MARIOLOGÍA
I. Definición de la M.: 1) Definición nominal: es la ciencia que trata de María. Ha sido también llamada «Mariale» (Ps.-Alberto M., Bernardino de Bustis, etc.), «Teología Mariana» (Cristóbal de Vega), «Theotocologia» (De Carlo, Jannotta) y, más comúnmente, «Mariología», o sea, «ciencia, discurso sobre María». 2) Definición real. La definición de la M. depende del «principio fundamental de la M.» (v.), sobre el cual no hay todavía entre los mariólogos un idéntico modo de pensar, por lo menos en la manera de expresarlo. Según el primer principio por nosotros admitido (v.) la M. podría definirse: «La parte de la ciencia teológica que trata de la Madre universal.» Se dice: a) «La parte de la ciencia teológica», porque la M. es con relación a la teología lo que la parte con relación al todo. La M., en efecto, se distingue de la teología no por el objeto formal «quo» o «sub quo» (la luz de la revelación), sino solamente por el objeto material. Está unida a la Cristología (porque María es Madre física de Cristo y su asociada en la redención) y también a la Eclesiología (por ser María Madre espiritual de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo).
Se dice, además: «que trata de la Madre universal»; y con esto se expresa el objeto específico de la M. (objeto material). La maternidad de María, tanto con relación a Cristo como con relación a los cristianos, ilumina y unifica todas las otras verdades mariológicas relativas a los privilegios marianos y al culto que le es debido.
II. Excelencia de la M. Después de Dios, después de Jesús su Hijo, Hombre-Dios, la persona más digna de nuestra atención, de nuestro estudio, de nuestro amor es María. El estudio sobre Nuestra Señora es, por consiguiente, el más excelente de todos, el más necesario y el más ventajoso. 1) Es el más excelente: esto se desprende fácilmente de su mismo objeto: María. Ella es «la obra maestra de Dios», es decir, obra en la que más notablemente resplandece la huella de la sabiduría, del poder y de la bondad infinita de Dios. 2) Es el estudio más necesario, porque está comúnmente admitido que la devoción a la Virgen, en el presente orden de cosas (orden elegido libremente por Dios), es moralmente necesaria para conseguir la eterna salvación y especialmente para conseguir la perfección cristiana. Tanto para la una como para la otra se necesita de continuo la gracia.
Y la Virgen es el canal por el que pasan todas las gracias. La devoción a María es, pues, necesaria para la salvación y perfección, tan necesaria como la gracia. Pero el alma de la verdadera devoción a María es el amor; el alma del amor es el conocimiento, y el alma de todo conocimiento, por vía ordinaria, es el estudio. Es, pues, evidente la necesidad del mismo. Es también necesario estudiar a Nuestra Señora para poder defenderla de los ataques de sus numerosos enemigos. 3) El estudio es muy ventajoso.
En efecto: a) nos facilita el conocimiento y amor de Dios: porque en María, obra maestra de la Omnipotencia, encontramos reunidas todas las perfecciones divinas que se hallan separadas en todas las demás criaturas; b) nos facilita el conocimiento y el amor de Jesucristo: porque estando más cerca de Él que cualquier otra criatura, contiene mejor que todas ellas su semblanza y nos refleja sus perfecciones. María es el «rostro que más se parece a Cristo» (Par. XXXII, 85-86). Dios hizo a María a semejanza de Jesús, porque Jesús debía ser hecho a semejanza de María; c) nos facilita el conocimiento y el amor de la celeste doctrina de Cristo: porque María es el «compendio de la teología».
Siendo, pues, el admirable compendio de todas las obras de Dios, Ella reúne en sí todo lo que se halla diseminado en toda la teología. María es el «libro de la fe». En él leemos al Verbo, Hijo del Padre, y en el Verbo, toda su divina doctrina: lo que debemos creer y lo que debemos obrar. III. Dos excesos que deben evitarse. Pío XII, en el radiomensaje de apertura del II Congreso Internacional Mariológico-Mariano (24 de octubre de 1954), después de haber indicado las normas que deben seguirse en la investigación teológica del misterio de María (v. Magisterio Eclesiástico, Biblia, Tradición) exhortaba a evitar, en tales investigaciones, dos excesos, igualmente perjudiciales: el maximismo y el minimismo: «Observadas santamente estas normas, la M. hará verdaderos y duraderos progresos en lo que concierne a escrutar mejor cada día los oficios y dignidad de la Beatísima Virgen.
Y podrá también esta disciplina avanzar por aquella recta y media vía por donde logrará evitar toda falsa exageración de la verdad y alejarse de aquellos que se sienten asaltados de cierto vano temor de atribuir a la Virgen Santísima más de lo justo o, según dicen con frecuencia, de sustraer algo del honor y de la confianza que se debe al divino Redentor, por el mero hecho de honrar e invocar piadosamente a su madre, pues la Bienaventurada Madre de Dios, descendiendo Ella misma de Adán, ningún privilegio ni ninguna gracia posee que no los deba a su Hijo, redentor del género humano; por tanto, admirando y celebrando las prerrogativas de la Madre, admiramos y celebramos la divinidad, bondad, amor y poder de su Hijo, y nunca desagradará al Hijo lo que hagamos en alabanza de la Madre, adornada por Él mismo de tantas gracias. Y son tantas las que el Hijo ha concedido a la Madre, que superan inmensamente los dones y gracias de todos los hombres y de los ángeles, hasta el punto de que no puede darse nunca dignidad que exceda o iguale la divina maternidad.
En efecto, María, en frase del Doctor Angélico, por lo mismo que es Madre de Dios tiene cierta infinita dignidad por el bien infinito, que es Dios (Cf. Summa Theol., I, q. 25, a. 6). Y si es cierto que también la Beatísima Virgen, al igual que nosotros, es miembro de la Iglesia, no es menos cierto que Ella es miembro muy singular del cuerpo místico de Cristo» (Cf. Doctrina Pontificia, IV, Documentos marianos, BAC [1954] pp. 830-831). V. la
Bibliografía
general al final del volumen.