.n, 38 [1954] pp. 25-27). También S. Juan Crisdstomo hace alusiones muy claras al conocido pa ralelismo: «Una virgen nos echd del paraiso, y por medio de otra virgen hemos hallado la vida eternan (In Ps., 44, 7, PG 55, 153). Pone de relieve también el hecho de una verdadera «recirculation: aEn lugar de E., María; en lugar del drbol de la ciencia. del bien y del mal, el drbol de la cruz; en lugar de la muerte de Adán, la muerte del Sehom (Homil. in S. Pascha, 2, PG 52, 768). Otro tanto afirma su discípulo Nilo de Ancira o Sinaita (Ep. I, 266, PG 79, 180) y su adversario Severiano de Gdbala (Homil., 6, 10, PG 56, 497-498). En el mismo siglo iv, en Occidente, tenemos a S. Ambrosio, a S. Jerdnimo, a S. Agustin, a S. Zenón de Verona y al Ambrosiastro. S.

Ambrosio, más que ningún otro, expresa con el conocido paralelismo la inseparabilidad de María y Cristo en el misterio de la Rcdención (v. CapeJle, B., La nouvelle E..... p. 62, v. bibl.). S. Jerdnimo acentúa esta misma unión: amors per Evam, vita per Maríam# (Ep. XXII, 21), «illa (E.) nos eiecit de Paradiso, ista (María) reducit ad coelumii (App., serm. 159, 1, en Capelle, 1. c., p. 63). Por eso «María Virgo Mater Domini inter mulieres principium tenet# (Ibid.). S. Agustfn «vio en María, Madre del Salvador, el miembro más eminente de su Iglesia, la mujer elegida que realza a la mujer caída, la Virgen por excelencia adornada de humildad y de todas las virtudes. Ella es la nueva E. redentora de la antigua, aunque mucho más a menudo es la Iglesia la que ejerce semejante función. Y la ejerce, acaso, de una manera mas adecuada, porque ella es la esposa del nuevo Adin, título que, a nuestro entender, jamás da San Agustfn a María. Parece más bien que se precave de ello (...). La teolog'a de S. Agus tfn es eminentemente cristocintrica (...): lo ve todo desde el punto de vista de Cristo considerado ya en sf mismo, ya en la Igle sia, que es su cuerpo.

En este cuerpo, María es el miembro por excelencia, por su función materna y por todo lo que Ueva consigo de sacrificio y de amor este sublime destáno. Si S. Agustfn considera de buen grado a María como necesariamente inmaculada, sin culpa voluntaria, lo hace prop ter honorem Domini... Es cosa singularmen te reveladora que, queriendo celebrar la eminente dignidad de la Iglesia, no encontrd otro elogio más bello que dste: «suae Genitrici similem reddit». Ast concluye su minuciosa y diligente indagación sobre San Agustfn el Ab. Capelle (1. c., pp. 71-72). A lo dicho por los tres grandes doctores mencionados ningiln elemento nuevo anaden San Zenón (Tractatus II, 9, PL 11, 278 B; XIII, 10, PL 11, 352 BC) y el Ambrosiastro (Ps.-Ambrosio, In Ep. ad Col, 1, 18, PL 17, 424 C; Ep. ad A micum aegrotum, II, 5, PL 57, 940 A). En el s. v, en Oriente, el paralelismo E. María es comun, bajo diversas formas, idinticas en cuánto a su sustancia, entre los homilistas bizantinos, como Attico (Une ho me lie inddite d‘ At liens, patriarche de Constantinople, en a Rev. de l’Or. chrdtiem, 29 [1933] pp. 180-181, trad, de M.

