ENEMIGO
1. Definición. - Nuestros enemigos son todos aquellos que voluntariamente nos han hecho injuria o daño injusto y que no nos han dado reparación ninguna; más aún, tal vez continúan con sus injurias; después aquellos que nos odian, esto es, los que nos quieren mal. A veces llamamos enemigas a las personas hacia las cuales sentimos antipatía o aversión por motivos justos. Tener enemigos o ser e. de otros no siempre depende de nosotros.
2. Obligación de amarle. - Nuestro e. es nuestro prójimo, e hijo del mismo Padre Celestial. Además es hermano de Jesús, que ha derramado por él lo mismo que por nosotros su preciosísima sangre. Así como el hombre debe amar a su prójimo y hermano ha de amar también a cualquier e. suyo. El mandamiento de Jesús no puede ser más claro y preciso: Oísteis lo que se dijo a los antiguos: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian y rogad por aquellos que os persiguen y calumnian (Mat., 5, 43). Es evidente que nosotros no estamos obligados a amar a nuestro e. en cuanto e., o sea porque es e., sino aunque sea e. No basta no odiar, es preciso amar, o sea, querer bien. La caridad es un acto de la voluntad, el cual se debe manifestar incluso en las obras externas, si el caso se presenta. Por esta razón la obligación de amar al e. comprende también la obligación de hacerle bien, cuando se encuentra en circunstancias en las cuales es un deber cristiano ayudar, salvar, etc., a cualquier prójimo.
Por esta razón no es lícito al cristiano excluir al e. de lo que se hace por todos los hombres, p. ej., excluirlo de las oraciones que hacemos por todos o de nuestras obras de caridad de las cuales todos sin distinción pueden aprovecharse; rehusarle los signos de respeto o cortesía que usamos para con todos, etc. No es obligatorio amar al e. con afecto sensible, como amamos a un buen amigo. Ni tampoco es obligatorio amar al e. con un amor especial, o sea con un amor mayor que aquel con que los buenos cristianos aman a todos los hombres con los cuales no tienen relaciones especiales. Es directamente contrario a la obligación de amar al e. el odio: querer, hacer o desearle algún mal o alegrarse porque las cosas le salen mal. Pero no es contrario a la obligación de amar al e. gozarse de su desventaja o proporcionarle algún daño en cuanto que esto impide otro mal y sobre todo el mal que nosotros u otros sufrimos a causa de su actividad mala e injusta.
Ni tampoco está prohibido desear un justo castigo para nuestro e., bajo la condición de que no queramos la pena como un mal para él, sino como un bien, esto es, como una medida justa tomada para corregirle o para obtener al menos que él u otros por temor del justo castigo dejen de violar nuestros derechos o los derechos ajenos. En otras palabras, la venganza (v.) como venganza, o sea, como pago del mal con otro mal, está prohibida. En cambio, ocasionar al e. algún mal como medio para protegerse o librarse de sus violencias actuales y como justa pena para apartar a todos de semejantes violaciones del derecho no está prohibido. Es necesario, sin embargo, en estas cosas respetar las leyes que prohíben hacerse justicia por su mano con la violencia y por esto mismo invocar la intervención de la autoridad pública. No vengarse, amar al e. y tratarlo bien, al menos como tratamos a cualquier hombre, son efectos de lo que llamamos perdonar al e. Perdono a mi e. cuando no le excluyo de mi caridad a causa del mal que ha hecho o que todavía me está haciendo; cuando fuera de aquello que es pena justa o defensa, yo trato a mi e. como si no me hubiese hecho ningún mal.
La obligación del perdón se manifiesta especialmente cuando el e. se arrepiente del mal cometido y manifiesta, expresamente con palabras o implícitamente con su conducta, que desea reconciliarse con nosotros. Entonces la obligación del perdón comprende la obligación de no impedir ni hacer voluntariamente difícil esta reconciliación, sino por el contrario de facilitarla. Entre dos enemigos ciertamente es sólo el culpable o el más culpable quien primero debe buscar la reconciliación. Pero esta regla no justifica una conducta dura e irreconciliable por la otra parte, ni dispensa a ésta de todo acto positivo. Además no somos cristianos para hacer sólo lo que es justo y lo necesario para no pecar al menos gravemente, sino para obrar según aquella norma: Sed, pues, perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial.
3. Doctrina y ejemplo del Divino Maestro. - Jesús conoció muy bien la dificultad excepcional del precepto de amar y perdonar al e. Por esto habló con energía y claridad excepcional y tomó todas las medidas necesarias para recordarnos en todo momento esta obligación. En efecto, Él nos mandó pedir todos los días a Dios el perdón tan necesario de nuestros pecados, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, esto es, a los hombres que son culpables para con nosotros, es decir, a nuestros enemigos. ¿Quién podría imaginar una exhortación más fuerte y al mismo tiempo más persistente que esta oración? ¿Quién se atreverá a decir todos los días esta plegaria y rehusar el perdón a su prójimo? Además Jesús narró la parábola impresionante del siervo que pidió y obtuvo perdón de su rey, pero que no quiso perdonar a su compañero y por esto terminó de mala manera (Mat., 18, 23-35). Sobre todo Jesús quiso instruirnos y movernos con su ejemplo. Él amó y perdonó a sus enemigos. ¡Y en qué circunstancias!
Baste recordar las palabras que dirigió a Judas, reo de la vil traición, de la cual Jesús preveía todas las terribles consecuencias y por la que tanto acababa de sufrir en su agonía de Getsemaní: Amigo..., ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? A Pedro le perdonó otra traición: su triple negación. Cuando aquella terrible noche y aquel día que fueron un continuo sucederse de crueldades e insultos llegaron al sumo con la crucifixión, acompañada de la burla triunfante de los fariseos, Jesús rogó de esta manera: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. El mandato de Jesús es más que un mandamiento difícil una invitación a seguir en circunstancias ciertamente menos difíciles que las suyas, su divino ejemplo; invitación que el corazón del Maestro no hace sin ofrecer la gracia, que da la fuerza necesaria para aceptarlo valiente y generosamente. Den.
Bibliografía
M. Waldmann, Die Feindesliebe in der antiken Welt und im Christentum, Viena, 1902
S. Randlinger, Die Feindesliebe nach natürlichem und positivem Sittengesetz, Paderborn, 1906
E. Weber, La carità cristiana, Roma, 1947, p. 87-100.