EGIPTO
En la Biblia aparece el término genérico misraim (= todo Egipto; Gén. 10, 6- 13). La región sur de la primera catarata (junto a Elefantina) es llamada Kuš (II Re. 19, 9; Est. 1, 1, etc.). Nómbrase también por separado la región de Pathrós (el egipcio P-tores) que significa «sur» e indica el alto Egipto con Tebas como capital, en oposición a la región del Delta (cf. Ez. 19, 14). En los textos cuneiformes, llámase a Asarhaddón rey de Musur, Paturisi y Ku-u-si. En los documentos de El-Amarna domina el apelativo Misri, tan semejante al actual nombre árabe Misr. El término Egipto procede del griego Αἴγυπτος, transcripción del antiguo sobrenombre de Menfis (Hikuptah en los textos de El-Amarna). Conforme al dicho de Herodoto que lo llamó «don del Nilo», Egipto se presenta geológicamente como resultado de los continuos detritos arrastrados por la corriente del río que, naciendo en los manantiales de Abisinia, desemboca en el Mediterráneo, después de un recorrido de más de 6.400 Km. A la distancia de 150 Km. del mar el Nilo se ramifica y forma su característico Delta.
La llanura del Delta al norte, y la Tebaida al sur son las regiones llamadas respectivamente Egipto inferior y superior, que conservaron siempre una fisonomía muy distinta. En el Medio Egipto queda un poco aislada la zona bonificada del Fajjum. Los habitantes de estas regiones, limitados en el oriente y en el occidente por el desierto, no tuvieron otra fuente de vida que la agricultura, favorecida por las riadas fecundantes del Nilo que se repiten constantemente todos los años de junio a septiembre. La presencia del hombre en el alto Egipto se comprueba ya en el paleolítico, mientras que 176Bel neolítico y el eneolítico están documentados en Fajjum en el-Bádari y en Naqádah. En los comienzos del Delta aparece una ciudad un tanto desarrollada al fin del eneolítico (excavaciones de Maadi). A esta época, si no antes, debe atribuirse el origen de la escritura jeroglífica. Los orígenes. Permanece sin determinar el período que precede en Egipto a la serie de las treinta dinastías que nos fueron transmitidas por el sacerdote griego-egipcio Manetón (s. III a. de J. C.), y que los modernos siguen manteniendo por comodidad.
Señálase la existencia de un reino bastante posterior al sur del Delta con Henen-nesut (Heracleópolis) por centro, en las cercanías de la futura Menfis. Los monarcas de esta dinastía, llamados precisamente Nswt, llevan por emblema el junco y se ciñen una corona blanca que contrasta con la corona roja de los reyes del Delta (los monarcas del Egipto unificado fundarán títulos y emblemas procedentes de la denominación n-sw Bit). Los reyes del Delta occidental, considerados probablemente como encamación del dios Falco Horus (Hr[w]), conquistaron, efectivamente, el Delta oriental y el Alto Egipto, reinando en Heliopolis. Documentos antiquísimos dividen a Egipto en 42 provincias gobernadas por monarcas dependientes del poder central. La raza egipcia no es homogénea. El examen de las momias y de las lenguas, y las representaciones artísticas revelan la presencia de elementos bastante diversos, como el camíticosudanés, el líbicomediterráneo, un elemento semítico, y quizás otro indígena de costumbres patriarcales, según parece que quiere hacer resaltar el característico buitre, emblema de todos los reinos de Egipto. La cronología es incierta, al menos hasta el año 1580 a. de J.
C., en que comienza el nuevo imperio. La «piedra de Palermo», el «papiro de Turín», inscripciones de Abidos, etc., contienen listas de faraones con cronologías parciales, en las que falta un punto absoluto de referencia. Algunos ponen a Menes, de la 1.ª dinastía, en el 3.000 a. de J. C.; otros en el 5.000. Historia. Con la unión del alto y bajo Egipto comienza la historia, dividida en tres grandes épocas: el Reino Antiguo, el Medio y el Nuevo. Al Antiguo suele hacérsele preceder de un período de sedimentación llamado arcaico. Desde el principio del periodo arcaico hasta el fin del Nuevo Reino, marcado por la conquista de Egipto por parte de Artajerjes III, sucédense 30 dinastías, según el mencionado Manetón. El periodo arcaico comprende las dos primeras dinastías. El fundador de la primera fue 177AMenes, con Thinis por capital, junto a Abidos. Pero Menes residió la mayor parte del tiempo en Menfis, por él fundada junto al antiguo «Muro Blanco», fortaleza del Rey Nesut, y consagrada al dios Ptah. Según «la piedra de Palermo», los monarcas sucesivos se expansionaron hasta el Asia. Pero el proceso de consolidación interna fue lento.