Brifcre); Proclo, Patriarca de Constantinopla (Or at., I, PG 65, 680-692); Teodoto de Ancira (PO, XIX, 329-331); Basilio de Seleucia («Orat., 3, 4, PG 85, él); Antfpatro de Bostra (Homil. II sull'Annunciazione, 3, PG 85, 1777); Hesiquio de Jerusalin (Ho mil fa sobre la Theotdcos, 2, PO XIX, pp. 340-341). En Occidente, en el mismo siglo, tenemos a EYodio (De fide contra Manichaeos [Ps. Agustfn], 23, PL 42, 1145-6); Pelagio (Ep. de Virginitate, 8, PL 30, 167d); Ps.-Quodvultdeus (De Symbolo, II, 4, PL 40, 655-6 [Ps.-Agustin], De acccdenlibus ad gratiam, 1, 18, ed. Mai Ps.-Agustin, Nova Patrum Bibliotheca, Roma, t. I, serm. 119, 18, p. 264; Adv. haerescs, V, 7, PL 42, 1107 [Ps.-Agustfn]; De promissis et praedict. Dei, III, 4, 5, PL 51, 819-820 [Ps.-Práspero]; Sedulio (Carmen Paschale, II, PL 19-34, PL 18, 595-6; Opus Paschale, II, PL 19, 753b); San Pedro Crisólogo (In Symbolo, PL 52, 359ab; De Lazaro, PL 52, 380b; De para bola fermenti, PL 52, 479a; De Incarnatio ne, I, PL 52, 597-8; S. Miximo de Turin (Homil. 15, De Nativit. Domini, X, PL 57, 253-4; Homil. 37, De Quadrag., I, PL 57, 305ab; De genealogia Patrum, PL 59, 523a). A los sobredichos, el P.

Barri (Le amysterev d‘E.pp. 89-90, v. bibl.) oflade los siguientes que pertenecieron a los ss. v-vi: el Ps.-Ambrosio (De Trinitate, 17, PL 17, 530a; el Ps.-Agustfn (De Cruce et latrone, ed. Mai, 1. c., 33, pp. 70-1; De Salomone, ed. Mai, 1. c., 188, p. 445), y el Ps.-Epifanio (Interpretatio Evangeliorum, 19, Ed. A. Erikson, Lund 1939, p. 22). En el s. vi, en Oriente, tenemos solamente a Procopio de Gaza (Comm, in Gen., PG 37, 1, 212), el cual repite el acostumbrado motivo. En Occidente, a su vez, te nemos los siguientes: Boecio (Opuscula Sacra, IV, De fide catholica, PL 44, 1336c); Rustico Elpidio (v. Corsaro, F., en «MisceIl. di studi di letteratura cristiana antica», Ca tania, 3 [1951] pp. 7-44; Tristicha Histor Testamenti V. et N., PL 62, 543 AB); Sar Fulgencio de Ruspe (De fide ad Petrum, 18, PL 65, 680bc; Sermones 2, de duplici Nativ. Christi, 6 y 7, PL 728-9); Eugippio (Thesaurus [~ Excerpt a] ex S. Augustini operibus, 254, PL 62, 937-8); el Ps.-Fausto de Riez (In Natali Domini, 3, PL 39, 1983); San Cesireo de Arltis (Sermo 216, In Natule S. Jo. Bapt., 1, ed. Leclercq, en tRev.

