EZEQUIEL
El tercero de los grandes profetas escritores, Ezequiel (jehezqe’l, «Dios es fuerte» o «Dios fortalece»), vivió en el período más borrascoso del paso del antiguo Israel al nuevo. Cronológicamente y en orden de importancia, Ezequiel está, juntamente con Jeremías, en el centro del profetismo, que, a su vez, está en el centro de la religión y de la historia de Israel. En el 605 a. de J. C., con la victoria de Carquemis sobre los egipcios, Nabucodonosor (605-562) se hizo dueño indiscutible del medio Oriente, desde el Nilo hasta el Eufrates (II Re. 24, 206A7). El mismo Joaquim, rey de Judá, se hizo dependiente y tributario suyo; pero unos treinta años después, ensoberbecido y locamente confiado por la supuesta ayuda de Egipto, se rebeló. En el 589 Nabucodonosor asedio a Jerusalén; Joaquim murió, tal vez asesinado, y su hijo y sucesor Jeconías (Joaquín), a los tres años de reinado se rindio. El vencedor deportó a Babilonia (597 a. de J. C.) al rey y a la corte: 7.000 judíos de la clase dirigente y sacerdotal; 1.000 operarios especializados y un número indeterminado de otras personas (II Re. 24, 16). Puso a Matanías, tío de Jeconías, sobre el trono de Judá, cambiándole el nombre por el de Sedéelas.
Entre los deportados se hallaba el sacerdote Ezequiel (1, 1-3; 24, 1, etc.). La mayoría de ellos fueron colocados junto al gran canal (Nár- Kabari), entre Babel y Nippur, formando colonias agrícolas (Tel-Abib = colonia de las espigas: Ez. 3, 15), y así fueron utilizados para las gigantescas empresas de aquel período, el más espléndido de la Babilonia restaurada. Gozaban de una amplia autonomía, formando comunidades, de las cuales los ancianos tenían la representación y la dirección (cf. Ez. 8, 1; 14, 1; 20, 1). Podían mejorar de condición y hacerse propietarios (cf. Jer. 29); Ezequiel tenía una casa propia (Ez. 3, 24 s.; 8, 1). Con todo, los ánimos estaban excitados. Los cautivos soñaban con una venganza contra el grandioso imperio babilónico, inducidos a ello por convicciones religiosas más que por confianza en Egipto, que en Judea tuvo siempre numerosos partidarios. Según los antiguos semitas, a cada comunidad corresponde el propio dios, que con ella está indisolublemente unido. Y efectivamente tal dios recibe de ella un culto que lo embelesa con el perfume del incienso y la abundancia de las víctimas. A él pertenece defender a la comunidad que le honra, y salvar su independencia.
Fuera del territorio de la misma no tiene influencia alguna. Una vez que los judíos entraron en el juego de las fuerzas políticas, practicando un sincretismo idolátrico y quebrantando los preceptos morales, llegaron a concebir la alianza del Sinaí a través del prisma de sus relaciones culturales con los otros pueblos semitas, y redujeron el severo monoteísmo a una superstición. Yavé debe defenderlos como a adoradores suyos, sin tener en cuenta sus pecados, porque si quiere salvarse a sí mismo tiene que salvar a Jerusalén. Él es el Dios de Israel, y solo en el Templo recibe homenajes (Jer. 7, 4. 8. 10). «¿Está el Señor (= el Templo) en medio de nosotros? 206BNo sobrevendrá ninguna desventura» (Miq. 3, 11). El castigo podía ser temporal, pero la venganza de Yavé era segura. La deportación del 597 era juzgada bajo ese aspecto. Se esperaba que viniese sobre Nabucodonosor lo que había ocurrido con Senaquerib (II Re. 19, 35 ss.; Is. 37, 36 ss.). Esto era el triunfo de la religión popular (v.). Semejantes ilusiones eran alimentadas por falsos profetas y por sacerdotes venales en la patria (Mt. 2, 7-11; Jer. 23, 9-50) y entre los cautivos (Jer. 29, 21-32; Ez. 13).