Durante la segunda dinastía siguiéronse las luchas por la posesión definitiva del país, razón por la que residieron aún en Menfis. El último rey deja al Egipto unificado las bases para un gran desarrollo. El Reino Antiguo (2650-2200). Con la tercera dinastía cesan todas las rivalidades internas y se realiza la verdadera civilización faraónica. La primera gran figura es Djeser, y al lado de él está el docto Imhotep, identificado posteriormente con el dios griego Asclepios. Imhotep fue quien ideó la primera pirámide, llamada de Djeser, construida junto a Menfis, de planos rectangulares en orden decreciente. Pero la primera pirámide de forma clásica no aparecerá hasta el reinado de su sucesor Snefru, último de la 3.ª dinastía. Djeser explotó minas de cobre en el Sinaí, Snefru se distinguió por su actividad contra los negros del sur y por sus expediciones comerciales a Siria. Durante su reinado vivió el filósofo Kagenmi. La 4.ª dinastía es la de las grandes pirámides, grandiosos monumentos sepulcrales para el soberano, considerado como encarnación de la divinidad y como único poseedor de todos los bienes de Egipto (Faraón = Praca, casa grande).
Las de mayores dimensiones están en la región de Gizeh: la de Khufu (Kheops) mide 137 m. de altura con 54.000 m² de superficie. Tal vez sea también de esta época la célebre esfinge (Hw), que representa un enorme león con cabeza humana, símbolo del poder real. El desarrollo del culto solar en el centro de On, por este mismo tiempo, eleva al poder a la clase sacerdotal. Un miembro de la misma, Userkaf, funda la 5.ª dinastía, caracterizada por una fusión religiosopolítica que se desarrolla principalmente durante el reinado de Sahuré, famoso por las expediciones a Siria, a Nubia y a la península del Sinaí. Por entonces prevaleció también el uso de construir un templo al lado de las pirámides, costumbre abandonada por Unas, último monarca de la dinastía. La enérgica actuación de algunos monarcas de la 6.ª dinastía, como Pepi I y II, no fue capaz de impedir la formación de un verdadero feudalismo, ni siquiera el que el mismo Egipto fuese invadido por poblaciones asiáticas. El período que media entre la 7.ª dinastía y la restauración tebana (11.ª dinastía, con 177BMentuhotep, que unió a Egipto bajo un solo cetro) constituye el llamado primer período intermedio (2200-2070).
El Reino Medio (2070-1780). Un funcionario, Amenemhat, funda la 12.ª dinastía. Elimina a los extranjeros expulsando a los beduinos y a varias tribus semitas, y se construye una gigantesca muralla de defensa en las márgenes del desierto. La capital es trasladada de Tebas a Iti-tavi, a unos 20 km. al sur de Menfis. En esta dinastía se distinguen Sesostris I y Sesostris III. El primero por sus expediciones a Nubia, que será conquistada por Sesostris III, quien fijará la frontera meridional de Egipto en la segunda catarata. También fue invadida Siria. En los descubrimientos de Biblos se acusa un poderoso influjo sobre aquella región en esta época. De este tiempo son también los famosos Textos de Proscripción. Amenemhat III transforma en fértil oasis la zona pantanosa del Fajjum. Divisiones internas que surgen durante las dinastías 13.ª y 14.ª hicieron posible a poblaciones asiáticas la invasión del Delta, con lo que se determina un segundo período de transición, conocido como período del dominio de los Hiksos (1780-1570). Estos invasores eran ciertamente semitas, como lo indica su propio nombre, que significa: «Jefes de los países extranjeros»; Manetón los llama fenicios.
La invasión tuvo lugar a fines del s. XVIII, y en esa época cesan las inscripciones típicamente egipcias. Habiéndose establecido los invasores en el Delta, fijaron su centro en Avaris, entre la actual Zagazig y el Canal de Suez. A pesar de todo esto y con ser militarmente superiores a los indígenas, los hiksos adoptaron fácilmente los usos y cultura de aquéllos. Dos de sus dinastías (15.ª y 16.ª) se sucedieron en el dominio de todo el bajo Egipto. El más célebre de los monarcas hiksos fue Khian, «príncipe del desierto», cuya fama está ampliamente documentada hasta en los países del Egeo y en Babilonia. Egipto sufrió una profunda transformación con la dominación de los hiksos: introdújose allí el caballo y el carro de guerra; la política estuvo animada de simpatía hacia las poblaciones asiáticas; divinidades y palabras asiáticas se difunden por toda la región; mídanse relaciones diplomáticas hasta ahora desconocidas, como lo ponen de relieve los mismos documentos de Mari.