Bénéd.», 58 [1948] pp. 64 y 59 [1949] p. 113, n. 1); Arator (De Actibus Apostolorum, I, 57-60, PL 68, 95-6); el Ps.-Crisóstomo (Opus imperfectum in Matthaeum, hom. I, PG 56, 634); el Ps.-Orfgenes (Homil. in Matthacum, 1, in Vigilia Nativ. Domini, PL 95, 1165c y 1166ac); Venancio Fortunato (Mis cellanea, VIII, 4, PL 55, 265c; VIII, 7, PL 55, 279b y 283ac); el Ps.-Ambrosio (Serm. 45, 1-5, De primo Adam et secundo, PL 17, 691-2); el Chronicum Palatinum, 12, PL 94, 1167a. A los sobredichos el P. Barré (l. c., pp. 9296) anade los siguientes de los ss. vi-vn: el Ps.-Agustfn: 1) Appendix Maurinorum: Ser mones 119, In Natali Domini, III, 3, PL 39, 1983; 120, In Natali, IV, 1-5, PL 39, 19846; 123, In Natali Domini, VU, 1-3, PL 39, 1190-1; 125, In Natali Domini, IX, 2 y 3, In Assumptione, 4, PL 39, 2130-1; 2) Supplementum, ed. Caillau: 1,9, In Natali Domini, III, 2, t. XXIII, pp. 94-6; 1, 14, In Natali Domini, VIII, 1, t. XXIII, pp. 111-3; 1-17, In Natali Domini, XI, 3, t. XXIII, p. 763; 1, 27, De Pascha, VII, t. XXIII, pp. 165-68; II, 25, In Natali Domini, XVII, t. XXIV, pp. 152-55; II, 27, In Natali Domini, XIX, t. XXIV, pp. 160-3; II, 28, In Natali Domini, XX, 1, t.

XXIV, pp. 164-5; n, 33, In Natali Domini, XXV, 5, t. XXIV, pp. 180-4; II, 34, In Natali Domini, XXV, 4 [ktentico a Mai, l. c., 102, 1-5]; De creatione et lapsu, 4, XXIV, pp. 312-4; 3) Ser mones Novi:

1. De Adam et E. et S. María, 3-4, pp. 1-4; 33, De cruce et latrone, pp. 7073; 72, De Adam et £., pp. 140-2; 102, In natali Domini, pp. 210-4; 117, De Natale Domini, pp. 245-7; 119, 188, De Salomone, pp. 445-

9. En el s. VII, en Oriente, está S. Sofronio de Jerusalén (Sermón sobre la Anunciación, II, 22, PG 87, 3, 3241), mientras en Occidente tenemos al Ps.-Jerónimo (Expositio IV Evangeliorum, in Matth., PL 30, 534; Serm. 3, PL 30, 143) y al Ps.-Agustfn (Serm. 2, PL 39, 2104-6). En el s. viii, en Oriente, nos encontramos con S. Andrés de Creta (In nativ. B. M. V., IV, 865, 880) y, particularmente, con S. Juan Damasceno, el cual trata y desarrolla varias veces con variaciones originales el conocido tema (Homil. in Nativ. B. M. V., 5, PG 96, 685-688; Homil. II in Dormitionem B. M. V., 3, PG 96, 728, 725). En Occidente hallamos a S. Beda el Vene rable (In Lucae Ev. Expositio, l, 1, PL 92, 321d; homil. I, 1, In festo Annuntiationis, PL 94, 9b; I, 2, In festo Visitationis, PL 94, 16d; III, 28, In feria IV Q. T. Adv., PL 94, 320a) y a Ambrosio Autperto (De Assump tion S. Maríae, PL 89, 1275-8 y PL 39, 2129-34). Resumiendo los testimonios de la época patrística, podemos decir: 1) El paralelismo antitdtico E.-María, desarrollado por S. Ireneo, discfpulo de San Policarpo (el cual había sido, a su vez, discípulo de S.

Juan Ev.), se remonta con toda probabilidad a la predicación oral de San Juan Ev. 2) Semejante paralelismo es presentado frecuentemente por los Padres como aproximación de la escena de la tentación y caída de E. en el parafso terrenal a la Anunciación de María en Nazaret (y, a veces, a la del nacimiento de Cristo en Belén). Las dos escenas, según los Padres, están entre si fntimamente relacionadas: la primera anuncia y prefigura a la segunda, de modo que E. se nos presenta como atipon de María, tanto por razón de su semejanza (antes de la caída: E. virgen, E. madre de los vivientes, etc.), como por razón de la oposición (después de la caída: E. causa de la ruina y de la muerte, María causa de salvación y de vida). 3) Desde el s. v en adelante, el parale lismo E.-María se hace cada vez más frecuente, hasta hacerse comun. Con todo, este tema, aunque importante y frecuente, no puede todavía llamarse central (de tal forma que constituya el tema central de la mariología), ya que no se halla en algunos grandes doctores (por ejemplo, S. Atanasío, San Cirilo de Alejandrfa, S. Basilio, San León M., S. Gregorio M., S. Isidoro de Se villa y S.