Éstos esperaban que se realizasen en ellos las admirables profecías de Isaías (40-66) sobre el regreso de Babilonia. En la patria, los nuevos dirigentes puestos por los caldeos, sin escarmentar con la suerte que había corrido Samaria en el 722 (Jer. 3, 6-10; Ez. 23), renovaron con mayor furia y tesón la política de intolerancia y de sorda rebelión contra Babel, lo que dio por resultado el revuelo del 588, y el asedio de Jerusalén (Ez. 21, 23-27), que duró cerca de 18 meses, y fue interrumpido para rechazar a los egipcios que acudían en su ayuda (Ez. 30, 21 ss.; Jer. 37, 3-10). La ciudad fue tomada (28-29 de jun. del 587), saqueada e incendiada. Sedecías fue apresado, después de un intento de fuga (Ez. 12, 10-14); le arrancaron los ojos y fue deportado juntamente con los sobrevivientes. Era el Andel reino. Fácilmente puede echarse de ver la ruina moral que tal acontecimiento hubo de producir sobre los sueños de los cautivos.
Era gravísimo para ellos el peligro de un extravío: estaban expuestos a la fascinación de los grandiosos cultos tributados a los dioses vencedores, y el desmoronamiento de las ilusiones podría haber decidido su paso a la idolatría, quedando sumergidos en el mar del gentilismo, como había ocurrido con los deportados de Samaria. Y efectivamente, las ilusiones impedían a los desterrados que sacasen de su desdicha el provecho espiritual que el Señor se proponía: su conversión (Lev. 26; Dt. 28), la constitución del nuevo Israel, con el fiel cumplimiento de la alianza (v.) del Sinaí (Jer. 24, 1-10; 30-31; Ez. 16, 53-63; 20, 32-44). Mientras en Judea, Jeremías, último llamamiento del Señor al pueblo rebelde, exhorta en vano a sus conciudadanos a la.penitencia, a una rectificación que habría sido el único medio preventivo de la catástrofe (Jer. 13, 65 ss., etc.), en Babilonia trabaja Ezequiel intensamente por la reforma y la continuidad del pueblo elegido. En una sublime visión, que recuerda la de Is. 6, Ezequiel, en el año 593 (1, 1) 207Arecibe la misión profética hallándose junto al gran Canal. Tal vez tuviera entonces unos treinta años.
Ejercerá su prolongado ministerio (de 22 años por lo menos) en Tel-Abib. La última fecha indicada en Ez. 29, 17, nos lleva hasta el año 571. A diferencia de Jeremías, Ezequiel tenía una esposa, de la que enviudó en el año 9.° del destierro (24, 1. 26 ss.). Según una antigua tradición, Ezequiel fue muerto por un jefe del pueblo a quien reprendio por su idolatría (S. Atanasio, PG 25, 160; S. Epifanio, PG 43, 401). La misión de profeta y pastor que Ezequiel desempeñó entre los cautivos está dominada por la destrucción de Jerusalén (587), que la divide en dos períodos bien determinados. En el primero (593-587) combate los errores y las ilusiones para disponer a los cautivos a una verdadera conversión y a la consecuente salvación. Lucha contra la corrupción y encuentra hostilidad y desprecio (2, 5 s., 8: 3, 8. 26 s.;)2, 22-27). Su predicación se limita frecuentemente a aquellos que se acercan a él a preguntarle en su misma casa (3, 24 s., 8, 1; 14, 1), pero se acerca a todos los otros y se funde con ellos (2, 3-8; 3, 16-21, etc.).