Pero en el alto Egipto la influencia de los hiksos fue más bien débil, y precisamente allí (en Tebas) fue donde se preparó la guerra de liberación, llevada a término por Amosis, el «nacido de la luna», 178Afundador de la XVIII.ª dinastía, hacia la mitad del s. XVI. Nuevo Reino (1570-1085) . Expulsados los hiksos, Amosis inicia la conquista de la región siriopalestinense que se lleva a cabo rápidamente y durará hasta finales del s. XIII. Sigue el pacífico Amenofis I, y después de éste Tutmosis I (hacia el 1526). Con este monarca se crea el verdadero imperialismo egipcio. La actividad militar se inicia con un avance hacia el sur, sobrepasando la tercera catarata, a la que había llegado ya antes Amenemhat III. Sigue a esto la invasión de la costa asiática, en la que la desunión entre los pueblos siriopalestinenses permite entonces a los egipcios llegar hasta el Eufrates. Entre las obras de carácter civil atribuidas a Tutmosis se hace mención de la restauración y engrandecimiento del templo de Amon-Rec en Kamak. Al morir Tutmosis, su hija Hatshepsut logra después de varios forcejeos concentrar el poder en sus manos.
Entre otros hechos de la soberana menciónase una célebre expedición a Punt (¿costa somala?). Sucede ahora en el trono su hijastro Tutmosis III, que ya había tenido el mando militar al fin del reinado de Hatshepsut, y llega a ser el mayor conquistador. Sus empresas se prueban documentalmente en el templo de Karnak. Con no menos de 16 expediciones al Asia él Faraón lleva a su apogeo la potencia egipcia. La primera coalición asiática es desbaratada en Megiddo. La ciudad rebelde de Qadeš queda subyugada. Sucédense ininterrumpidamente las expediciones. El mismo Mitanni es derrotado en Carquemis, y en la octava expedición (1461?) atraviesa el Eufrates: Babilonia y los jefes envían tributos. Por el sur, al otro lado de Nubia, la acción de Tutmosis no es menos vigorosa.
También la organización interna se consolida entre tanto: dos lugartenientes del rey se ocupan del alto y del bajo Egipto. Tutmosis IV, que le sucede, con el fin de tener de su parte a los jeteos, se casará con una princesa de Mitanni, de la cual nacerá el futuro sucesor Amenofis III, padre de Amenofis IV (v. Amenofis III-IV), el cual se distrajo de los intereses políticos a causa de sus preocupaciones religiosas encaminadas a establecer el culto semimonoteísta de Aton-Re (el disco solar). La documentación histórica de este período, contenida en los documentos de El-Amarna, nos pone de manifiesto cuán duro golpe hubo de experimentar en tales condiciones la potencia egipcia en Asia (v. Amarna).
Los primeros síntomas de desquite se producen con 178BHoremheb, un general que ocupó el trono a la muerte de Ai, sucesor de Tutankhamon. La XIX.ª dinastía señalará un nuevo retorno de grandeza. Sethi I (1317-1301), el constructor del gran templo de Osiris en Abidos, y su sucesor Ramsés II emprendieron con nuevo vigor la acción en Asia, enfrentándose desesperadamente con la potencia jetea, ambas potencias en perfecto equilibrio. Tomando Ramsés II cuatro ejércitos derrotó en dura batalla a los jeteos, pero no pudo ocupar la base de Qadeš. El peligro de los invasores «pueblos del mar», procedentes de las costas y de las islas del Mediterráneo centro oriental, unió a Egipto con los jeteos en una paz concertada entre Ramsés II y Khattusilis. Egipto mantenía la supremacía en Palestina y en parte de Siria.
