Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PABLO apóstol

Recursos

Nació en Tarso, capital de Cilicia, en los primeros años (1-6) de la era vulgar, y sufrió el martirio en Roma el año 67. Desde su nacimiento tuvo dos nombres, según costumbre de entonces: uno, judío, Saulo, y otro, romano, Pablo. Las fuentes para su biografía son los Actos y sus Epístolas . Sus padres, celantes y ortodoxos (Act. 23, 6; Fil. 3, 5), dedicados al comercio de toscos tejidos, característicos de Cilicia, para la confección de tiendas y cobertores, etc. (cf. Act. 18, 3), tenían en Tarso, famosa por la cultura y el comercio, su ciudadanía romana (Act. 21, 39), codiciado privilegio al que más de una vez recurrió Pablo para defenderse contra los abusos de los judíos y de varias autoridades (Ibid. 16, 37; 22, 25; 25, 11). Su primera educación cultural y religiosa, en la sinagoga local, fué rigurosamente hebraica y orientada según el rígido legalismo farisaico (Gál. 1, 14). Luego la completó en Jerusalén bajo la dirección de Gamaliel el Anciano (Act. 22, 3), cuya religiosidad y rectitud morales son bien conocidas (Ibid. 5, 34 s.).

La conducta de Pablo fué irreprensible según la ley (Flp. 3, 6), y toda su actitud, incluso cuando actuó como perseguidor, fué consecuencia de la errónea valoración del mesianismo (v.) entre los judíos; él estaba en la creencia de que servía a la gloria de Dios (I Tim. 1, 13). El rabino Pablo incitó a que se apedrease a Esteban, pero no tomó parte activa en aquella ejecución ilegítima, por no comprometerse (Act. 7, 58), pues la pena capital era de incumbencia del Procurador Romano. Siempre se le ve en contra de los cristianos (Ibid. 8, 60; 22, 4), e incluso dirige expediciones punitivas (Ibid. 9, 2; 22, 5). La conversión. En el año 31 o en el 32, después de J. C., al dirigirse con tal finalidad a Damasco, con cartas del Sanedrín, se le apareció Jesús resucitado (Act. 9, 3-16; 22, 6-11; 26, 12.28), con lo cual se le ponía de manifiesto que el Mesías muerto había ciertamente resucitado, que era verdaderamente Dios y que sus fieles 431Bperseguidos constituían su verdadera Iglesia , estando místicamente unidos a Él como un solo cuerpo.

Habiendo entrado en Damasco, para recibir la comunicación de lo que debía hacer (Act. 9, 6), Pablo fué recibido por Ananías, probablemente el jefe de la pequeña comunidad local. Fué bautizado y recibió (9, 19) de aquellos fieles las primeras instrucciones sobre el cristianismo. En el acto del bautismo recuperó la vista que había perdido en el momento de la visión. Al poco tiempo se retiró a Arabia (Gál. 1, 17), es decir, a la zona desierta del sur de Damasco. Allí se entregó a un intenso trabajo interior para profundizar en las nuevas verdades que habían brillado en su mente y para prepararse para la futura misión. Luego volvió a Damasco, donde inició una intensa actividad misionera entre los judíos, quienes se enfurecieron contra él por considerarlo como apóstata; y trataron de apoderarse de él para hacerle desaparecer, contando con la ayuda del representante del rey Aretas . Pablo se vió forzado a abandonar la ciudad durante la noche, consiguiendo que lo descolgaran, metido en una espuerta, desde la ventana de la muralla (II Cor. 11, 32 s.).

De aquí se dirigió a Jerusalén , para ponerse en contacto con Pedro (Gal. 1, 18) y con la comunidad cristiana, cuyo perseguidor era cuando se ausentara. Habían entre tanto pasado unos tres años, pero, en tanto no salió por él Bernabé (Act. 9, 26 s.), presentándolo a los Apóstoles , todos se mostraron desconfiados respecto del convertido, que quisiera reparar ahora con un intenso apostolado la culpa de su actividad perseguidora de unos años atrás. En Jerusalén, los judíos helenistas, ordinariamente menos intransigentes que los palestinenses, se le mostraron hostiles, e incluso se dieron intentos de violencia contra él. En vista de lo cual, los cristianos le aconsejaron que se ausentase (Ibid. 9, 29 s.), y avisado, en una visión en el Templo , de que ésa era la voluntad 432Ade Dios , Pablo se retiró a Tarso con la esperanza de un fructuoso apostolado entre los gentiles (Ibíd. 22, 17.21). Desarrolló su actividad misionera en la ciudad natal y alrededores, y con ello intensificó la preparación interior para la misión a la que Dios le destinaba.