Ildefonso de Toledo), ya porque a la amaternidad divina» se le da por parte de todos mayor relieve que a la nueva E. Por otra parte, para algunos Padres la «nueva Ri es la Iglesia (si bien en diferente sentido del de María); para algunos es María Magdalena o cualquiera otra santa mujer (aunque en sentido muy diferente del de María) y, por fin, la esposa de Job que lo tienta al mat (cadiutoriura diaboli, non mariti; E. nova, sed ille [Job] non vetus Adams: S. Agustfn, De urbis excidio, 3; Cf. Enarr. in Psalm., 29, 76, 103, 7 ed. y en varios otros lugares). Sin embargo, sobre todas las otras interpretaciones, predomina de una manera progresiva (hacia el s. xn) la de E.-María, hasta hacerse comtin, po pular. El Ps.-Ambrosio la hace objeto de un completo discurso [De primo Adamo et secundo, PL 17, 691-2). 4) El misterio de María (aSacramentum Maríae») según los Padres, es un misterio de liberation, de renovación, de restauración para el género humano y especialmente para la mujer (Barré,1. c., p. 77). En estas afirmaciones esta latente (y, a veces, se expresa claramente) el llamado principio de la «recapitulatio» expresado por S. Justino, S. Ireneo, Testuliano, etc.

La nueva E. es diametralmente opuesta a la antigua: María srelevan a E., la arenuevas, la «restituyei a su primitiva perfection, E. es, en cierta manera, sustituida por María, que toma su puesto en la economfa de la sal vation (Barré, 1. c., p. 80). 5) Según los Padres, así como E. cooperO con Adán a nuestra ruina, así María coope rO con Cristo a nuestra salvation. Este principio, tornado al menos en su generalidad, puede llamarse un principio patristico, el cual supone, evidentemente, el principio de asociación a Cristo (aprincipium consortii&) en nuestra salvation, así como E. fue asociada a Ad&n en nuestra ruina. Es evidente que los Padres no hablan explícitamente ni de cooperation ni de principio de consorcio, pero tanto la una como el otro están implícitos en sus exposiciones, a menos que no se quiera vaciarlos de todo significado. BIBL.: N au WF.L a mrs. M. A., De María nova E. Doctrina Pat runt Antenlcaenorum. en aDivus Thomas» (Pine.) 1931. pi». 480-491; Bover, J. M.. La tneélación de la uSegunda E.» en la tradición patristlca, en «Est. Ecles.n, 2 (1923) pp. 321-350; Coathalem.

H., U paralUlisme entre la Salute Vi tree et fEgllse duns la tradition latine, Roma 1954; Mueller, A.. Ecdesta María, II ed., Friburgo (Suiza) 1955 (v. lAminas, pdgioa 241: E.-María); Henry, A. M., O. P., E. Marie et VEglise. La Samte Vlerge. figure de 1’Eg Use (Cahitrs Vie Spiritueilc). París 1946; Laurl'Ntiw, R.. María, Ecdesta, Sacerdotium. Es\ai sue le ddvelopvemcnt d‘tnte Idde relig'ctise. París 1952. 688 pp.; Jouassard, G.. La nouvelle E. chez les Peres Antinlcienx, en (Dull. Soc. Franc. Et. Mar.». 12 (1954) pp. 35-54; CaPELLE, B., O. S. B., Le thitne de la Nouvéle E. chez les andens doctcurs Imiits, ibid., pp. 55-76; Camelot, Th.. O. P. (Marie, la Nouvelle £. dans la Patrtstique Grecque du Conclle de Nicte d Saint Jean Da tnascine, ibid., pp. 157-162; Wenci-R. A., A. A.. Id i Nouvelle E. dans la rhdologie bvzantwe, ibid., 13 (1955) pp. 43-60; B.\rr£, H., S. S. Sp., Le tmvsiire» d’E. d la fin de I'dpoque patristique en Occident, Ibid., pdcinas él-97. 2) En la Edad Media (ss. de-xy). En la teología bizantina (desde el s. ix al s. XV), los teOlogos que estudian el paralelismo E.-María se pueden dividir en dos grupos: desde el s. ix basta el xik y desde el xin hasta el XV.