Prodúcense desórdenes en estas regiones a la muerte de Ramsés II, pero pronto consigue dominarlos su sucesor Merneptah, que contuvo un poderoso ataque de los «pueblos del mar». En las stelas conmemorativas de Athribis nómbrase por vez primera a Israel entre los pueblos vencidos por Merneptah. Pero los faraones de la XX.ª dinastía, establecida en los comienzos del s. XIII por Ramsés III, no lograron contener la afluencia de los «pueblos del mar» (hacia el 1200 a. de J. C.). Varios grupos de estos pueblos consiguen infiltrarse y organizarse en el mismo Egipto, donde por otra parte cunde la desorganización y la corrupción de costumbres, de lo cual son síntomas los famosos procesos contra los saqueadores de tumbas. Decadencia final. El último rey de la XX.ª dinastía fue Ramsés XII, monarca débil, bajo cuyo gobierno se acrecentó considerablemente el poder del clero tebano. Hacia el 935 a. de J. C., habiéndose infiltrado los libios en Egipto, establecieron con Sheshonq Ia XXII.ª dinastía. Egipto intenta actuar nuevamente en Asia, a propósito de lo cual la misma Biblia (I Re. 11, 40; 14, 25) nos proporciona ciertas noticias, pero su acción resulta ineficaz.
Surgen otras dos dinastías rivales (XXIII.ª y XXIV.ª) en Tanis y en Sais, mas una y otra tienen que sucumbir ante la XXV.ª fundada en Nubia, Napata, en las cercanías de la cuarta catarata, por un tal Pianji. Entonces se efectúa en Egipto una nueva unificación. Algunas revueltas provocadas en la región del Delta por elementos de familias destronadas quedan sofocadas más tarde por el sucesor de Pianji, Shabaka, que probablemente fue quien aprisionó a Ozías (II Re. 17, 4). A éste sucede Shabataka, al cual sigue en 690 Taharka, el gran faraón del que se hace mención en II Re. 19, 9 y en Is. 37, 9. Como éste 179Aresidía probablemente en Menfis, tenía bajo su inmediata vigilancia el Delta, fraccionado en numerosas provincias, en tanto que su parentesco con el gran sacerdote de Amon y sobre todo con la «esposa del Dios», la mayor autoridad reconocida en la Tebaida, le garantizaba la fidelidad del alto Egipto. Sintiéndose fuerte en el interior, Taharka fomentó revueltas contra Asiria en Palestina y en Siria, ofreciendo incluso refugio a los perseguidos políticos.
Pero Asarhaddón, después de una tentativa frustrada (h. el 674 a. de J, C.), en el 670 ocupaba el Delta y la ciudad de Menfis. Taharka se retiró a Tebas, desde donde fomentaba la expulsión de los asirios; pero primero Asarhaddón y después Asurbanipal consolidaron sus dominios en Egipto (Nah. 3, 8 ss.). Sólo Psamético I de Sais, ayudado por mercenarios griegos y sobre todo por Gige de Lidia, logrará devolver la libertad a Egipto. Su sucesor Necao, queriendo renovar la. política de intervención en Asia, se movilizó para salir en defensa de los agonizantes asirios, contra otra potencia más temible, cual era Babilonia.
Atacado Necao por Josías de Judá en la llanura de Esdrelón, le da muerte en Megiddo (II Re. 23, 29; II Par. 35, 20). Pero es derrotado por Nabucodonosor en Carquemis y se ve forzado a regresar a Egipto. Nuevamente intenta intervenir en Asia Apries (588-568), que es rechazado por Nabucodonosor (Éx. 30, 21). A Apries le sucede el general rebelde Amasis, y reinando el sucesor de éste, Psamético III, Egipto es invadido por Cambises, quien con sus sucesores, hasta Darío II, crea la XXVII.ª dinastía. Las tres últimas dinastías, fundadas respectivamente por el rebelde Smendes de Sais, por Neferites de Mendes y por Nectanebo de Sebennitos, logran alejar temporalmente la dominación persa, pero en el 342 a. de J. C. es reconquistado Egipto por Artajerjes III. Al decaer el poderío persa, también Egipto pasa a Alejandro, y luego a los romanos, después de las turbias alternativas de los Diadocos. Con el destronamiento de la XXX.ª dinastía se considera como definitivamente cerrada la historia del Antiguo Egipto. Religión. Las noticias más antiguas, basadas en los Textos de las Pirámides (V.ª y VI.ª dinastías) se remontan a los siglos xxiv y xxii.
