Diccionario Mariano

Gabriele M. Roschini

ÁFRICA

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I. Desde los comienzos hasta el siglo VIII. Egipto (v.) y el África del Norte fueron las primeras tierras africanas que recibieron el mensaje evangélico y el culto a Cristo y a María. Baste decir que Alejandría de Egipto, desde mediados del s. II, era ya cristiana en su gran mayoría. Empezó a declinar en el s. VI, con el monofisismo, y en el 639, con la invasión del Islam. En el A. del Norte, en Libia y en Marruecos, lo mismo que en Egipto, la difusión del cristianismo fue muy rápida, tanto que por el tiempo en que se celebró el Concilio de Éfeso el culto de María estaba ya en su mayor florecimiento, hasta que, hacia 717, el califa Omar II obligó a los cristianos a abrazar el islamismo o a salir del país. Entretanto se habían erigido basílicas y capillas en honor de María. Se han hallado en las excavaciones frescos, bajorrelieves, estatuas, cuadros de arcilla del s. V en donde se leen esculpidas las palabras: «Sancta Maria adiuva nos»; fragmentos de tejidos, sellos y plomos con innumerables sellos con la Virgen, en actitud orante, con el Niño sobre el pecho, y se lee: «Oh María, Madre de Dios, protege a tu siervo N. N.» (Cf.

Delattre, A., Le culte de la Vierge en A. d’après les monuments archéologiques, Lille 1907). Ensalzaron a la Virgen en sus escritos: Tertuliano (v.), Orígenes (v.), S. Atanasio (v.), San Agustín (v.), S. Clemente Alejandrino (v.), S. Cirilo de Alejandría (v.), etc. (Cf. Spedalieri, F., S. J., La Mariologia nella Chiesa d’Africa, en «Marianum», 17 [1955] pp. 153-182). II. Desde el s. VIII hasta el XIV. El culto mariano, durante este segundo período, sobrevivió, en A., entre unos pocos europeos que fueron tolerados por los musulmanes en los puertos africanos del Mediterráneo, y entre los muchos esclavos cristianos, víctimas de los corsarios. Se sabe que los Padres Mercedarios rescataron, en el primer siglo de su historia, más de 25.000. En 1220, S. Francisco enviaba a Marruecos cinco de sus primeros discípulos; el martirio de éstos produjo tal impresión en el pueblo, que el sultán se vio forzado a permitir la erección de la iglesia de Santa María de Marrakech (Cf. Koehler, P. H., La pénétration chrétienne au Maroc, París 1914). El culto mariano se mantuvo también firme, hasta el s. XIV, en el Alto Egipto y en Nubia, libre del Islam y dependiente de Alejandría.

Otro tanto ocurrió en Etiopía (v.), dependiente asimismo de la Iglesia monofisita de Alejandría. III. Desde el s. XIV hasta la mitad del s. XIX. El Mediterráneo, de Suez a Gibraltar, dominado por los musulmanes, fue como un dique que impidió a las naciones cristianas cualquier penetración en el A. Con el progreso, empero, de la navegación, se pudo superar el obstáculo penetrando en A. por la costa del Atlántico. En efecto, hacia la primera mitad del s. XIV algunos navegantes normandos, con las naves «La Virgen del Buen Viaje», «San Nicolás» y «Esperanza», penetraron en la Costa de Oro y erigieron una capilla a la Madre de Dios. Siguieron los portugueses movidos también del deseo de ganar nuevas tierras para Cristo y su Madre, llevando sus misioneros en naves a menudo dedicadas a María y con su imagen sobre la proa, y dando a los lugares descubiertos por ellos el nombre de María y erigiendo aquí y allá numerosas iglesias y capillas en su honor. En el Congo y en la próxima Angola, por obra de los portugueses, pronto subió el número de cristianos a dos millones «con extraordinaria devoción a la Santísima Virgen», y con muchos santuarios.

Los cristianos de Soyo (Congo) solían saludarse con estas palabras: «¡Alabado sea el Santísimo Sacramento y la purísima Concepción de la Santísima Virgen!» A los pies de la estatua de Nuestra Señora se elevaban centenares de súplicas. El rezo del Rosario y la costumbre de llevarlo colgado al cuello era universal. El sábado casi todos oían la Santa Misa y llevaban a la Virgen las primicias de sus cosechas. Muchas eran las cofradías en honor de María. No sólo al Congo y Angola llevaron los portugueses, con el cristianismo, el culto mariano, desde el s. XVI al XVIII, sino también a la Costa de Guinea, de Benín, de Santo Tomé, tanto en la costa oriental como en la occidental, Mozambique, Zambeze, Zanzíbar, Pate, Bombay, por obra de los misioneros agustinos, dominicos y jesuitas. Hacia finales del s. XIX la iglesia de A. podía darse nuevamente por desaparecida (Cf. Brasio, A., O culto de Nossa Senhora na A. Portuguesa, en «Portugal em A.», n. 63, mayo-junio 1954, pp. 138-144). IV. Desde la mitad del s. XIX hasta hoy. Se inicia con el A. blanca un nuevo impulso cristiano y mariano que va siempre en aumento y que después se extiende al A. negra.

Con la conquista francesa renace el culto mariano en Argelia, donde se construye la basílica «N.ª S.ª de A.», coronada en 1876. Otras iglesias y cristiandades surgen en el A. del Norte. En el Marruecos español, en 1946, el general Varela, después de que el Legado Pontificio, Mons. G. Cicognani, hubo coronado una estatua de «N.ª S.ª de A.», leyó una emocionante consagración del país a María (Cf. Pons, A., La nouvelle Église d’A., Túnez 1930). En 1835 comienza la penetración católica en Egipto, y se construye en Port-Said, en 1933, una espléndida catedral a María, «Reina del mundo», por iniciativa de Mons. Hiral. Hacia mediados del s. XIX se daba comienzo también a la evangelización del A. negra.

A los tres institutos casi exclusivamente marianos, a los Misioneros del Sagrado Corazón de María (convertidos, en 1848, en los «Padres del Espíritu Santo»), a las Misiones Extranjeras de Sión y a los Padres Blancos o Misioneros de A., se unen en la evangelización de A. los Oblatos de María Inmaculada, los Agustinos de la Asunción, los Monfortianos, los Padres del Corazón Inmaculado de María (Scheut), los Hijos del Corazón Inmaculado de María (Claretianos), los Pequeños Hermanos de María, los Marianistas, los Misioneros de la Salette, los Hijos de María Inmaculada (Chavagne), los Misioneros de la «Consolata» (Turín), los Trapenses Misioneros de Mariannhill, los Siervos de María, etc. A todas estas listas de varones se unen las de mujeres. Consagraciones de misiones, Prefecturas y Vicariatos Apostólicos a María, erección de catedrales, santuarios e iglesias dedicadas a su nombre o a sus privilegios, múltiples manifestaciones de piedad mariana («Peregrinatio Mariae», Congresos, etc., especialmente durante el Año Mariano), numerosas asociaciones marianas, entre las cuales la «Legión de María», muy difundida, constituyen una clara manifestación de la devoción a María.

Bibliografía

Deyrieux, L., La Vierge Marie et les Missions, Lyon 1946
Bouchard, J., Marie et l’A., en Du Manoir, V, pp. 25-60.

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