FE
En el Antiguo Testamento no es tanto una adhesión intelectual a verdades fundamentales acerca de la existencia de Dios (v.) y de sus atributos cuanto un completo abandono, así individual como nacional, a la bondad divina, a su palabra manifestada por los profetas y a la idea de una continua intervención de Dios en la historia, como preparación del Mesías y de su reino. Ya en el Génesis (15, 6) la formación del pueblo hebreo está íntimamente enlazada con un acto de fe de su primer padre Abraham. La vida de los Patriarcas, el éxodo de Egipto, con los milagros realizados en el desierto, la ocupación de Palestina y toda la historia del pueblo hebreo antes de la cautividad (cf. Tob. 2, 18; 13, 4; Jdt. 6, 15; Est. 14, 12.19) y hasta la época de los Macabeos (cf. especialmente II Mac.) presupone una continua y profunda fe (cf. Heb. 11, 12-40; v. Alianza). La falta de fe, juntamente con el afán de buscarse alianzas políticas y medios humanos, acarrea el desastre nacional, cuyo único remedio, aconsejado por los grandes profetas (Elias, Elíseo, Isaías, Jeremías, etc.), está en el retorno al genuino concepto de la religión y a una viva fe en Dios, base del Estado teocrático.
Los profetas insisten en conculcar una fe totalitaria, inspiradora de todas las relaciones entre el hombre y Dios (Is. 7, 9; 28, 16); una fe ligada con el Mesías, término del Antiguo Testamento, prenda y garantía de la perennidad de la dinastía de David. Semejante actitud se funda en la 213Bomnipotencia y en la bondad de Dios por una parte, y en la relación vigente entre el hombre — y de un modo particular el pueblo elegido — y su Creador, a quien se debe sumisión completa. Por eso es la fe el primer principio ético del Antiguo Testamento (cf. Hab. 2, 4). Pola fe un piadoso israelita estaba obligado a arrostrar la misma muerte (cf. II Par. 24, 20 s.; II Re. 21, 16; II Mac. 6, 8-11.18-31; 7, 1-42).
En el Nuevo Testamento, fe es la adhesión total a Cristo y a su revelación. Entre los escritos que más hablan de la fe se imponen los Evangelios sinópticos, San Juan y San Pablo . Los primeros evitan todo tratado o alusión teórica, mientras que los otros insisten especialmente en algunas características de la fe. Muchos milagros referidos por los sinópticos ensalzan el poder de la fe, porque son hechos para premiar o para corroborar esa virtud (cf. Mc. 5, 34.36; 7, 29; 9, 22 ss.; 10, 52; Mt. 8, 13; 9, 28; Lc. 17, 19).
Al que cree (cf. Mc. 2, 5; Mt. 11, 22 ss., etc.) se le perdonan los pecados, en tanto que la falta de fe hace imposible el milagro (cf. Mc. 6, 5 s.; Mt. 15, 31; 17, 20; Lc. 13, 34 s.; 19, 41-54). Jesús exige ante todo una confianza que excluya toda incertidumbre (Mc. 11, 22 ss.) acerca de su poder. En el Evangelio de San Juan se encomia el valor de la fe como vínculo de unión íntima entre Cristo y el creyente (6, 56; 15, 1-8). La fe es ante todo un don de Dios Padre (6, 35. 37.40.44-51.65; 17, 6.9). Dios es el objeto natural de la fe; para el cristiano es indispensable creer en Cristo, Hijo unigénito (3, 18).
Así el Padre que lo ha enviado al mundo (5., 24.36; 11, 42; 12, 44; 17, 8.21.25), como el Hijo, que procede del Padre (16, 27; 17, 8) y ha sido enviado a nosotros (6, 29), son objeto de un mismo acto de fe. Tanto los Sinópticos como Jn. nos ilustran acerca de las disposiciones que Dios exige para un don tan sublime. En los primeros abundan las referencias a las «pruebas» o a las «señales» milagrosas que hacen razonable el asentimiento del entendimiento y de la voluntad.
Mas recuérdese que para Jn. todos los milagros en general son principalmente «señales» destinadas a suscitala fe (cf. 2, 11; 9, 3; 11, 4.15.42). En fin, en los cuatro Evangelios se revela el carácter práctico de la fe (Mt. 16, 16; Jn. 3, 21; 13, 19; 14, 6), que es por demás imperativa para todo hombre. Creer en Dios quiere decir ante todo cumplir su voluntad, convertirse y vivir conforme a los dictámenes del Evangelio. Para el mismo San Pablo, que habla muchi- 214Asimo de la fe, como adhesión a Cristo, en oposición con las diferentes prácticas a las que tanta importancia daban los fariseos, la fe es la aceptación incondicional del Evangelio; «creer» es casi sinónimo de «profesar el cristianismo». Abraham, que — no obstante el aparente absurdo — cree en un mensaje divino, es el tipo de los creyentes (Rom. 4, 5.17-22). La fe presupone la predicación (ibíd. 10, 7) y tiene como artículos fundamentales la afirmación de que «Jesús es el Señor» (ibíd. 10, 9), o sea la divinidad de Cristo, reconocida bajo el influjo iluminante del Espíritu Santo (I Cor. 12, 3), y la resurrección de Jesús (Rom. 4, 24; 10, 9: I Cor. 15, 14; II Cor. 4, 14; Col. 2, 12).
La fe está íntimamente unida a las otras virtudes, y de un modo especial a la caridad y a la esperanza, por una parte (I Cor. 13, 13), y a la obediencia y a la conversión, por otra (Rom. 1, 5). Tiene sus «obras» (I Tes. 1,3; II Tes. 1, 11) y «actúa» por medio de la caridad (Gál. 5, 6). La fe es también adhesión de la voluntad (Rom. 10, 9 s.) a las verdades reveladas por Dios y anunciadas por sus ministros; verdades que la razón natural juzga de estulticia, a consecuencia de la sabiduría mundana, acomodaticia, de que se siente poseída (I Cor. 2, 4; Col. 2, 4). Si el corazón del hombre está bien dispuesto (Rom. 11, 7-10), podrá contar con «la prueba que viene del Espíritu» (I Cor. 2, 4). La fe que aspira siempre a mayor claridad (cf. II Cor. 3, 18; 4, 4 ss.; Ef. 1, 17 s.; 5, 13 s.; Col. 1, 9; 2, 2) es susceptible de perfección (I Cor. 3, 1 s.; II Cor. 10, 15; Col. 2, 7; II Tes. 1, 3); pero siempre es absolutamente distinta de la visión beatífica, a la cual se opone. Especialmente en Rom. y Gál. San Pablo pone la fe como presupuesto indispensable para la justificación, y niega tal característica a las «obras».
Según el análisis de Prat (La Teología de San Pablo, II, trad. esp., México 1947, pp. 250-53), San Pablo quiere acentúar la iniciativa por parte de Dios, no provocada ni merecida por actos especiales, la correspondencia del hombre con la aceptación completa y voluntaria en el acto de fe. Mas, una vez injertado en el orden sobrenatural, el hombre tiene la obligación de subir de virtud en virtud (cf. Sant. 2, 14 s.). Así es cómo se adquieren méritos que Dios corona en la otra vida. [A. P.]
Bibliografía
S. Virgulin, La «fede» nel profeta Isaia, en Bíblica, 31 (1950), 346-64, 483-503. J. Huby, Le discours de Jésus après la Cène, París 1932, pp. 145-191. G. Bonsirven, Teología del Nuovo Testamento, trad. ital., Torino 1952, pp. 112-122. P. Antoine, en DBs, III, col. 276-310.
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