Echase de ver principalmente la existencia de numerosas divinidades locales, adoradas las más de las veces bajo formas de animales, a veces en las plantas o en hechizos: en Kinópolis, Anubi (perro); en Bubaste, Bast (gata); en Hermópons, Thot (Ibis), etc. Juntamente con esas divinidades aparece ya en los orígenes el culto de los grandes elementos cósmicos, como el cielo (179BNwt); la tierra (Gb), los astros, y sobre todo, los grandes principios de la vida universal: el sol (Rc), la luna (ich), el Nilo (Hcpy). La naturaleza de estas últimas divinidades trasciende al ámbito de su simple dios local: así el culto del sol, practicado en lugares muy diversos y bajo diferentes nombres, debe de haber sido general entre los egipcios antes de que se estableciesen en el valle del Nilo. El primer centro del culto solar fue On (Heliópolis), pero en época histórica esta divinidad tuvo su máximo culto en Tebas, en unión del dios local Amon (Amon-Réc). Varias divinidades eran consideradas como creadoras de otras, hasta llegar a poblar un amplísimo Panteón.
Pero un concepto dinamista que había sobre la divinidad, en virtud del cual ésta era considerada como energía operante; pronto dio pie a los teólogos egipcios para dar vida a las famosas tríadas o enéadas, grupos de tres o nueve divinidades respectivamente, unidas por un vínculo de parentesco. Era famosa la tríada de Tebas, constituida por Amon (imn), Maut (Mwt), Khonsu (Hansw): marido, esposa e hijo respectivamente. Entre las enéadas célebres se cuentan las de Heliópolis y las de Menfis: sobre ésta se enseñaba claramente que se trataba de nueve expresiones del mismo y único Dios Ptah. Sin duda fue este concepto el que permitió ver en los faraones de' la época de las Pirámides verdaderas encamaciones divinas. Entre los diferentes mitos es célebre el de Osiris. Habiendo sucedido a su padre en el gobierno universal, Osiris fue muerto por su hermano Seth y arrojado al mar. Al hallarlo su esposa Isis, recobró la vida, y de la unión de ambos fue engendrado Horus; quien obtuvo como herencia paterna el dominio universal, y luego se encamó en los faraones. A Osiris, vengado por Horus, le queda el reino de ultratumba.
Una de las creencias más arraigadas entre los ' egipcios fue la de la inmortalidad del alma, por más que la concibieran de un modo un tanto grosero. Después de la muerte, el alma comienza otra vida en el reino de Osiris. Esa vida es paralela a la vida terrena, y el alma necesita alimentos, por lo que uno de los cometidos principales que impone el tan desarrollado culto de los difuntos es el de proporcionarles comida. Pero para disfrutar de. los goces de ultratumba, el difunto tiene que sufrir un examen y hacer una confesión delante de Osiris mientras es examinado su corazón. La «confesión negativa» transmitida por el «libro de los muertos», que el difunto debe re 180Acitar en el momento de traspasar el umbral del nuevo reino, muestra cómo se había introducido ya en la conciencia de aquel pueblo el sentido de la culpa y de la responsabilidad individual. Entre los egipcios estuvo muy extendida la práctica de la magia; y así se atribuía a ciertas inscripciones sepulcrales el valor de facilitar al alma el difícil camino de ultratumba. Es bastante abundante y variada la literatura del antiguo Egipto. Predomina en ella el género didascálico.
Al tiempo de la 111.ª dinastía pertenece una colección de máximas, escrita por el filósofo Kagemni para sus hijos; y al de la V.ª una obra sobre la sabiduría antigua, escrita por Ptahhotpe. Hay otras literaturas muy significativas que se remontan al tormentoso primer período intermedio: al Diálogo del misántropo con su alma, visión que mira el suicidio como único medio para librarse de los males de esta vida, van unidas otras composiciones en forma profética, como los Avisos de Ipuwer y las profecías de Neferrehu. Descríbense en éstas de modo oscuro las tristes condiciones de la época y al mismo tiempo se vaticina cómo llegarán a ser felizmente vencidas. En realidad se narran y anuncian hechos ya acontecidos en loor de los soberanos contemporáneos. Son composiciones antiguas escritas bajo la XII.a dinastía, durante la cual comienza el período clásico de la prosa narrativa. Baste mencionar las Aventuras de Sinuhe, miembro de la casa real de Amenemhat I, que, ante el temor de ser juzgado como traidor, huye de Egipto y vive mucho tiempo en Canán, de donde regresa ya viejo, y es bien acogido en la corte de Sesostris I.