En el primer periodo (ss. ix-xiu) tenemos a Focio, a Juan el GeOmetra (testigo mu» importante), a Juan Phurnes y a Miguel Glycas; en el segundo periodo (ss. xui-XV), a Gregorio Palamás, Tedíanes Niceno, Nicol& Cabasílas, Isidoro Glabas, Demetrio Cydones, Demetrio Cryosolas y JosO Briennios Todos estos escritores han sido sometidos a diligente examen por parte del P. Wenger [h Nouvelle E. dans la thiologie byzantine, er Bull. Soc. Franç. Ét. Mar.», 13 [1955] pp. 43 60). Segiin Wenger, el paralelismo E.-Mark se desarrolla escasamente (en parangón cor la maternidad divina, que ocupa su grar puesto) y de una manera poco original. Pan algunos de ellos, María es el hombre nuevt llevado por segunda vez a sus orígenes. Elk es el nuevo Acton más que la nueva E. (Ca basílas). Sélo bajo la influencia de los tema: y de los métodos escotosticos especfficamentc occidentales se hallan en los teólogos de lo: siglos xm-xiv algunas sfntesis extraordina rias, de una amplitud desconocida en Orien te hasta aquellos tiempos. También en Occidente pueden distinguir se dos períodos: para el primero (ss. ix xm) recogió el P. Barré cerca de un centenar de testimonios (Cf. 1. c., 14, 1946, pp. 2126).

Hemos visto ya cómo en el s. VIII el paralelismo E.-María es el que domina. Y es bajo este dominio cuándo, en el período siguiente (ss. ix-xiii), se desarrolla la teología de la nueva E., particularmente en el movimiento mariano de los ss. xi y xn, siempre sin ocupar el puesto central que sigue siendo privativo de la maternidad divina. HJillanse, no obstante, nuevas semejanzas y nuevas desemejanzas entre E. y María. Pero, a partir del s. ix y, en especial, en los ss. xi y xu, la oposición entre E. y Ma rfa, ademAs de aplicarse a la anunciación, se extiende (cosa absolutamente nueva) a toda la vida de María, y de un modo particular a la escena del Calvario. A E., causa de la muerte, es opuesta María, que ofrece en el Calvario a su Hijo, inmolado por nuestros pecados, abriendo así a la humanidad la puerta del parafso.

El primer testimonio que se conoce pertenece a Milán de San Amando (f 871): «Tu portas paradisi aperis, quas clauserat E. — letifariam vctita dum carpit ab arbore malum; — sed crucis in ramás porno pendente salubri — Progenito de carne lua, tu, planctibus instans, — gaudia quis (= quibus) mundo veniunt, iam clave recepta, — ducis adoptivos ad coeli culmina natosn (Dc sobrictate, II, 1218, MOH, Poetac. Ill, 645-646). Esta idea se abre paso. Ruperto de Deutz. Gcroquio de Reichesberg y otros, sin hablar de oposición entre E. y María, insisten tinicamente en la compasión de María sobre el Calvario (v. Barré, 1. c., p. 16). Hermann de Tournai, por su parte, anade la idea de que María es la «Madre de los vivientes», influido, probablemente, por Anselmo (1. c., p. 10). Esta idea va en aumento, y a la compasión de María en el Calvario acaba por acoplarse el tema de la nueva E. (I. c., p. 11). Hermann de Tournai va todavía m is alld, ya que aplica a María, en unión con la Iglesia, el texto del Genesis que reficrc la creación de la primera E.: aadiutorium simile sibi» (1. c., p. 12).

