Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.) · Pietro Palazzini (Pal.)

MELANCOLÍA

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1. Definición. - El término (del griego melas = negro, y cholé = bilis) es de derivación hipocrática, ya que indica el síndrome mental caracterizado por una morbosa y obstinada tristeza, independiente de los sucesos externos, un invencible pesimismo, un profundo sentimiento de empequeñecimiento y de desconfianza que para-' liza la acción: síndrome que los antiguos consideraban producido por un exceso de aírabilis (v. P a tología).

2. A s p e c t o s. - La m. en sus grados más leves no se diferencia si no es por su mayor duración y por la falta de causas adecuadas, de las crisis de depresión del humor, que pueden verificarse en los individuos normales por efecto de cualquier contratiempo. Se trata en este caso de un malestar psíquico, de una tristeza irracional, la cual, aunque llena el animo de pesimismo, no le arrastra nunca a interpretaciones delirantes. Pablo Verlaine, que por propia experiencia conoció la depresión afectiva, describió con gran eficacia la atmósfera opresora de esta tristeza sin motivo en los versos siguientes: «Ce deutl est sans raison... — C'esf bien la p ire peine — de ne savoir p ou rq u oi — sans am our et sans h a in e — mon cazur a tant de p ein e.» En los grados más avanzados la enfermedad suele complicarse con trastornos del juicio, delirios, alucinaciones y fenómenos de paro motorio.

No faltan nunca, especialmente al principio del episodio, un tormentoso e Invencible insomnio, falta de apetito y estreñimiento. Toda impresión externa resulta desagradable al melancólico; toda idea de acción evoca en él consideraciones de pena y de daño; y el enfermo, cuyo pensamiento gira inconsolable en un círculo cerrado de ideas tristes, se lamenta de una profunda aridez sentimental incluso hacia las personas más queridas, lo cual agudiza su sufrimiento moral y su sentido de culpabilidad y de indignidad. En este terreno, saturado de pesimismo y de desconsolada angustia que supera y anula todo razonamiento crítico, germinan fácilmente verdaderos delirios, más o menos absurdos (de culpa, de miseria, de ruina, etc.)« •que son sostenidos y alimentados fracuentemente por ilusiones y más rara vez por alucinaciones: la gente murmura, acusándolo de malas acciones; la cárcel le espera y a la puerta de su habitación siente ya los pasos del carcelero; las llamás del infierno le rodean; el médico es el diablo que viene a apoderarse de su alma. La intensa depresión afectiva influye, además de sobre la ideación, sobre la voluntad y sobre los movimientos.

El melancólico de ordinario es indeciso, abúlico, y vive apartado, taciturno, inerte, incapaz hasta de iniciar las acciones más simples; no se lava., no se viste, no se alimenta; responde con retraso y en voz baja a las preguntas o no responde de ninguna manera (mutismo); puede rehusar obstinadamente el alimento (sitiofob ia); a s veces llega a la detención de toda actividad psicomotora (estupor melancólico).

Otras veces la angustia, en lugar de llevar a la parálisis de la voluntad, determina un estado de tensión creciente que busca su desahogo en una condición de inquietud motoria; de aquí el ansia que se traduce en un monótono gemido estereotipado (m. ansiosa) o en una agitación tumultuosa e incesante (m. agitada). A veces la agitación estalla de improviso, después de un periodo de estupor, a veces largo, con actos de extrema violencia (ra ptu s m elancholicus) que pueden ser peligrosísimos y que se realizan en un estado de semiinconsciencia, para después ceder de golpe sin que a veces el enfermo guarde ningún recuerdo de lo ocurrido. Durante el rapíus suelen verificarse las más graves acciones autolesivas: el sujeto se arranca los ojos, se arroja en el fuego, etc. Pero el suicidio (v.) puede llegar a ser el efecto premeditado del disgusto desesperado por la vida y en estos casos es preparado con habilidad y — cuando coexiste un delirio de ruina general — puede llegar a ser precedido por la matanza de toda la familia. Es importante notar que la tendencia al suicidio se encuentra también en formás relativamente leves de m„ y que a veces se hereda específicamente, de forma que se encuentran familias con elevado número de suicidios por efecto de una tara depresiva. 3. C u r s o y c u r a. - El síndrome melancólico puede aparecer en cualquier enfermedad mental: de la parálisis progresiva a la esquizofrenia, de la epilepsia al histerismo.