Es necesario, en efecto, que estos rebeldes y hostiles oigan la palabra de Dios, para que cuando llegue su cumplimiento (destrucción del Templo y de Jerusalén) entren en sí y reconozcan la verdad, hagan penitencia y se conviertan de corazón a Yavé (2, 5; 12, 2; 14, 22 s., etc.). El milagro de la profecía es el llamado a despertar a estos empedernidos en el error. He ahí las verdades que Ezequiel opone a las falsas ideas en boga. 1. ° El Señor no está solamente en Jerusalén y en Palestina . También allí, en Babilonia, está presente con su majestad infinita y con su omnipotencia. No se olvida de los cautivos: está én medio de ellos y obrará su conversión, haciéndoles objeto principal de sus admirables designios (11, 14-20; 20, 34-44). Tal es el significado de la sublime visión que el profeta describe minuciosamente y de modo que pueda fácilmente captarse su absoluta transcendencia (cc. 1-3; 3, 25; 8, 10; 43, 2 ss.). El Señor es el único Dios: todos los esplendores y todos los poderes venerados por los caldeos le sirven de peana. 2. ° Toda esperanza de desquite contra Babilonia es vana: es Dios mismo quien ha dado a Nabucodonosor toda Palestina.
Jerusalén y el mismo Templo serán destruidos (4, 1-3; 9b-11; 5, 12; 20, 45-49; 21; 23-24); lo exige la divina justicia que ha sido ultrajada hasta en su misma casa (8; 22). El profeta describe anticipadamente la idea de Nabucodonosor (21), 207Bel asedio de Jerusalén (4, 1-3. 9b-ll), la suerte de los asediados (5), la desolación del país (6), la deportación de los supervivientes (4, 12-15; 12). 3. ° Es cierto que el Señor ha elegido al pueblo de Israel para ser su particular heredad, su regia reserva (Ex. 19, 5), mas esta elección proviene únicamente de su misericordia (16, 1-14: 20, 5 ss.) e impone deberes: Israel tiene que observar los preceptos del Señor y guardarse de la idolatría. Pero Israel ha violado y sigue violando la alianza (v.): 5, 5-17; 16, 15-34;
20. Por eso Dios debe castigarlo en atención a su propia dignidad de esposo ofendido y traicionado, por su misma santidad (14, 12-21; 15; 17). 4. ° Mediante el castigo de Dios intenta la vuelta de Israel a la alianza (16, 35-63; 20), El Señor cumplirá sus designios misericordiosos, y ha elegido incluso a los cautivos del 597 para que se transformen espiritualmente y así formen el núcleo central de aquel «residuo» que volverá a la patria, para restablecer la alianza y restaurar la teocracia, que será elevada y absorbida por el reino del Mesías (11, 13-20; 20, 32-44). El profeta ensalza a la divina justicia, y principalmente exhorta a que se haga un examen de conciencia que permita ver la gravedad de los propios pecados e impulse a todos y a cada uno al arrepentimiento, a la humilde confesión y petición de perdón. Los cautivos no tienen nada que ver con el castigo colectivo que se cernirá sobre Jerusalén. En vez de criticar por eso impíamente a la divina justicia deberán disponerse a responder a los misericordiosos designios en favor de ellos (18).
En el mismo día en que Nabucodonosor inicia el asedio a Jerusalén (588), Ezequiel se lo comunica a los cautivos; luego se calla: hablarán en su favor los acontecimientos (24). Cinco meses después de la destrucción de la capital, uno que se ha salvado lleva la noticia a Ezequiel (33, 21), que inicia la segunda parte de su misión. Desde entonces predica a las claras (33, 21 s.), consuela para impedir el abatimiento de los ánimos, trabaja profundamente por su conversión. Las disposiciones de los ánimos han cambiado: el cumplimiento de todos los acontecimientos pronosticados descubre a los deportados sus ilusiones, sus errores. Ya no hablan con ironía de las palabras del profeta, que ahora insiste en el perdón y en la misericordia, con tal que preceda la conversión (33). El gran teólogo que demostró con el pasado la necesidad del castigo nacional; el profeta severo que lo pronosticó paso a paso en sus detalles, con idéntica seguridad describe ahora en 208Acuadros admirables, fascinadores, el futuro glorioso que la omnipotencia de Yavé realizará para gloria suya. El Señor toma personalmente el gobierno de su pueblo renacido, excluyendo a los malos pastores (34).
