Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

GÁLATAS (Epístola a los)

Recursos

Con el término administrativo romano podían ser llamados gálatas incluso los habitantes de Pisidia, Licaonia (Iconio, Derbe, Listra), evangelizados por San Pablo en su primer viaje (h. el año 45; Act. 13, 14) y visitados al principio del segundo (Act, 16, 1-5). Algunos han pensado que se trataba de ellos en esta epístola. Pero Pablo distingue bien cada una de las regiones, conforme al uso del tiempo, y jamás habría llamado «insensatos gálatas» (Gál. 3, 1) a los licaonios y a los pisidianos, ni habría dicho al escribir a estos cristianos que no se había preceptuado nada a los gentiles en el Concilio de Jerusalén (Gál. 2, 6), cuando él mismo les había transmitido ya el decreto con recomendaciones acerca de la abstención de carne de animales «ahogados», etc. (Act. 16, 4), ni podía escribirles diciendo que los había evangelizado como incidentalmente, cuando se había visto forzado a detenerse entre ellos a causa de una enfermedad que le aquejara (Gál. 4, 13), aparte de que conocemos por los Actos las circunstancias bien claras que acompañaron a su primera misión. Los gálatas son, pues, los habitantes de Galacia propiamente dicha, o Galacia del Norte.

San Pablo llegó a ella en su segundo viaje (h. el 50); la cruzó con Silas y con Timoteo: forzado a detenerse allí por razones de salud, predicó entre aquellas gentes el Evangelio (Act. 16, 6; Gál. 4, 13). Los gálatas tuvieron para con él toda clase de afectuosas atenciones (Gál. 4, 14 s.), y el fruto fue abundantísimo, dado el entusiasmo con que acogieron el Cristianismo (Gál. 5, 7). Al principio del tercer viaje misionero (h. el 53), el Apóstol pasa por allí nuevamente, según solía hacerlo, para visitar la comunidad por él fundada (Act. 18, 23), y, por desgracia, tiene 224Bque comprobar con amarga sorpresa que los convertidos se habían dejado fascinar, tal vez con el mismo entusiasmo, por los fanáticos judíocristianos, llegando hasta abrazar las prácticas del judaismo como necesarias para la salvación y prestando oídos a las calumnias contra él que aquellos fanáticos contrincantes del Apóstol habían difundido entre ellos. Al llegar a Éfeso (53-54; cf. Gál. 1, 6), San Pablo les escribe refutando uno por uno los errores y las acusaciones de los judaizantes, de lo que resulta una apología principalmente doctrinal, a la que se asocia en íntima conexión la suya personal. Contenido.

Trátase, en realidad, del primer grave problema que el cristianismo de los orígenes amortiguó, y no sin discusiones, pasión y lucha un tanto duradera: la relación entre la Nueva y la Antigua Economía, entre el Evangelio y la Ley. San Pablo persigue un fin práctico: mantener a los gálatas alejados de este nuevo evangelio que les había sido propuesto por cristianos, judíos de origen, que más bien sería el abandono del único verdadero evangelio para pasar a someterse al yugo de las observancias judías. Y no hay otra epístola del Apóstol que como ésta se vea tan dominada por el fin propuesto, hasta en los detalles. Si alguna vez parece perder el hilo del argumento es para dejar en ella un reflejo del fuego que arde en su interior. No solo se propone instruir y exponer; también trata de convencer, y convencer a los gálatas en un punto preciso, importante y decisivo: no renunciar a la fe en Cristo y a la libertad cristiana, ya que aceptar el yugo de la Ley equivaldría a renunciar a la gracia y a la salvación en Cristo.

La epístola comienza, como siempre, con un saludo, reducido a la mínima expresión, pero que propone inmediatamente la redención del pecado, como obra exclusiva de Jesús (1, 1-5). La exposición (1, 6-9) se inspira en las circunstancias: se quiere que los gálatas sustituyan el Evangelio por una falsa caricatura del mismo. Lanza un anatema contra quien predique semejante falsificación, contraria a la doctrina que el Apóstol les ha transmitido. Este demuestra: l.°, que el Evangelio que él les ha predicado es el Evangelio auténtico; 2.®, que sería insensato añadirle la práctica de la Ley; 3.°, que ese Evangelio es la fuente de las virtudes. Los dos primeros puntos constituyen la parte llamada especulativa (1, 10-5, 12), que comprende una exposición histórica (1, 10-2, 21) y razonamientos varios (3, 1-5, 12). 225APablo afirma solemnemente su calidad de Apóstol, que le ha sido conferida por Dios directamente (1, 11-24).

Su predicación, dirigida a los gentiles, prescindiendo en absoluto de la Ley, está enteramente conforme con el evangelio de los Apóstoles, como lo prueba elocuentemente la solución que ellos dieron a la cuestión que surgió en Antioquía y que fue presentada ante los mismos en Jerusalén por conducto del mismo Pablo y de Bernabé (Act. 15; Gál. 2, 1-10), y la conducta observada en Antioquía por Pedro, jefe de los Apóstoles. Él acepta de grado la invitación de los gentiles convertidos y come con ellos, dando ejemplo de no tener ya en cuenta las prescripciones de la ley judaica, y cuando trata de esquivar tales invitaciones, a consecuencia de las sutiles excepciones puestas por los «falsos hermanos» venidos de Jerusalén a espiar su conducta, interviene Pablo para repetir solemnemente a todos los fieles reunidos que no es posible en la práctica volver a «vivificar» nada de lo que ha sido declarado solemnemente como «muerto y sepultado», o sea las prescripciones de la Ley (2, 11-21). «Si para salvarse es necesaria la Ley, en vano murió Cristo.» Luego comienza la respuesta contra los argumentos dogmáticos, digámoslo así, que han sido esgrimidos por los judíocristianos (3-5, 12).

