Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

DISTIMIA

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1. Concepto. - Es una psicosis caracterizada por una extraordinaria exageración del tono afectivo; de aquí también la denominación hipertimia propuesta por Cerletti para esta enfermedad mental.

2. El humor y sus variaciones fisiológicas. - El tono afectivo (o tono sentimental o humor) es una sensación subjetiva peculiar ligada a las funciones orgánicas y a la cenestesia (v.), que imprime una entonación particular agradable o desagradable a la conciencia. En los individuos normales, cuando no ocurren acontecimientos especiales en el mundo externo, en el propio organismo o en la conciencia, el humor es sereno e indiferente: sereno por encontrarse libre de tensiones fuertes acerca del pasado o del porvenir; indiferente por estar pronto a adecuarse en su tono de placer o de dolor según el contenido sentimental. Con las variaciones de este contenido — provocadas por acontecimientos útiles o dañosos para la finalidad biológica y psíquica del individuo— el humor, en los normales, varía con la aparición de sensaciones agradables de contento (alegría, buen humor) o de sensaciones desagradables de descontento (tristeza, mal humor).

Las características cuantitativas y de duración de estas variaciones son — siempre en el sujeto normal— en relación con la entidad de los sucesos-estímulos que determinan las perturbaciones del humor, que fisiológicamente van más tarde apagándose en un lapso más o menos breve de tiempo. Pero la intensidad y duración de esta variación reactiva del humor presenta diferencias a veces muy notables, en los sujetos normales según la mayor o menor sensibilidad e influenciabilidad de su tono afectivo; por lo cual podemos tener individuos más bien fríos, hipotímicos, y otros por el contrario de afectividad viva y susceptible de fáciles perturbaciones. Entre estos últimos se encuentran personas en que la reactividad temperamental puede manifestarse indiferentemente en los dos sentidos (los llamados lábiles emotivos, del tipo de los niños) y personas cuya entonación del humor está orientada habitualmente hacia la alegría (eufóricos) o hacia la tristeza (disfóricos).

3. Características de la d. - La patológica exageración del tono afectivo puede efectuarse en un sentido de alegría, optimismo (manía) o en un sentido de tristeza y pesimismo (v. Melancolía), o también unas veces en un sentido y otras en otro (en cuyo caso se hablará más propiamente de psicosis circular o psicosis maníacodepresiva), unas veces con intervalos libres de normalidad entre los dos episodios distímicos y otras — más raramente— sin intervalo alguno. Las características fundamentales de la d. son las siguientes: constitucionalidad, esencialidad, curabilidad, periodicidad. La constitucionalidad de las psicosis distímicas se muestra por su frecuente familiaridad y hereditariedad.

Las distimias (por lo general de forma depresiva, melancólica) que sobrevienen en sujetos sin taras familiares, por efecto de grandes emociones o de formas tóxicoinfecciosas, o también relacionadas con la menopausia o la edad avanzada, no pertenecen — muy verosímilmente— a las psicosis distímicas verdaderas y propias, sino que se han de considerar más bien como psicosis reactivas (o reacciones psicógenas), como perturbaciones del humor de naturaleza disendocrina (de ordinario de disfunciones genitales y tiroideas), o también como psicosis de la edad involutiva. En las verdaderas distimias suele encontrarse una transmisión hereditaria específica de carácter dominante. La esencialidad de la aparición de los episodios distímicos es a menudo patente por la ausencia de cualquier suceso que pueda justificar el particular tono emotivo que caracteriza dicho episodio. De todos modos la perturbación patológica del humor es siempre desproporcionada al estímulo eventual y a veces existe una antinomia entre el estímulo (p. ej., gozoso) y la reacción emotiva (melancólica).

La curabilidad de cada episodio psicósico es cierta y absoluta, ésta se presenta espontáneamente, incluso después de años de enfermedad, y se ve notablemente favorecida por los modernos medios de cura, sobre todo por el electroshock. En cuanto a la periodicidad — exteriorizada con la repetición a distancia más o menos larga de tiempo de las mismas manifestaciones (= manía o melancolía periódica), o de las manifestaciones opuestas— es también una característica peculiar de esta psicosis, de la que ya hemos hablado anteriormente.

