AFECTIVIDAD
1. Definición Es la facultad de sentir el placer y el dolor; llámase también «sensibilidad» y constituye la parte más íntima de la actividad psíquica, donde se contienen los motivos de nuestra conducta. Sin esta repercusión sentimental, que infunde a los fenómenos de que somos espectadores cierto interés personal haciéndonoslos agradables o desagradables, no tendríamos ningún motivo para salir de una contemplación pasiva y totalmente estéril. Las sensaciones, si fuesen del todo indiferentes, resultarían inactivas y, por lo tanto, inútiles. La inteligencia nos hace conocer la realidad reflejando sus innumerables aspectos mediante una serie de representaciones; la a. señala estos aspectos a la conciencia en lo que valen respecto de nosotros, por el placer o el dolor que nos proporcionan.
De aquí que la a. la encontramos en todas las manifestaciones del pensamiento, las cuales ella, influyendo sobre la voluntad, transforma, modifica, rebaja o eleva según los casos.
2. Polaridades afectivas ¿Existen, además del placer y el dolor, otras tonalidades —o «polaridades»— afectivas? Según Wundt la complejidad de nuestra vida afectiva no se puede reducir a aquellas dos solas tonalidades, sino que debe haber otras cuatro que como las primeras se pueden reagrupar en parejas de valores opuestos: excitación-depresión, tensión-distensión. Todos los sentimientos, según este psicólogo alemán, contienen en mayor o menor medida, los elementos de estas tres parejas de polaridades afectivas. Así, p. ej., existen dolores acompañados de excitación (= cólera), otros acompañados de tensión (= angustia), y otros, finalmente, acompañados de depresión (= desaliento).
Sin embargo, estas tres parejas de polaridad afectiva, si bien se consideran, no tienen el mismo significado y valor. De hecho, mientras el tono —agradable o desagradable— de una sensación es parte integrante de la misma sensación, la excitación o la depresión son un efecto secundario de este proceso sensitivo que en su transmisión se relaciona con los elementos motores; el sentido de tensión proviene, como manifestación cenestopática (v.
Cenestesis ), del reflejo que los estados afectivos iniciales ejercen sobre la enervación muscular y visceral, y es tanto más vivo cuanto menos desahogo encuentra la excitación en una acción; finalmente, la distensión se verifica o bien al cesar el estímulo afectivo que determinaba la tensión penosa, o bien por la influencia inhibidora que ejerce la plena satisfacción de la necesidad mediante las sensaciones agradables que la acompañan, de manera que a las sensaciones penosas, cenestopáticas, que constituían el sentimiento de tensión, sustituyen las sensaciones agradables de la cenestesis fisiológica. Así, pues, las polaridades afectivas fundamentales son sólo dos y consisten en la pareja placer-dolor (o, en términos más generales, agradable-desagradable).
3. Emociones Nuestra vida psíquica discurre habitualmente en una oscilación moderada de la tonalidad afectiva entre lo agradable y desagradable. Hay, sin embargo, algunos momentos en que esta tonalidad, superados los límites habituales, turba más o menos profundamente todo nuestro ser; entonces hablamos de emociones. Éstas pueden, pues, definirse como episodios particularmente salientes de la vida afectiva que importan perturbaciones psicológicas y orgánicas y que se traducen en expresiones particulares y características. La cólera, el miedo, el entusiasmo, son otros tantos ejemplos de emociones. Según su mayor o menor intensidad se distinguen dos categorías de emociones: la emoción-shock y la emoción-sentimiento. La primera suele ir acompañada de modificaciones en la frecuencia del pulso y de la respiración, de las secreciones, del gesto, etc. A este propósito muchos especialistas se han planteado la cuestión de si tales manifestaciones orgánicas son consecuencia de la emoción o constituyen una parte integrante de la misma, o más aún, si representan su causa; las respuestas dadas han sido diversísimas.
Nos limitaremos a recordar —por ser más comprensiva y aceptable— la llamada «teoría circular» formulada a este respecto por S. De Sanctis, según la cual el ciclo emocional se descompone en los siguientes momentos: 1) estímulo y percepción; 2) actividad cerebral consciente y reconocimiento del valor afectivo de la percepción (emoción primaria); 3) fenómenos somáticos reflejos nacidos en el diencéfalo; 4) retorno de estos reflejos, como nuevos estímulos, a la conciencia; 5) estado emocional completo o emoción verdadera.
4. Risa y llanto A propósito de la a. y de las emociones no podemos pasar por alto aquellas reacciones emotivas características que llevan el nombre de risa y llanto: reacciones tan conocidas en su fenomenología como oscuras y discutidas en los mecanismos que las determinan. Por lo que toca a la risa, parece que se ha de sostener que se trata de una reacción emotiva clamorosa constituida por la modificación del ritmo respiratorio, de la mímica, de la vasomotilidad y —en las formas más marcadas— de una agitación convulsiva de toda la persona, que puede llegar a la lacrimación, a la pérdida involuntaria de orina (especialmente en las mujeres, cuyos esfínteres son más débiles), a dolores abdominales por los clonos desordenados del diafragma y el choque de este último sobre las vísceras inferiores. Es más fácil en el niño que en el adulto, en la mujer que en el hombre, y susceptible de freno y hasta de inhibición por efecto de la educación y del autocontrol: de aquí las grandes diferencias que se dan de un individuo a otro en presencia de una misma causa de risa (que puede ser una caída cómica, un chiste, una situación embarazosa para un tercero, etc.).
