DONES del Espíritu Santo
Háblase de ellos en Is. 11, 2. En el v. 1: «Brotará una vara del tronco de Jesé — retoñará de sus raíces un vástago», afírmase la procedencia davídica del Mesías, en cumplimiento de la profecía que se hizo a David (II Sam. 7, 14). En el v. 2 se exponen las características de que estará lleno el Mesías. Para hacer de él el rey ideal de paz y de justicia: «reposará sobre él el espíritu de Yavé»; en él morará permanentemente esa fuerza divina que dirige e impulsa a obrar cosas admirables; y este influjo se posesiona del espíritu del hombre, haciéndole partícipe en cierto modo de la luz y de la fuerza misma de Dios, de suerte que piensa y obra como piensa y obra Dios. Comunicándole dones intelectuales y síquicos sobrehumanos, y cualidades morales extraordinarias, como gracia de estado, se le dispone a cumplir admirablemente su misión (cf. Is. 42, 6; 49, 6; 62, 1). He aquí la especificación que da Isaías de estos dones: «Espíritu de sabiduría y de inteligencia — espíritu de consejo y de fortaleza — espíritu de ciencia y de temor de Dios». Son tres binomios. El primero está relacionado con la vida intelectiva.
La sabiduría consiste en el conocimiento de las cosas según el criterio divino y su conexión con nuestro último fin. Es sabio el que conoce las cosas, no solo en cuanto a lo que son en sí mismas, sino en cuanto se refieren a Dios, autor y juez. La inteligencia es la facultad de juzgar rectamente, por donde el justo discierne el bien del mal, lo útil de lo inútil. El segundo binomio se refiere a la vida práctica o a la acción. El consejo, fruto de los dones precedentes, es el don de elegir los medios adecuados para alcanzar el fin y para vencer 165Blas diferentes dificultades que a ello se opongan. La fortaleza es el don sobrenatural o hábito en virtud del cual el alma pone en práctica los propósitos con valor, perseverancia y alegría, y utiliza los medios elegidos mediante el don precedente. El tercer binomio atañe directamente a nuestras relaciones para con Dios. La ciencia es el verdadero conocimiento de Dios para saber conformar la propia vida con las exigencias de' su justicia y santidad (cf. Os. 4, 1; 6, 6 ss.). El temor de Dios es la reverencia, el servicio, el amor a Dios (Sal. 110 [109], 10; Prov. 1, 7, etcétera).
Es una expresión que comprende la piedad y la virtud de religión, es decir, el sentimiento íntimo y los actos del culto externo. La piedad dispone a venerar afectuosamente a Dios como a Padre nuestro; el temor a todo lo que suponga el mal por la reverencia que es debida al Señor. La teología escolástica ha consagrado el número de siete dones añadiendo a los seis contenidos en Is. 11, 2 el de piedad que, según lo dicho, está ya contenido en el sexto. El origen de la añadidura está bien definido. El hebreo sigue en el v. 3: «y pronunciará sus decretos según el temor de Dios», hablando así nuevamente del «temor de Dios» que constituirá todo el programa del Mesías (cf. Jn. 18, 36 s.). El traductor griego (versión de los Setenta, seguida por los Padres Griegos) para evitar una repetición tradujo el mismo término en el v. 2 por εὐσέβεια, «piedad», e inmediatamente después en el v. 3 con más propiedad tradujo φόβος Θεοῦ. Lo mismo que en Prov. 1, 7, San Jerónimo no quiso apartarse de la antigua traducción griega en la Vulgata (seguida por los Latinos), aun cuando le constaba que en el hebreo solo se trataba de seis dones.
Pero en cambio, el comienzo del v. 3 va unido a los fragmentos siguientes, y así la enumeración de los dones se termina en el v. 2. [F. S.]
Bibliografía
F. Spadafora, Temi di esegesi, Rovigo 1953, pp. 196-203.