Mas así como los escritores de aquel tiempo no vefan toda vfa. por lo menos claramente, de qué modo podía ser María llamada «esposa» de su divino Hijo, del mismo modo se preguntaban también de quién podía ser Ella el «adiutorium B. Algunos la consideraban como «adiutrix» o «auxiliatrixD del género humano (l. c., p. 13). Segun otros, entre ellos Hermann de Tournai, lo habrfa sido de Dios Padre, como aSponsa Dei», es decir, aEsposa de Dios Padreo (1. c., pp. 13-14). Ricardo de S. Victor (el primero, y luego en pos de él el Ps.-Alberto M. en el Maríale) se atreve a ir más alld, y afirma que María, por su martirio, es verdaderamente para Cristo una ayuda semejante a él, como la primera E. lo fue para el primer Adán: «Tunc adimpletum est illud quod de prima muliere praedixerat Deus in figura Maríae, quasí loquens de secundo Adam (Gen. 2, 18): Non est bonum hominem esse solum: faciamus ei adiutorium similen (Dc Laudibus. II, 11, 2, Ed. Jammy, p. 45; III, 12, 5, P- 96). De esta manera, del s. ix al xm, el tema de la nueva E. se enriquecfa con un nuevo desarrollo. La nueva E., en senrido acomodaticio, son varios personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, es la came tentadora y el pasado mismo.

Pero en un sentido teológicamente mucho más profundo, es la Iglesia y es, sobre todo, María; la Iglesia es la nueva E. sacada del Costado de Cristo abierto por la lanza; ha nacióo de El para ser esposa y madre de los hombres que tienen la vida de la gracia. María, a su vez, es la nueva E. que, con su obediencia y su virtud, es opuesta a la primera E. María, además, se opone a la primera E. por ser Ella la verdadera «Madre de los vivientes». Tratdndose del más mo Cristo, Ella fue, segiln algunos escrito res, un «adiutorium simile sibis. Pero ninguno recoge la idea de uesposan de su Hijo. Desde el s. xiii al s. XV, las grandes sfntesis, esbozadas en el periodo precedente, se desarrollan con discreta amplitud. Semejantcs esbozos se hallan de modo particular en el cMaríale» del Ps.-Alberto M., que tuvo un notable influjo en los escritores que le siguieron, Hacfendose eco de Ricardo de S. Victor, el Ps.-Alberto presenta a María como «Socia Christi» y, según una expresión tom ada del Gin. 2, 18, como su cAdiutorium simile sibi» en la obra de la redencibn. En el s. xin se difunde el título de «Adiutrix redemptionis» especialmente en el De landibus de Ricardo de S.

Lorenzo, el cual ejercib un gran influ jo en aquel siglo y los siguientes.

3. En Ut Edad Moderna (ss. XVi-XViii) son varios los escritores que desarrollan con mayor amplitud y profundidad el paralelismo E.-María, y sobre él, por semejanza y oposicibn, fundan argumentaciones en favor de la corredencibn (el eprincipium consortia), de la maternidad espiritual de María (a Mater omnium viventiumo) y de la Inmaculada Concepcibn. Se iria demasíado lejos y no se evitarfa el peligro de enojosas repeticiones, si se quisiera hacer una resena, aun puramente sintbtica, de los e$critores de estos tres siglos, relativa al paralelismo E.-María.