Preparará a Palestina para el retorno de Israel, castigando severamente a los pueblos cercanos que se habían atrincherado en ella (35-36). No obstante lo imposible que entonces pueda parecer, la restauración será una realidad, como lo prueba la grandiosa visión simbólica de los huesos desnudos y secos que, ante el mandato de Dios, se revisten de carne y vuelven a ser hombres (37): no hay nada imposible para la divina omnipotencia. Más aún; el nuevo Israel, fiel a la alianza restablecida, es ya descrito en su vida tranquila sobre las colinas de Palestina: el mismo Dios le protegerá contra las orgullosas potencias que un buen día se levantarán confiadas para aniquilarlo (38, 39). La visión de la nueva teocracia (40-48): el nuevo templo, el nuevo culto, la nueva sistematización de la tierra prometida, constituyen un cuadro grandioso que integra y sella la obra tan notable y típica de Ezequiel. La restauración se presenta aquí en su naturaleza (cf. 11, 19 s.; 37, 26 ss.): más que el hecho se vaticina el modo. No se dará un retomo al pasado, sino una renovación, un perfeccionamiento.
El objeto de la profecía no es tanto el edificio material, ni los actos externos del culto cuanto el respeto, la íntima veneración con que se debe custodiar el templo y con que se deben cumplir aquellos actos; no tanto el reparto material de Palestina cuanto el espíritu de justicia y solidaridad fraterna que debe informar las relaciones sociales. Así se manifiesta el «nuevo espíritu» que el Señor infundirá en los repatriados, y que actuará en el culto y en la vida social (36, 25-29; 37, 14. 23). Los detalles minuciosos ponen más en evidencia esta idea de respeto y de veneración hacia el templo y las cosas sagradas, y la justicia que debe reinar en el país. Ezequiel quiere excitar en los cautivos un profundo arrepentimiento por las profanaciones del templo perpetradas por Israel en el pasado (cc. 8-11). El temor de Dios, el celo por su culto constituyen la base del sentimiento religioso. Tal vez nos sea dado ver en Bamc (1-3, 8; h. 582-1 a. de J. C.) los frutos conseguidos por la misión de Ezequiel. En cuanto a la forma, son características las grandiosas y complejas visiones descritas hasta en los más mínimos detalles, como también las numerosas acciones 208Bsimbólicas.
Las visiones son presentadas como reales y objetivas, y no hay motivo para entenderlas de otra manera; responden exacta mente a los datos del ambiente babilonio: se forman en los sentidos internos del profeta y van unidas a revelaciones intelectuales. Las acciones simbólicas, que efectivamente se cumplieron, tenían una eficacia extraordinaria para afectar a los cautivos, tan mal dispuestos, y atraer su atención. Algunas de ellas: la reclusión voluntaria (3, 25), el mutismo (3, 26 s.), la inmovilidad (4, 4-8) y alguna expresión («caí rostro a tierra», 1, 28, etc.) sirvieron a Klostermann para lanzar la hipótesis de la epilepsia de Ezequiel (Kraetzschamar, Bertholet). Fútil interpretación que no merece ser refutada. El libro, en el que unánimemente se reconoce un orden sistemático perfecto, sigue la doblé actividad del profeta en la primera (cc. 1-24) y en la segunda parte (cc. 33-48), respectivamente. Entre la una y la otra Ezequiel insertó sus vaticinios contra las gentes (cf. Is. 13-23; Jer. 46-51). El Señor castiga a su pueblo, pero no permite que sus enemigos gocen impunemente después de haberse ensañado en el tiempo de la ruina (587).
Por lo tanto, castigará a los pueblos limítrofes (Amón, Moab , etc.; 25); castigará a Tiro, que después de haber fomentado la rebelión de Judá contra Babel, inspirada por su soberbia cree que la ruina de Jerusalén reforzará su poderío (26-28); humillará a Egipto, que con su fascinación empujó a Judá a la idolatría y a la rebelión (29-32). Estos vaticinios fueron compuestos entre el 587 y el 585. La idea principal en ellos es el dominio universal de Yavé, que regula todos los acontecimientos humanos; se sirve de los paganos para castigar a su pueblo, pero también a ellos castigará por su soberbia y crueldad; y mientras el castigo de Israel no es más que temporal, para ellos es definitivo. A la unidad de plan y de composición añádese la unidad de estilo: por todo el libro aparecen las mismas estereotípicas flexiones y expresiones. No obstante, aparte las corrupciones en el texto, no faltan en él correcciones y añadiduras, a pesar de ser tan homogéneo. Pero eso no se refiere más que a ciertos detalles o a muy breves perícopes, definidos de diferentes manerase.