Hacia el año 43 se fué Bernabé en busca suya para tenerlo como precioso colaborador en la evangelización de Antioquía, donde resultaba imponente la conversión de los gentiles al cristianismo (Act. 11, 26). En Antioquía Pablo es el cooperador inseparable y fiel de Bernabé; ambos fueron elegidos, como oficialmente encargados, para llevar a Jerusalén los socorros colectados entre la comunidad, previendo una terrible carestía (Ibíd. 11, 30). La cuna del cristianismo atravesaba por unos días tristes a causa de la persecución del rey Herodes Agripa . Bernabé y Saulo se entrevistaron con los «Ancianos»; los Apóstoles se habían ausentado, tal vez para evitar el caer en manos del rey. Volvieron los dos con el joven Marcos , primo de Bernabé y autor del segundo Evangelio (Ibíd. 12, 25). Primer viaje apostólico. En el otoño del 45 después de J. C., o en la primavera del siguiente, durante una reunión litúrgica, manifestó el Espíritu Santo la voluntad de que Bernabé y Pablo se fuesen como misioneros de la Buena Nueva (Act. 13, 2). Entonces se dió una especie de investidura oficial por parte de los dirigentes de la Iglesia que «después de orar y ayunar les impusieron las manos y los despidieron».

A los dos se agregó el joven Marcos . En Chipre, primera meta, que probablemente fué elegida por el chipriota Bernabé, que figura en primera línea, la predicación comenzó por la ciudad de Salamina, y en primer lugar se dirige a los judíos de las sinagogas (Ibíd. 13, 5). En Pafos, el procónsul Sergio Pablo se interesó mucho por la actividad de los dos misioneros, con quienes gustaba de conversar. Un mago judío, Barjesús, intentaba apartarlo de aquella afición. Pablo —ésta es la primera vez que Lucas emplea este segundo nombre— lo apostrofó anunciándole como castigo una ceguera, que sobrevino instantáneamente. Tal milagro desvaneció todas las dificultades de la mente de Sergio Pablo, el cual creyó en la doctrina de Jesús (Ibíd. 13, 7-12). Desde la isla de Chipre, Pablo, que había tomado la iniciativa, se dirigió a la próxima Asia Menor. La primera etapa fué hasta Perge, en Panfilia, y desde aquí el valeroso Apóstol quiso avanzar hacia el interior, atravesando zonas pantanosas, para saltar por 432Bla sierra del Tauro y llegar a Antioquía Pisidia, capital de la región. Marcos tuvo miedo ante estas dificultades y regresó a Jerusalén (Act. 13, 13).

Pablo y Bernabé se presentaron en Antioquía, como de costumbre, en la sinagoga el sábado, y Pablo expuso, en un magnífico discurso, su catequesis (Ibíd. 13, 16-41). El efecto fué impresionante: acabaron por invitar a Pablo a que continuara su enseñanza el próximo sábado, lo que hizo con gran éxito, especialmente entre los numerosos prosélitos. Los judíos se resintieron por ello, y, mediante unas mujeres influyentes, obtuvieron de las autoridades que expulsaran a los dos misioneros (Ibíd. 13, 44-52). Éstos pasaron a Licaonia, donde desplegaron una actividad algo prolongada en Iconio, su capital, hasta que fueron arrojados de allí (Act. 14, 1-6). En Listra se repite la misma escena de un buen éxito inicial y de un epílogo doloroso (Ibíd. 14, 6-20), que esta vez obedeció al intento de apoteosis de los dos misioneros, a quienes querían ofrecer un sacrificio de toros por considerarlos como dos divinidades a causa del milagro obrado por Pablo en favor de un tullido. Al desilusionarse el pueblo cambió en aversión el primer entusiasmo, y Pablo fué apedreado y dejado por muerto fuera de la ciudad.