4. En la Edad Contempordnea (ss. XJXxxi). Los dos precursores del movimiento que dio importancia, en la teología contempordnea, ai tema de «María nueva E.» fueron Scheeben y Newman. En la sfntesis mariolbgica de Scheeben el tema de «María nueva E.b tuvo una parte muy importante. María, según Scheeben, es la Madre-Esposa de Cristo, y el tratado de mariología está como en medio del de Cristo y del de la Iglesia (v. Galot, S. J., La nouvelle E. d'apres Scheeben, en «Bull. Soc. Fran?. Bt. Mar.», 14 [1956] pp. 49-56). Newman, en su controversia con Pusey, vefa en el paralelismo E.-María la lfnea maestra de la aensefianza elemental de los Padres», que justifica la enseflanza de la Iglesia Romana sobre la santidad y grandeza de María, reconociendo empero que la Maternidad divina «es el tema más elevado de la doctrina de los Padres» (v. Du Manoir, S. J., La nouvelle E. d'apris Newman, ibíd.., pp. 67-85); v. Philips, G., La nouvelle E. dans la thiologie contemporaine, ibíd.., 14 (1956) pp. 101-118. Nicolás, M. J., O. P., Le thime de la Nouvelle E. dans la synthese mariale, ibid., 15 (1957) pp. 111-120. IV. E. y María en la Liturgia.

1. En la Liturgia Bizantina. Frenaud, O. S. B. (La Nouvelle E...., p. 100, v. bibl), ha contado 35 pasajes en los que se halla el paralelis mo E.-María formando parte de los oficio: en honor de María (en el de la Natividad 19 en el de Asuncibn 8 y en el de Navidad 3) Dominan tres ideas: 1) idea de uliberacibn» ade las cadenas del infiernoB, «de la muerte y de la corrupcibnD, «de los dolores de parto», cde una deuda o de una condena»; 2) la idea de abendicibn» opuesta a la «mal dicibn» de R, inspirada, a veces, expresa mente por el abenedicta tu in mulieribus) de S. Lucas; 3) idea de «madre de la vida» en oposicibn a R omadre de la muerte»

2. En las liturgias latinos (mozbrabe, ga licana, ambrosiana y romana). 1) En k liturgia mozdrabe, aparece en dos prefacio? del Liber Sacramento rum Mozarakicus e paralelismo E.-María: en el de la Cruz) en el de la asuncibn. 2) En la liturgia gali cana, en el largo prefacio de la fiesta d«la asuncibn, se desarrolla ampliamente e paralelismo antitbtico (el más amplio des arrollo que se halla en los textos litbrgi cos). En la liturgia ambrosiana hay un soU documento en el que se hace alusibn explf cita a María nueva E.: el de la misa mariana que muy pronto empezb a celebrarsc en Milán en la cuarta domínica de Advien to. En las tres sobredichas liturgias ha; una alusibn al Pan de vida eucarfstico qui nos dio María en oposicibn al alimentc de muerte dado por E. En otros prefacio: ambrosianos se desarrolla el paralelismc E.-Iglesia. 4) La liturgia romana es muchc más pobre que las tres precedentes. El pa ralelismo antitbtico E.-María se halla tar sblo en dos breves antffonas del oficio de la asuncibn (Maitines. Ill nocturno, antf fona 1A y 8.% y además en el himno «Avc Maris StellaB y en la antffona «Salve Regina»).

En cambio, es abundante el uso de semejante paralelismo en la poesfa liturgies (Him nos y Prosas): en sblo los «An. himn. Medi Aevi» de Blume y Dreves (Leipzig, 55 vol. hay unas cincuenta alusiones, por lo menos Con el s. XIII se ven aparecer himnos ente ros consagrados al tema E.-María, como por ejemplo, uno que comienza así: «E. mul tos perdidit, — Virgo vitam reddiditc (1. c. t. XX, n. 192, 1-4, p. 150), y otro, más an tiguo, que se cantaba por Navidad en Inglaterra, Italia y Alemania: aVerbum Pater exhibuitu (1. c., t. XX, n. 15, p. 47). El tema E.-María ya entonces se había hecho comun para siempre, en la oración de la Iglesia. BIBL.: Wyeli!. Fr. de. María, nieuwe in de Uturgie, en Maríale Dagemde Tonccrloo 1933. plginas 75-94; Frfnaud, f; k. G., O. S. B.. La «Nouvclle E.» dans let Liturgies Lathies du VI ait XIII d sir el e. en (Bull. Soc. Franc. El. Mar.», 13 (1955) pp. 99-119. V. E. y María en la Iconografh.