En su forma típica, pura, independiente, es secuela de las distimias y cuando no es convenientemente curada puede durar uno o más años consecutivos; después el episodio mor-B boso cesa y el sujeto vuelve alegremente a condiciones de pleno bienestar, guardando sólo algún recuerdo fragmentario y genérico de su precedente estado de enfermedad. A veces, como se ha dicho ya hablando de la manía (v.), el episodio melancólico es único; más frecuentemente se verifican varios, separados por intervalos de completa normalidad psíquica (m. periódica); aunque más frecuentemente se observa la alternativa de crisis maníacales y crisis melancólicas (frenosis maníacodepresiva). En la edad crítica y en la vejez pueden surgir episodios depresivos en sujetos que precedentemente no habían presentado nunca manifestaciones distímicas. La naturaleza de estos episodios debe ser distinta de la frenosis maníacodepresiva y su curso (bastante largo) es algún tanto diverso lo mismo que la sintomatologia (prevalencia de las perturbaciones ansiosas).

Hasta hace pocos años la psiquiatría estaba casi desarmada en relación con la m.: los baños calientes y los fármacos sedativos eran casi el único remedio en uso, pero su empleo tenia muy poca eficacia. Hoy — gracias a la electrosbockterapia, recientemente descubierta por C erlettl— estamos en condiciones de hacer cesar rápidamente cualquier episodio depresivo, sin daño para el enfermo y con un elevadísimo porcentaje de resultados favorables. Riz.

4. I m p u t a b i l i d a d. - V.

la voz Distim ia, en lo que se refiere a las consideraciones éticas y médicolegales de la m. (v. también A fe c tividad). Observamos aquí solamente que frecuentemente existen causas dispositivas que conducen a la m.: influjo de la herencia y de la educación; o determinantes: un suceso perturbador, como la muerte de una persona querida, dificultades en familia, un pecado grave, p. ej., contra la castidad, etc. Esto se ha de tener presente en relación con la cura — un desahogo puede ser saludable— y en relación a la imputabilidad. Los actos que provienen de la enfermedad en sí se han de considerar como actos involuntarios y por lo tanto no imputables« pero puede haber imputabilidad en causa, especialmente en la equivocada — y voluntariamente equivocad a — concepción de la vida y en la falta de reacción a los primeros ataques del mal. Esto se ha de tener también presente al juzgar de sus efectos.

Además, hablando objetivamente, el deseo de la muerte, cuando proviene de motivo no bueno (tedio de la vida, impaciencia en las adversidades, etc.) es ilícito, pero difícilmente es gravemente ilícito, porque con frecuencia no es un deseo serio, o, como en este caso., es en gran parte involuntario, por ser emitido en medio de un estado de gran depresión. P a l.

Bibliografía

Bibliografía

H, DE Mesmaecker, D e actibus humanis, Malines, 1939, p. 94*95 U. C e r l e t t i. R ia 5 5 un ío dclle lezioni di clínica delle malattie nervose e mentali, Roma, 1946
M. Gozzano, Compendio di psichiatria, Torino, 1947. MEMORIA ( Patología de la). —

1. N o c i ó n. La m.

ha sido comparada de algún modo con un disco fonográfico que conserva la huella de las impresiones recibidas y permite su reproducción y reconocimiento. El recuerdo se fija mediante la atención (v.) y quedará tanto mejor fijado cuando más viva, más emocionante haya sido la impresión recibida, o cuanto más numerosas hayan sido las repeticiones de la impresión (en lo cual consiste el aprender);
afectividad y voluntad tienen por lo tanto grandísima importancia en la fijación de los recuerdos, si bien otros factores — probablemente constitucionales — puedan tener a este respecto un valor preponderante, como se deduce de la m. férrea poseída por algunos frenasténicos. 2. T r a s t o r no s de la m. - Principalmente por razones didácticas la función mnemótica suele subdividirse en funciones elementales y se habla sobre todo de m. de fijación, de conservación y de evocación, cada una de las cuales tiene sus trastornos particulares. a) M. de fija c ió n. La dificultad en la formación de los recuerdos mnemónicos y su exigüidad y extrema labilidad suelen depender de un defecto de atención. Este últirño puede ser producido a su vez por el cansancio, por ciertos estados tóxicos, por graves perturbaciones afectivas, por diversas cerebropatias adquiridas (especialmente seniles), por retrasos notables en el desarrollo psíquico (frenastenias). En algún frenasténlco, sin embargo, puede encontrarse — como ya hemos dicho— un excesivo desarrollo de la m.;