Habiéndolo recogido algunos fieles durante la noche, lo curaron y al día siguiente lo encaminaron con Bernabé hacia Derbe, ciudad distante de Listra unos cuarenta kilómetros al sudeste. Aquí ejerció un apostolado tranquilo y eficaz hasta que decidieron volver a Antioquía de Siria, pasando de nuevo por las diferentes comunidades que habían fundado en el Asia Menor, para ocuparse de la organización interna de las mismas (Ibíd. 14, 22 s.). Segundo viaje apostólico. En Antioquía algunos cristianos convertidos del judaísmo afirmaban que la fe de Jesucristo no dispensaba de la observancia de la Ley mosaica. Era éste el gran problema de las relaciones entre la Nueva Economía y la Antigua, problema que se agudizó después del audaz apostolado de Pablo y de Bernabé en Chipre y en el Asia Menor. Los ancianos se preocupaban, y con razón, por hallar una solución autorizada y definitiva, por lo cual enviaron a los dos misioneros a Jerusalén a entrevistarse con los Apóstoles . En la asamblea de Jerusalén (v. Concilio de los Apóstoles ) (49-50), Pedro sancionó la plena autonomía de los gentiles convertidos respecto de la antigua Ley.

San Pablo se negó de un modo enérgico a someter a Tito, gentil convertido que tenía consigo, al 433Arito de la circuncisión (Gál. 2, 3). A consecuencia de esto, San Pedro se fué a Antioquía, y para demostrar prácticamente la abolición de las antiguas prescripciones judaicas, cuando le invitaban los gentiles convertidos, comía con ellos. Pero al observar el descontento de los exjudíos, pensó en dar marcha atrás no aceptando todas las invitaciones de aquellos fervorosos convertidos, por evitar choques, y en la creencia de que así contentaría a aquellos indiscretos sin disgustar a los otros. Pero esa conducta, dictada por la prudencia (e imitada incluso por Bernabé), mortificó a los gentiles convertidos. Así se lo advierte Pablo al príncipe de los Apóstoles con la franqueza que le dicta su celo, e impone silencio públicamente a aquellos obstinados judaizantes (Ibid. 2, 11-14). Partiendo de Antioquía, muy probablemente en el año 50, Pablo emprende su segundo viaje apostólico.

Bernabé quería llevarse de nuevo a Marcos , pero San Pablo no lo quiso, y prefirió separarse de Bernabé, quien volvió a Chipre con Marcos, en tanto que Pablo se fué con Silas (Act. 15, 36-40) a visitar las comunidades de Licaonia. En Listra tomó consigo también al joven Timoteo, hijo de la hebrea Eunice y de un pagano (II Tim. 1, 5), a quien circuncidó para evitar los reproches de los judíos a quienes intentaba ganar. Desde Licaonia se dirigieron los tres hacia el norte, pasando tal vez por Pesinunte y Dorileo. Pablo se proponía bajar al oeste hacia el Mediterráneo, pero una comunicación del Espíritu se opuso a tal propósito, lo mismo que al otro de dirigirse al norte hacia Bitinia y el Ponto (Act. 16, 6 s.). Se llegaron al puerto de Alejandría Tróade, donde se unió a ellos el historiador y médico carísimo (Col. 4, 14) Lucas . El Señor indicó a Pablo en una visión que pasara a Europa. La primera etapa misionera fué hasta Filipos , de la colonia romana de Macedonia (Ibid. 16, 12-40).

La conversión de una rica traficante de púrpura marcó el comienzo de un notable acontecimiento apostólico, interrumpido por el episodio de la joven obsesa milagrosamente libertada por Pablo, con el correspondiente encarcelamiento de Pablo y Silas. Los magistrados que les habían mandado flagelar, apenas supieron que eran ciudadanos romanos, tuvieron miedo a causa de su arbitrariedad y dieron orden de devolverles la libertad. Los dos abandonaron la ciudad, dejando allí a Timoteo y a Lucas, y predicaron con mucho fruto en Tesalónica. Los judíos obligaron a Pablo a alejarse (cf. Tesalonicenses), y se fué dejando allí una 433Bcomunidad de fieles muy numerosa, a la que poco después dirigió dos epístolas desde Corinto . Tras una breve estancia en Berea (Ibid. 17, 10-14), Pablo se separó de Silas y de Timoteo y se fué a Atenas. Lleno de preocupación por la suerte de los fieles, a quienes en tantas partes se veía obligado a abandonar, Pablo experimentó en Atenas la tristeza de la soledad y la angustia por las diferentes comunidades. Intentó evangelizar a la ciudad, pero con resultado pobrísimo.

