Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MOISÉS

Recursos

Hermano de Arón y de María , de la tribu de Leví (Éx. 6, 11), que nació durante el período de la opresión egipcia, y por eso fué expuesto por la madre en los juncales del Nilo en una cesta de mimbres calafateada con betún y pez. Lo salvó y adoptó una hija del faraón (2, 5-10). Mostróse tenaz en propugnar la concordia y la libertad de sus hermanos, llegando hasta a matar a un egipcio a quien había sorprendido maltratando a un hebreo. A consecuencia de ello huye voluntariamente a la tierra de Madián (2, 11-15), donde en cierta ocasión en que se hallaba cuidando el rebaño de Jetró , su suegro, tuvo la divina visión, la revelación del nombre « Yavé » y la vocación para salvar a su pueblo llevándolo a la tierra prometida (2, 23; 4, 23). Desde este momento su persona está indisolublemente unida con la historia del pueblo hebreo, del que fué libertador, caudillo y supremo legislador hasta llegar a la vertiente del Jordán (cf. Éx., Núm., Dt.). Su persona, tal como aparece a través de la narración bíblica, se encuadra perfectamente en el ambiente y en el período histórico. Nombre.

Los egiptólogos rechazan ordinariamente la etimología que proponen Flavio Josefo y Filón, o sea mô = agua, yses = salvado (cf. Ant. 2, 9, 6; De Vita Mosis, 1, 4), pero sostienen como posibles las dos etimologías siguientes: 1) Mw = agua, y, en sentido traslaticio, semilla, hijo; se = lago, y, en sentido traslaticio, Nilo; por lo tanto, es lo mismo que decir «hijo del Nilo»; 2) Msw = hijo, término generalmente unido a un nombre divino (cf. Ahmoses, Ptamosis, Tuthmosis); hubo no obstante egipcios que se llamaron simplemente Msw (cf. Papyrus Anastasi 1, 18, 2; Pap. Sall. 124, 2, 17); por tanto: Moisés = hijo. Con la historia de Moisés va frecuentemente unido el fabuloso origen de 408ASargón I (Sharrukin, h. 2358), gran rey de Acad y fundador de la soberanía acádica sobre los súmeros y los elamitas. Habiendo nacido éste de una pobre vestal y de padre desconocido, ocultóse su nacimiento y fué colocado secretamente en la superficie de un río en una cesta de cañas cubierta con pez: lo tomó y adoptó Akki, con quien desempeñó el oficio de hortelano, y la diosa Istar, de cuya predilección fué objeto, lo colocó en el trono de Acad. Las divergencias entre ambos relatos hablan de por sí.

El hombre de Dios elegido para salvar a su pueblo no tenía «facilidad de palabra», sino que se le trababa la lengua (Éx. 4, 10, 6, 12). Fué humilde (3, 11), no obstante los grandes privilegios que Dios le había otorgado, y siempre consciente de la obra de la gracia, e incluso habría visto con gusto que todos tuviesen espíritu profético (Núm. 11, 29; 12, 1-13). Opuso resistencia al llamamiento divino por juzgarse indigno de una tarea tan sublime, mas una vez tomada la determinación, no cejó ante dificultad alguna, asumió la responsabilidad de todo el pueblo y, en los momentos más difíciles y dramáticos, su única confianza era Dios (Éx. 14, 11-14), convencido de que la divina presencia era el verdadero factor decisivo (Éx. 33, 12-17; 34, 9).

Perdona a sus hermanos que le amargaban la existencia (Núm. 12); ruega por el pueblo siempre que éste se queja contra él; cuando se siente hastiado del camino del desierto, asustado por los peligros; en los caprichos y antojos materiales de una turba de hombres que están en una lucha espiritual gigantesca, en la que continuamente van sintiéndose incapaces de superarse, Moisés es siempre el mediador, la fortaleza, el guía (Éx. 14, 11 ss.; 15, 22-26; 32, 33; Núm. 11; 14; 16; 20; 21). Y en uno de los momentos más trágicos de su misión se ofrece él mismo a Dios para salvar al pueblo (Éx. 32, 31 s.). Cuando Dios, cansado de los pecados de Israel , manifiesta la intención de destruirlo y de constituir a Moisés en tronco de un nuevo pueblo, Moisés lo rehúsa: su vida es para aquel pueblo que desciende de los Patriarcas (Éx. 32, 10 ss.; Núm. 14, 12 ss.). Pero se dará el caso de que él mismo se sienta descorazonado ante la continua falta de confianza en Dios por parte del pueblo, y quisiera morir, ya que, al fin de cuentas, no era él el padre de aquella multitud de dura cerviz (Núm. 11-15). Su indulgencia no fué nunca lo equivalente a debilidad.