pero se trata generalmente de hipermnesias parciales, debidas a blandos estímulos patológicos, producidos por la enfermedad fundamental que determina el retraso del desarrollo y la dispersión de algunos centros encefálicos. b) M. de conservación. Las emociones particularmente violentas y — sobre todo— los traumás craneanos conmocionales pueden determinar no sólo una amnesia temporal de fijación, sino también la pérdida completa de los recuerdos de fo que ha ocurrido por un tiempo más o menos largo después del momento del trauma, aunque la conciencia se recupere en seguida. Este trastorno denominado amnesia anterograda, explicable por el estado confusional postraumatico que ha impedido la formación de los recuerdos mnemónicos, puede extenderse a veces al periodo que precede más o menos inmediatamente el momento del traumatismo: entonces hablamos de amnesia retrogra da, debida al hecho de que los recuerdos mnemónicos, formados poco antes del suceso lesivo no han tenido todavía tiempo para fijarse establemente. Así se verifica el tipo mixto — y más frecuent e — de amnesia retroanterógrada que con el tiempo tiende a reducirse, pero que determina siempre una laguna mnemónica completa y bien delimitada en torno del momento en que tuvo lugar el traumatismo. Fuera de estos accidentes morbosos puede verificarse también la amnesia de conservación;
más aún, en todas las personas ancianas se observa, más o menos distintamente, la debilitación de la m.

de conservación: perturbación que, según la ley de Ribot, incide en primer lugar sobre los recuerdos más recientes que se fijaron con menor estabilidad. Los procesos destructivos del parénquima cortical — la arterioesclerosis cerebral y otras graves lesiones encefálicas— suelen cancelar más extensa y profundamente los recuerdos mnemónicos: lo cual puede verificarse a veces de improviso (ictus amnésico), si bien transitoriamente.

c) Af. de evocación. Tanto en las lesiones cerebrales de foco determinado, como en los procesos corticales difusos a la definitiva destrucción de ciertas imágenes mnemónicas se asocian siempre trastornos colaterales de la evocación que pueden hacer parecer la amnesia nnás amplia de lo que es en realidad. Estos trastornos de la m. se observan con la máxima evidencia en las diversas formás demenciales, sobre todo en la demencia senil, donde es fácil observar el interesante fenómeno de la confabulación. Éste consiste en la sustitución de creaciones fantásticas, cerebrales, en lugar de los recuerdos perdidos, ya que el enfermo tiende a colmar sus lagunas mnemónicas con los productos de su fantasía, a los cuales da crédito firme él mismo.

Por otra parte el confabulante, que olvida con extrema facilidad * lo que percibió un momento antes, olvida igualmente muy pronto sus invenciones y crea al momento otras nuevas. La continua variabilidad de estas narracionesrfnanifiesta su naturaleza morbosa* No es raro, aun en los sujetos normales, observar episódicas amnesias de evocación.

El fenómeno puede ocurrir por distracción (como en el pensador, absorto en sus problemás abstractos), por emociones imprevistas (ante una asamblea, una comisión de exámenes, etc., donde interviene un elemento inhibidor en el proceso evocativo), por autosugestión (como se verifica en muchos psiconeuróticos, que temerosos de la amnesia no consiguen avivar durante algún tiempo determinados recuerdos), etc.

3. L a para m n e s i a. - Los trastornos hasta aquí señalados son los principales, pero hay otros más sutiles y, cuantitativamente, más modestos, que sin embargo son de grandísimo interés jurídico y moral, porque se pueden observar incluso en los individuos normales y tienen un peso notable en los testimonios y en otras circunstancias en que se han de ejercitar las funciones de la memoria. Cuando nos proponemos reactivar en nuestra mente — del modo más exacto posible — cosas que hemos visto, sucesos a los que hemos asistido* discursos que hemos escuchado, estados de ánimo, resonancias afectivas, ideas, juicios, que anteriormente ocuparon el campo de nuestra conciencia, la m. nos puede engañar, en medida mayor o menor según el tiempo transcurrido, el colorido emotivo de aquel suceso determinado que se quiere recordar, así como según las condiciones psicológicas en que nos encontramos en el momento de la evocación.