El famoso discurso que pronunció en el Areópago (Ibid. 17, 22-31) es una pequeña obra maestra, pero su resultado fué una desilusión. Fué mucho más eficaz la predicación en la ciudad comercial de Corinto , donde Pablo moró un par de años, cuando menos, y obtuvo diversas conversiones, especialmente entre el pueblo bajo, compuesto de esclavos y de humildes operarios del puerto. Como siempre, Pablo se atrajo la odiosidad de los judíos, que en vano intentaron fuese condenado por el gobernador romano Junio Galión (Ibid. 18, 12-17). Por las dos epístolas que el Apóstol envió a la comunidad de Corinto échase de ver cuán grande fué la preocupación que esta comunidad causó a Pablo, que tanto la amaba. Tercer viaje apostólico. Desde Corinto , haciendo una brevísima parada en Éfeso , Pablo se fué a Jerusalén , y de aquí inmediatamente a Antioquía (Ibid. 18, 19 s.), donde inició en el 53 o tal vez en el 54, el tercer viaje de gran radio. El itinerario hasta Galacia, y probablemente hasta Dorileo, coincidió de arriba abajo con el del segundo viaje.

Luego Pablo se dirigió a Éfeso, donde constituyó el centro de su actividad durante más de dos años (Ibid. 19, 8.10; 20, 31), ya que no se limitó a evangelizar a la gran metrópoli, sino que, directa o indirectamente, se preocupó de todas las ciudades próximas, y de un modo especial de las del valle del Lico. Habla de una gran puerta que se le había abierto para el Evangelio (I Cor. 16, 9). El incidente provocado por el gremio de los plateros, que veían perecer su comercio de estatuas idolátricas y de exvotos es una prueba de la eficacia de la predicación de Pablo y de sus colaboradores (Act. 19, 23-40). Es muy probable que fuese en Éfeso donde el Apóstol escribió la epístola a los Gálatas (v.) y la Iª a los Corintios (v.). De Éfeso Pablo pasó a Macedonia donde vió de nuevo las diferentes comunidades, pero no logró librarse de la angustia por los acontecimientos de Corinto , donde muy probablemente poco antes había estado en breve 434Avisita señalada por un triste recuerdo. La llegada de Tito con noticias un tanto halagüeñas (II Cor. 7, 6 s.) lo consoló y fué causa del envío de la IIª a los Corintios .

Según los Actos (20, 3), Pablo pasó «tres meses» en Grecia, es decir, en su mayor parte en Corinto, donde compuso la grandiosa epístola a los Romanos, y de donde partió, tal vez en la primavera del 50, para Jerusalén , con el fin de llevar la ofrenda recogida en favor de aquella iglesia pobre (Rom. 15, 30 s.). El viaje, que en su mayor parte fué por tierra, fué rico de entrevistas conmovedoras con las diferentes comunidades de Macedonia y de la costa de Asia, y rico también en prevenciones del Espíritu Santo , que intentaba disponer al Apóstol para todo cuanto le esperaba en Jerusalén (Act. 20, 3-21, 16). Pablo prisionero. En Jerusalén fué acogido con deferencia el Apóstol por la iglesia, y de un modo especial por Santiago y las otras autoridades. Pero pronto se manifestó contra él el viejo rencor. Los judíos le odiaban como a un renegado, mientras que los judíocristianos desconfiaban de él por su apostolado entre los gentiles y por su oposición a las teorías judaizantes.