Es muy frágil la base en que estriba la opinión propuesta y desarrollada en el reciente comentario de Bertholet (1936), según la cual el libro es resultado de dos o tres esbozos o apuntes escritos por Ezequiel en diferentes tiempos, y la mayor parte en Judea — redacción palestinense —, donde se supone 209Aque Ezequiel ejerció su ministerio antes de ir a la cautividad hacia el 585, durante la cual solo habría escrito algunos vaticinios y luego fusionó todos estos elementos, dando al escrito su forma actual, siendo ya cautivo. Tal opinión recurre a las consabidas repeticiones. Frecuentemente se expresan en Ezequiel pensamientos semejantes o idénticos en forma ligeramente diferente. Mas tal hecho debe atribuirse sencillamente al estilo característico del profeta y al texto, muchas veces corrompido con añadiduras o cambios. Ezequiel se detiene largamente al exponer una idea, y vuelve sobre ella para ilustrarla bajo sus varios aspectos. Al narrar un episodio, una visión, se detiene en ella para no dejar escapar ni un detalle. Esto aparece evidente en las partes en que no se ha podido o no se ha osado introducir las diferentes recensiones (cf. 1, 4-2; 4-5; 11, 1-13, etc.).
Dada esta característica, no es posible evitar las repeticiones, especialmente si falta ese trabajo de lima que se exige en toda obra literaria. Y, en realidad, «la dicción del libro de Ezequiel no es muy elegante ni del todo tosca, sino que participa de uno y otro carácter» (San Jerónimo). Basta admitir que fue el mismo Ezequiel quien redactó definitivamente el libro hacia el fin de su vida (h. 570), sirviéndose de sus escritos o colecciones precedentes, para que desaparezca cualquier dificultad o extrañeza a causa de estas repeticiones que frecuentemente reflejan la larga actividad del profeta. Por lo demás, esa hipótesis fue inmediatamente refutada por H. Comill, G. Jahn, E. Kreife, y contra Bertholet escribió J. Hempel (en ZatW, 35 [1937] 299).
Por lo que se refiere al ministerio de Ezequiel en Palestina, al que no hay referencia 209Balguna en el texto, existe la grave dificultad del ambiente chovinista y encendido, por lo que es increíble que Ezequiel haya podido ejercer su amenazador ministerio en Jerusalén o en las cercanías en las condiciones que conocemos perfectamente por el libro de Jeremías (cf. Jer. 37-38: el profeta pudo librarse de la muerte gracias a una intervención secreta del mismo rey Sedecías, mientras que otro profeta hubo de huir a Egipto y aun allí le asesinaron por instigación de los judíos irritados); cf. cartas de Laquis (carta V I; A. Vaccari, en Bíblica, 20 [1939] 196 ss.; cf. VD, 26 [1948] 379). El libro de Ezequiel, escrito casi exclusivamente en prosa, tiene carácter didáctico, discursivo: trata de convencer.
Pero no faltan espléndidas imágenes y componentes de verdadera poesía (15.19.21.27.31). La lengua se resiente notablemente del influjo arameo, y, en cuanto al lexicón, del acadio, que comunica al libro el inconfundible color babilonio, fuerte argumento en favor de su autenticidad. El texto hebreo, no obstante ofrecer mayores señales de corrupción, es superior a la versión griega de los Setenta, que resulta muy mediana y que en las perícopes más difíciles transcribe el original sin captarlo, e incluso omite con frecuencia lo que no sabe explicar, o lo traduce de una manera extravagante. La Vulgata sigue paso a paso al texto hebreo, que con frecuencia traduce servilmente. [F. S.]
Bibliografía
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A. Colunga, La vocación del profeta Ezequiel, en EstB, I (1941), 2. G. Ramos, Un comentario reciente a la profecía de Ezequiel, en EstB, IX (1950), 1.