El recuerdo no es casi nunca la reproducción fidelísima de una percepción pasada, siempre habrá algo nuevo y distinto porque una parte, aunque sea pequeñísima, de las huellas dejadas en nosotros por las percepciones se pierde habitualmente y al residuo de las percepciones pasadas se suele agregar inconscientemente algún elemento extraño. Esta frecuente deformación y falsificación involuntaria de los recuerdos suele ser notable en las personas muy emotivas y sugestionables, como son los niños y muchos psiconeuróticos: en estos casos se habla de paramnesia y el fenómeno se ha de tener presente, bastante más de lo que ocurre, en asuntos de testimonios. Es cosa sabida — y ha constituido un argumento de profundas investigaciones incluso por parte de la psicología experimental — que los testimonios son no rara vez involuntariamente falaces. A veces esta falacia depende de escasez de atención;
otras, del estado afectivo del momento en que se asiste al- hecho que se ha de testimoniar, pero frecuentemente depende también de las modificaciones que la afectividad actual ejercita sobre los recuerdos.

4. C a t a t i m i a. - Con el término de c a ía t im ia se indica la transformación que sufren los contenidos psicointelectivos bajo la influencia de contenidos afectivos (v. también A fe c tividad.). Esta influencia catatimica Se encuentra sobre todo en los recuerdos, y se acentúa con ocasión de un testimonio, sobre todo cuando este se exige en la sala de un tribunal, donde el testigo sufre necesariamente la acción de múltiples descargas emotivas.

La tendencia a las transformaciones catatimicas es distinta según los temperamentos. Existen individuos — por otra parte normales— absolutamente incapaces de repetir una narración sin introducir en ella algo subjetivo, inventado, a lo cual terminan ellos mismos por dar crédito. Cuando esta tendencia alcanza grados elevados toma el nombre de pseudología fantástica y se verifica sobre todo en las personas ricas en fantasía, egocéntricas, incapaces de sopesar con el escrúpulo debido en la balanza de la critica las partes de su imaginación, sobre todo cuando éstas tienen como protagonista al mismo sujeto. Interesa destacar igualmente que el, individuo arrastrado a la pseudología al repetir su narración va modificándola cada vez más y enriqueciéndola con nuevos detalles, por lo cual a fuerza de añadiduras y metamorfosis el recuerdo primitivo viene a ser sustituido por una representación totalmente inventada y a veces completamente inverosímil· a la cual el narrador presta fe por efecto de autosugestión.

5. S en t i m i en t o de la a n t e r i o r i d a d. - De naturaleza fundamentalmente paramneslca es también el fenómeno relativamente común de ío ya visto o ya vivid o que por breves instantes puede verificarse también en los sujetos normales. Se trata de la singular impresión asociada siempre a un sentido de penosa incertidumbre y de sorpresa, que se produce en la percepción de escenas o hechos observados por primera vez, pero que parecen repetición de escenas o hechos a los cuales hemos asistido ya anteriormente.

Esta curiosa sensación de la anferforídad no de· pende, probablemente, de repticiones o semejanzas de percepciones, sino de la repetición de una condición afectiva, ya experimentada en otras distintas percepciones que no han quedado en la m. Este fenómeno está ligado a una conmoción o cansancio y se encuentra más fácilmente en la neurastenia, en los estados de confusión ligera, en las crisis de depresión, en las fases de conciencia imperfecta que preceden y siguen al ataque epiléptico. En algunos individuos de ánimo delicado y soñador el fenómeno de lo ya visto puede dar lugar incluso al convencimiento de que la vida actual es la repetición de una vida ya transcurrida anteriormente. 6. V a lo r a c i ó n m o r a l. - Estos estados modifican evidentemente el grado de imputabilldad de las acciones, que se ponen, directa o indirectamente, a consecuencia de estos trastornos de la m., especialmente cuando son de grado elevado. Es necesario, por lo tanto, tenerlos en cuenta, especialmente al valorar la culpabilidad moral, los testimonios en juicio y la responsabilidad penal. Riz. BIBL. - M. G q zz a no, Compendio della- psichiatria, Torino, 1847;
E. R a n z i y E. l u g a r o, Trattato delle malattie mentali, Milano, 1914.

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