Con la esperanza de desvanecer tal prevención, siguiendo el consejo de Santiago, se sometió a cargar con los gastos de varios sacrificios que cuatro nazareos tenían que ofrecer por haber expirado su voto (Act. 21, 20-26). Los judíos, y particularmente algunos llegados de Asia como peregrinos con motivo de la fiesta de Pentecostés, aprovecharon la ocasión de tales funciones litúrgicas para acusarle de haber profanado el Templo introduciendo en él al cristiano Trofimo, que no era de raza judía (Ibíd. 21, 27-29). Inmediatamente se suscitó un tumulto, y Pablo corrió peligro de muerte, de la cual sólo se libró gracias al tribuno de guardia de la Antonia, que acudió por creer que se trataba de un perturbador del orden. Con el permiso del tribuno Pablo explicó a la turba, desde la escalinata, su vida y su inocencia.

Habiéndose enardecido más y más el tumulto, el tribuno Lisias, que temía complicaciones, porque el perseguido tenía derecho de ciudadanía romana, trató de que se le interrogara en presencia del Sanedrín (Ibíd. 22, 30-23, 10), pero todo fué en vano; y al tener conocimiento de una conspiración que se tramaba contra él, lo envió a Cesarea, entregándolo al procurador Antonio Félix (Ibíd. 23, 16-35), que mandó custodiarlo en el pretorio de Herodes. Tras un debate en que los judíos defendieron sus acusaciones por medio del abogado Tertulio, Félix se persuadió de la 434Binocencia del acusado, pero lo mantuvo durante dos años bajo vigilancia militar con la esperanza de que los enemigos del Apóstol le darían dinero (Ibíd. 24, 1-27). Al suceder a Félix el procurador Porcio Festo, se volvió a examinar el caso del prisionero, y para congraciarse con los judíos el nuevo representante de Roma propuso que se llevase nuevamente a Pablo a Jerusalén para juzgarlo ante el Sanedrín, y el Apóstol, usando de su derecho de ciudadano romano, apeló al tribunal del César (Ibid. 25, 1-12). Es muy probable que fuera en otoño del 60 cuando enviaron a Pablo a Roma.

La travesía está minuciosamente descrita por Lucas con una rara precisión de terminología náutica (Ibíd. 27, 1-28, 13). En el naufragio ocurrido junto a la isla de Malta, perdióse la nave con su cargamento, pero no sufrieron detrimento sus muchos pasajeros, según lo había predicho Pablo. El Apóstol, que durante el borrascoso viaje había revelado todo su extraordinario carácter, en la primavera del 61 llegó a Roma, meta de sus aspiraciones desde hacía mucho tiempo (cf. Act. 19, 21; 23, 11; 27, 24; Rom. 1, 11; 15, 23). Allí se le permitió alojarse en una casa tomada en arriendo (Act. 28, 16), que no nos es dado localizar. En tales condiciones permaneció durante dos años completos, continuando, en cuanto le era posible, la obra de evangelizador, según se ve por la última noticia de los Actos (28, 30 s.), y por las epístolas de la cautividad (Ef., Col., Fil., Filem.). Los últimos años. El martirio. En el año 63 se terminó con la liberación el primer encarcelamiento de Pablo. En cuanto al martirio reina cierta uniformidad entre los historiadores, que siguiendo a Eusebio de Cesarea (Chronicon, Olimpiada 211), lo fijan en el año 67.

Es muy verosímil que el viaje a España se realizara inmediatamente después de la liberación (63-64), a la que siguió una breve estancia en Italia.

Por los años 64-66 hizo Pablo un largo viaje por Oriente, llegando hasta Éfeso y Mileto (II Tim. 4, 20). Estuvo en Tróade (Ibíd. 4, 13) y en la isla de Creta (Tit. 1, 5). Parece que fué detenido nuevamente en Nicópolis, en el Epiro (cf. Tit. 3, 12). Llevado a Roma, soportó allí un breve encarcelamiento muy duro, al que se hace referencia en II Tim. Con toda verosimilitud, fué martirizado en Tres Tabernas, según afirma una tradición antiquísima, y sepultado en la Basílica que lleva su nombre en la Via Ostiense. Pablo no se entrega enteramente a la acción hasta el punto de descuidar la propia ascesis 435Ainterior.