1. En Oriente, la exprcsión pldstica del tema E. María es rarisima. Se halla E., junto con Adán, en una representation del juicio universal del s. XVi en Sucevita (en la Moldavia del Norte): Cristo aparece por encima de la asamblea de los ángeles presidida por María y por Juan el Prodromo en actitud de orar; delante del supremo juez se ven postrados Adán y E. (Cf. Millet, G., Les cglises de la Moldavia du Nord, París 1930, 2 w., Tab. LX). Una representation semejante se halla en un mosaico de Torcello del 1190 (reproducida por la revista «Istina», a. 1956, p. 160), y otra todavía más explicita en un mosaico de Murano de 1140, con la inscription latina: «Quos E. contrivit, pia Virgo redemit — Hanc cuncti laudent qui munere Christi gaudcnta (v. Vloberg, M., en Du Manoir, II, p. 425).

2. En Occidente, la antitesis E.-María se nos presenta por primera vez (que se sepa hoy dia) en el s. XIV, en la estatua dt mdrmol de Saint-Laud de Angers: María está en pie en actitud de aplastar a una E. digna de ldstima que está mordiendo una manzana (E., en efecto, al pecar, se puso al nivel de la serpiente y mereciO la muerte). Esta representación, advierte el P. J. de Mahuet, S. M. (Le thdme de la Nouvelle E. dans iiconographie, «Bull. Soc. Franç. Ét. Mar.», 14 [1956] p. 32), ose halla en un primitivo Ksenese» del Louvre con algunas variantes: a los pies de los escalones del trono de la Virgen iactante, entre los ángeles y santos, E. está tendida en la hierba, vestida de una ttinica de pieles; conversa con un extrano reptil enhiesto sobre sus anillos, cuya cabeza falaz tiene los rasgos de una graciosa mujer: es la tentación, es ya la caída, pero» irradiada de esperanza, ya que la cabeza de E. está nimbada y sus ojos están fijos en la Virgen alld en una lejania profOtica. Un texto sale de los labios de la mujer: Serpens decepit me (?). Es una excusa». Un cuadro casi igual, atribuido a Pablo Juan Fei (1372-1410), se halla en Nueva York en la colección Goodhart. En un manuscrito del s.

XVi Ilamado Mcssale Fuerthmeycr, que se conserva en la biblioteca de Mónaco, hay una miniatura en la cual la nueva E. está puesta en relation con la Eucaristia. En el paraiso terrenal hay un arbol cargado de manzanas, una de las cuales parece una calavera. Al pie del árbol esti echado Adán. A un lado está E. cogiendo uno de los frutos prohibidos, junto a un demonio que despliega una band era en la que está escrito: «Mors est malis, vita bonisi). Al otro lado está María, con la corona en la cabeza, envuelta en un amplio manto azul, en actitud de presentar uno de los frutos a un grupo de ninos: es la madre de la humanidad redim id a. Junto a Ella un dngel recita otro versiculo del oLauda Sion»: «Ecce Panis Angelorum, factus cibus viatorum». Este tema iconogrdfico es bastante frecuente (v. Eucaristia y María). Y aun es más frecuente el parangón entre la escena de la anunciación y la escena del Edén, con las dos protagonistas María y E. M. Brdhier refiere que en una basílica clescrita por un tal Rusticus Helpidius (t 533), medico de Teodorico II, se veia pintada la tentación de E. fiente a la anuntiación (Cf. L'art chritien, Laurens, París 1928, II ed., p. 93).

Este mismo tema iconogrdfico se halla en un capitel de Saint-Martind’Agnay, de los primeros años del s. xii, en dos medallones del trifdrium de la catedral de Bayeux (s. xin), en cuatro (de las seis) Anunciaciones del Beato Angélico y en varios otros trabajos.

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