Su modo de obrar está caracterizado por acciones de extraordinaria energía: hace añicos las tablas de la Ley y el becerro 408Bde oro: Éx. 32, 19 ss.; apela a la espada para castigar a los más obstinados (Núm. 25, 5). Su consuelo y su refugio era la oración (Éx. 5, 22; 8, 4.24; 10, 17; 14, 15; 15, 25; 27, 4; Núm. 11, 11, etc.). «Un rasgo de la grandeza de su vida es el hecho de que, aun hallándose casi en continua oposición con su pueblo, lo amase en tanto grado y quisiera sacrificarse por él. El pueblo no fué capaz de elevarse hasta vibrar con su carácter religioso, y él se vió solo en su grandeza lo mismo que murió en la soledad» (Heinisch, 95). El nuevo nombre de Dios , « Yavé », domina su vida por completo. No lo encontró Moisés en su raza, ni en Egipto , sino en la pobreza, en el desierto, en el marco del pueblo madianita : Yavé no tiene lazos de sangre con Israel , no está ligado con el espacio ni con el tiempo, sino que su manifestación es efecto de una libre y gratuita elección.

El punto central para Moisés está en que él ha hallado a su Dios en la soledad del Sinaí, no vinculado con lugar alguno de culto, sino en la plena libertad divina que usa de gracia y de misericordia con quien quiere y cuando quiere. Yavé no es un Dios nuevo: es el de los Padre s. La fe de Moisés es la misma fe de Abraham, de Isac, de Jacob. Es un conocimiento decisivo para Moisés y punto crucial para todo el pueblo. Yavé, Dios del presente, que se revela a Moisés, es también el Dios del pasado que obró en la época de los Patriarcas, y será además el Dios del futuro: Él eligió a Israel para ser colaborador suyo en la historia de la humanidad, para preparar la salvación mesiánica, realización de sus designios de misericordia. Moisés entendió esto y por eso su fe no sólo es ilimitada, sino incluso «cargada de dinamita que destruye toda oposición y libra de las cadenas de la servidumbre». Moisés fué el mayor de los profetas del A. T.: Dios hablaba con él «cara a cara» (Éx. 33, 11; Núm. 12, 6 ss.); contempló su gloria y penetró en los misterios de la divinidad, en cuanto es posible a un mortal (Éx. 33, 18-23; 3, 5-10).

Como resultado de su largo contacto con Dios en el Monte santo, se mostró su íntima sublimación en el rostro, que apareció «radiante» (no «cornuta... facies», como traduce la Vulgata: (Éx. 34, 29).

«No ha vuelto a surgir profeta semejante a Moisés, con quien cara a cara tratase Yavé »: Dt. 34, 10. Sólo faltó una vez, y no por amor propio, o por falta de espíritu de sacrificio, sino porque pensó (y probablemente se da en el texto más de una reticencia) que la misericordia de 409ADios podía cansarse de perdonar; por ello no se le concedió pasar el Jordán (Núm. 20, 2-13): su dolor fué verdaderamente profundo, mas su primer pensamiento se encamina hacia el pueblo, para el cual pide a Dios un nuevo caudillo (Núm. 27, 15-23). La misión de Moisés estaba terminada (Núm. 20, 12; 27, 13; Dt. 32, 52).

Al morir tenía 120 años, mas «no se habían debilitado sus ojos ni se había mustiado su vigor» (Dt. 34, 1-7). Yavé le concede contemplar la tierra prometida desde el monte Nebo y muere una vez que la ha visto (Dt. 34, 1-5). Fué sepultado en el valle, pero su sepulcro quedó oculto; no era conveniente que se manchase su memoria con culto idolátrico (Dt. 34, 6; respecto de las leyendas judías cf. E. Schürer, Geschichte des jüdischen Volkes, III, 301 ss., y Jue. 9). Había libertado de Egipto al pueblo, unificado y guiado en el período más decisivo de su historia; había sido el medianero de la alianza del Sinaí, había dado a conocer e inculcado la veneración debida al único Dios de la alianza; había hecho de las doce tribus un pueblo con leyes políticas, sociales, religiosas y rituales, ligando indisolublemente a Israel con Yavé , de suerte que ambos, nombres permanecerán íntimamente unidos por siempre.

El primer altar que erigió Moisés llamándolo «Yavé nissí = Yavé es mi bandera», es el emblema de su vida (Éx. 17, 15). Erigióle un monumento perenne el elogio de Jesús hijo de Sirac (Eclo. 44, 23b-45, 5), pero fué mucho más sublime el reconocimiento de su personalidad en el N. T., que considera a Moisés como tipo del nuevo Legislador, Sacerdote, Profeta, Mediador de la Alianza (Heb. 3, 3-6; Mt. 17, 3; cf. Jn. 5, 45 ss.; I Cor. 10, 2; Heb. 11, 23 s.). P. Heinisch, Geschichte des Alten Testaments , Bonn 1951, pp. 76-94. W. F. Albright, From the Stone Age to Christianity , Baltimore 1946, páginas 189-207. O. Procksch, Theologie des Alten Testaments , Gütersloh 1950, pp. 69-103.

Bibliografía

Voces relacionadas

Internas

Externas