En primer lugar él es un gran místico, no sólo por los carismas excepcionales que acompañan a su ministerio (cf. Act. 13, 10 s.; 14, 8 s.; etc.; I Cor. 14, 18; II Cor. 12, 1-6, etc.), sino porque su vida es un continuo ejercicio ascético (I Cor. 9, 26 s.) en el desprendimiento absoluto de las cosas terrenas (cf. Act. 20, 33-35; I Tes. 2, 6-8; II Cor. 12, 14) para reproducir cada vez mejor el modelo divino (I Cor. 11, 1; Gál. 2, 20; 6, 14), del que se sintió como agarrado en el camino de Damasco (Fil. 3, 12). En su apostolado, que él consideró como inexcusable colaboración a la obra de Dios (I Cor. 3, 6-9; 4, 1-2; 9, 16), Pablo obró con un gran sentido realista.

Se propuso hacerse todo para todos (Ibid. 9, 22); supo acomodar con habilidad sus enseñanzas a la mentalidad y a las necesidades de los oyentes y de los lectores, y esto lo hizo siempre con ardor y con una profunda convicción, de suerte que a un lector superficial podrá parecerle estar siempre tropezándose con el elemento fundamental de la doctrina paulina; por eso conviene no olvidar nunca el ardor oratorio del Apóstol y el motivo concreto que le impulsaba a insistir más en un argumento que en otro.

Ante un auditorio compuesto de judíos, Pablo predicará a Cristo fundándose en citas y referencias escriturísticas (cf. Act. 13, 16-41; 17, 10 s.; 24, 14; 28, 17-29), mientras que en asambleas paganas recurrirá a argumentos de un género totalmente diferente (Ibíd. 14, 15-18; 17, 22-31). Eso mismo notamos en las epístolas.

Siempre revela una originalidad de expresión, en el modo de concatenar los argumentos, en la manera tajante de afirmar una cosa, etc.; pero no hay que confundir tales características personales de forma con una supuesta particularidad doctrinal. Es indudable que ninguno de los escritores del Nuevo Testamento desarrolla con la profundidad y competencia de San Pablo ciertos temas, como el de la actitud del cristiano frente a la ley mosaica, el de la justificación, el del pecado original, el de la íntima unión entre Cristo y los fieles, el de la Iglesia , etc.; pero si se examinan los diferentes elementos no es difícil notar su perfecta coincidencia con alusiones y afirmaciones, a veces brevísimas, de los cuatro Evangelios. Con toda exactitud puede decirse de San Pablo que es el repetidor y comentador de las enseñanzas de Jesús .

La catequesis paulina es eminentemente cristológica, como la de San Juan ; pero no carece de elementos trinitarios, pues su evangelio 435Bde Cristo considera principalmente la relación de Éste con el Padre , como único Mediador y Redentor. Hállase una clara fórmula trinitaria en la terminación de la II Cor. (13, 13); pero también en otros lugares (cf. Rom. 8, 9-11; 14-17; 15, 15 s.; I Cor. 6, 11; 12, 4-6; II Cor. 3, 3; Gál. 4, 6; Ef. 1, 3-4; Tit. 3, 4-6), reaparece frecuentemente este elemento verdaderamente nuevo respecto del Antiguo Testamento. Al describir la actividad del Hijo de Dios insiste Pablo de un modo especial en su obra redentora, haciendo resaltar su carácter universalista respecto de hebreos y gentiles (cf. Ef. 3, 8 s.).

El principio fundamental de la doctrina de Pablo es la idea de « Cristo Redentor », que vive en la persona de los creyentes. Para él la novedad del cristianismo es el misterio de Dios , Cristo , en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Col. 2, 2 s.). Cristo, que ya fué principio de todas las cosas en la creación (Ibid. 1, 16), centra y recapitula todo en sí mismo, como principio de la elevación a un orden sobrenatural (Ef. 1, 10); como Redentor paga con creces el mal causado por el pecado de Adán , ofreciéndonos la vida de la Gracia (Rom. 5, 12-21), haciendo que en el reino del pecado y de la ley mosaica se compenetrase el dominio de la Gracia mediante la realidad inefable del Cuerpo Místico .