4. Consideraciones morales. - Es raro en el maníaco el homicidio o la ejecución de otros graves delitos, bien porque el desorden ideativo y el humor fundamentalmente eufórico del enfermo no permite acciones delictivas coordenadas, bien porque se trata de sujetos a quienes se recluye muy pronto en el manicomio. Es aún más raro el delito en los hipomaníacos (v. Manía), cuyo comportamiento suele limitarse a una alegre exuberancia, a no ser que la fase de excitación se verifique en un criminaloide degenerado, en cuyo caso los impulsos más o menos latentes a delinquir se encuentran estimulados por el episodio maníaco o hipomaníaco. Mucho más importante — por su frecuencia y por las repercusiones éticas y médico-legales— son otros delitos que los hipomaníacos pueden cometer a causa del estado subcaótico en que se encuentra su conciencia y que retarda los frenos inhibitorios, o por la condición de euforia que les mueve inconsideradamente a las empresas más peligrosas.

En los hombres afectados de hipomanía se verifican así con facilidad delitos que conciernen a su responsabilidad civil: especulaciones comerciales sin fundamento, falsedades en documentos públicos, fraudes de todo género, falsos testimonios, etc. La razón es que estos enfermos son fácilmente presuntuosos, mitómanos, hiperoptimistas, irreflexivos y han perdido la medida justa de su capacidad. En las hipomaníacas es frecuentísimo un erotismo patológicamente exagerado, debido a una hiperactividad neurohormónica o bien al resquebrajamiento de la censura (véase Psicoanálisis), por el cual todas las reacciones instintivas — recogidas de ordinario en el subconsciente o inhibidas o sublimadas— escapan al control de la conciencia: de aquí los exhibicionismos, actitudes lascivas y provocantes que, cuando se ofrece la ocasión, pueden concretarse en un delito sexual. A este respecto nos enfrentamos con un importante problema ético.

Si en caso de violencia carnal o de otro delito similar la responsabilidad moral y jurídica del sujeto hipomaníaco es más o menos sensiblemente reducida según la entidad de la forma morbosa (hasta anularse en las formas maníacas extremas)— lo cual se ha de repetir en cualquier otro género de delito cometido por estos enfermos—, ¿cómo se tendrá que considerar la figura ética y legal del sujeto sano que participó en el evento delictivo? No hay duda que desde el punto de vista de la moral católica cualquier acción de este género constituye culpa grave. Hay aquí además la circunstancia agravante del abuso sobre un sujeto que no puede reaccionar convenientemente. Desde el punto de vista médico-legal el presunto seductor es a menudo en realidad un inconsciente seducido, y el magistrado habrá de recurrir entonces al consejo de un psiquiatra a fin de poder conocer plenamente la personalidad de la hipotética seducida y restablecer así la importancia real de los hechos. En el melancólico se observan con relativa frecuencia reatos contra su propia persona (suicidio, autolesionismo, etc.).

Estos reatos escapan a cualquier sanción por haber sido realizados por individuos que con motivo de su grave perturbación psicoafectiva habían perdido la capacidad de entender bien y querer rectamente; pero sobre ellos — o mejor, sobre la fácil posibilidad de su verificación— se ha de reclamar, bastante más de lo que en la práctica se hace, toda la atención de los parientes del enfermo. Estos suelen considerar a su enfermo como individuo doliente, pero del todo innocuo, «incapaz de hacer mal a una mosca», religiosísimo, y por lo tanto ajeno a cualquier acto peligroso para consigo mismo o para con los demás. Insístase en advertirles que todo melancólico, por leve que sea su dolencia, es siempre un suicida en potencia, que en el más tranquilo de estos enfermos puede desencadenarse un raptus (v.

Melancolía) extremadamente peligroso, que por lo tanto la vigilancia debe ser particularmente cuidadosa y continua, que sobre todo conviene recuperar los enfermos en un lugar a propósito, incluso para poder llegar a un solícito y racional tratamiento de esta dolorosísima psicosis, ya que del suicidio de un melancólico es siempre moralmente responsable o el médico, si descuidó el señalar la posibilidad del suceso a los familiares, o éstos si menospreciaron la indicación oportuna. Riz.

Bibliografía

U. Cerletti, Riassunto delle lezioni di clinica delle malattie nervose e mentali, Roma, 1946
M. Gozzano, Compendio di psichiatria, Torino, 1954.

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