Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

CARIDAD

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Tercera de las teologales, reina de las virtudes, nota característica de la nueva Economía. Lo mismo que la fe y la esperanza, la caridad tiene a Dios por objeto; pero en Dios y por Dios se extiende al prójimo; tanto, que la caridad para con el prójimo es la expresión del amor a Dios. En el A. T. el concepto de Dios como Padre , eminentemente misericordioso; como esposo de Israel (especialmente en el profeta Oseas y en el Cantar de los Cantares) responde al precepto fundamental, primero entre todos los otros (Dt. 6, 4-9): «Oye, Israel: Yavé nuestro Dios, es el solo Yavé. Amarás a Yavé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu poder, y llevarás muy dentro del corazón todos estos mandamientos que hoy te doy». Estos versículos constituyen el principio de la conocidísima plegaria judía, Shema‘ Israel, que se recitaba ya en tiempo de Nuestro Señor (cf. Mc. 12, 29) y que posteriormente ha venido repitiéndose dos veces al día. Es el precepto por excelencia, según lo definió el Señor evocando su memoria (Mt. 22, 37 s.; Lc. 10, 27 s.; Mc. 12, 29 s.).

Amor a Dios es hacerle entrega completa de sí mismo, poniendo a su servicio todas las energías propias: corazón, asiento de la inteligencia, según la sicología hebrea; alma, es decir, las potencias sensitivas; poder, o sea las propias energías físicas. En los Salmos, en los Profetas, en los libros didácticos, se leen frecuentemente alusiones al amor de Dios para con Israel y a la obligación de corresponder a él. Al santo orgullo de tener un tal Dios (especialmente después de cualquier victoria importante) se sumaba en Israel un gozoso agradecimiento por la última prueba de su inquebrantable benevolencia. Se le amaba — término empleado por Débora (Jue. 5, 31: eco del Decálogo, Éx. 20, 5) — y resulta casi sorprendente para nosotros el comprobar que a veces venía un sentimiento de afecto a endulzar a aquellas almas feroces, de rudas costumbres (en el tiempo de los Jueces) y las unía con Yavé con lazos más dulces que los del terror.

Los nombres teóforos, tan comunes en Israel como entre todos los antiguos semitas, expresan la creencia en la providencia paternal de Yavé para cada uno de los fieles en particular, y el amor de todo israelita al Dios de Israel (p. ej.: Ahinoam = «el hermano [o mi hermano] es suave». I Sam. 14, 50; Abiel = «mi padre es El», I Sam. 9, 102B1, etc.; F. Spadafora, Collettiv. e individ. neí V. T., 1953, pp. 210 ss., 337 s.). Con el amor a Dios, hallamos unida también en el A. T. la piedad, la benevolencia para con el afligido, el huérfano, la viuda, los menesterosos. Puede verse en diversos lugares de los Salmos y de los Profetas cómo los pone al corriente de los mismos ritos ceremoniales (I Sam. 15, 22; Jer. 7, 21 ss.; Os. 6, 6). Pero ya el Dt. 10, 12-19 prescribía la caridad para con el prójimo. Lev. 19, 16 ss. «No vayas sembrando entre el pueblo la difamación; no depongas contra la sangre de tu prójimo... No odies en tu corazón a tu hermano... No te vengues, y no guardes rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yavé».

Venganza y rencor son prohibidos a los israelitas, hasta en los sentimientos del corazón, en las relaciones entre los miembros del pueblo elegido; el Señor preceptúa el amor. Jesús reprodujo este precepto, uniéndolo estrechamente al primero, y haciendo de él una sola virtud y consagrando la caridad como síntesis y coronamiento de todos los otros preceptos (Mc. 12, 31; Rom. 13, 9). Pero en los labios de Jesús el amor al prójimo resultó algo nuevo. Efectivamente, en el A. T. al prójimo se le llamaba ’ah, hermano; rē‘a, compatriota, hombre de la misma familia o de la misma tribu; qārōbh, pariente, vecino; ‘amith, compatriota; y sólo los israelitas, la gente de la misma raza, todos ellos por muchos que fueran y sólo ellos, entraban mediante la circuncisión o rito equivalente, a formar parte de la colectividad, según el principio de la solidaridad entonces vigente. Así encontramos a veces, en el precepto del amor al prójimo, el ghér o extranjero (Lev. 19, 34; Dt. 10, 19), que habita en medio de Israel y ha aceptado la pesada carga de la Ley.

