Diccionario de Teología Moral

Ludovico Bender, O.P. (Ben.)

CARIDAD

Recursos

1. Naturaleza La c. es la virtud primera y principal entre todas las virtudes cristianas, incluidas las teologales, a las cuales pertenece. Siendo la c. el efecto principal y más esencial de la gracia santificante, se le da también a la gracia el nombre de caridad. La gracia y la c. están tan íntimamente unidas como el fuego y el calor, como el sol y la luz, pero no son idénticas. La gracia eleva y perfecciona la naturaleza, perfecciona también la voluntad, pero no lo hace por sí misma, sino que lo hace causando en la voluntad la c., que es un perfeccionamiento de la voluntad. La gracia y la c. expresan la vida sobrenatural. La primera como el ser, la segunda como el obrar en el orden sobrenatural. La c. hace que el hombre ame a Dios, el cual por su parte ama al hombre. Es un amor de benevolencia, por el cual queremos bien a Dios mientras Dios nos quiere a nosotros. Por esta reciprocidad la c. es una verdadera amistad con Dios, como lo expresa Jesús: «Ya no os llamaré siervos... sino amigos» ( Jo. , 15, 15).

2. Doble objeto El objeto de la c. es la persona amada. La c. sobrenatural tiene un doble objeto. El objeto primario es Dios en sí mismo. El objeto secundario es el hombre llamado a ser hijo de Dios por la participación en la vida de Dios que es la gracia. Por la c. amamos a todos los hombres: a nosotros mismos y a todos los demás (el prójimo). Queremos a todos, precisamente porque son hijos de Dios. Esta c., aunque tiene un doble objeto, es una sola cosa. O la tenemos enteramente o nos falta enteramente. Por lo cual enseña San Juan: «Si uno dice: yo amo a Dios» y odia a su hermano, es un embustero» (Carta I de S. Juan, verdadero código de la c.). Por esto ha dicho Jesús que la c. hacia el prójimo es la señal por la que serán reconocidos sus discípulos ( Jo. , 13, 35).

3. La caridad para con Dios Consiste en querer aquello que es el bien de Dios. Su acto primario es un acto interno. Querer y gozarse de que Dios sea infinitamente bueno, poderoso, feliz en sí mismo. Las tres primeras peticiones del «Padrenuestro» son expresiones sublimes de nuestra c. para con Dios. Además la c. se despliega en actos internos y en obras externas que promueven el bien divino, en cuanto éste puede ser realizado por nuestra actividad: observar los mandamientos de Dios; cumplir su voluntad manifiesta; promover su gloria; hacerle conocer y amar por los demás, etc.

4. Eminencia La c., por la cual amamos a Dios en sí mismo y en sus hijos adoptivos (nosotros y nuestros prójimos), es la virtud más evidente de todas las virtudes cristianas. Si Jesús decía que el primer mandamiento es amar a Dios y al prójimo; si este mandamiento ocupa el primer lugar en el decálogo, no es porque entre otros muchos mandamientos del mismo género, esto es, morales, haya una diferencia de valor y por esta razón se deba dar a uno el primer lugar. El mandamiento de la c. es un mandamiento completamente especial; no es del mismo grado que los demás, sino que se distingue de todos en cuanto que es el fin y motivo por el cual hemos de observar los demás mandamientos. Amar a Dios es el fin de nuestra vida. A Dios, sumo bien y fin de nuestra vida, lo alcanzamos por medio del amor. Todos los demás mandamientos los hemos de observar, porque debemos amar a Dios. Así, por ejemplo, orar, no trabajar los días festivos, no blasfemar, es obligatorio, porque es necesario para conservar y hacer crecer en nosotros el amor de Dios.

Los mandamientos relativos a nosotros mismos o al prójimo: no matar, no hurtar, honrar a nuestros padres, etc., nos han sido dados, porque todo esto es necesario para amarnos a nosotros mismos y al prójimo. Todos los demás mandamientos dependen del de la c., como la bondad de nuestras operaciones respecto de los medios depende del fin a alcanzar con ellos. Por esto S. Pablo llama a la c. la plenitud de la ley (moral). Quien ama a Dios, a sí mismo y al prójimo con un amor verdadero y operante, el cual por medio de la voluntad domina toda la actividad del hombre, hace siempre el bien porque amando quiere el bien y nada más que el bien. Este es el profundo sentido de las palabras de S. Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Quien quiere el bien (porque ama) y hace lo que quiere, hace el bien.

5. La causa de la caridad Es Dios: es decir, las tres Personas divinas juntas, pero se atribuye especialmente al Espíritu Santo, amor recíproco personificado del Padre y del Hijo. Dios infunde en nosotros la c. junto con la gracia santificante, la cual nos hace hijos y nos permite llamar a Dios: Padre nuestro. Dios es además quien hace crecer en nosotros la c. ya infundida. En los niños, que no tienen uso de razón, Dios infunde la c. por sí solo sin la cooperación del sujeto. Dios lo hace por medio del bautismo, cuya administración, sin embargo, depende del hombre. Cuando el hombre tiene el uso de la razón, la infusión y el aumento de la c. no se realizan sin su cooperación, de la cual por lo menos el último acto es un acto de caridad. Al aumento de la c. en nosotros colaboramos practicando actos de amor, recibiendo los Stos. Sacramentos, especialmente la Sda. Comunión y oyendo la Sta. Misa, orando, realizando actos buenos y meritorios en estado de gracia. Colaboramos de dos maneras: disponiéndonos por las obras dichas a un acto de amor más fervoroso y realizando un acto de amor más fervoroso. Este acto de amor aumenta el grado de la c. La c. una vez adquirida permanece en nosotros.