Habíase dicho que el cristianismo, nueva economía, debía continuar la antigua sin abrogarla. Más aun: que para poder participar de las bendiciones hechas a Abraham y ahora realizadas por Cristo, era preciso hacerse antes de la descendencia de Abraham, miembro del pueblo elegido, mediante la circuncisión, etc. El Apóstol comienza con vehemencia apelando a la propia experiencia de los gálatas, quienes con la conversión y el bautismo habían recibido plenamente la vida cristiana, los bienes mesiánicos, los dones del Espíritu Santo, hasta con manifestaciones externas, sin que antes hubiesen conocido la Ley. Era, pues, evidente que todo aquello lo había realizado la fe, es decir, su plena adhesión a la doctrina de Jesús, predicada por Pablo y aceptada y practicada por los gálatas (3, 1-5). En realidad, la misma alianza (v.) de Dios con Abraham prescindía de las obras que después fueron prescritas en el Sinaí, y en cuya observancia insisten aquellos judíocristianos.

Prométese la salvación a Abraham antes de la misma circuncisión, y por tanto no era más que premio a su fe, a su total abandono a la voz de Dios (Gén. 15, 6: 12, 3), y la misma condición vale para sus descendientes, a quienes se hacía extensiva la promesa (Gál. 3, 6-9). 225BLa Ley del Sinaí (o alianza de Dios con la nación por medio de Moisés ), con todo el cúmulo de sus prescripciones, no desvirtuaba el sobredicho principio de la fe como medio para la salvación: aquellas prescripciones, con las sanciones que Ies acompañaban y con la facilidad con que eran violadas, constituían más bien una ocasión continuada de transgresiones y, por tanto, de castigos por parte de Dios. Cristo Jesús tomó sobre sí el peso de todas estas transgresiones y nos libró enteramente de las prescripciones de la Ley, muriendo en la Cruz (3, 10-14), En realidad, el segundo pacto del Sinaí no podía hacer que quedase inactiva y vacía la alianza de Dios con Abraham, pues tal pacto tenía un carácter completamente transitorio, que respondía a las particulares circunstancias que entonces se habían creado: estaba destinado a guiar a la nación hacia Cristo («pedagogo para Cristo»).

Así se comprenden las prescripciones dadas para aquel tiempo, que trataban de aislar a Israel de los gentiles, para preservarlo del peligro de la idolatría. Pero habiendo venido Cristo y habiéndose convertido los mismos gentiles a su Evangelio, queda abolida toda distinción y separación, por incompatible con el principio de la caridad y con la realidad de nuestra incorp oración a Cristo. Basta adherirse a Cristo para ser descendiente de Abraham y heredero de los bienes a él prometidos (3, 15-29). Que sean, pues, celosos de la libertad adquirida por la sangre de Jesús y que se les ha dado con el bautismo; que se mantengan fieles a la voz del Espíritu Santo que habita en ellos; que le conserven el afecto tan tierno que le demostraron en el tiempo de su primer encuentro. ¿Para qué volver ya ahora los ojos a una institución desechada por Dios? Pues tal es la Ley a la que fanáticamente se aferra la Sinagoga, como puede deducirse de la Sagrada Escritura. A idénticas condiciones realizadas aquí en la tierra entre los hombres corresponde idéntica reacción por parte de Dios, que es inmutable.

Y resulta que la situación creada entre la Iglesia (la libre) y la Sinagoga (la esclava) es idéntica a la que se dio entre Sara y Agar (la esclava): Ismael, hijo de la esclava, pretendía tener parte en la herencia, en las promesas de Abraham, y perturbaba a Isaac, hijo de Sara. Pero intervino Dios y dio a Abraham esta orden: «Echa a la esclava y a su hijo; pues el hijo de la esclava no será heredero con el hijo de la libre». De igual modo a la Sinagoga y a los partidarios de la Ley, que persiguen a la Iglesia naciente, los ha 226Aexcluido Dios de la herencia de Abraham, es decir, de la salvación. Sólo la Jerusalén celestial con sus hijos, los bautizados, es heredera de la salvación (c. 4). El Apóstol saca las conclusiones de cuanto ha expuesto hasta ahora, añadiendo alguna otra consideración (5, 1-12). En la parte moral (5, 13-6, 10) expone las consecuencias prácticas: mantenerse a distancia de los perturbadores, guardarse del desenfreno, hacer que triunfe el espíritu sobre la carne; huir, sobre todo, de los pecados contra la humildad y la caridad; ser generosos para los que les instruyen en la fe.

En el epílogo (6, 11-18), escrito en gruesos caracteres por el mismo Pablo, se repite con energía el motivo de la epístola como conmovedora demostración del amor del Apóstol a la Cruz de Jesús. La doctrina aquí esbozada sobre las relaciones entre la antigua Alianza y la nueva, entre el Evangelio y la Ley, reaparecerá para ser desarrollada en la epístola a los Romanos (v.). [F. S.]

Bibliografía

M. J. Lagrange, L’Ep. aux Galates, 3.ª ed., París 1933. F. Amiot, en la col. Verbum salutis, París 1946. D. Buzy, Ép. aux Galates (La Ste. Bible, ed. L. Pirot, 11), París 1948. V. Iacono, Le Ep. di S. Paolo (La S. Bibbia), Torino 1951, pp. 511-81. P. Bonnard, L’ép. aux Gál. (Comm. du N. T., IX), Neuchâtel 1953, pp. 1-132.

Voces relacionadas

Internas