Y el centro de todo es Cristo, único y eterno sacerdote y único Mediador entre Dios y los hombres (cf. Heb. 2, 17; 4, 14; 5, 5, etc., I Tim. 2, 5). Para convertirse en miembro activo de ese maravilloso organismo es un elemento indispensable la fe, entendida como adhesión total, de todo el hombre, a Cristo y a su doctrina (Rom.; Gál.). El bautismo es presentado como rito de iniciación. La Eucaristía , que alimenta y da crecimiento a la vida sobrenatural, es considerada por Pablo como un sacramento que une íntimamente con Cristo víctima (I Cor. 11, 26). El concepto de esta íntima unión figura constantemente a manera de estribillo en las epístolas paulinas. Recuérdese su fórmula favorita «in Christo» y en las acrobacias a que somete la flexibilidad de la lengua griega para recalcar la intimidad de la unión. La vida en la gloria la concibe San Pablo como simple manifestación e intensificación de la vida escondida con Cristo en Dios (Col. 3, 3). Como alma vivificante de esta unión es presentado frecuentemente el Espíritu Santo (cf. I Cor. 6, 19; Rom. 8, 2.11; II Tim. 1, 14). A Él se atribuyen la revelación de los misterios 436Adivinos (I Cor. 2, 10) y los carismas (Ibid. 12, 4).

El fiel debe considerarse como templo del Espíritu Santo (Ibid. 6, 19). Alguna vez se atribuyen a Cristo las mismas prerrogativas, lo cual se explica en cuanto Cristo está en disposición de comunicar la plenitud del Espíritu Santo (Ibid. 15, 14). Prácticamente la santificación es atribuida al Espíritu Santo, enviado por el Hijo de Dios . La Iglesia (cf. especialmente Ef. y Heb.) es presentada como esposa de Cristo , como cuerpo constantemente alimentado en su vida sobrenatural por la Cabeza, que es Cristo. La idea cristocéntrica de su teología sigue dominando incluso en la ética fragmentaria de Pablo, que gusta de hablar de «muerte» y de «resurrección» (Rom. 6, 4.6.11; Col. 2, 20-3, 8), de la necesidad de «despojarse» de la antigua personalidad (= Adán ) para «revestirse» de la nueva (= Cristo ; cf. Rom. 13, 14; Ef. 4, 20-24; Col. 3, 9-11) y de repudiar las obras de la carne para seguir los impulsos del Espíritu, que habita en el corazón de los fieles (Gál. 5, 16-26; Rom. 8, 4-10). Con un gran sentido práctico desciende también a casos concretos, como a las relaciones entre miembros de una misma familia o de una comunidad cristiana, y a las relaciones con las autoridades paganas.

Sus consejos llevan siempre la impronta del respeto por la autoridad, de la que tiene un elevadísimo concepto, considerándola como participación de la divina soberanía (Rom. 13, 1-7; I Tim. 2, 2; Tit. 3, 1). La misma doctrina escatológica está dominada por la idea de la íntima unión entre los fieles y Cristo ; cf. la estrecha relación entre la resurrección final de los justos y la de Cristo, ya realizada (Rom. 4, 25; I Cor. 15, 12 s.); en ella (I Tes. 4, 13.18; I Cor. 15) predomina siempre la figura de Cristo, que termina su obra entregando el reino a Dios Padre (Ibid. 15, 24-28).

Bibliografía

J. Holzner, S. Pablo, Heraldo de Cristo , tr. esp., Barcelona 1956. G. Ricciotti, S. Pablo Apóstol, biografía , tr. esp., Madrid 1950. A. Penna, S. Paolo , 2 ed., Alba 1951. F. Prat, La teología de San Pablo , 2 vols., tr. esp., México 1947. J. M. Bover, Teología de S. Pablo , Madrid 1946. L. Tondelli, Il pensiero di S. Paolo , 2 ed., Torino 1948. J. Bonsirven, Il vangelo di Paolo , trad. it., Roma 1951. L. Cerfaux, Le Christ dans la théologie de Saint Paul , París 1951. J. González Ruiz, Cartas de la cautividad , Roma-Madrid 1956. G. Palomero Díaz, Los viajes apostólicos de S. Pablo , en EstB (1934), pp. 195-213. J. M. Bover, Las crisis espirituales en S. Pablo , en EstB (1950), número 3. R. Rábanos, La vocación misionera de S. Pablo , en CB (1944), número 2.

Voces relacionadas

Internas

Externas