El pecado mortal, por su parte, no la disminuye, sino que la quita totalmente. El pecado venial no disminuye la misma c., sino su fervor, y por esto impide el aumento de la c. en nosotros. El cristiano tiene no sólo el deber de no perder la c. por el pecado mortal, sino también de tender al aumento de la c. que posee. Esto lo hacemos evitando los pecados veniales, practicando obras buenas, haciendo uso de los Stos. Sacramentos y procurando practicar actos de amor a Dios, cada vez más fervorosos.

6. La caridad para con el prójimo Nos hace ante todo querer bien al prójimo y, por lo tanto, querer y desear su bienestar como un bien nuestro, del cual nos gozamos. La c. para con el prójimo se manifiesta también en obras externas con las cuales procuramos el bien del prójimo en cuanto de nosotros depende. Una gran diferencia entre esta caridad y la que debemos a Dios consiste en que el bien de los hombres depende de nosotros mucho más que el bien de Dios. La c. nos hace evitar en cuanto es posible todo lo que causa desagrado, tristeza, sufrimiento, daño al prójimo y nos hace poner por obra en cuanto es posible todo lo que hace feliz y buena su vida. La cláusula en cuanto es posible se refiere no sólo a la posibilidad absoluta, sino también a la moral. El amor ha de ser ilimitado, pero las obras externas de c. están sujetas a los límites impuestos por la medida de nuestras fuerzas y de nuestros bienes. Las mismas fuerzas, el mismo tiempo, los mismos bienes no podemos gastarlos sino para remediar una necesidad determinada.

Todos podemos y debemos también amarnos a nosotros mismos, por lo que en muchos casos podemos lícitamente proveer ante todo a nuestras propias necesidades; mas aún, en muchos casos es un deber. La norma es ésta: amar a Dios sobre todo, después a nosotros mismos, finalmente a los demás, pero amar verdaderamente a los tres, de donde se sacan las siguientes consecuencias que son la regulación de la caridad bien ordenada: a) no ofender jamás a Dios por provecho propio o del prójimo; b) la c. al prójimo no obliga a un acto de ayuda cuando de él se sigue para nosotros mismos un daño o incómodo semejante; c) la c. más perfecta ayuda al prójimo en muchas cosas a las que no está estrictamente obligada, y hace sacrificios no obligatorios y procura restringir las necesidades propias para poder ayudar mejor al prójimo (v. Prójimo, Limosna, Enemigo). Conviene, sin embargo, tener bien entendido que la ayuda a nuestros hermanos necesitados es sólo una pequeña parte del ejercicio de la c. para con el prójimo. Muchos cristianos no se dan cuenta suficiente de que debemos ejercitar también efectivamente, o sea con actos externos, la c. con cualquier hombre con quien entramos en contacto en nuestra vida.

La c. debe dirigir toda nuestra actividad de manera que seamos buenos (serviciales, dulces, amables) con todos: con nuestros superiores, con nuestros iguales, con nuestros súbditos; con los ricos y con los pobres; con los miembros de nuestra familia (padres, hermanos, parientes, criados) y con los extraños. La c. pide que seamos corteses y serviciales en la calle, en la fábrica, en la oficina, delante o detrás del mostrador, delante o detrás de la ventanilla. El hombre de verdadera c. es aquel que en cuanto de él depende hace agradable y buena la vida de todos aquellos que tienen trato con él. Para ello la c. exige que venzamos nuestros caprichos; que corrijamos la dureza de nuestro carácter y la aspereza de nuestros modales; o cualquier otro defecto que nos haga menos buenos, corteses y agradables en nuestras relaciones. No es cosa fácil, antes es tarea muy ardua y demasiado descuidada en general, pero necesaria para hacer mejor la vida social, de la que también nosotros dependemos.

¡Cuánto más agradable y fácil sería nuestra vida si los hombres fuesen más caritativos no sólo para con los pobres y desgraciados, sino en general para todos y en todos los terrenos de la vida social ordinaria! Para mejorar la vida es necesario que cada uno comience por sí mismo sin esperar a que los demás le den ejemplo. Porque si todos esperan a que empiecen los demás el resultado será que ninguno hará nada. Un estímulo para comenzar y perseverar debe ser el pensamiento de que siendo buenos y caritativos con todos hacemos feliz sobre todo y ante todo nuestra propia vida. Quien ama sinceramente a los demás es amado a su vez y nada nos hace tan profundamente felices como el sentirnos amados por muchos. Con todo, el motivo principal debe ser el amar en el prójimo a Jesús, que dijo: «Lo que hicisteis al menor de mis hermanos (y aquí están comprendidos todos los hombres) a Mí me lo hicisteis». Jesús, representado en el prójimo, espera de nosotros no sólo recibir limosnas o ayudas semejantes, sino también ser tratado con amabilidad, con cortesía, etc. Ben.

Bibliografía

Lemonnier, Théologie du Nouveau Testament , París, 1928 Coconnier, La charité d’après saint Thomas d’Aquin , en Rev. thom. , 12 (1904), 641-660 14 (1906), 5-30 15 (1907), 1-17 J.
E. Van Roey, De virtute charitatis. Quaestiones selectae , Mechliniae, 1929 S. de Santa Teresa, El precepto del amor , Burgos, 1940.

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