EXTREMAUNCIÓN
Contrariamente a cuanto algunos teólogos afirman (entre ellos S. Alberto M., S. Pedro Canisio, doctores de la Iglesia, S. Antonio, Suárez, etc.), la Virgen no recibió ni pudo recibir —a nuestro modesto parecer— el Sacramento de la Extremaunción, como tampoco recibió ni pudo recibir el de la Penitencia. En la Virgen, en efecto, no hubo ni enfermedades, ni reliquias de pecados, ni dificultad alguna en dejar la tierra para dirigirse al cielo a poseer eternamente a Cristo su Hijo. Mas si la Virgen no pudo ser nuestro modelo en la recepción del Sacramento de la Extremaunción, no es ni pudo ser en absoluto extraña al mismo. Se trata de la aplicación de los frutos de la redención, a la que Ella ha cooperado, y de una aplicación relativa a sus hijos, místicos miembros de Cristo. A la Virgen, como Medianera de todas las gracias, debemos también la gracia de recibir el Sacramento de la Extremaunción, de recibirlo a su debido tiempo y, sobre todo, de recibirlo bien, con fruto. Debemos a la Virgen la gracia de recibir este tan consolador Sacramento, ya que todas las gracias pasan por sus manos.
Para comprender la grandeza de esta gracia, hay que tener presentes los tres efectos de la Extremaunción, a saber: 1) una gracia confortante que consuela al alma en las dificultades en que se halla a la hora de la muerte, gracia confortante que consiste, prdcticamente, en el aumento de la gracia santificante a modo de alivio, con derccho a las gracias actuales mediante las cuales se fortalece la fc contra los temores suscitados por el demonio, se f omenta la alegre paciencia para sopor tar las incomodidades de la enfermedad y se aumenta la fortaleza para superar las tentaciones; 2) la remisión de la culpa y de la pena, es decir, la remisión de los pecados mortales que queden y que no ban sido borrados por el Sacramento de la peniten cia; la remisión de los pecados veniales; la pena temporal debida por el pecado, no toda, sino en proporción con las disposiciones del sujeto que recibe el sacramento; 3) la salud del cuerpo, a condición, empero, de que convenga para la salud del alma, no de una manera milagrosa, sino como ayuda a las causas y fuerzas natut ales; y por consiguiente, para recibir este sacramento no se debe esperar a»que se desvanezcan todas las esperanzas de curación.
A la Virgen, en segundo lugar, se debe la gracia de recibir la EU. a su debido tiempo, es deeir, cuándo hay peligro de muerte, y cuándo ya no hay esperanza de curación. A la Virgen, sobre todo, se debe la gracia de poder recibir este sacramento con las debidas disposiciones y, por tanto, con el mdximo fruto, o sea, con fe viva y con viva detestacion de las propias culpas.