También el llanto es un fenómeno reflejo provocado por estímulos emotivos exteriorizado en las conocidísimas manifestaciones mímicas, vasomotoras, lacrimales, respiratorias, etc. Es también más frecuente y fuerte en el niño y en la mujer y también puede ser inhibido, hasta cierto punto, por la educación y por el autocontrol. La risa y el llanto son, pues, reacciones fenomenológicamente diversas con estímulos emotivos de tipo diferente (agradables o dolorosos, respectivamente): estímulos que llegan a los centros mímico-emotivos diencefálicos, cuya estimulación liberadora provoca por reflejo las manifestaciones de la risa o el llanto. Estas manifestaciones tienen un valor de defensa para el tono afectivo del individuo, y constituyen útiles descargas seguidas del retorno del humor al acostumbrado nivel fisiológico y son, por lo tanto, eficaces factores del equilibrio psíquico. En otros términos, un estímulo que por su anormalidad estaba a punto de amenazar en el sentido de la excitación o en el de la depresión el engranaje afectivo del individuo, se hace innocuo al descargar con la explosión de la risa o del llanto.
Según esto, el dicho popular según el cual los dolores «mudos» son los peores tiene un profundo fundamento científico: en efecto, la explosión de lágrimas es un factor de liberación y restauración que salvaguarda el equilibrio mental del que sufre.
5. Pasiones Las pasiones (del griego πάσχειν = sufrir, en el lenguaje moderno, v. Pasiones ), son aquellos sentimientos habituales y predominantes que, informando duraderamente nuestra conducta, vienen a ser algo distintivo de nuestra personalidad. Generalmente traen su raíz de las necesidades biológicas fundamentales de conservación y progreso, de donde, por un lado, nacen las pasiones egoístas (avaricia, ambición, envidia, odio, celos, etc.), en tanto que otras pasiones son alimentadas por sentimientos éticos superiores, por lo que toman la forma altruista del amor, la abnegación y otras semejantes. Como quiera que sea, el alma está siempre bajo el influjo de la tendencia afectiva: lo que justifica el término «pasión» y su etimología. A la voluntad, guiada por la instrucción, la educación, la religión, le incumbe el deber y la satisfacción de combatir las pasiones egoístas, desarraigándolas o sublimándolas a sentimientos de elevado contenido moral. Para juzgar de la imputabilidad de un determinado acto pasional es preciso ver si su brote ha sido antecedente o consiguiente al acto de la voluntad (v. Pasiones ). 6.
Patología La patología de la a. ha de ser considerada bajo dos aspectos diferentes: a) la variación morbosa del tono afectivo; b) la acción morbosa ejercida por las emociones sobre el organismo. Para las variaciones por exceso de la a., véanse las voces Distimia , Manía , Melancolía . Añadiremos que existe también un cuadro psicopatológico opuesto, caracterizado por la hipoemotividad, por la indiferencia afectiva hacia las impresiones del mundo externo, o sea por la apatía (v.), ligada a ciertas limitaciones o demoras en los procesos ideales, frecuentes en algunos frenasténicos, en paralíticos progresivos, en dementes seniles o en el torpor intelectivo de los estados tóxicos y de las compresiones cerebrales. Muy diversa es la anafectividad (o atimia) de los esquizofrénicos, que ataca los sentimientos éticos más elevados y hace callar los instintos más elementales, sobre la cual nos extenderemos al hablar de la Esquizofrenia .
Digamos, finalmente, algo de la catatimía, con la que se indica la profunda transformación que pueden sufrir los contenidos psíquicos bajo la influencia de factores afectivos, los cuales pueden falsear el pensamiento, la evocación de los recuerdos, la asociación de las ideas (v. también Patología de la memoria ). Conviene recordar a este propósito que la mentalidad de ciertos individuos (primitivos, oligofrénicos, histéricos, delirantes) es muchísimo más catatímica que la de los sujetos normales; lo cual se ha de tener en cuenta al juzgar el modo de pensar y de obrar de estos individuos. Acerca de la nociva influencia de las emociones sobre el organismo, hemos de recordar que ésta se verifica por repercusiones en los aparatos endocrinovegetativos, los cuales quedan heridos más o menos gravemente y por más o menos tiempo. Estos influjos patológicos crean a veces especiales formas morbosas (recuérdese el hipertiroidismo emotivo, las neurosis y psicosis de espanto, etc.), o —más frecuentemente— agravan neurosis o psiconeurosis actuales. De otra parte, es sabido cómo los psiconeuróticos son más susceptibles a las turbaciones de la esfera afectiva.
Una prueba de la deletérea influencia de los traumas emotivos sobre todo el organismo, la da la frecuencia con que se verifican manifestaciones psiconeuróticas, o somáticas (como la angina de pecho, la diabetes, etc.) en aquellos que ejercen profesiones que importan notables peligros o grandes responsabilidades. Riz.
Bibliografía
V.
M. Buscaino, Biologia della vita emotiva , Bologna, 1921
S. De Sanctis, Trattato di Psicologia sperimentale , Roma, 1929-30
M. Gozzano, Compendio di Psichiatria , Torino, 1951 Lévy-Valensi, Précis de Psychiatrie , París, 1926.