Pero todos los otros son excluidos del precepto, y en tal sentido la literatura rabínica comenta uniformemente las leyes que atañen al prójimo, precisando siempre si se trata de sólo el israelita y «no del samaritano, del extranjero o del prosélito». (Mekiltá, Éx. 21. 14, 35.) Ahora veamos la formulación del programa de Jesús: «Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo (Lev. 19, 18) y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos...» (Mt. 5, 43-48). No se halla en la Biblia prescripción alguna que responda 103Aexactamente a la precisión de Jesús, «aborrecerás a tu enemigo». Pero expresa fielmente el espíritu que fluye de muchas páginas del A. T., donde se leen expresiones de venganza contra los paganos y contra los malos israelitas; mentalidad, actitud ordinaria y normal de «odio» en.las relaciones con los enemigos, que con facilidad deducían los escribas incluso de las prescripciones dadas al pueblo israelita con respecto a los gentiles (cf. Dt. 20, 13-17; 23, 4-7; 25, 17-19), para evitar toda contaminación de idolatría.

Tal actitud se expresó más duramente aún en la literatura posterior a la Biblia (G. Bonsirven, Le judaisme... I, p. 199 s.).. Jesús dio al término «prójimo» su verdadero valor; el prójimo es cualquier hombre, todos los hombres, el samaritano (Lc. 10, 25-37, parábola del buen samaritano), el gentil lo mismo que el judío; el publicano, el pecador, la mujer de mala vida lo mismo que el justo fariseo; el enemigo lo mismo que el amigo. Nuestra caridad ha de ser universal, como lo es la misericordia de nuestro Padre celestial. Todos los hombres, sin distinción de raza o de religión, son nuestro prójimo, y tienen por tanto derecho a nuestra asistencia, y también, si se da el caso, a nuestro perdón. «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús contestó: «El primero es: Escucha Israel: el Señor, tu Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, etc.». El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Mayor que éstos no hay mandamiento alguno» (Mc. 12, 28-34; cf. Mt. 22, 34-40). Haciéndose fiel eco de la doctrina evangélica, San Pablo afirma que en el amor al prójimo está la plenitud de la Ley.

Cuando hubiereis cumplido todos vuestros deberes de sumisión para con las autoridades, y los de justicia para con los demás, os queda siempre una deuda, la del amor mutuo, porque se debe amar al prójimo por Dios, con quien siempre estamos en deuda. Y la prueba de que jamás está uno dispensado de amar al prójimo, sin exceptuar a nadie, está en que de esa forma no sólo se practica la caridad, sino que además se cumple la ley divina perfeccionada en Jesús (Mt. 15, 17); y ¿quién osará jactarse de haberla cumplido íntegramente como para no sentirse obligado a más?

«No estéis en deuda con nadie, sino amaos los unos a los otros, porque quien ama al prójimo ha cumplido la Ley. Pues «no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás» y cualquier otro precepto, en esta sentencia se resume: «Amarás al prójimo como a ti mismo». El amor no obra el mal del prójimo, pues el 103Bamor es el cumplimiento de la Ley (Rom. 13, 8 ss.). El que ama procura hacer al prójimo todo el bien que puede; por tanto la caridad resume y compendia todos los otros preceptos. San Juan, el apóstol de la caridad, autorizándose siempre con las palabras de Jesús, pondera la conexión íntima que existe entre el amor de Dios y el del prójimo, que viene a resumirse en un solo precepto. «Debemos amar a Dios porque él nos amó primero. Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de Él (N. S. Jesucristo) este precepto, que quien ama a Dios ame también a su hermano. Conocemos que amamos a los hijos de Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus preceptos» (I Jn. 4, 19-21; 5, 2). Recuérdense las palabras de Jesús (Jn. 14, 15; 15, 10) y cómo el mismo Jesús identificó su persona con la de los fieles, los menesterosos, cuando enseña que seremos juzgados según la caridad practicada o descuidada en nuestro obrar (Mt. 25, 34-46): «Venid, benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, etc. Cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos, a mí me lo hicisteis».

«Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así amaos los unos a los otros. En esto conocerán que sois mis discípulos, si tenéis caridad los unos para con los otros» (Jn. 13, 34 s.). La caridad es Dios mismo (I Jn. 4, 8). El Verbo Encarnado es la manifestación suprema de «Dios-Amor» especialmente en su muerte (Jn. 3, 16; I Jn. 4, 19; Rom. 8, 32); él es el Mediador del Amor de Dios (Jn. 17, 26). Por medio de Jesús se nos comunica ese don a nosotros. «El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom. 5, 5).

El amor es una fuerza poderosa que impulsa a obrar: «La caridad de Cristo, el amor que Cristo nos tiene, nos domina, nos empuja, nos inflama; él murió por nosotros, y nosotros debemos consagrarnos a nosotros mismos a su servicio y al de su cuerpo místico» (II Cor. 5, 14 s.). «El que no ama permanece en la muerte» (I Jn. 2, 8. 14-18). El verdadero amor está pronto para el sacrificio de la vida (I Jn. 3, 16); echa fuera el temor (ibid. 4, 16. 18); es fuente de gozo (Jn. 15, 9-12; I Jn. 3, 20) y de paz (Jn. 14, 27).

