CULTO MARIANO
1. El c., según la clásica definición del Damasceno, no es más que el reconocimiento de la superiori- dad de aquel al que se le tributa: «nota submissionis ob agnitam excellentiam alterius» (Or. 2 de Imaginibus, n. 26, PG 96, 1946). Así como María supera incomparablemente a todas las demás criaturas y es solamente inferior a su Creador, del mismo modo el c., o sea, el reconocimiento de tan singular excelencia, debe superar al c. que se tributa a todas las otras excelencias creadas, y solamente debe ser inferior al que se tributa al Creador: c. singular que justamente es designado por la Iglesia con un término ya en uso desde hace muchos siglos, c. de hiperdulía, diferente del c. de simple dulia tributado a los santos y del de latría tributado a Dios solo, como se vio forzado a declarar S. Epifanio contra los Coliridianos: «María in honore sit! Dominus adoretur» (Adv. haer., III, haer. 79, PG 42, 742). María, en efecto, como notó sabiamente S. Ambrosio, «erat Templum Dei, non Deus Templi (De Spir. S., L. III, c. 2. nn. 79, 80, PL 16, 829); Ella es «Mater Dei, sed non Deus» (S. Thomas, In III Sent., dist. XXII, 9, 3, a. 3, ad 3).
Este c. puede ser absoluto o relativo, según que se honre directamente la persona de María o bien cualquier cosa puesta en relación con su persona, como, por ejemplo, sus imágenes; puede ser privado o público, según que sea manifestación individual o colectiva; puede ser, en fin, popular o litúrgico.
2. Los actos con los que siempre se ha expresado y se expresa semejante c. son principalmente cuatro, a saber: la veneración, por su excelencia o dignidad casi infinita de Madre de Dios; el amor, por su dignidad de Madre de los hombres; la invocación, por su poder en el reino de la gracia; la imitación, por la excelencia de sus virtudes. Los tres primeros (eliciuntur) proceden de la devoción y son como los frutos que la misma produce; en cambio, el cuarto está inspirado o impuesto (imperatur) por semejante devoción. Con la veneración, los fieles reverencian a María no sólo interiormente, es decir, con la mente (estima) y con la voluntad (honor), sino también exteriormente, con las alabanzas y con el devoto ejercicio de las prdeti- cas piadosas establecidas en su honor, sean privadas o públicas, individuales o sociales, litúrgicas o extralitúrgicas.
Mediante este acto los fieles, además de realizar la profecía de la Virgen (Lc. 2, 27), no hacen más que asociarse, en la alabanza a María, al angel Gabriel (Lc. 1, 28), a Santa Isabel (Lc. 1, 42) y a aquella mujer desconocida del pueblo que es como simbolo de la Iglesia, la cual, en todo tiempo, sin que se lo estorben los enemigos de Cristo y de su Madre, la llaman en voz allá «Bienaventurada» (Lc. 11, 14-28). Esta veneración tributada a la Virgen, no solo no mengua en nada la adoración debida a Dios (Pío XI, Enc. «Lux veritatis»), sino que mas bien la garantiza y la promueve. ya que en María veneramos siempre un reflejo de la infinita excelencia de Dios, y por lo mismo tiene por fin supremo al mismo Dios, fuente increada de toda excelen cia creada (S. Th. t III Sent., dist. IX, 9, 1, a. 2, g. 3. a, ad l; S. Tfi., III P., 9-25, a. 5. ad 2).
Por eso las fdrmulas de la definición dogmritica del dogma de la Inmaculada y las de la Asunción, comienzan con las palabras: «A honra y gloria de la Santísima Trinidad...i» Donde más se venera a María, más se venera también a Dios. 1) Con la invocación, los fieles acuden confiados a Aquella que ha sido constituida por Dios por dispensadora de todas las gracias, para obtener la vida dt la gracia, si se hallan privados de ella, o para conservarla y para aumentarla en tanto no se transforme en vida de gloria. Ella, en efecto, nos escucha, ya que nos ve y nos oye a todos continuamente en Dios; puede escucharnos, pues todo lo puede sobre el corazón de Dios, el cual nada puede negarle, ya que la ha constituido por su tesorera e instrumento en el reparto de todas las gracias; quiere escucharnos, pues nos ama como verdadera Madre, la cual nada desea tanto como la aut&itica felicidad de sus hijos.
Con sus actos de invocación, los fieles de hoy se unen a los antiguos cristianos, los cuales solfan invocarla con aquella bella plegaria que resuena aún hoy día por todas partes: «Sub tuum praesidium...» Y no por eso se desvirtila nuestra confianza en Dios y en la mediación de Cristo, puesto que en la distribución de sus beneficios puede Dios servirse de María como de instmmento sin que por eso tales beneficios dejen de derivarse de Él y sólo de fel. Por eso —como pone de relieve León XIU— ael modo de implorar el auxilio de la Virgen tiene algo de comtin con el culto tributado a Dios, hasta el punto que la Iglesia le pide del mismo modo: Tened misericordia de los pecadores» (enc.: cAugustissimae Virginis», del 12 de septiembre de 1897). Sabemos que las causas instrumen tal, como también las causas segundas, las cuales sacan toda su fuerza operativa de la causa primera, Dios, se relaciónan necesariamente con ella.