La literatura alcanzó su máximo florecimiento durante el nuevo Reino, con abundantes producciones de carácter histórico, científico, filosófico, narrativo, erótico, etc. En el campo religioso son sublimes por la forma y por el fondo las composiciones en honor de Aton, y el famoso Libro de los muertos presenta una amplia colección (183 capítulos) de oraciones, himnos y fórmulas mágicas que tienen por destino el proteger al alma del difunto en su viaje ultraterreno. Se ha observado que algunas formas literarias egipcias de este período, himnos, letanías, composiciones sapienciales, están representadas en la literatura religiosa hebrea. Los Aprendizajes de Amenemopé (XXI.a dinastía), con el relato del viaje de Wenamon, enviado a Siria por el sacerdote tebano Herihor para la adquisición de madera preciosa, constituye lo mejor que produjo la literatura del período de la decadencia. 180BEl arte egipcio halló su máxima expresión en la arquitectura, representada principalmente en las Pirámides. Se tenía la creencia de que en ellas seguía viviendo el espíritu (Ka) del difunto unido al cuerpo cuidadosamente embalsamado.
Con las pirámides compiten en grandiosidad los templos, y el primero entre todos el de Amon en Karnak, al que contribuyeron todos los faraones del Nuevo Reino. Las paredes de los templos son las más de las veces ricas en inscripciones, relatos de guerras, de victorias y de otras empresas de carácter social. Son famosos los hipogeos destinados a ser tumbas reales o de dignatarios de la corte desde los tiempos de Tutmosis I; trátase de unos centenares de tumbas situadas en el llamado valle de los Reyes (Biban el-Mülük) y de las Reinas (B. el-Harim) y durante el período de la XVIIIa dinastía en Sheikh cAbd el Qurnah. La esfinge de Gizéh y las dos estatuas de Amenofis III, restos de su templo funerario en las cercanías de Tebas y que los griegos llamaron Colosos de Memnón son indudablemente de los monumentos más imponentes de la antigüedad. La antiquísima estatua de Nofret y la cabeza de Amenemhat III son las obras maestras de la escultura idealista no estilizada. Pero la estilizada sobresalió entre todas. El primer contacto de. los hebreos con Egipto se remonta (Gén. 12, 10-20) al mismo Abraham.
Pero el contacto más estrecho entre los dos pueblos, que tanto había de grabarse en el espíritu y en la tradición del pueblo hebreo, se estableció con la ida de José y de Jacob a Egipto (Gén. 37-50) (v. Génesis y Éxodo). Cf. W. F. Albright, From the Stone Age to Christianity, Baltimore 1946, pp. 208-225. Sólo queda la ince.rtidumbre respecto de las fechas (v. Cronología bíblica). De la actividad de los hebreos en Egipto nada se conoce fuera de lo que nos enseñan los pocos datos bíblicos. Es dudosa la tradición que les atribuye un canal en el Fajjum y que lleva precisamente el nombre de canal de José (Bahr-Yusuf). Fueron múltiples las relaciones posteriores entre hebreos y egipcios en el tiempo de los Reyes y de los Profetas. Salomón mantuvo muy buenas relaciones con Egipto. Pese a las directivas de los profetas, que veían en las alianzas con los paganos una amenaza a la pureza religiosa, también en los reinos hebreos fermentó un partido egiptófilo durante los borrascosos períodos neoasirio y neobabilonio. Palestina pagó muchas veces las consecuencias de las riva 181Alidades entre las grandes potencias dei Nilo y del Éufrates (v, Judá, historia del reino).
Egipto ocupa el primer puesto en las profecías contra las gentes, no por otro motivo que el de haber ejercido sobre Judá su nefasta influencia. Sólo en Ez. (cc. 29-32) hay nada menos que siete vaticinios que a él se refieren (cf. Is. 19; 20, 30; 1-7; 31, 1 ss.; F. Spadafora, Ezechiele, 2/ ed., Torino 1951, pp. 223-46). Aparte de los numerosos refugiados políticos constantemente acogidos en Egipto, baste mencionar a Jeroboam (II Par. 10, 2; I Re. 11, 40) y numerosos agitadores de la época de Jeremías. En la época persa tenía su sede en Elefantina una colonia bien organizada. En el Nuevo Testamento Egipto es conocido principalmente como refugio de Jesús Niño perseguido por Herodes (Mt. 2, 13-23). [G. D.]
Bibliografía
S. Donadoni, La civiltà egiziana, Milano-Messina 1944. E. Scamuzzi, Egittologia, Torino 1949. S. Moscati, L’Oriente antico, Milano 1952. L. Speleers, en DB, II, col. 756-919. A. Weigall, Histoire de l’Egypte ancienne, París 1949. P. Gilbert, Esquisse d’une histoire de l’Egypte ancienne et de sa culture, Bruxelles 1949. J. Vandier, La religion égyptienne, París 1944.
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