Estas características de la caridad las hallamos reunidas en la más bella página de San Pablo (I Cor. 13) con Rom. 8, 31- 39. Es 104Ael himno sobre la caridad, punto cumbre de la I Cor., en la que cualquier cuestión se hace converger en la cuestión de la unión con Dios y con Cristo, es decir, en el amor mutuo que desciende de la Divinidad uniéndola con las creaturas rescatadas.

San Pablo, que emplea más de 75 veces el término ἀγάπη, además de usar frecuentemente el verbo ἀγαπάω, precisa formalmente 9 veces (Rom., II Cor., Ef., II Tes.) la caridad como «amor de Dios» y «de Cristo», infundido en nuestros corazones (Rom. 5, 5) mediante el Espíritu Santo; y la razón de que se prescriba a los hombres el amor está siempre en que el Hijo de Dios se inmoló por ellos.

La idea esencial contenida en el himno es que, siendo la caridad lo único que conduce a la perfección y la única virtud que permanece para siempre, sin ella todo lo demás es inútil, y por tanto es necesaria para todos, no como los otros dones y «carismas». Solamente la caridad es capaz de elevarnos hasta Dios. Ahí tenemos el camino de la perfección que aventaja a cualquier medio y a cualquier otro don (I Cor. 12, 31), «el vínculo de la perfección» (Col. 3, 14) de donde proviene a las otras virtudes su energía. Sin la caridad no son nada todos los otros dones (I Cor. 13, 1 ss.). San Pablo describe la caridad con los caracteres que le son propios (vv. 4-7).

«La caridad es paciente (sufre las injurias sin devolverlas), es benigna (anticipada, servicial, dulcemente amable), no es envidiosa, no es jactanciosa (no hiere con fanfarronadas o indiscreciones), no se hincha (no hace los beneficios desde la altura de su grandeza), no es descortés, no es interesada, no se irrita (contra aquellos que la violan), no piensa mal (como quienes no ven nada bueno en el prójimo, o echan cálculos sobre el mal que han hecho sus adversarios), no se alegra de la injusticia (cometida por sus adversarios o sufrida por ellos, como para tomar de ahí el desquite), se complace en la verdad (dondequiera que la encuentre), todo lo excusa (encubre, disimula, calla acerca del mal), todo lo cree (da confianzas, antes de estar seguro de que los otros se las merezcan), todo lo espera (hasta de los hombres, la enmienda de ellos, etc., mientras no haya llegado el momento de desesperar), todo lo tolera (los desengaños experimentados en su «fe» y en su «esperanza»).»

La caridad nunca decae de su eminente rango; posee un valor eterno, en tanto que todos los otros dones llegarán a carecer de razón de ser, pues su función está limitada a nuestra existencia en la tierra. La caridad que conduce a la visión 104Bbeatífica es superior incluso a la fe y a la esperanza, esas dos grandes virtudes que también tienen a Dios por objeto, y a las que el Apóstol ha ensalzado tanto en otras ocasiones. Y la gloria más excelsa de la caridad está en que seguirá subsistiendo aun después de que sus dos hermanas hayan agotado su contenido (I Tes. 1, 3; 5, 8; Gal. 5, 5 s.; Rom. 12, 6. 9. 12; Ef. 1, 15-18, etc.).

La caridad es la única que permanece, y en estado perfectísimo, en la plenitud de la visión beatífica. Es la virtud definitiva que nos hace capaces de ver a Dios. «En la vida presente permanecen estas tres entidades: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad.» [F. S.] E. B. Allo, Prem. Ep. aux Corinthiens, 2.ª ed., París 1935, pp. 206 s. 340-53. E. Stauffer, en ThWNT, I, pp. 26-52. A. Clamer, Lévitique (La Ste. Bibl., Pirot-Clamer, 2), París 1940, p. 148 s. L. Pirot, S. Marc (ibíd., 9), 1946, p. 551 ss. P. Heinisch, Teología del V. T. (trad. it.), Torino 1950, pp. 194 s., 197-206.360. G. Bonsirven, Teología del N. T. (trad. it.), ibíd. 1952, pp. 95-109.281-84.323. H. Petre, Caritas, Louvain 1948. C. Spicq, L’Agapé de I Cor. 13, en EthL, 31 (1954) 357-370.
Juan A. Oñate, El himno a la caridad, en CB (1945) 14.

Bibliografía

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