Lejos, pues, de ver en semejante instrumentalidad una disminución de Dios, causa primera, necesa riamente veremos y admiraremos una manifestación más plena de su infinita sabiduria y de su bondad al asociar la criatura a su acción (IV Sent., dist. 15, 9-4, a. 5; Suppl., 9, 72, a. 2). 2) Con los actos de amor filial para con María, verdadera Madre nuestra en el orden sobrenatural de la gracia, al obsequio de la mente y de la voluntad unimos también el homenaje del corazón, el cual no puede menos de dilatarse ante la propia madre, siendo así que semejante ley fue escrita por Dios en los mismos corazones de los hijos. Con razón, pues, la Iglesia condcnd la proposición de Molinos: «Nulla cieatura, nec Beata Virgo, nec Sancti sederc debent in nostro corde» (Denzinger, n. 1256), y ha movido siempre a los fieles a seguir el ejemplo de S. Juan, llevando consigo a Nuestra Señora, como madre (León XIII, Encicl. ccAugustissimae Virgi nia» de 1897).
Nada puede ser más acepto u Jesucristo, «cuyo amor hacia su madre es sin duda tan enccndido y tan grande —en frasc de Pío XI en la Enc. cLux ver it at is»— (pie vernos diligentes en amarla tiemamcnlc». 3) Con la imitación, los fieles toman como modelo de sus vidas la vida de la Virgen Santísima. La imitación de las viri iiiles de María no pertenece por si misma como la veneración, el amor y la invoca- ción— a la esencia de la devoción a Nuestra Señora, pero es una exigencia, la ldgica consecuencia de la misma, un indicio de verdadera devoción a la Virgen; una devoción sin la imitación no puede llamarse plena y perfecta, como enseha S.
Pío X en la enciclica a Ad diem ilium»: cAdemás, todo el que quiera —iy quién no debe quererlo?— que su devoción a la Virgen sea digna de Ella y perfecta, debe ir más lejos y tender por todos los esfuerzos a la imitación de sus ejemplos.B «De la misma manera que todas las mad res —dice Pío XII en la enciclica «FuIgens corona»— sientcn suavfsimo gozo cuando ven en el rostro de sus hijos una peculiar semejanza de sus propias facciones, así también nuestra duldsima Madre María, cuando mira a los hijos que junto a la cruz recibid en lugar del suyo, nada desea más y nada le resulta más grato que el ver reproducidos los rasgos y virtudes de su alma en sus pensamientos, en sus palabras y en sus acciones.» Es verdad que Aquel a quien todos los cristianos deben parecerse paia alcanzar su etema bienaventuranza es Cristo (Rom. 8, 29), pero también es verdad —como pone de relieve S.
Pío X en la enciclica «Ad diem ilium»— que es tal generalmente nuestra debilidad, que la sublitnidad de este ejemplo nos desalienta fácilmente, y por eso ha sido una atención providential por parte de Dios el proponemos otro tan aproximado a Jesucristo como es posible a la humana naturaleza, y, sin embargo, maravillosamente acomodado a nuestra debilidad. Es la Madre de Dios y ninguna otra.n 4) El c. a la B. Virgen, como enseha Sudrez, es «titil y necesario» (In III P., disp. 29, sect. 3).
Es «util» no sólo al individuo, en vida, en muerte y después de la muerte, sino también a la sociedad, tanto doméstica como religiosa y civil, por los innumerables beneficios espirituales y materiales que de semejante c. a todos provienen. 5) Pero además de Util, el c. a María es tambiln «necesario» para los fieles que son capaces del mismo, no sólo por ser utilisimo, sino sencillamente porque se necesita para la eterna salvación; necesario, no de necesidad absoluta, como derivación de la naturaleza misma de semejante c., sino de necesidad relativa, o sea hipotdtica, como consecuencia del querer divino que lo ha dispuesto así libremente, por lo cual la de» vocibn a María «es un elemento funda mental en la vida cristiana (P/o XII, radiomensaje a Era el día» al Congreso nacional argentino, A AS 1947, 628), y así como el descuidarlo es serial de reprobacibn, el prac» ticarlo devotamente lo es de predestánacibn a la gloria del cielo.
Dicho c., en efecto, se halla implfeito en los actos mismos de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad, que son indudablemente necesa» rios para la etema salvacibn. lY cbmo hacer un acto de fe (que es rafz y funda ment o de la justificacibn) en el Verbo encarnado sin hacer tambten un acto de fe en Aquella en la cual y por medio de la cual se encarnb? f. Cbmo hacer un acto de fe en su maternidad divina y en sus privilegios de Inmaculada, de Virgen perpetua y de Asunta, en alma y cuerpo, a la gloria del cielo, sin rendirle al mismo liempo el homenaje de la mente, esto es, reconocer su singular excelencia mediante la venera» cibn? iCbmo hacer un acto de fe en su mediación universal, ensefiada por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia, sin que la voluntad reconozca la particular necesidad que tiene continuamente de Ella y de Ella lo espere todo, después de Dios? iCbmo es posible reconocer la, como ensena el magisterio ordinario y universal, por nuestra verdadera mad re en el orden sobrenatural de la gracia, sin que se despierte en el corazbn una ternura filial, es decir, sin prorrumpir en actos de amor filial hacia Ella? «María —dice S.